Las cuatro

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No hay casi fotos de José joven. Lo acabo de descubrir recién, buscandolas. Él dijo que su vida comenzó el mismo día en que las agujas del reloj se clavaron a las cuatro de la tarde. Las agujas que se clavaron porque una mujer se asentó en la mitad de su pecho, y todo lo que había vivido hasta entonces no era más que un borrador, un manuscrito a medio terminar.
Pero ese día no solo se clavaron las agujas de un reloj, en otra parte del mundo una estampida de rinocerontes paró en seco, las bestias detuvieron la respiración y quedaron congelados dentro de una nube de polvo. En una casa de Madrid un niño que estaba ya morado de llorar de pronto se calmó, abriendo bien sus ojos redondos ante alguna chuchería que no había visto antes. Gise, a esa misma hora, en un barrio de Capital, sonrió una vez más al ver una libélula apoyada en una pared, mientras dice en voz alta “estoy, estás, hoy somos eternos en estas hojas amor”.
En el mercado nocturno de Wangfujing una falla energética dejó a un cuarto de Pekín a oscuras. En una oficina de quiniela nacional de una ciudad bonaerense, se volaron todos los números, huyeron por la puerta de entrada y se convirtieron en mariposas color verde y azul marca Lotería Nacional. Algunos dicen que fue un desastre, sin embargo la muchacha morocha que atendía detrás del mostrador, huyó del lugar con un chico en motocicleta. 

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De cuanto te vi

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Pasan muchas cosas alrededor del tiempo. A veces se detiene, otras se escapa.

Es como la marea que besa la arena con su espuma, incansablemente, y luego se retira, para convertirse en otra ola, en otro avance, en otro retiro.

Hoy estoy en el día fuera del tiempo. Apenas unas horas después de que, escuchando tu respiración repitiera en mi mente un mantra que salvara ese instante del olvido.

Los minutos iban subiendo y bajando, al compás de tu respiración, mientras en la calle, la noche anticipa el clima pre festivo de estas navidades.

Lejos de haber vacío en este día, está todo lleno. Mi soledad viene acompañada por ciento veinte fotogramas de una misma escena que yo me tomé el trabajo de capturar y liberar; sabiendo que la insistencia por encarcelar lleva inevitablemente al camino de las cosas perdidas.

Tomo el segundo, lo dejo ir. Inspiro el aire cargado que exhala de tu cuerpo, y lo dejo ir. Hundo mi barbilla en tu hombro, como  un chico que hunde los pies en el barro por primera vez, sintiendo la magia de la tierra a su alrededor. Luego va a su casa, a lavarse los pies y a ser feliz, sabiendo que puede volver cuando quiera.

 

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El libro del tiempo

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La estación es siempre la misma: un lugar ruidoso, alargado, oloroso y bullicioso.
Los vagones salen en hileras desde varias vías.
El reloj embutido en una de las paredes del hall principal es demasiado redondo y demasiado grande. Sus agujas marcan con una determinación angustiante el tiempo.
En la boletería, un señor de traje obscuro y un ojo con un parche color piel, tiene todo el tiempo agendado en un libro que tiene tanto polvo como le cabe entre sus hojas.
La tinta con los horarios y las fechas sobreviven de un negro intenso, es un milagro.
Ella se acerca a la boletería. Lleva un trajecito ni muy ajustado ni muy suelto. Sus zapatos de medio taco repiquetean sobre las baldosas con arabescos. Sus rulos están recogidos en una especie de media red. Al llegar, abre su bolso, y saca un ticket. Quiere saber cuánto falta para que su tren salga al fin.
El señor de la boletería toma el ticket, lo coloca debajo de un aparatejo raro que supuestamente determina su autenticidad. El número de serie comienza a vibrar, y sobre el final se ve claramente el número de folio en donde debe buscar la franja de tiempo asignado. 

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Pronóstico incierto

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© Rivalcir Baluta

“¿Quieren un pronóstico del tiempo? Le preguntan al Phil equivocado. Yo les daré un pronóstico. Va a hacer frío. Va a estar gris. Y les durará el resto de sus vidas.” Bill Murray en “El día de la marmota.”

