Hola

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Hola
Me clavás un “hola” en redes sociales.
La secuencia es así: solicitud de amistad, acepto, y cae el “hola”como si fuese un meteorito. Estimo que vos & asociados tienen el arma cargada para disparar el saludo.
¿Será un arma de fuego o una ballesta?
Todo bien, no hay nada como decir “hola” y quedarse callado.
Admito que no te doy opciones. Vos disparás, yo me corro y la flecha o bala terminan hundidas en el paredón del supermercado Día.
Ahora ya saben por qué las paredes del estacionamiento del Día están a la miseria.
Me dijeron que hoy es todo por redes o whatsapp. No tengo problema con eso -mentira-.
Pero elaboráme algo, digo. Hilvanáte una situación que a mi me conmueva, regalame una oración, un chiste, una secuencia de palabras. Vos podés.
No es que yo sea difícil y pretenciosa. Soy difícil y pretenciosa.
Y encima me aburro como la hostia. Debo tener déficit de atención.
Viste lo que pasa cuando te conformás con menos, ni te cuento cuando te conformás con nada.
Terminás triste y aturdido, dando vueltas un domingo a la plaza, charlando de nada con un desconocido.
Patricia Lohin
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𝑾𝒂𝒕𝒆𝒓𝒄𝒐𝒍𝒐𝒓

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Me fui antes de que vinieras.
La mañana se viste ahí afuera con esos colores tan tenues que se dispersan en los bordes de las aceras. Watercolor creo que le dicen.
Podrías estar enojado, en el caso de que te enteraras que llegué y me fui.
O podrías estar aliviado. Prefiero pensar lo primero. Me gustan tus caras de seriedad circunstancial.
Llegué antes de que vinieras.
El insomnio de anoche se transformó en un sueño tan pesado que llegué tarde al alba, y cuando me levanté, el sol ya estaba bastante divorciado del techo de chapa del taller mecánico de mi vecino.
Apenas si me bañé y me vestí en capas: una, dos, tres, cuatro prendas una sobre otra, tratando de disfrazar mi humanidad para salir a la calle.
A pesar del sol, del watercolor, del insomnio de anoche, de mis cuatro capas de prendas, a pesar de mi seriedad circunstancial, llegué a la intersección precisa entre tu casa y la mía.
Supuse que en un rato saldrías y me verías, sentada en el bajo paredón de la casa de la esquina, con mis capas de ropa, con el pelo desordenado, los cordones desatados y con los ojos dilatados.
Supuse que al salir te sentirías confuso, o tímido, o raro, o como en casa. Y que de sentirte como en casa la primavera al fin tendría un inicio como la gente.
Pero llegué antes que vinieras, me fui antes que llegaras, antes que me dijeras estás loca, antes de morirnos de risa, antes de ser nosotros.
Patricia Lohin
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Del perro

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La culpa es siempre del perro.
No hay finales abruptos. Si pensás eso es porque no estuviste prestando atención.
Este final te lo canté hace meses. Mirábamos el atardecer y al esconderse el último rayo de luz en el horizonte sentí una punzada en mi ombligo. Ese fue el final. Mientras no me estabas escuchando.
Como una tardecita, como estar en el ojo del huracán. El final es una cena rica que no sabe igual que las otras veces, en donde el que hace silencio escucha cómo las palabras de los demás comensales se van alejando en el tiempo, es dejar de sentirse a gusto donde antes era tu casa.
Yo soy la que mastica en silencio. Soy el perro que escucha el silbato cuando los demás no oyen nada.
Y a pesar de eso, como cualquier otro mortal, espero que la muerte llegue, un día predeterminado de éstos, cuando ya no haya ganas de juntarse, cuando un domingo no salga preguntar cómo estás, cuando no seas un plan en la vida del otro.
Entonces ese día, con la cola entre las patas cansado de esperar el último resabio de tu interés fingido y agarrando el hueso desgastado que quedó tirado fuera de la cucha, me vaya caminando por la vereda del sol, a tirarme un rato en la plaza.
La culpa es siempre del perro, que no atrapa, que no gusta, que no encaja, que no enamora, que no pide.
Patricia Lohin
Foto Sylvain Richard
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Héroes de barro

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No sé qué dicen los distinguidos sobre los falsos héroes. Ni me importa.
Sé que a los héroes de barro les espera la lluvia en algún lugar, que al fin los terminará disolviendo por los siglos de los siglos. Y los que quieran podrán tener una estampita en la mesa de luz. Te entiendo, la verdad es muy oscura a veces y requiere valentía. Yo no odio, yo me reconcilio, pero de lejos. Vos allá y yo acá, sabiendo que no somos de la misma especie, yo aceptando tu existencia como algo irremediable, dañino para muchos, sin poder hacer nada para aliviar tu opresión sobre otros, o para que hoy te levanten en alto como a un dios ateneo, o mañana pongan una placa con tu nombre en la plaza principal.
Por mi culpa, por mi santa culpa.
Me dijeron que le temías a la muerte. Cómo no temerle, si estabas hasta las manos con la vida.
Para crear héroes de barro hace falta gente que necesite de una mentira- verdad acomodaticia y una memoria reinventada, gente que de ninguna manera se haría cargo de su propio heroísmo, gente que hace oídos sordos a todo lo que no se amolde a los lineamientos de un supuesto supremo que no es más que un tipo como vos y yo lleno de imperfecciones… pero con poder.
A los que recordamos, a los que no nos acomodamos, a los que padecimos, a los que no nos creímos el cuento de la buena pipa. A los que te tuvimos miedo, y a los que escapamos.
Patricia Lohin

𝑮𝒉𝒐𝒔𝒕𝒊𝒏𝒈

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Hubiera preferido que me dijeras “Disculpá me confundí.”, hubiera sonado más sincero toda la vuelta.
Aunque sea hubieras pelado un audio de whatsapp. Escuché a un coach decir que ya está de más hacer acto de presencia, que se puede avisar por redes de cualquier evento, incluso de un adiós. No hay nada como cortar por whatsapp y después verse en un evento local y ni saludarse, -sí, esa gente que te decía que te quería-.
Si supieras cuánta gente que anda por el centro y abre puertas de comercios equivocadas, a veces entran y se sorprenden de lo que ven. Vos abriste esta puerta y no encontraste lo que buscabas -porque desapareciste como una flota de aviones en el triángulo de las Bermudas- y menos avisaste que estabas errado.
La sorpresa fue toda mía. Pasamos del quiero dormir con vos un sábado por la noche, luego de tu cita oficial en un cine local, a la mañana siguiente meta apurarme a que fuese a desayunar, para luego disolverte en las mieles de la inexistencia a partir del día siguiente, cuando le dije a tu ego como al pasar que ya no me inspiraste para escribir. Si vos querés que te escriban esmeráte… digo.
Creo que le llaman ghosting al arte este de irse sin decir ni mú ni má.
Siguiendo en la línea de los actos absurdos e imposibles, ese domingo tuve relaciones del tercer y cuarto tipo con un fantasma.
Pᴀᴛʀɪᴄɪᴀ Lᴏʜɪɴ
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Fe de vida

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En England tienen un ministerio dedicado a la soledad.
No Sole Pastorutti. Sino la soledad posta.
Aparentemente estar solo mata más que fumarse quince puchos al día.
Como si algo pudiera matar más fuerte.
Me planteo empezar a fumar a ver quién viene primero a matarme.
Que empiecen una carrera y vayan tomando velocidad.
Que acá estoy.
En un edificio de departamentos, una mujer mayor que vive sola
tiene una consigna:
Le deja a su vecina Julieta un papel avisando que está bien.
De pronto recuerdo eso que tienen que hacer los abuelos:
les piden un certificado de supervivencia o fe de vida.
Ellos. Que sobrevivieron a todo.
Como si nosotros no pudiéramos morir ahora mismo.
El caso es que si Julieta no encuentra el papel
sabe que algo le ha pasado a su vecina.
Sabe que la han venido a buscar, posiblemente la soledad.
Aún no sabemos qué ropajes viste.

