La tarotista

 

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(Mis respetos a las tarotistas que hacen bien su trabajo, aclarando que las cartas sobre la mesa las tirás vos.)

Myriam estaba seca. Seco el bolsillo, secas las ganas, seco el corazón.

Aún así juntó los ochocientos mangos que le cobraba una tal tarotista-vidente con chapa de haberle cantado la justa a más de una del barrio.

Llegó a la casucha con nombre de flor en un barrio retirado de la ciudad.

La cita era a las cuatro de la tarde. Se sentó, previas instrucciones de no cruzar las piernas.

La mujer delgada y arrugada como una pasa de uva, miró dentro de un vaso de agua semi mugriento y luego comenzó el despliegue artístico del tarot sobre un mantel de plástico con dibujos de rosas rosas.

Myriam preguntó por el trabajo y por el amor, así tímidamente, como si espiar el futuro fuera algo que los dioses fueran a condenar con alguna especie de vuelto karmático más adelante. Coca le había dicho que fuera, que la vidente era tremenda, y que le iba a levantar el ánimo y las ganas de vivir.

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Sábado de guardar

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Anny Maddock

Sábado.

El sol despunta el vicio de seguir iluminando.

Luego de un viernes lluvioso, el día parece algo así como un nirvana.

Erróneamente me despierto pensando en todo lo que quiero hacer y no puedo. También en lo que no tengo ganas de hacer y debo. Error, error, error.

Mis pies languidecen sobre el piso del pasillo y me dirijo automatizada hacia el sector cocina-pava-fuego-café.

Enciendo la maquinaria, apago los sueños. Los minutos se van restando y debo apurar el paso. Imagino a un cliente “matinal-sabadoreño” crispado por mi tardanza mientras espera que abra la puerta de la tienda. Es que acaso el sábado no era el día de guardar?

También me veo huyendo de mi media jornada laboral, corriendo, saltando cordones de veredas mientras escucho mi respiración alterada con cada salto. No es que vuele, aunque siento que lo haga, y no es por la velocidad –escasa digamos- ni por mi peso. Es por la libertad que sienten mis brazos y piernas. Mis pensamientos se toman un recreo y dejan a mi cabeza ventilándose, con las ventanas abiertas a los cuatro vientos.

Llego a mi lugar de trabajo. Pienso a cada minuto en huir. Me siento un perro enjaulado que mira a los otros perros jugar y correr a los ciclistas.

Amo a mi trabajo. Pero algo en mí pide distanciamiento para volver el lunes más agraciada y concentrada, más agradecida y devota, y más generosa -por qué no?-.

Miro la hora y busco estrategias para no escaparme. Tecleo la Lettera, me distraigo en el marrón del café, charlo con el cliente que viene a buscar jengibre para el té. Miro la hora y calculo cuánto tiempo ganaría para si me fuera ahora. Y cuánto restaría? Quién habita a la vuelta de la esquina dispuesto a retarme por mi acto de rebeldía? Casi que espero que una voz del más allá me señale con el dedo y me rete por no cumplir con mis obligaciones.

Huir o morir. Cambiar o morir. Decidir o morir. Otra vez el tema de las pequeñas muertes cotidianas.

Censurarse. Discutir internamente sobre el deber, el placer, el poder, la libertad, la exigencia. Son pequeños juegos mentales que nos encadenan o nos liberan, de acuerdo a lo que el valor nos haya permitido decidir.

Si fuera, si dejara, si empezara, si me animara. “If I” -en inglés-.

A cada segundo tomamos decisiones vitales. Permanecer también es una decisión que pasa factura a los treinta días y muy abultada la mayoría de las veces.

Qué pierdo –además de unos pesos-, si me fuera ahora mismo? Cuál es el valor que tiene el sol sobre mi piel, acariciándome más suavemente que un elixir de rosas? De qué otra forma buscaré aquí adentro, la tibieza que veo alrededor de los gorriones que revolotean entre las ramas teñidas de otoño?

Me hablo a mí misma como si fuera mi mejor amiga. Me llamo, me pregunto y me aliento: “Qué te parece si …?”