 

Querés un pronóstico del tiempo.

Me río automáticamente de tu pedido.

¿Desde cuándo te importa el tiempo?

¿O lo que vas a llevar, o a dónde vas a ir conmigo?

Y si te importaba nunca te escuché.

Llevá un poquito de todo: ropa de abrigo, ropa liviana.

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Miradas equidistantes

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La espera como un manjar.

Un manjar delicioso.

La cocina que se inunda de sabores exóticos.

La boca que hace agua y saliva.

El mar revuelto que ruge.

El ser que se humedece en una jungla repleta de minutos

Que faltan para que la espera deje de ser.

Seamos vos y yo mientras el sexo se despierta

Y el despertar urge.

La urgencia que no se puede tapar.

El rollo existencial de saltar los días, abreviarlos.

El deseo que parece un planeta suave, mullido y húmedo.

El apetito existencial por tocar.

La música que murmura desde el parlante.

El eco de esa música que sale por mi boca.

El susurro que penetra el alma.

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Bandera blanca

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Necesito levantar la bandera blanca, o el pañuelo lleno de mocos y arrugado que está en el bolsillo de la campera, da lo mismo. Que sea blanco, que sea tregua, que sea un stop, un pido gancho, un basta para mí, un no quiero más de esto. Necesito que la furia de la naturaleza abra un agujero en la tierra en este preciso instante y flotar sobre éste con vos, mientras nos abrazamos y empezamos a forjar la paz. Sí, como Luisa y Clark. Sí, te estoy pidiendo que volés conmigo.

Necesito firmar la paz con vos y que dure, dejar de odiarte, dejar de necesitarte con esta desesperación que me carcome y autodestruye, dejar de golpearte con mi corazón, dejar de luchar, de resistirte, de prohibirme estar con vos.

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Qué se yo

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© Bronfer

Qué se yo.

A veces miro a los chicos que andan en una moto

Con una sola rueda cruzando el semáforo en rojo,

Y digo ¿por qué no?

Qué se yo la vida.

Lo bueno, lo malo, lo indebido.

Lo que planteará la vida en cinco minutos

O en una décima de segundo.

Qué se yo.

A veces me gusta correr sola con música o sin ésta,

Mirando todo lo que me falta, todo lo que me resta,

Llegar y sentirme plena.

Qué se yo la vida.

Lo que llena, lo que no llena, lo que es bueno o malo.

Qué se yo,

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Mil kilómetros en el cuerpo

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Adam Driver 📷 Norman Jean Roy

“Tenés como mil kilómetros en el cuerpo”-me dijo hoy a la mañana. El contexto del diálogo es el casi final de varios meses entrenando para correr 42 km. Si señores, para correr una maratón se suman antes casi setecientos kilómetros, entre entradas en calor, fondos y pasadas con cambio de ritmo. Kilómetros tatuados en el cuerpo, al lado de las mil cicatrices y de los mil sentimientos que afloraron en cada pisada.

El otro día me tiraron una teoría sumamente interesante y a la que adhiero. Vendría a decir algo así como que cada célula contiene una o varias emociones; y la actividad física no sólo saca a éstas células de su letargo y funcionamiento a media máquina, también puede ser un detonador y despertar de las emociones.

Me imagino corriendo y mis células -una especie de bolitas de colores como la de los peloteros-, moviéndose rítmicamente. Y dentro de las bolitas todo lo contenido estallando como si fueran pequeñas galaxias naciendo.

Emocionalidad pura y multiplicada a la enésima potencia. Piel de gallina, sentimientos adormecidos saliendo a flor de piel junto con la sal y la transpiración. Entonces… no era gratitud solamente por haber llegado a la meta. Era que se estaban descongelando las pelotitas de hielo dentro de las pelotitas de colores.