Patricia Lohin
Imagen e historia de Julieta y su vecina que usé para este texto: @lucretaravilse en Twitter
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T̶o̶d̶o̶

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De soltar ya me cansé.
De ordenar y tirar también.
Antes entraba en los placares y cajones sin pasaporte ni pasaje, frenéticamente los invadía en jornadas de 24 horas cocainomanas para ordenar milimétricamente y desprenderme de lo obsoleto. Estaba tan crazy que tiré mis primeros escritos, cartas de amor, rosas desecadas, y muchas hojas mecanografiadas. Todo con afán de que entraran cosas nuevas.
Temía que mi futuro fueran domingos mirando fotos viejas y cartas de amor no correspondido.
Hace un par de días puse cepo a las intromisiones: nada de ropa prestada o usada, porque qué sé yo lo que hicieron los otros mientras las vestían.
Luego llamé al libre albedrío: que duerman los calzones con una media extraviada en el mismo cajón. Que si esos interiores reflejaran mi cabeza no la quiero absolutamente ordenada. Hasta donde yo sé en el orden inmaculado no se cría nada tan intenso, ni tan tibio, ni tan interesante, ni tan original, ni tan rico, ni tan parecido a vos.
De decir que no quiero nada ya me cansé.
Yo quiero todo.
Fundamentalmente a vos. Suena del tipo colonizador y propietario. Retiro lo dicho. Ya buscaré otra palabra para poner en mi boca que no suene a contrato social.
Mi todo es tan simple como un sándwich de mortadela con una latita de cerveza una tarde de primavera. No quiero que me regales nada. O sí, eso que me venís regalando hasta ahora. Quiero empezar a guardar esos regalos junto a fotos en blanco y negro, frases sin terminar, proyectos inacabados y sueños concretados.
Y si llegado el día se amontona mucho entre tu todo y el mío, y comenzara a molestar, o a manifestarse como una enfermedad del tipo acumuladores compulsivos, si tapara la entrada del sol y no nos permitiera entrar en la cama para hacer del amor un juego secuencial; entonces volveré a soltar, con ganas y sin tristeza abriendo las ventanas.
Luego me sacaré tu remera para volver a la cama.
Patricia Lohin
Foto Michalina Woźniak
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𝑩𝒆𝒍𝒍𝒆𝒛𝒐𝒓

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Llueve exponencialmente, verticalmente, copiosamente.
Desde adentro puedo asegurar que de salir mi cuerpo al mundo exterior, éste sería perforado literalmente por miles de gotas pesadas. O no, tal vez mi vestido rojo se pegue a mi contorno, el pelo a la cara, y luego entre en la casa y me desvistas, así sin secarme, dejando que el agua moje el piso de tu cocina.
Ya no estamos para salir a correr bajo la lluvia, pero cómo me gustaría.
Me pregunto para qué estamos. Qué color de cinta queda en el carretel, si existen oportunidades, si hay recovecos para descubrir, o tan solo hay que aceptar esta historia transformada en un muy buen capítulo aislado de una serie berreta.
Tenemos una cena casi religiosa, la comida la preparo metódicamente bajo tus precisas instrucciones. Disfruto. Me gusta jugar. Mientras algo se dora en el horno me siento a mirarte. Tu cara es un mapa, un pergamino, un edificio de esos que declaran histórico e inviolable. Sos hermoso y no te das cuenta. O yo te veo así, y menos te das cuenta.
La belleza pasa a ser subjetiva y etérea, la belleza está en extinción y yo veo la última especie sentada frente a mí en una cocina, como si no hubiera más, y Greenpeace ya hubiese gastado todos los recursos disponibles.
La belleza nace en el ojo del que mira.
Mi corazón te está mirando.
Patricia Lohin
Foto Adriana Lestido
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Cuadrilátero

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La ciudad es un cuadrilátero, y a su vez el cuadrilátero es un laberinto. Dentro del laberinto, bombas subterráneas esperan pacientemente ser aplastadas por la marca de una zapatilla de lona. Inteligentemente elegimos las vías que nos llevan a otra parte, lejos del riesgo anticipado de que estalle todo. Cada tanto coincidimos en alguna esquina, como esos autitos chocadores que se encuentran y salen rebotados hacia atrás. Somos dos esferas contenidas en sus propias circunferencias. El deseo está contenido, la clave está en retroceder cada vez que estamos a punto de chocar.
El asunto es que ya no quiero retroceder más.
Ahora me pregunto si encontrarás la salida o vendrás a mi encuentro.
Patricia Lohin
Foto Eirini Lachana

De diván

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Me siento en el sillóncito diez minutos después del horario de mi cita. Resulta que no era color verde sino que es de un gris apagado. Voy a mi terapia sin anteojos, y la imagen de mi psicoanalista se ve desdibujada. A lo lejos tiene la fisonomía de mi padre. Veinte años que nos conocemos y nunca le comenté eso. Será la explicación racional a por qué nunca hablé de sexo.
Le cuento cómo te conocí. De una manera prepotente y por cansancio. Digamos también que por hartazgo y porque no tenía mucho más que hacer. Siempre salí corriendo de tu lado. Después me acostumbré a la mediocridad, la confundí con originalidad y te regalé una vez cada tanto un poco de mi magia.
Eras un pelotudo con todas las letras. Èl fue más benevolente y te llamó Narciso.
Tratamos de localizar los diez minutos de magia que describe Dolina en cualquier inicio de una relación. El inconsciente enamorándose sin razón ni raciocinio.
Si una relación puede describirse en base a esos primeros diez minutos, ahora entiendo todo. Fuiste una hermosa creación de mi imaginación.
Esto de crear y escribir a veces es una cagada, otras una salvación. Digo, por la velocidad en la que el papel se moja y las palabras mueren.
Patricia Lohin
Foto In Treatment versión italiana con Sergio Castellitto

Infancias

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A los doce el amor era mirar a Fernando de reojo.
Alguna vez compartimos uno de esos pupitres de madera todos integrados con un orificio para poner un tintero. A los doce el amor era un sentimiento larga duración y un asunto serio. Yo me enamoré en sexto grado, y seguí con ese encaprichamiento hasta segundo o tercer año de la secundaria. La duración del enamoramiento unilateral era motivo de charla en los recreos. Al igual que las protagonistas de las historias que yo leía, a mayor duración de algo, mejor calidad. Y yo estaba ganando: era la única de mis compañeras que llevaba tanto tiempo gustándome el mismo chico.
El pobre Fernando se enteró a fines de la primaria de mi berretín existencial platónico. La había cagado, me podría haber quedado con un potencial amigo, pero un papel con su nombre escrito por mí al lado de un “me gusta” hizo que me anulara del listado de seres vivientes dignos de un saludo. Los siguientes años me conformé pasando por la esquina de su casa. Luego el tiempo hizo lo suyo: yo me fui del pueblo un par de veces y nunca más volvimos a compartir un aula.
Patricia Lohin
Foto Alicja Brodowicz

𝖢𝗈𝗆𝗉𝖺ñ𝖾𝗋𝗈

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-𝘋𝘦 𝘭𝘢 𝘴𝘦𝘳𝘪𝘦 “𝘌𝘴𝘤𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘮𝘰𝘳”-

Él me dijo compañera. Detrás de esa palabra cargada de contenido histórico yo leí el comienzo de nuestra lucha juntos.
Compañeros, los que comen del mismo pan y caminan a la par levantando la misma bandera. Fueron muchos los pasillos transitados redactando documentos plagados de proyectos, que nos llevaron repetitivamente a los mismos lugares: un escritorio desordenado, horarios encontrados, almuerzos improvisados, ceniceros con colillas aplastadas, calles desconocidas que desde ese momento crearon un nuevo mapa hasta entonces incierto: el de nuestro encuentro, un nuevo punto geográfico recién parido.
Adoración. Devoción. Admiración mutua. Mis oídos bobalicones escuchando sus proyectos utópicos. Yo queriendo subirme a la calesita para ponerlos en marcha. Y viceversa a todo. Su dialéctica. Mis sueños. Su mirada. Mi realización a partir de esa mirada. Mis oraciones. Su punto y seguido. Mis párrafos. Su acto continuo. Mi despertar. Su sentir silencioso. Mi amor platónico. La tinta de su lapicera que no alcanzó para poner tres puntos suspensivos. Te amo. Yo también. La espera detrás de bambalinas. El final cuando no fuimos los elegidos. Su huida y el fin de mi revolución.
Él renunció a mi causa, un proyecto al que nunca pude ponerle punto final.
Hoy cuatro años después, seguimos militando cada uno por distintos pasillos, mientras cada tanto y subrepticiamente nos miramos de reojo.
Uno solo fue el cobarde.
Usted compañero.
Patricia Lohin
Foto Adriana Lestido
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Pelopincho