Entonces hago lo mejor que sé hacer: dar ánimos. Quiero dejar de teclear mientras mi propio autobombo se expresa. Quiero cerrar la puerta y volar.

Y lo hago.

P.D.: los sábados –algunos- son terroríficos en mi existencia laboral. Me niego a trabajar todo el día, aunque a mi bolsillo y mis cuentas le vendrían muy bien que lo hiciera. Este sábado en particular, tenía una actividad laboral programada para la tarde, y eso hizo que fuera a trabajar con mucha retranca por la mañana. Digamos que lo escrito fue una charla que tuve desde las 9:30 hasta las 11:30, hora en la que abandoné el barco y me subí al avión.

Desapareciste

Robert Cook, New Horizon

Salgo por la mañana. Mientras cierro el portón del mi garaje una mujer en bicicleta, apretada por el tiempo, cruza la avenida como puede, y un conductor –como puede- la esquiva. No alcanzo a escuchar nada, solo veo el gesto de ella con el dedo mayor hacia arriba, sin siquiera gesticular alguna otra cosa. Me río de la situación. Sabían que FUCK viene de las siglas “Fornication Under Consent of the King”?

En realidad me río de esa situación y de muchas otras que se me van presentando en el camino.

Incluso cuando voy a buscar mi correspondencia a la que también es mi casa, aún deshabitada, un sobre que había pasado la inquilina de mi local por debajo de la puerta anunciaba: “Por favor cambiar el domicilio”. A donde?  No era suficiente la lista de lugares de donde me había ido?

En el interín, un ex cliente que sale de la farmacia me dice con voz acusadora: “desapareciste”.

Bueno a esta altura ya saben que una vez tuve una farmacia. Digamos unos trece años de mi vida invertidos infructuosamente en un lugar que no me gustaba. Como llegue allí es para escribir un libro y este no es el caso. Entonces volvamos al relato…

Desapareciste.

Me puse a indagar muy rápidamente cuántas personas podían llegar a decir que yo había desaparecido a parte de mis ex clientes. Y caí en la cuenta de que muchas con las que no me trato hoy día han visto como mi persona se esfumó completamente de sus vidas: sin transición, ni largas despedidas, ni preámbulos, y en un caso en particular muy triste para mí, sin dar explicaciones.

Realmente quiero arreglar esa situación, pero como? Después de tantos años? Como explicar si seguramente la otra persona ni recuerda?

Retorno.

Cuál es la manera de despedirse de un negocio o trabajo?

Hacer una despedida? Pancartas que digan nunca tendremos un jefe/a como vos? –y cuidado aquí, que el “como vos” no necesariamente implica excelente, paciente o piola sino a veces todo lo contrario-. Alguna cena formal en una parrilla o tenedor libre? Ir avisándoles a los clientes que me voy e inducirlos a que me agradezcan años de fianza?  Teníamos programado con mis amigas hacer un festejo por haberme ido con descorche de champagne y todo, hecho que no se concretó nunca, seguramente por falta de insistencia de mi parte.

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Looocaaaa!!!!!!!

Evidentemente cuando una mujer tiene múltiples actividades es loca.

Cuando un hombre tiene múltiples actividades es responsable.

Siempre aparecen nuevas terminologías para titular fenómenos tan particulares de nuestro siglo, en este caso Time Freaks (locas por el tiempo).

Time Freaks al parecer son las mujeres que tienen múltiples actividades, no saben (no pueden, no quieren o no tienen a quien) delegar, trabajan, están casadas, tienen hijos, estudian, van al gym, al gabinete, al psicólogo, a yoga, tienen un blog, leen el diario y eventualmente tienen sexo y hasta algún amante.

Obviamente no alcanza el día para tanta cosa, por lo que en general se puede llegar a realizar varias tareas al mismo tiempo.

Hablar por teléfono es una de esas actividades que se puede combinar con cualquier cosa, en el baño se puede leer tranquilamente, es posible planchar mientras se programa el lavarropas y hay algo muerto en el horno, es posible atender el mostrador y el teléfono y mandar mensajes casi simultáneamente.

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