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Con alas y halos

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© Eleni Mahera

Hay personas que llegan a tu vida por un rato o para toda la vida. Dentro de los que llegan para toda la vida, muchos no estarán con vos los 365 días del año. Vendrán cada tanto, te abrazarán fuerte -muy fuerte-, podrás estar con ellos luego de mucho tiempo y sentirte como en tu casa, no hay hielo que romper porque todo fluye, hablás boludeces hasta la madrugada y te reís de los mismos disparates. Otras, aunque no están cerca físicamente, trascienden en el tiempo. Con ellos tenés escondites que con otras personas no. Escondites donde no llevás máscaras, no tenés que aparentar, ni cuidarte con lo que decís o expresás, el miedo es un exiliado que se fue a otros universos. Casi siempre una de las primeras oraciones que uno intercambia con ellos es “extrañaba tanto ser yo mismo, ser yo mismo con vos”.

Son más indispensables que los ángeles de la guarda, más imprescindibles que el amor de tu vida, más necesarios que la luz, el aire o el agua. Vienen a rescatarnos cuando nos perdemos, a cuidarnos sin pedirnos nada a cambio. Tienen alas y halos. Nos recuerdan cuando nos estamos traicionando, cuando nos apartamos mucho de nuestra esencia. Nos llaman con un susurro si nos vamos muy lejos de casa, para que volvamos a ser. Vienen a decirte que no te conformes. Son el asilo de nuestras almas.

Hay días como hoy, en los que me levanto con una de esas voces que me dice algo, y de pronto todo es tan claro que no hay vuelta atrás. “Darling” es una de esas personas.

Darling:

Acabo de leer por ahí algo que dice que “Optimismo es un amor a distancia.”

Tenemos tantas preguntas abiertas y no caben en un libro, creo que no caben ni siquiera en una biblioteca. Ayer mismo me debatía entre varios conceptos del tiempo. Hoy me debato entre varios conceptos sobre el término distancia. Las distancias que nos ponen y que ponemos para no desnudarnos.

Fuimos y somos –vaya si fuimos- un hermoso ejemplo de que la distancia no existe. De que se puede abolir incluso si no hay Wi-fi, si se cae el sistema de Whatsapp o si Facebook es vendido a los talibanes.

Fuimos antes que todo eso, y no sólo sobrevivimos, estamos más que vivos. Podríamos protagonizar una saga completa de alguna serie de culto. Somos invencibles, eternos diría Serrano. Cualquier territorio es conquistable, cualquier revolución posible. Que levanten la mano cuántos soñaron una misma noche uno con el otro y amanecieron abrazando una almohada. ¿Usted señor? ¿Y a quién le vendió sus sueños?

Los recursos son infinitos y caen multiplicados desde el cielo, sólo para nosotros; aunque hoy no los usemos. En nuestros años más intensos fuimos dos que rompieron todos los patrones, reglas e ítems pelotudos preestablecidos. Barrimos con todos los límites, incluso corrimos de lugar la línea del horizonte, lo hicimos ondulado y eléctrico, como si fuese un electrocardiograma; planchamos el mar para dormir sobre él tapándonos con el firmamento. Fueron mil y una noches, mil y una vidas en una noche.

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Tic Tac

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Romy Schneider and Alain Delon at home in tancrou in 1959 • Michel Brodsky

Es lunes y me despierto con el recuerdo de haber leído por ahí que a José Saramago le molestaba el ruido de los relojes. El escritor encontró una solución que derrite a cualquier escéptico del romanticismo: paró los relojes a las 16:00 hs, momento en el que vió por primera vez a la que sería su compañera por el resto de su vida:

“Es la hora en que Pilar y yo nos dimos cita por primera vez. Pilar es el centro de mi vida desde que la conocí hace 17 años. Fue idea mía parar los relojes de esta casa a las cuatro de la tarde. Eso no significa que el tiempo se haya quedado ahí, sino que es como si el reloj marcara la hora en la que el mundo empezó.”  – Entrevista Rosa Miriam Elizalde, 2003.

Escribe  Antoine de Saint-Exupéry en “El Principito”:

“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz. A medida que se acerque la hora me sentiré más feliz. Y a las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, no sabré nunca a qué hora vestirme el corazón… Los ritos son necesarios.”

Pero… hay horas que se desconocen, hay certezas que no sabemos si existen, o cuándo estarán por llegar, si es que llegan. Queremos adivinarlas, conquistarlas, hacer predicciones, tener premoniciones… pero el tiempo y la realidad escapan a todo eso. Hay ritos que nunca tendremos, porque simplemente desconocemos cuál será la hora en que vestiremos el corazón.  Habrá que saltar y vestirse con lo primero que encontremos a mano.