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Me arriesgué. Me tiré a la pelopincho con esa malla enteriza que me hace parecer un mamífero marino y encima me olvidé de ponerme los bracitos inflables.
Fué de panza. No te voy a negar, había agua, pero poca.
Terminé con la pera constipada contra mi pecho.
Dolió como la puta madre.
Dolió como un parto, como cuando uno nace. Dolió como la aguja de la inyección subcutánea que te clava la enfermera después de tres golpecitos, y encima te dice “no pasa nada” mientras el lagrimal supura agua salada.
Vos estabas en la reposera amarilla, viéndome caer, llorar, tragar agua y levantarme herida.
Tus ojos pardos más verdes por el sol, lucían divertidos.
Nunca entendí ese masoquismo enquistado, el de querer a alguien pero quererlo mal. El goce de la caída ajena.
Salí de la pileta y me envolví en un toallón animal print, tratando de parecer un bombón asesino y sexy. Te di un beso en la boca, húmedo y lapidario. Sabés que los picos no son lo mío.
Así y todo fue el beso de despedida.
Patricia Lohin

𝑁𝑜𝑟𝑚𝑎 & 𝑅𝑖𝑡𝑎

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“Soy Johnny y busco a Frankie”.
Ella levantó el papel que se había desprendido de la pared. Tenía el dibujo gastado de la tapa de la película.
Cualquier Johnny que buscara a Frankie tendría al menos cincuenta años.
No eran muchos los hombres solteros de más de cincuenta años en ese pueblo perdido de Santa Fe.
La mañana húmeda y soleada era un concierto de aves que jugaban a las escondidas en las copas de los árboles. El sol estaba en todas partes, una vez descendido y reflejado en el asfalto húmedo de la calle principal, los rayos se eyectaban hacia las paredes gastadas de las cuadras del centro.
Norma no había desayunado, tampoco cenado. Tan sólo medio atado de cigarrillos había en su ser. Entre los dedos atabacados se colaba el vacío existencial.
Llegó a la panadería La Moderna, y sin entrar se quedó sentada en el marco de la ventana. Esperó unos quince minutos hasta que llegó Rita, una mujer mayor, de edad indefinida, con grandes surcos en la cara, como si toda la vida hubiera llovido entre los ojos y la comisura de su boca. A su vez, su frente ancha, era un entramado de letras que conjugaban una especie de poema desconocido.
Rita se acomodó y empezaron a fumar juntas, tirando el humo en dirección a la vereda opuesta.
La frase de los ochenta era que la vida debía estar en otra parte.
A los 90 estaban ocupadas matando domingos amargos mientras el mate se lavaba al costado del río y los chicos volvían a la casa llenos de barro.
En el 2001 vino la crisis, dejaron el amor y la casa para recibir otro amor y otras casas.
Sobre el 2020, los amores habían resultados insípidos y pasajeros, y la única frase que había quedado estampillada en el cordón de la vereda era que la vida debía estar en otra parte.
Pero las vías del tres estaban frías, dormidas y tapadas de malezas. Entonces dieron por sentado que la vida simplemente nunca había ido a recogerlas.
Patricia Lohin
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Heridas

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Había una vez un hada chiquita que haciendo tonterías se lastimó el dedo chiquito del pié.
Tan grande fue la herida, que nunca cerró.
El hada se hizo grande, dejó brillos y purpurinas, se puso la ropa que la vida le dió: una especie de mameluco beige sin alas, una gorra sin estrellitas, unos anteojos color pardos, un cinturón negro y unas zapatillas color amarillas que gastó yendo de acá para allá.
En su mochila había una de estas redes para cazar mariposas.
En el tiempo libre se escapaba al bosque, y si era de día atrapaba mariposas blancas apenas por unos segundos y las dejaba ir. En las noches de verano, caían en la red luciérnagas y otros bichitos luminosos que se le metían en el ojo cuando acercaba su cara.
Iban y venían: mariposas, luciérnagas, vaquitas de San Antonio, amores, hijos, mascotas, canciones de cuna, amigos. Cada uno llegaba con el pasaje de vuelta en la mano.
Y cada vez que alguien partía, la herida del dedo chiquito del pié supuraba tristezas.
Tengo una herida en el dedo chiquito del pié. Nunca dejó de doler. Me la hice cuando tenía uno o dos años.
En las siestas del invierno y noches de verano hago amores, hijos, amigos. Pero vienen con el pasaje de vuelta en la mano.
Patricia Lohin
Foto El santuario de las Luciérnagas
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Porque te conozco tanto
sé con qué jugos se cuecen tus carnes,
y lo que pensás
mientras mordés tu labio inferior
y tus ojos rejuvenecen
en una fracción de segundo.
Sé la música que ponés
al volver del trabajo
mientras sorteás obstáculos
en una avenida
en donde algunos jacarandás
se recuestan sobre las veredas
y los edificios del centro
besan las nubes
del cielo encapotado.
Conozco de memoria
la remera que te acaricia
por las noches,
y el libro que descansa
sobre la mesa de luz,
esperando a que yo llegue
y en puntas de pie,
humedezca mi dedo índice
y pase una hoja tras otra
leyendo entre líneas
cómo hacerte el amor,
dulcemente o salvajemente
entre esas sábanas blancas de algodón
que acabarán
suicidadas en el piso
y totalmente arrugadas.
Porque te conozco tanto
sé a qué hora mirar el reloj
para adivinarte con hambre y sedienta
hurgando en la heladera
las caricias que no te llegan.
Patricia Lohin
Foto © Ken Schles
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No me creas

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Yo nunca me creí la que me contaban. Pero siempre hago que.
Me muestro como un Kwai Chang Caine* berreta: respirando, analizando, esperando, anotando y observando.
Hago gala de revoluciones silenciosas que me llevan mansa y tranquila al último minuto, cuando viene el KO, el derechazo, la muerte súbita y vos que no te la veías venir.
Como si fuese un show de magia del mago sin dientes en un galpón abandonado al lado de las vías: pensabas que era un fiasco y al final desapareció.
Como hoy.
Vos a las ocho de la noche, viniendo a casa para cenar temprano. Comemos algo rico. El tema es cómo pasar eso rico cuando la garganta tiene un rosario de nudos que llega hasta el estómago. Sonrisas programadas y comentarios de medio pelo. El contacto visual murió antes de ayer. Casi no probamos bocado. Es peor que una última cena abrazando a Judas. No hay postre.
Los dos sabemos pero nadie dice nada. Es la verdad tácita que chorrea las paredes.
Te sentís seguro porque no hablo y me muestro dócil. Podrías estar así el resto de tu vida: pensás que la comida que sobró hoy la vas a poder terminar mañana, cuando vuelvas y ensayemos otra obra de teatro.
Seguimos haciendo qué, por ahí con suerte esta noche tenemos sexo. La noche termina y me voy a dormir sola.
Sobre la mesa tu llave y un pasado menos al que volver.
Patricia Lohin

Voluntarismo a punta de pistola

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Salgo a la calle con mis mejores pilchas de yo sé a dónde voy. 

Tengo varios de esos trajes, más un par de mudas de entre casa para cuando me agarra pánico y no sé dónde estoy. Es ropa cómoda y abrigada, que me permite hacerme un bollo en el piso que amenaza con desintegrarse debajo mío. Tengo todo medianamente calculado. Soy un asco. 

Hasta hace un tiempo me las estaba arreglando bastante bien con esto de vivir. 

Pero una mañana la persiana de mi pieza se trabó, y algo en mí detonó. Mi universo aceitado se estaba desmoronando, todo por una puta persiana. Mi garganta se convirtió en asesina al intentar asfixiarme, mientras mi cuerpo agonizaba vencido sobre las baldosas del baño. 

Mi psicólogo dice que el botón rojo de emergencia se activó. Yo sólo quiero saber quién lo presionó, y por qué justo ahora. Me explica que es como destrabar el  martillo colgado para romper el vidrio de la salida de emergencia de un bus. Lo que pareciera que me está matando, en realidad me estaría salvando. 

Son las nueve de la mañana. Salgo con mi reserva en modo automático y obligada. Todo me cuesta. La vida pasó a ser un acto de voluntarismo a punta de pistola. 

Él se sienta con las piernas cruzadas frente a mí, y me mira en silencio con su mejor pilcha de yo sé lo que hago y a dónde voy. Me pregunto que hará al final del día luego de atender a su último paciente. Miro las paredes y trato de adivinar dónde se esconden sus demonios. He llegado a creer que el inmaculado despojo del lugar sirve para que sus pacientes no se distraigan. Al final, ese consultorio es como un templo, donde el pastor me dice que no existe el pecado, ni la moral, ni lo bueno ni lo malo. Es la única religión que me reconforta, con ésta tengo altas probabilidades de llegar al cielo sin tramitar visa ni pasaporte. 

Patricia Lohin

Foto: Brooke Shaden

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A quien corresponda

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Porque para que sea una buena historia de amor es necesario que tenga banda sonora.