Lunes 19 hs.

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Naves quemadas

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© José Luna

“Porque vivir  es navegar tras un espejismo detrás de un abismo sin vuelta atrás.” Luis Eduardo Aute

Perdón la demora. No estaría llegando. Me he demorado, desviado, detenido, paralizado. Aunque según desde donde se mire la situación también pude haberme adelantado. El caso es que no la emboqué con esto del timing.

La próxima vez me colgaré de las agujas del reloj, en un intento desesperado por lograr esa mentada sincronía entre el momento adecuado y yo. El momento adecuado y vos. Tal vez me deslice por la aguja que marca los minutos y caiga de una buena vez sin medir las consecuencias. Tanto pensar y mis pies quedan trabados en el eje que sostiene el movimiento del universo, mientras yo alucino que estoy estática.

Las estaciones de trenes –desérticas, quebradas, abandonadas- son plantaciones de vagones con asientos de cuero resquebrajados; aunque los vagones de carga se han transformado en lofts para quien necesite cobijo, siesta y calorcito.

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El señor del tiempo

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Es difícil ser el señor del tiempo.

Vaya si lo es.

Acariciar mapas lisos y azules.

Delinear climas que no alcanzan a sentirse.

Porque no es lo mismo veinte grados en Capital que en Ushuaia o Misiones.

Mientras unos sienten apenas una briza que se cuela entre la humedad,

Los del sur apenas si pueden moverse sin sudar y doña Rosa en Misiones

Probablemente amanezca con una mañanita sobre sus hombros.

El señor del tiempo canta decepciones,

Promesas de lo que será,

El corazón cálido u oprimido,

La lluvia molesta y el agua que brota debajo de las baldosas.

El olor de la humedad que aspiran los enamorados

Mientras corren bajo el agua riendo a carcajadas.

El viento que termina por derrumbar al otoño,

O que manda a volar pétalos y alergias en primavera.

El que marea navegantes y pasea soñadores

Que vuelan en globos aerostáticos.

 

Al menos una vez por semana el señor del tiempo miente.

Baja la humedad y suaviza la tensión que ejerce el sol sobre el asfalto.

Sujeta al viento hasta convertirlo en briza.

Redondea sensaciones térmicas y hectopascales.

Acaricia el fondo azul y guiña un ojo.

Si al fin el pronóstico es sólo una sensación

De cómo podría usted sentirse mañana.

El dice que bien y ambos sonríen.

Patricia Lohin

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Ahora

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Arte: Claire Elan

Ahora que los sueños han invadido mis horas de vigilia,

Y que adivino los acordes de tu guitarra.

Ahora que he alquilado una habitación invisible

Cerca de la tuya para escuchar murmurar tus ensueños.

Ahora que mi día amanece soleado

Con una voz que viene nadando desde el otro lado.

Ahora que el tiempo se detiene,

Y que los relojes de arena ya no son lo que eran antes.

Ahora que nuestras huellas han sido erosionadas por el viento,

Y que el mar ha sobrevivido a tantas tempestades.

Ahora que la espera ha perdido su sentido y orientación,

Y que nuestras almas juegan a encontrarse.

Ahora que mi cuerpo despierta sonidos guturales,

Placeres secretos y escondidos.

Ahora que regreso de otros amores y tierras lejanas,

Conquistando reinos despoblados de promesas

De cuestionamientos del tipo cómo, cuándo y por qué.

Ahora que adivino tu sonrisa y tus ojos tan gentiles

Que viven al norte de mi casa.

Ahora que reescribo un diario,

Y me sincero cada día a través de la tinta negra

Que se escapa por la desembocadura de mi mano derecha.

Ahora que mis tareas me desocupan,

Que sé parar,  sentir y recalcular,

Que encontré los hilos que atan

Tus sueños a los míos.

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Tiempos de  Saturno

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Edouard Boubat (1923-1999)

Y el vigésimo noveno retorno de Saturno, decidí empezar a vivir.” Renato Russo

La teoría científica que más me gusta es que los anillos de Saturno están compuestos enteramente de equipaje aéreo perdido.” Mark Russell

Y llegó Saturno

Con sus anillos cargados de maletas

Llenas de sueños perdidos,

Lanzando polvos de estrellas

Sobre cajones repletos de amores archivados

Con etiquetas rojas que dicen “Causa cerrada”.

Dispuesto a despertar del invierno

Vastos países de ilusiones,

Rescatar utopías aladas

Que inundan los sueños de algodón

Y se quedan remoloneando por las mañanas.

Despabilando íntimas fibras del ropaje del alma

Y regando arterias de vívidas savias.

Mil ciclos después,

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A la sombra del sauce

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Yaroslav I. Zyablov

Bailemos,

El amor no acaba aquí

Ni perece suspendido

En el tiempo que ha durado

Esta eternidad

Que mi cuerpo efímero desconoce.

Saquemos esa pista musical

Del cajón que cerramos en otoño

De un siglo pasado.

Guiáme entre pasos y acordes,

Suaves frases susurradas,

Éxtasis que enciende la corriente

Desde mis oídos hasta tus pies.

Sos esa casa soleada y con patio,

Donde nunca pude volver.

Con olor a romero y canela;

Una cocina gentil y abundante,

Repasadores de hilo blanco colgados al sol,

Utensillos de madera y sartenes doradas,

Hojas, fotos y estampillas en el escritorio,

Ocres poemas sin terminar,

Repisas encorvadas de lecturas por venir.

Sos el verano que asoma tibio y tímido,

Entre hojas nuevas que estallan

De verde , resinas y savia.

Y el aroma a hierbas silvestres

Que entrelaza sus dedos

Con el arrullo del agua

Que choca contra las piedras

Que descansan a la sombra del sauce.

Bailemos,

Mientras encuentro el camino de regreso,

Al continente perdido al otro lado de este río,

Atravesando el océano,

Donde el agua salada

Castiga los acantilados

Y el mar es tan negro y profundo

Como el vacío de una existencia sin vos.

Bailemos

Mientras las letras de ese boleto

Para el tren con asientos azules

Que parte desde la estación abandonada con tejas rojas,

Son  embestidas por el tiempo

El mismo que hoy ya no me permite volver.

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 Yaroslav I. Zyablov

 

 

Medias tintas circulares

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Cristina Nguyen

La espera.

Pérdida inmediata del tiempo entre los dedos.

Píos emergen desde una maraña indescifrable de ramas secas.

Inundan el silencioso atardecer con estridentes melodías.

El pasto húmedo sigue su curso vertical y se estira hacia el cielo.

Insiste. Se doblega. Resiste.

Las plegarias se caen. La lluvia cesa. Los errores devoran. El domingo asesina.

La primavera se atreve, y se asoma a través de algunos gajos.

El invierno se repliega y deja su desnudez al descubierto.

El tiempo circular. Circular como una sierra. Cortante, frío. Extenso como el mar.

El mar que toca mis pies. Donde cayeron mis plegarias dejando huellas en la arena.

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Hoy el diario hablaba de vos.

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Foto: Waiting Alex –  Greenshpun – 500XP

Trescientos milisegundos. Ahora lo sé. Tantos años preguntándome cuánto había durado la gestación de tu recuerdo. Debo reconocer que a esa catarata de tiempo milimétrico, le sucedieron millares de segundos más, los cuales cumplieron con la tarea de Miguel Ángel: esculpir el recuerdo hasta convertirlo en una obra de arte.

El recuerdo muchas veces tiene pulso propio y late con menor o mayor potencia,  de acuerdo a las circunstancias actuales; qué  paradoja,  ya de actuales no tienen nada y esa frase de que “la vida es ahora” clava puñales diminutos en mi alma: el ahora se escapa, se evapora, huye  y me atosiga dejando millones de posibilidades descansando en el pasado.

Vaya si son determinantes esos famosos trescientos milisegundos que hoy encabezan los  titulares. Mientras dejaba que  tu primera sonrisa invadiera mi universo por ese entonces despoblado, las otras neuronas no tuvieron capacidad de reacción alguna. Dejaron formar el recuerdo que se esparció  tan rápida y contundentemente que casi no dejó espacio para otra cosa.