Ella tenía quince y él veinti tantos. Es una historia conocida.
La tarde-siesta los hizo coincidir mientras se relamían los labios con gusto a sal y algas.
El prestó atención a su boca cuando escuchó su banda sonora, y desde ese momento supo que no querría hacer otra cosa más que succionar esos labios que tarareaban de forma muda e inconsciente la misma música que él llevaba en su walkman.
Labios con gusto a higos, lengua almibarada, la piel apenas dorada por el sol de una playa patagónica.
Nada volvería a ser lo mismo ni para ellos ni para el cantautor, quien sin saberlo siguió componiendo canciones, una tras otra, mientras un director con cara desconocida iba marcando en qué escena iba cada melodía.
Dijo “corten”, y ellos insistieron en seguir actuando. Volvió a decir “corten”, y con la cabeza gacha y los hombros retraídos al fin abandonaron el set.
Con los años y la distancia, sobrevino una curiosa excursión que incluyó una ciudad tras otra, un teatro tras otro, distintas funciones de un mismo artista, mirando multitudes, esperando que el destino dijera sí de nuevo, mientras ella miraba la cola de la boletería, y en las filas aledañas, a la salida del show, esperando encontrarlo.
Pues yo les voy a decir algo mis queridos:
Si sólo les uniera un cantautor, éste aún no ha muerto.
Y ambos por igual esperan esa canción final que marque un comienzo.
Si sólo les uniera el cantautor, pero los une un río.
Patricia Lohin
Foto Tumblr
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El des-encuentro

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Podemos encontrarnos de dos maneras.
De forma programada, o esperar a que el destino nos cruce.
Para la primera opción tengo algunas ideas, aunque sólo te cuento una, así no te la creés, a ver si terminás pensando que esto del encuentro me importa tanto.
Se me ocurrió que podría ser tipo seis de la tarde. Un viernes, o un día que tengas franco.
En esa cafetería vintage de la peatonal de adoquines que queda en una esquina frente al Día.
Sí, esa misma. La que tiene mesitas cuadradas con unos mantelitos a cuadros rojos y blancos, más una cafetera antigua de la hostia sobre un mostrador largo de madera torneada.
Pensé en llegar antes, y sentarme en el fondo con vista a la puerta. Estaré leyendo, saltando renglones, pasando hojas, adelantando historias, mientras alternadamente levantaré la vista por encima de mis anteojos para adivinar tu silueta entrando, la expresión de tu cara, la sonrisa, tus tremendos ojos mirando el vestido que llevo.
Si llegás hablaremos de nimiedades y esperaremos que el random musical nos tire onda.
Si no venís, sabré que triunfó ese miedo crónico que arrastrás de no encontrar lo que soñás, sumado a la confirmación de que la realidad sea una especie de cagada fantasmagórica sin retorno, porque luego no te quedará un peso ni para soñar.
Tal vez este delirio del encuentro sea como la secuela de Top Gun, donde yo soy justamente esa actriz pasada de moda y entrada en años a la que no llamaron.
Para la segunda opción no tengo ideas.
Cuántas posibilidades hay de encontrarnos a la vuelta de la esquina de este mundo en forma casual y de sopetón, reconocernos, saludarnos, animarnos a intercambiar un hola, para luego seguir caminando, pensando que podríamos haber dicho esto o aquello, pero que sólo nos saludamos como un acto intrascendente más.
Lo bueno es que para desencontrarnos hay una sola forma: ésta.
Patricia Lohin
Foto: Marilyn por Eve Arnold
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Infancias

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Estoy sentada en un auto, en una localidad que no es la mía. Hay que esperar. 

La espera es como la esperanza, una entidad que no sirve más que para matar el tiempo. 

No recuerdo cuántos años tengo, tal vez diez, tal vez ocho, tal vez muchos, tal vez pocos.

El caso es que ya inquieta y aburrida, empiezo a payasear con mis ojos. Tapo uno y otro alternadamente, hasta que me doy cuenta que con uno mi visión es absolutamente borrosa.

Es un gran descubrimiento el que acabo de hacer, el mayor porcentaje de mi visión recae sobre un solo ojo. 

A los pocos meses estoy sentada en una silla de un consultorio oftalmológico de otra ciudad, una más acorde e importante para la situación. El profesional apaga las luces y de pronto la noche es un estado real. Siento su respiración sobre mi cara, y luego de su respiración su boca que roza la mía repetitivamente por un lapso de segundos que duran una vida. 

No recuerdo cuántos años tengo, tal vez diez, tal vez ocho, tal vez muchos, tal vez pocos. 

Es un gran descubrimiento el que acabo de hacer, el mayor porcentaje de mi visión recae sobre un solo ojo. 

Tal vez no debería confiar en que lo que pasó fue real si es que veo con un solo ojo. 

Luego de la noche viene el silencio.

Siempre. 

Patricia Lohin

Foto: Oriano Nicolau

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El patio

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El patio era cuadrado, casi del tamaño de cuatro habitaciones. Se diferenciaba de una habitación cualquiera por no tener techo. Las tardes de domingo, el sol entraba por una ventana subdividida en cuadros de cristal situada en la cocina, exactamente por encima de la mesada.

Ese día ella no estaba en la mesada, ni en la cocina, ni en la hornalla, ni en el fueguito del termotanque.

La cocina estaba en un momento íntimo de silencio, con una limpieza casi inmaculada, que había borrado incursiones culinarias del día previo. Tal sólo había quedado la huella de un par de migas de un pan tempranamente desgranado para tirar de pasada en la plaza y dar de comer a los gorriones.

Ella estaba sentada en la plaza, mirando de refilón al sol colarse por la copa generosa de un pino, mientras de fondo, la música estridente de la calesita se iba evaporando como si fuera el chillido de una locomotora que se disuelve a medida que avanza.

El abrió la puerta del patio. El silencio de la casa se quejó ante el ruido de la puerta. Se sentó en una silla de madera que él mismo había pintado en temporadas anteriores. Desde ésta empezó a fijar intermitentemente su vista en esa especie de naturaleza artificial. Un limonero, macetas de colores con tomillo y albahaca en el marco de una ventana, una salamandra oxidada, el rastrillo sosteniendo una pared, flores rastreras en los canteros circundantes, una radio Tonomac sin tapa que testaruda aún repetía frecuencias AM, un ciruelo, un espantapájaros vestido con una camisa que ya no le entraba. Y en otro sector, una quinta improvisada con tomates rojos y pequeños, algo de lechuga, algo de radicheta.

Miró hacia arriba buscando el cielo, y le pareció cada vez más cerca. 

Él sabía que la esperanza no es nada más que un engaña pichanga.

Ella sintió un dolor en el pecho mientras aún estaba sentada en el banco rojo de la plaza.

Cambió de posición y el dolor se agudizó perforando su esternón. Tuvo que pedir ayuda para levantarse. 

En el patio del tamaño de cuatro habitaciones, con un limonero y una radio tonomac, él decidió dar por zanjada la cuestión de vivir o morir, de esperar o no esperar. Eligió no esperar.

Patricia Lohin

Foto: © Ximo Mingarro Sales

Infancias: Lady Di

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Lady Di se casó en el año 1981. Con mis once años vi como metros de cola se arrastraban de acá para allá, mientras iba colgada del brazo del príncipe.
No importaba que él fuese feo. Importaba que la iba a proteger y cuidar, mientras ella cerraba los ojos y colaboraba un poco con esa fantasía endeble de cuentos de hadas.
El caso es que yo quería ser como ella. Embarrar mi vestido blanco en alguna calle de tierra cercana al río Colorado, estar enamorada de un príncipe feo que me diera love, pero sobre todo quería tener su peinado.
Con alta resolución, y teniendo mi pelo largo y lacio hasta la mitad de mi espalda, es que crucé las vías y fui a la peluquería con la foto de Diana.
Mi pelo rebelde, lejos que quedar dócil, se enfureció, y de pronto un millón de rulos se agolparon en mi cabeza. Parecía una princesa afroamericana desteñida.
La peluquera me dijo que me quedaba precioso y con esa convicción caminé las tres cuadras que me llevaron de vuelta a casa. Me esperaba el infierno.
Los meses siguientes tuve que andar con un pañuelo de seda en la cabeza, como recordatorio de que algunas libertades se pagan muy caro.
Si todas las libertades tienen un precio, yo siempre pagué lo adeudado.
Patricia Lohin
Imagen Diana Spencer – Pinterest
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Gutiérrez

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Cuatro de la tarde del día 13 de julio. Gutiérrez estaba en una sala intermedia entre un consultorio y la sala de espera.

Lo habían colocado allí a esperar. Pero no a esperar como los de la sala de espera tradicional. Esa locación, para él desconocida, era para esperar específicamente dos situaciones. 