Lejos de querer borrarlo acudo a él cuando necesito cobijo. Tu recuerdo es como una manta suave y levemente perfumada en el invierno.  Tu recuerdo es como muchas otras cosas que amo. Seguramente puedo ponerme a divagar más y más, compararlo con otras miles de situaciones que causan placer, y sin embargo nunca encuentre la palabra perfecta para definirlo.

Es por eso que me quedaré saboreando este dulce momento en esta gris mañana que no alcanza a despertar.  Degustaré  esos trescientos milisegundos. Esos cinco minutos definitivos en una vida de millones de vueltas de aguja en un reloj.  Más de lo que tarda una lágrima en recorrer una mejilla, menos de lo que se tarda en tomar una decisión.

Aunque,  si mal no recuerdo (sic), en esos primeros minutos mi decisión fue rápida: devolverte la sonrisa y apostar a que tuvieras tu propio recuerdo grabado de ésta.

Fuente: Descubren cuánto tarda en formarse un recuerdo

Si al fin el pronóstico es sólo una sensación…

Diane Millsap

Es difícil ser el señor del tiempo.

Vaya si lo es.

Acariciar mapas lisos y azules.

Delinear climas que no alcanzan a sentirse.

Porque no es lo mismo veinte grados en Capital que en Ushuaia o Misiones.

Mientras unos sienten apenas una briza que se cuela entre la humedad,

Los del sur apenas si pueden moverse sin sudar y doña Rosa en Misiones

Probablemente amanezca con una mañanita sobre sus hombros.

El señor del tiempo canta decepciones,

Promesas de lo que será,

El corazón cálido u oprimido,

La lluvia molesta y el agua que brota debajo de las baldosas.

El olor de la humedad que aspiran los enamorados

Mientras corren bajo el agua riendo a carcajadas.

El viento que termina por derrumbar al otoño,

O que manda a volar pétalos y alergias en primavera.

El que marea navegantes y pasea soñadores

Que vuelan en globos aerostáticos.

Diane Millsap

Al menos una vez por semana el señor del tiempo miente.

Baja la humedad y suaviza la tensión que ejerce el sol sobre el asfalto.

Sujeta al viento hasta convertirlo en briza.

Redondea sensaciones térmicas y hectopascales.

Acaricia el fondo azul y guiña un ojo.

Si al fin el pronóstico es sólo una sensación

De cómo podría usted sentirse mañana.

El dice que bien y ambos sonríen.

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Dolor

Kimberly Dow Charity

Abrí mi corazón

Deshojando horas de espera

Con paciencia infinita

Reconstruyendo castillos ajados

Sumando olas al mar calmado

Caricias en el crepúsculo

Y pequeños sueños pegados

En la pared de una cocina.

El tiempo que todo lo arregla

Se deshace en pedazos ante

El hombre disfrazado que todo lo destruye.

Sin entender me hallo

Otra vez con una herida

Doble y mortal,

Despiadadamente abierta y supurante.

Me retiro a alguna morada

Donde sola y desnuda me cobijaré

Durante las horas que se hacen más lentas

Mientras,

Mi corazón desangrado llora

Rescatándose de sus heridas.

Yo

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Con el tiempo….(Avec le temps)

Danielle Richard Avec le temps

La espera trae nuevamente la misma y fatídica pregunta:

El por qué de las horas.

Espero atada, petrificada, sin poder ejercer acción sobre mi destino.

Esperar unas cuantas horas desparramadas sobre otros tantos días,

Hace nacer en mí, la necesidad de huir

Y dejar ya sin efecto el castigo por haber vuelto

La vuelta sin llegada

A medias

Sin recepción ni bienvenida

Cargada de reproches

Despojando esta historia de amor mínimo

A la cual quisiera abandonar inmediatamente

Mediante un step al más allá

Mi corazón se resiste

Me suelto, recluyo, cobijo, vuelo, avanzo, retrocedo

Con el mismo efímero optimismo

Ocultando todo lo que me da miedo de vos.