En una sala de reuniones de profesionales, a dos pasillos y medio de distancia, se estaba siguiendo el protocolo AZ158. Participaban de la reunión un médico oncólogo, un médico generalista, un abogado y Gutiérrez hijo. 

Los médicos tenían sobre la mesa carpetas con estudios concluyentes y aparentemente certeros, con posibles estadísticas, posibilidades e imposibilidades en el proceso salud enfermedad del paciente. 

En tanto el abogado se abanicaba con un sobre de papel madera en cuyo interior había una simple hoja manuscrita con algunas instrucciones que no venían a este caso. 

Gutiérrez hijo, con sus manos vacías y su mente apabullada, destrozaba un chicle larga duración y sin sabor dentro de su boca. Pensaba que los únicos que saben con exactitud y antelación la fecha y hora de su propia muerte son los condenados, y Gutiérrez padre, apenas si era un habitante mediocre viviendo en libertad condicional, en un barrio gris lejos de la plaza y cerca de la comisaría. 

Los reunientes decidieron hacer dos actas de apenas un renglón cada una con dos veredictos distintos.

La verdad y la mentira acomodados por igual en sobres de igual calibre y color, pero cada uno con distintas iniciales. 

A continuación Nelly, la secretaria, va a buscar al paciente contoneándose a lo largo y ancho de dos pasillos y medio. 

Y es así que sobre las cinco de la tarde, con un café de por medio, Gutiérrez decidió entre saber y no saber. 

Patricia Lohin

Foto Yasuhiro Ishimoto

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El día después

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El día después
el río se ha terminado de secar
y los peces semimuertos
boquean en la orilla fangosa
de una tierra plana y cuadrada.
La misericordia
permanece ausente,
y la gente
sigue impasible e ignorante
ante la afirmación
de que el día después
es igual a ayer
y al día antes de ayer.
El mismo dolor,
la misma cantaleta,
la misma imbecilidad,
pobreza e impotencia.
Debajo de una piedra
donde antes circulaba el agua
y miles de reflejos de gotas
subían a la superficie,
yace una cápsula,
y dentro de ésta una píldora.
No hay que elegir
ni roja o azul.
Tan sólo si tomarla o no,
para romper el hechizo.
Que sea sin agua
y sin saliva,
que raspe la garganta,
que me lleve a otro lugar.
Que el día después
sea el final
de la historia
que se ha contado
hasta ahora.

Un beso en la frente

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El la besó en la frente.
Fue un acto que duró una décima de segundo, como el batir de las alas de una mariposa blanca. Luego sus ojos, que hasta hace poco eran muy oscuros y hoy se transparentaron, la miraron.
Sus miradas parecían un derroche de alguna sustancia que al ser de intercambio personal, sólo ellos conocían. Una pócima secreta, una fórmula química, la alquimia, el misterio, lo insondable. La paz del ojo del huracán. 
El tiene el color de quien ama, por eso tal vez se estuviera coloreando, como uno de esos cuadros que intentan emular el sol desperezándose en el horizonte de algún espejo de agua.
Yo los vi. Y luego de mirarlos te busqué con la mirada. No te diste cuenta de lo que pasaba.
El besó a su compañera en la frente.
Un beso del beso del beso. Los labios apoyados en el tope de su cara con un gesto imperceptible, fugaz y rápido. Como esos momentos en los que nos asombramos tanto que no podemos cerrar la boca aunque quisiéramos.
Como un calorcito que sale de la nada en medio del invierno que no perdona nada.
Como nuestras voces roncas de orgullo, de tiempo, de perdón, de esperanza.
Como quien se supo antes enamorado.
Patricia Lohin
Foto Tumblr
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Infancias

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Tal vez infancia significase espera.
Digo, en alguna clase de lenguaje etimológico reservado a una especie de eruditos desconocidos para mí.
Esperar a crecer, esperar a estirarse, a que el vecino devuelva la pelota, a que llegue el día del cumpleaños, a que pare de llover para salir afuera. Esperar a irse. Esperar a enamorarse.
Hay un portal en el último tramo de la vida, que nos lleva montados en un caballito de madera directo a la niñez. Lo sé, porque hay mayores que vienen y me lo cuentan. De pronto la memoria inmediata deja de tener relevancia, y la infancia vuelve con tintas, detalles, aromas y esperas en una forma tan contundente que estoy dispuesta a hacer una afirmación: infancia es esperar.
Esperar agazapado entre los vericuetos de la vida adulta a tener otra vez la altura adecuada para hacerse un chichón con la punta de la mesa.
Patricia Lohin
Foto Gáspár Márton
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Te miraré de lejos

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Años 90.
Una jóven de veinte años se bajaba del colectivo en la terminal y pisaba por primera vez la ciudad. Como cualquier foráneo al rato terminó pidiendo indicaciones.
El muchacho en cuestión no sólo se las dio sino que la acompañó unas cuadras y empezaron una de esas conversaciones psicodélicas con un extraño que te hacen sentir en casa. Se despidieron sonriendo sin saber ni siquiera el nombre del otro.
A los tres meses, la misma jóven baja de otro colectivo, y al final de la jornada, mientras hace tiempo para viajar, se encuentra con el mismo muchacho en una cafetería. Esta vez, un poco más ligero de reflejos, él le pide un teléfono, y ella anota su nombre de pila con un teléfono fijo y se lo da. Ese mismo día, al muchacho le roban la billetera, y con la billetera el teléfono.
¿Cuántas posibilidades hay de que una tercera chance los reúna?
El no la llama nunca, ella se olvida.
Años 2010 y consecutivos.
Dos personas se encuentran, se buscan, ponen nombre en Facebook o redes sociales, ven la foto, saben es el otro; el otro que fue su primer amor, el otro que vieron en una fiesta y no se acercaron, el otro de la conversación psicodélica.
Y aún, teniendo todas las posibilidades de encontrarlo, porque ya no necesitamos chances del destino, ni rompernos la cabeza porque perdimos su número, aún así preferimos contar la anécdota y seguir mirando de lejos.
Patricia Lohin
Foto © Ferdinando Scianna /Magnum Photos
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Cielo endemoniado

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Martes. Eclipse y la mar en coche.
El cielo se pone gris, luego amarillo, luego oscuro, y por último el agua que cae.
Estupefactas las parejas corren por la vereda mientras los paraguas se dan vuelta y los abrigos mueren de frío con el viento.
Las viejitas lloronas bailan una danza ridícula arriba de la azotea, empapadas en sus propias lágrimas; mientras los diablillos, más caldeados y más guachos, se mean de la risa acurrucados en el sótano. 
El agua nos viene de todos lados y nos estamos inundando. Necesitaríamos apósitos para incontinencia emocional y urinaria. Que nada desborde, que estos días no estamos para más emociones fuertes ni predicciones disparatadas.
Otro eclipse, otro invierno, otra noche. El té de hierbas no alcanza para calmar esta sed emocional. Los siglos nos están pasando por encima, mientras los agentes del destino no hacen nada para volver a juntarnos.
Vos y yo, y ese maldito beso que sólo está en nuestra fantasía.
Vos y yo dejándonos coimear por esta vida trucha y a veces ridícula.
No hay eclipse que nos aguante, que nos derribe, que nos derrumbe, que nos formatee.
Mentira que vienen a cerrar etapas, mentira vos, mentira yo, mentira este cielo endemoniado.
Patricia Lohin

Infancias. La plazoleta

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La plazoleta era como una cuarta o quinta dimensión, como el triángulo de las Bermudas, como una selva desierta a un costado del pueblo.
Para llegar a ella había que cruzar las vías, y a veces, cuando las barreras estaban bajas, esperar sobre el cemento que pasara el tren, mientras el temblor se hacía sentir desde la planta de los pies hasta la coronilla.
Ahora que lo pienso, mi infancia estuvo atravesada por agua y por vías, por río y temblores, por líneas paralelas de álamos y canales, por barrios sectorizados de un lado o del otro.
Muchas cosas pasaron en ese pañuelo, en donde a un costado del sendero las hamacas se mecían solas con el viento patagónico y el tobogán deshecho y primario miraba celoso y solitario.
Por ese pequeño universo pasábamos por la mañana temprano rumbo a la escuela, cada una sumida en sus propias fantasías. Nos mirábamos de lejos sin hablarnos, vos con tu pantaloncito a cuadros y tu pelo negro, yo con mis dos colitas y frío glaciar en las orejas.
Cuando sos chico todo lo de adentro sale por las orejas.
Una par de cosas le faltaron a ese lugar: una llave, una tapa en el suelo, un pasillo subterráneo, una salida, un escape, una sexta dimensión, una luz colorida, un poco de calor, una infancia.
Patricia Lohin
Foto: Adolfo Birge
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Playlist