Yo

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La puerta del oeste

Ira Block

 

Me senté tarde. Ya el sol se había escondido en el horizonte y solo quedaban estelas doradas reflejándose en el mar. Llegué tarde o temprano, aún no lo sé y aunque esperé no nos encontramos. Si vos ibas yo venía, si te acariciaba te retirabas, si te acercabas yo partía. Ridículamente habíamos nacido en puertos diferentes, y por cuestiones del azar estuvimos varados en tu puerto.

Fue la llegada de  un  tiempo incierto, sin tiempo o algo así  en el que el reloj de arena se detuvo justo antes de que cayera el último grano.

Simplemente el atardecer quedó estampado, se congeló la brisa, y nuestros ojos quedaron estáticos sin poder mirar otra cosa. Éramos un hermoso cuadro, en un portarretratos hecho de papeles de colores y caracoles recogidos de la playa.

Al Este estaba nuestro castillo de arena y piedras, no muy grande, de un solo ambiente, con penumbras y sombras difusas. Sin cajones ni lugares para esconder cosas. Tan solo un suelo mullido que nos cobijaba en la eternidad de ese atardecer.

Nunca pudimos ver las estrellas juntos, ni sufrir la tempestad de la tormenta, ni ver más allá de nosotros, ni cerrar las cortinas para no dejar entrar a los fantasmas. Ni dejar entrar a nadie, ni siquiera huir de nosotros mismos.

Un poco lejos, al Oeste, estaba la puerta a la que acudiríamos juntos algún día, cuando estuviéramos listos para dejar correr el tiempo y ajustarnos, caminar a la par, tal vez encontrar otro descanso, sin hacer trampas ni adelantarse.

Escribí mi primer y último libro en esa eternidad, apenas de una hoja en blanco, porque nunca tuve la suficiente claridad para escribir derecho o apropiado. Tan solo es que no podía dejar de mirarte.

Y la mirada tiene eso, a veces puede ser mortal, otras incandescente, enceguecedora o  embriagadora.

Tan solo un parpadeo y nos perdimos. Tal es así que di la vuelta sin mirar atrás, y al cerrar la puerta del oeste tras de mí, cayeron el último grano de arena y tu primera lágrima.

 

Ira Block

 

“Sólo tengo ojos para tí
no te das cuenta, no lo has notado
Y te quiero más de lo que hoy puedo decir
Sólo tengo ojos para tí

Sólo busco el tiempo para tí
vaya manía de estar a tu lado
y lo eterno cabe, en tu minuto enamorado
Sólo tengo ojos para tí

Te veré como siempre en el rincón
donde guardo el corazón y tan sólo vives tú
y aunque el mar pierda una orilla
y el comienzo su partida
sólo tendré ojos para tí.

Sólo tengo ojos para tí
no de das cuenta, no lo has notado
Y te quiero más de lo que hoy puedo decir
Sólo tengo ojos para tí

Te veré como siempre en el rincón
donde guardo el corazón y tan sólo vives tú
y aunque el mar pierda una orilla
y el comienzo su partida
sólo tendré ojos para tí.

Sólo tengo ojos para tí

Juan Luis Guerra

 

Ira Block


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Divagaciones…. y van….

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Karma II

Sukhpal Grewal

Llegué a casa pasado el mediodía. Mire por todas partes y reconocí que ésta necesitaba algún arreglo del tipo cosmético-limpieza que la hiciera sentir más cómoda; a ella y a mí en ella.

Apagué los celulares – si tengo dos, con esa manía de las compañías y los pseudo corporativos, tampoco la pavada de gastar un exceso en comunicaciones-. Pero ya estaba pensando seriamente en revertir eso. Casualmente el almuerzo que había tenido hacia unos momentos, fue interrumpido por la maldita maquinita comunicacional.

Una vez que los rayos del sol entraron por las cortinas y se reflejaron en los pisos recientemente refrescados y perfumados, miré mi cama. Estaba aún sin hacer debido a  la rapidez con que había salido a la mañana para el trabajo.

La primera impresión fue tirarme a dormir, así sin más, como para matar la hora que me separaba de mi retorno laboral.

Me dije no.  La hice. Puse el millón de cosas que tengo arriba de la cama, los almohadones, y demás. Y  surgió:  por qué no escribir? Si eran las palabras escritas y leídas las que me estaban salvando y no la cama?