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Ruta 54, en algún lugar entre la urbanidad de General Mansilla y el cruce con la Ruta 11.
Luego del cruce el océano Atlántico.
Y después del océano, el fin del mapa.
Quiero llegar hasta ese horizonte y caerme a otro planeta. 
En lo posible caer parado, en lo posible caer delante tuyo y comerte con la mirada.
La playlist sacude los dados y tira un tema de La Beriso.
Nada como una ruta desértica con pseudo rock lacrimógeno de fondo.
Ejecuto otra vez la batidora cósmica y aparece Abel Pintos cantando Mi Angel.
Habla de una noche eterna y la mar en coche, como si esta tarde ya no fuera extra large.
Me pregunto cómo funciona el logaritmo de las playlists de Spotify.
Me imagino a un monstruo verde y pegajoso, digitando pistas ridículas para picarme los sesos y terminar de exprimirme las células que sobrevivieron del último desastre nuclear en mi corazón.
Te escribo.
Te extraño.
A vos o a lo que recuerdo de vos. Me da lo mismo.
Me desmorono.
Mis dedos se derriten con cada vocal que aparece en la pantalla de whatsapp.
Las letras vuelven para atrás.
Retrocedo.
Cierro la caja que acabo de abrir.
Bajo la ventanilla y la arrojo a la banquina.
¿Será biodegradable?
A la mierda el medio ambiente.
Adentro Babasónicos con Irresponsables.
Patricia Lohin
Imagen Tumblr
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Bienaventurados

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El reloj digital de la Plaza San Martín ya había sido vandalizado en varias oportunidades.
En diciembre pintaron con aerosol rojo un corazón y debajo “promo 17”, pero alguien en desacuerdo y a los pocos días, pintó un ocho en blanco tapando al siete, y dejó al reloj totalmente desbalanceado.
Unos meses después y luego de que se aprobara el proyecto “restauración reloj” en el concejo deliberante, dejaron otra vez al reloj en hora, derecho y pintado.
La hecatombe llegó en julio, cuando en una fría mañana conductores y caminantes repararon que en el visor del reloj y temperatura esta vez había un mensaje:
“Te voy a matar hije de puta y ni te vas a dar cuenta.”
Los diarios y radios locales no pararon de hablar del asunto en toda la mañana. Las redes sociales, el grupo Vendo Tres Arroyos y los grupos de WhatsApp de mamis y papis del jardín estaban consternados y cagados, ambas cosas por igual.
El mensaje era inclusivo, lo que habría un panorama desolador: la persona en cuestión podía ser hija o hijo. El “ni te vas a dar cuenta” habría otra lista de hipótesis y posibilidades: atropello, la almohada en la cabeza, envenenamiento, ser apuñalado por la espalda en la cola de la Cooperativa Obrera.
Que hubiera sido alterado el sistema del reloj para hacer aparecer una frase, hablaba de un grupo comando de inteligencia y portes superior: al menos un electricista o técnico matriculados. Nada de chiquitaje.
Lo peor de lo peor en realidad eran tres o cuatro, diez o doce, veinte o treinta, tal vez un centenar de personas que se sentían protagonistas, privilegiadas y aptas para recibir tal mensaje. El Carlos que le metía los cuernos a Verónica. El intendente que tenía mil y un enemigos políticos. El dueño de la casa de venta de Gnomos de Jardín a quien todos acusaban de ser una especie de brujo, la tarotista más cotizada de la ciudad que ya se había quedado con la plata de muchos desesperados, el viejito jubilado que ese día había puteado al cajero del Banco Provincia. Y así pòdía seguir la lista de muertos vivientes que en pleno julio temblaban y no de frío. 

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Vueltas circulares

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Maldita madrugada. O maldita noche que me hace levantar al alba.
Este alba que se despierta dando vueltas circulares, otras vueltas que no giran alrededor de nuestra cama ni de la mesa de la cocina; o alrededor de tu figura o del halo de fragancia que emanaba tu pelo, cuando dejabas que yo te rodeara buscando la boca húmeda.
Esta madrugada sin fin y repitente, que me recibe con medio cuerpo frío, media cama tendida, media casa vacía, medio auto encendido, medio diario leído, media vuelta a la plaza, media vida solitaria.
Me ahoga el exceso de tu presencia detrás de los muebles que no he tocado: un almohadón habita la misma silla de siempre al lado de la ventana, la manta doblada en el respaldo del sillón, tu taza esperando la tibieza del agua, el patio con tus plantas, la regadera de metal oxidado esperando.
Salgo a la vereda y nos convenzo a mí y al auto de arrancar y hacer unas cuadras.
Estaciono en una esquina y hago que hojeo el diario. 

 

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Infancias: bullying

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Cuando yo era chica no había bullying. Había humillación por parte de compañeros e incluso docentes. Lo mismo de hoy, con otro nombre.

Nunca entendí cuál era la dinámica por la cual dos o tres, cuatro o cinco, o tal vez más, dentro de un aula o un recreo se creían superiores a otros.

Convengamos que no recuerdo que mi madre me hubiese dicho que yo era bonita. ¿Y qué si no lo fuese? Con las rodillas apoyadas en los bancos de madera nos decían que éramos bellos para Dios y los padres: los padres de otros y un Dios de otra galaxia. Mi madre se esforzaba todo el tiempo en demostrar que yo no estaba a la altura, a la delgadez, a la inteligencia, a la aptitud. Supongo que otros niños sí sabían que eran lindos e inteligentes. Supongo que sus padres se lo decían todo el tiempo, todas las noches mientras los arrullaban en la cama, diciéndoles “campeón” o “princesa”.

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Infancias: Nudo o moño

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Tengo seis años. Creo que esa es la edad que se tiene en primer grado.
No recuerdo a mi maestra de primero. Apenas si recuerdo que ese es el último año de primaria que haré en esa escuela. Para el siguiente año me cambian de establecimiento.
Mi madre me lleva a la escuela. Tengo zapatillas con cordones.
En algún momento del día se me desatan y el recreo me encuentra llorando desconsoladamente. 
Siempre estoy llorando. Durante algunos años me llaman la viejita llorona, y más adelante, la chanchita llorona. Si buscaba aliados en la escuela, estaba perdida.
Viene la maestra que me parece amorosa y me hace moños mientras intenta decirme que todo estará bien. No le creo.
Esas orejas agraciadas que quedan bailoteando de un lado para otro de mi calzado no es como se atan las zapatillas. Lloro más. Digo que así no es.
Los cordones no están en el mismo estado en el que los ha dejado mi madre hace unas horas. Al estar ambas zapatillas con los cordones desatados no me queda muestra de cómo es la forma correcta de atarlos. 

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El centro de la manzana

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El mediodía me asaltó con previo aviso en un departamento de esos a los que se llega luego de un pasillo angosto y recto, y me dejó prácticamente parada en el centro de la manzana.
Cada tanto me pregunto qué hay en el centro de otras manzanas. Quién vive? Cómo se llega hasta allí? Es gente que no sale? Son refugiados? Exiliados de la sociedad?
El sol a esa hora llegaba como una lanza vertical. Sin embargo la idea de que desde allí no se viera nunca el atardecer o el amanecer me puso sumamente triste. Me imaginé las mañanas tardías, esperando que el sol asomara por detrás de los malditos edificios, teniendo que depender de las once, o de las dos de la tarde y de los mediodías para tener un poco de “amor amarillo”.
Una mujer joven salió. Charlamos un rato afuera, tal vez unos diez minutos.
Luego me hizo pasar. Me contó que tenía un compañero. Que cena va, que cena viene, que sale un viaje, un espectáculo, un arrumaco un día entre semana, que tienen sexo siguiendo todos los patrones correctos de movimientos, para luego ver el último capítulo de una serie, buscar algo rico para comer, abrir un vino tinto a temperatura ambiente.
La vida -contada así y dicha en voz alta- parece un poco programada, aunque las hojas de la higuera de la vecina se caigan en su patio creando un pequeño caos otoñal fuera de toda agenda. Las oportunidades parecen mariposas blancas que vuelan en otros patios, y que cada tanto se posan en el marco de la ventana de la cocina, donde hay dos o tres macetas con hierbas frescas, y justo cuando levantás la vista, sólo ves el reflejo de sus alas.

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Cascotes

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No se debe detener el inminente derrumbe. Es decir esto no es la torre de Pisa. No soy una obra de arte que se mantiene en suspenso de caída durante años y años. Los arquitectos lejos de admirarme pasan de largo.
Yo me caigo, me estrello, me aniquilo, deshecho todo lo arruinado y lo que sirve también, barro el piso de tierra y empiezo de nuevo. Soy una traicionera de las tradiciones, armo álbumes de fotos nuevos, tiro viejos cuadernos y arranco a escribir en la primera hoja con un llanto de bebé recién nacido. Soy una miserable que no arrastra con nada a cuestas. Soy de las que salen al patio un domingo a la mañana y quema los calzones, le mete combustible a lo usado y lo prende fuego mientras aúlla como loca dándole una patada en los huevos al pasado. 

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Zapatillas

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La noche está tremenda. Tremendo el frío y tremenda la soledad que invade estas calles. Un muchacho trasnocha en el cordón de la vereda con su bicicleta destartalada tirada en la calle. Mira ocasionalmente a un lado y a otro, mientras es sospechado por los vecinos, quienes se preguntan quién es, qué sangre tipo y factor tiene. Arremolinan predicciones sobre sus supuestos actos delictivos, mientras menosprecian esa invasión nocturna de una calle de la ciudad sin estar justificada su presencia. Se presume culpable de no tener morada, culpable de no estar en la cama, condenado por haber sido desamparado y desamorado, condenado por no pertenecer. Se presume chorro e inadaptado, se da por sentado que se droga, que está armado al menos con un cutter que se robó del mostrador de una farmacia, que es peligroso, mal educado, que huele mal, que sus ojos son un fuego y que te puede violar.
Se presume desalmado y sin Dios, porque solo los desalmados no tienen hogar ni sustento ni padres que lo quieran.
Las doce, las doce veinte. Empieza a ponerse nerviosa la gente de la cuadra, que no sabe si atacar con un acto de defensa y prevención o si irse a dormir como si nada hubiera pasado.
Ha pasado tan sólo el muchacho que tiene frío y está descalzo. Descalzo porque juega con sus zapatillas para ver si llega a colgarlas en el cable que cruza la calle.
La verdad es que no sabe si volver a la casa donde están todos deshauciados y borrachos. Y hace una apuesta: si la emboca es libre. Si no logra que quedan colgadas vuelve y se deja abusar.
A la mañana siguiente los vecinos ven las zapatillas colgadas en el cable que cruza la calle.
Una vecina especula con que es un acto propagandístico de venta de drogas. La bicicleta ha quedado en el cordón de la vereda. Ya verán qué otra preocupación cazan al vuelo los adaptados de la vecindad.
Un poco lejos ya de la ciudad, un muchacho camina descalzo por la banquina de la ruta 3.
Patricia Lohin
Foto propia.
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De tanto perder

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Hoy me levanté y no estabas. Tu ausencia es el frío y el silencio. Son los pasos tuyos por el pasillo que he escuchado con ansias los últimos años entre sueños y que pensé volvían para quedarse. Me duele el corazón, pero no por mis heridas sino por las tuyas.

Me duele tu corazón adentro del mío, y no puedo tocarlo, ni cobijarlo ni arrullarlo.

La imposibilidad es como el invierno, hay que aceptarlo, abrigarse un poco más y dormir acurrucado. No sé regalar más que palabras. Soy muy pobre de espíritu. No ha ocurrido nada este día salvo tu ausencia, la que me impide compartir que sonaba una alarma en la esquina de casa, o que hacía mucho frío, que la pierna no me duele, que mis escritos suenan en la radio de mi pueblo, que sigo construyendo con palabras todas las cosas que no tengo: el abrigo, el amor, la casa en la playa, el hogar, el amor de nuevo.

Alguien escribió por ahí que de tanto perder aprendió a ganar. Hay gente que recibe una semilla y crea un bosque entero. No sería mi caso. Yo aún sigo gateando a ciegas por este mundo, sin saber a dónde va a parar este amor que hasta ayer me hacía bien, y que hoy ha dejado mi vida en pausa.

Patricia Lohin

Imagen: Stephen Edwards

#escritos #escritora #patricialohin #ausencias #blog #relatos #amor

Infancias: habitación vacante

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La habitación de mis padres era una región inmaculada e inaccesible. Tanto es así que me cuesta detallarla debido a las mínimas veces que pude entrar en ésta.
De las diversas locaciones donde estuvimos viviendo, en la última, la habitación está desaparecida de mi memoria. Aparentemente no entré nunca. ¿Tendría pisos, cama y dos mesitas de luz?
Cualquier territorio prohibido, dentro o fuera de nuestro alcance, siempre tiene una invitación abierta, sin fecha ni vencimiento y sin costo monetario alguno. Invitación a explorar cuando las circunstancias fueran propicias. Y como exploradora que está a un paso de la conquista. esperé que la oportunidad diera la vuelta a la esquina.
Desilución fue haberme expuesto a un proceso judicial por invasión ilegítima de territorio ajeno, cuando el tesoro era inexistente.
La habitación era un lugar despoblado y frío. Al estar siempre la puerta cerrada, el clima allí adentro era glaciar tanto en invierno como en verano. Paredes desteñidas, la cama prolijamente tendida, una cómoda con un vidrio arriba carente de fotos, estampas o versos, y varios cajones con prendas cuidadosamente dobladas. Para completar el paisaje dos mesas de luz sin cajones de doble fondo, cartas de amor ni joyas en extinción. El panorama se completaba con un rosario colgado en la pared que daba al respaldo de la cama. 

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Bendito

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¿Y si la vida es esto?
Digo… un cúmulo.
un montoncito,
el solcito engañando al otoño.
La duda existencial,
la bronca a media mañana,
el mensaje mal entregado,
la boca seca,
el puño apretado,
la impotencia urgente.
Un montón de adjetivos,
un mal sueño,
un copy paste
de ideas ajenas
porque ya no hay tiempo
de crear nada,
cabezas huecas y repitentes,
masas bien organizadas.
¿Y si la vida es esto?
Una carcajada asfixiante,
la ceguera cíclica,
el egoísmo ardiente,
las uñas encarnadas,
la carne apretada y obscura,
el sexo flácido y seco,
la espalda desgarbada,
las sábanas manchadas.
¿Y si la vida es esto?
Los bolsillos agotados
y el corazón extenuado
de buscar rincones nuevos
para dormir
sobre un cartón arrugado.
Tu mirada vuelve
llena de arena,
llena de polvos,
con esperanzas que antes de ayer
estaban marchitas y moribundas.
Si la vida no es más que
el acto repetitivo
de entrelazar esperanzas
y dejar que el sol
-maldito y bendito-
tenga la valentía de salir
y venir a entibiar las veredas.
¿Y si la vida es esto?
¿Y si vos sos el sol?
Benditos los valientes
que salen a entibiar las veredas
todas las mañanas.
Bendito vos.

Patricia Lohin
Imagen: Kyle Thompson
#patricialohin #poesía #escritos #escritora #amor #bendito

Las cuatro

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No hay casi fotos de José joven. Lo acabo de descubrir recién, buscandolas. Él dijo que su vida comenzó el mismo día en que las agujas del reloj se clavaron a las cuatro de la tarde. Las agujas que se clavaron porque una mujer se asentó en la mitad de su pecho, y todo lo que había vivido hasta entonces no era más que un borrador, un manuscrito a medio terminar.
Pero ese día no solo se clavaron las agujas de un reloj, en otra parte del mundo una estampida de rinocerontes paró en seco, las bestias detuvieron la respiración y quedaron congelados dentro de una nube de polvo. En una casa de Madrid un niño que estaba ya morado de llorar de pronto se calmó, abriendo bien sus ojos redondos ante alguna chuchería que no había visto antes. Gise, a esa misma hora, en un barrio de Capital, sonrió una vez más al ver una libélula apoyada en una pared, mientras dice en voz alta “estoy, estás, hoy somos eternos en estas hojas amor”.
En el mercado nocturno de Wangfujing una falla energética dejó a un cuarto de Pekín a oscuras. En una oficina de quiniela nacional de una ciudad bonaerense, se volaron todos los números, huyeron por la puerta de entrada y se convirtieron en mariposas color verde y azul marca Lotería Nacional. Algunos dicen que fue un desastre, sin embargo la muchacha morocha que atendía detrás del mostrador, huyó del lugar con un chico en motocicleta. 

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Otoño

🍂🍂🍂Oᴛᴏñᴏ 🍂🍂🍂

 

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El otoño no asesina, tan sólo viene caminando mansamente y se lleva puesto todo lo que ve colgando. Parece matar, pero sólo acaricia las gotas secas de salvia que antes formaban parte de una hoja verde, para hacerlas planear un rato hasta al fin caer sobre las aceras desparejas de la ciudad.
En una calle del centro una mujer se afana diez minutos reloj en sacar las hojas del parabrisas de su auto mientras murmura palabras obscenas.
En las afueras otra mujer las barre llevándolas medio de la calle, esperando que un objeto volador no identificado las aspire tal vez, y lleve al fin esta inmundicia que se cae de los árboles y lo ensucia todo a otra galaxia. Pero, lo único que circula es un camión a toda velocidad que vuelve a poner las hojas en su lugar. 