Prendí un sahumerio, apagué la música que sonaba en el equipo. Si hubiera sido de noche hacía que me acompañara una copa de vino tinto, pero la deje pasar, tenía muchas cosas pendientes para la tarde. Me descalcé, y el contacto con el piso frio me terminó de despabilar.

De pronto estaba sentada frente a la portátil, esta maldita que me hace perder tiempo con esta cosa de los acentos y la corrección ortográfica.

Pensé por dos segundos que fácil seria empezar a darse permisos para vivir, sacarse la mochila y tomar los hechos como oportunidades y no como problemas.

Por primera vez en veintidós años tenía la oportunidad de estar sola, y no lo lograba. Sola quiere decir eso, literalmente sola.

En vez de eso estaba sosteniendo una relación en donde yo era el mástil, la mujer independiente, la reparatuti autosuficiente no necesito nada, todo para dar lugar al otro para que vaya a salvar al mundo. Todo a cambio de….. Si, prácticamente de eso solo.

Para una mujer bancárselas sola arreglando picaportes, gomitas de canillas, midiendo la varilla del aceite, ganándose el pan de cada día y el de sus hijos cuyos padres solo si apenas se sustentan ellos, no sería el problema. Es lo mismo que he venido haciendo el último tiempo, con la diferencia de que algún exponente masculino de carne y hueso me palmeaba la espalda para darme ánimos para que siguiera adelante.

Quise cerrar los ojos, tener una experiencia divina que me cayera como un rayo y ver las cosas claras, firmes, la luz, el camino, lo que fuera pero ya.

Que estuviera escribiendo y no durmiendo ya era un adelanto. Pero la realidad es que no sabía en qué momento se me iba a saltar la térmica. De pronto tenía ganas de hacer cosas del tipo raparme, como un acto de renovación -que ridículo, lo único que se renovaría seria mi cabellera y no así los fantasmas que tenía en la cabeza-, agarrar una mochila y salir a recorrer las rutas esperando que algún asesino serial me encontrara, cerrar todo pero todo: casa, auto, negocio e irme como Kun Fu –es una pena que se haya ido en serio-; y así podría seguir con mi lista interminable de cosas a hacer, una más tonta que la otra. En vez de eso estaba sentada en la cocina, descalza y haciendo catarsis con lo mejor que tengo: las palabras. Imaginen el resto.

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Karma IV

Sukhpal Grewal

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Looocaaaa!!!!!!!

Evidentemente cuando una mujer tiene múltiples actividades es loca.

Cuando un hombre tiene múltiples actividades es responsable.

Siempre aparecen nuevas terminologías para titular fenómenos tan particulares de nuestro siglo, en este caso Time Freaks (locas por el tiempo).

Time Freaks al parecer son las mujeres que tienen múltiples actividades, no saben (no pueden, no quieren o no tienen a quien) delegar, trabajan, están casadas, tienen hijos, estudian, van al gym, al gabinete, al psicólogo, a yoga, tienen un blog, leen el diario y eventualmente tienen sexo y hasta algún amante.

Obviamente no alcanza el día para tanta cosa, por lo que en general se puede llegar a realizar varias tareas al mismo tiempo.

Hablar por teléfono es una de esas actividades que se puede combinar con cualquier cosa, en el baño se puede leer tranquilamente, es posible planchar mientras se programa el lavarropas y hay algo muerto en el horno, es posible atender el mostrador y el teléfono y mandar mensajes casi simultáneamente.

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El día que el reloj se para, o cuando no.

Bueno… esta semana me la tomé como si fuera la última de mi existencia, no por hacer todo lo que más me gusta, sino por tratar de hacer todo lo que pudiese en menor tiempo.

Trabajo más trabajo igual mucho trabajo. Luego de eso, como un buen perro hembra, el trabajo continúa en casa. Para variar, si no tengo actividades (eso creo que no existe) me las invento, es así que tengo tres libros empezados sin terminar de leer, dos películas sin ver, varios post sin escribir, música sin escuchar. Dicen los que entienden que los hiperactivos se inventan múltiples actividades para no hacer lo que tienen que hacer…..

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