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Enfermedad

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– Qué triste esta enfermedad…
– Cuál?
– La degenerativa del ser. La que corroe el alma y el corazón. Como si te hubieran agarrado con lejía y odex.
– Eso es contagioso?
– Claro. Por más que tu casa tenga una puerta chiquita y encubierta, a un costado, poco visible y accesible, siempre hay alguien que se cuela. Y no son luciérnagas, ni bichitos de luz, ni vaquitas de San Antonio, ni siquiera son tristes polillas. Siempre hay alguien que se mete por una hendija, y va directo al primer cajón de la cómoda de tu pieza, donde sabe tenés el collar trucho con cuentas multicolores. Lo agarra, te lo coloca en tu cuello mientras simula un tibio murmullo de su boca. Más tarde, con las defensas bajas, tira de éste hasta que las cuentas desaparecen por la rejilla de la ducha.
– Y es letal?
– Depende del tiempo que te lleve reconstruir todo.
– Y eso cómo sería?
– Eso sería como ir de campamento a un lugar con bosque y mar. Estar muchos días, juntar caracoles, piedritas, objetos extraviados, botellas vacías, anzuelos que dejaron los pescadores, capturar alguna estrella fugaz, soplar y sudar mucho, llorar más.

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Infancias

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Tengo menos de diez años. No sé si un año menos o varios.
La noche ha quedado silenciosa.
Algo ha pasado, pero no alcanzo a registrar la magnitud. No sé si quiera o deba hacerlo tampoco.
Hasta hace un momento todo era un surmenage de palabras en forma de cuchillos, gritos, estridencias de cosas estrelladas contra el suelo. El cielo se estaba resquebrajando. 
Nunca entendí bien esa expresión de algo que se “estrella”.
Ojalá fueran las estrellas las que cayeran en el piso de la cocina y fundaran cráteres llenos de brillantinas de colores, ojalá ese cráter me tragara y me llevase a un universo paralelo donde la vida fuera un abrazo y no esta película violenta y psicodélica.
La mesa de la cocina yace descuartizada, parece que han muerto sus patas, o al menos están en coma cuatro. Ríos de antiguos habitantes de la alacena circulan en un piso gomoso. El azúcar se adhiere en las suelas del calzado, y pasa a ser lo único dulce en varios kilómetros a la redonda.

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Infancias

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La cocina es verde. Verde aparador. Y queda al fondo.
Hacia el fondo se llega por una línea recta que cruza muchos reinos, todos delimitados por puertas que dan a los costados. El último reino es la cocina.
De la cocina salen dos puertas: una con mosquitero que da a un patio y otra que da a un pasillo. Esta última casi nunca se abre, es una de esas puertas puesta por compromiso.
Las sillas pesadas de madera sólida, esas que vemos hoy en las tiendas boutique de San Telmo, hacen ruido al correrse, y alrededor de la mesa estoy yo, persiguiendo a mi abuela para desatarle el delantal.
El delantal sirve para modelar la cintura, me dice ella, por eso lo lleva puesto como un uniforme todo el santo día.
No hay otro olor sobre la tierra parecido al de la cocina de mis abuelos.
No hay otro refugio donde esconderse que sea tan cercano y lejano a la vez.
Juego con una de las alacenas que está en el bajo mesada. Una puerta del rincón me lleva a un estante interior que gira. Me parece una maravilla tecnológica, y no paro de hacerla girar contando las veces que el café instantáneo y la malta pasan por la puerta.
A eso juego un día cualquiera en la cocina de mis abuelos muy lejos de mi casa.
Me he quedado sola en ese universo verde, y nada me importa menos, porque me siento a salvo. Los demonios han quedado fuera, y no se les permite entrar.
Patricia Lohin
#patricialohin #relatos #infancia #casa #abuelos #escritos #escritora
Imagen SB Schwarz Regina

Mapulugün

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“𝑵𝒐 𝒆𝒙𝒊𝒔𝒕𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒍𝒂𝒃𝒓𝒂 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒆 𝒆𝒏 𝒍𝒂 𝒍𝒆𝒏𝒈𝒖𝒂 𝒎𝒂𝒑𝒖𝒄𝒉𝒆. 𝑪𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒂𝒍𝒈𝒖𝒊𝒆𝒏 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒆, 𝒔𝒆 𝒅𝒊𝒄𝒆 M̷a̷p̷u̷l̷u̷g̷ü̷n̷. M̷a̷p̷u̷l̷u̷g̷ü̷n̷ 𝒆𝒔 𝒗𝒐𝒍𝒗𝒆𝒓𝒔𝒆 𝒕𝒆𝒓𝒓𝒊𝒕𝒐𝒓𝒊𝒐.”
Verónica Azpiroz Cleñan
Camino por el bosque. El bosque aglomerado que se encuentra a miles de horas a pie de mi casa. El sendero no tiene fin, las raíces de los árboles tampoco. Se han arraigado sus pezuñas con tanta pasión, que sería casi imposible para la tierra desprenderse de la raíz.
Las puntas de los árboles acarician con una media sonrisa las curvilíneas formas de algunas nubes, mientras las montañas se esconden entre éstas, sin siquiera dejar adivinar cuándo ni dónde o cómo terminan muriendo en un cielo multicolor.
Estoy descalza, perdida y lejos de mi tierra. La noche anterior, mientras dormitaba al borde de una fogata improvisada, el espíritu de una mujer llamada Üpi comenzó dibujarse sobre una especie de humo blanco que le daba forma al final de las llamas. Me arrulló en una lengua inentendible que salía modulada de su boca con forma de sonrisa.
En este amanecer silencioso, las plantas de mis pies han comenzado a sangrar, al igual que mi mano que se aferra con creciente interés al mango de un bastón improvisado con una rama. 

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“Yo, alguna vez, también amé.”

5

En este pueblito de Asturias se nos ha muerto el Paco.
En las últimas cuadras de la Calle les Pieces todos estamos de duelo.
Lucía ha suspendido sus sesiones de masajes, y ha dejado a un tal Carlos, acostado y duro en la camilla, con instrucciones de ponerse el bóxer y volver otro día. 
En el bar Casa Arias no paran de hablar del tema.
La Turca pasa una gamuza mugrienta por el mostrador de madera, mientras acomoda sus enormes tetas dentro de una blusa negra en material adherente que se ha puesto para la ocasión. Lo parroquianos que quedan se dedican a humedecer sus gargantas para que no les pique al momento del entierro. Que la primavera trae polen y alergias varias, y lo único bueno para esos malestares siempre es una copita de orujo.
Sobre las cinco, la vecindad va asomando por las calles, dirigiéndose a la parroquia del barrio. A parte de los jubilados de la cuadra, la masajista y la Turca, en los bancos de madera se ajustan el dueño del establecimiento de Mariscos, el empleado jubilado del Herbolario y los compañeros del Club de Lectura Reinos de Asturias Novela Histórica. 

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Infancia

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Cuando yo era chica todo se arreglaba con salame.
Salame milán. Cortado en una rodaja gruesa, y luego cortado en cubitos.
Cuando mi mamá comía salame era porque el universo funcionaba a la perfección y la tierra era un lugar feliz.
El plan b eran sanguchitos de miga, hechos en casa, también con salame milán y mayonesa exclusivamente comprada para esa ocasión. 
Ese manjar, único que yo recuerde de mi infancia, tenía lugar luego de la función de cine los domingos.
Era una tranquilidad para mí saber que si el domingo íbamos al cine, y luego comíamos sanguchitos de miga con una Coca Cola -un gasto exuberante en la década de los 80- todo estaba bien. El paraíso terrenal existía, al menos una vez al mes. El resto de los días eran mezcla de soledad, desolación, enfermedad, negligencia y violencia. 

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Change your heart

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Qué aterradoramente silenciosas
son las mañanas.
Mi cuerpo también está aterrado.
No entiende lo que intento hacer con él. 
Se siente amenazado de muerte,
mientras yo me siento presa.
Mi cuerpo es una cárcel,
estoy cautiva en una prisión sin barrotes,
condenadamente fría y retirada,
furiosamente destemplada,
odiosamente silenciosa.
“Change your heart, look around you”
canta Beck y parece un mantra.
En la pantalla plana un hombre quiere matarse,
pero es muy cobarde para hacerlo.
Le duele perder. Como a todos.
Todos nacemos perdiendo.
El primer acto que se nos regala
al nacer es de pérdida.
La primera lección y se olvida tan pronto. 

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