1 de mayo

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Han pasado 42 días desde el final del verano.
El mar lo sabe, y la ciudad balnearia también.
El feriado internacional sumerge a toda la población en una desaparición forzada.
Solo estamos vos y yo, caminando por peatonales desiertas, curioseando entre los telones de los comercios cerrados, imaginando qué no compraríamos de todos modos estando éstos abiertos.
Somos como dos fantasmas, en una ciudad al que el viento ha quitado los papeles de la acera. Como hace frío, mi mano pide estar dentro de la tuya.
Nos refugiamos en un bar, uno de los únicos dos que permanece abierto.
Allí parece haber algo de vida.
El mozo de toda la vida, un par de mesas ocupadas, el menú del día ocupando los platos blancos junto a la gaseosa que viene en el combo.
Ya habíamos estado allí antes. Somos dos locos un poco conocidos, explorando ver si hay más para nosotros.
¿Cuánta tela queda para cortar? ¿Cuánta tinta? ¿Cuánto papel en blanco para seguir escribiendo?

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Magia

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Hoy por la mañana llegué a Vaniglia -tarde-. Siempre estoy llegando tarde a todos lados. Con una salvedad: no pude entrar porque la cerradura no funcaba -maldita bastarda-. Mientras estaba sentada afuera esperando al nuevo amor de mi vida -el cerrajero-, aparece una clienta que me dice “Vengo acá porque venden magia”.
Y así nació este delirio. Amaría tener un sótano con ventanas al paraíso, y tinta de polvo de estrellas para escribir esperanzas sobre esperanzas.

Magia

Nueve de la mañana. Mirtha se acerca a un negocio local y le dice a la mujer que está sentada en el marco del escaparate: “Vengo porque acá venden magia.”
La dueña del local, una mujer llamada Irene, le hace un gesto de que hable más bajo, o escucharán los vecinos.
Entran juntas y silenciosas. Irene echa llave a la puerta del frente, da vuelta el cartel para que diga “Enseguida vuelvo”, le toma la mano a Mirtha y juntas van al fondo del local, donde hay una especie de oficina abarrotada de libros, apuntes, hojas y luces navideñas.
Irene corre la alfombra circular que hay sobre el piso de madera, y aparece una puerta que al ras del suelo conduce a una escalera caracol.
Bajan, y la cortina de oscuridad que las precedía se convierte poco a poco en un velo de luz inmaculado que se va fundiendo con los acordes de “Claro de Luna”.
Nunca hablan. Mirtha mira por los ojos de buey hacia un exterior irrisorio y disparatado existente en ese subsuelo, donde criaturas aladas bailan y se recrean en sitios impensados. Irene toma una pluma, la embebe con tinta hecha de polvo de otras galaxias y le escribe:

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Cinco días para…

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Es sábado. Faltan cinco días para terminar enero.

Enero pareció un mal chiste.

Vivir dos días para contarlo y dormir cuatro días para olvidarlo.

Caminar con vos por la playa, volver, ducharnos, ponerte crema por el cuerpo, agarrar el marco de tu cara y mirarte a los ojos tratando de navegar en éstos, mirarme en tu espejo, saberme perdida, tener que irme.

Llegar a casa, apagar las luces, apagar la música, desprender el alma, desconectar el celular, encender un cigarrillo, mirar el horizonte desde el patio, ese punto imperfecto donde sé estás vos como un cometa precioso.

Abrir la heladera y no encontrar nada. Dejar de comer. Encender otro cigarrillo.

Recostarme, recordarte, olvidarte, padecerte, escribirte, cobijarme, anularte.

Tener que decidir en una noche quién de los dos sobrevive y quién muere.

Un duelo. Sos vos o soy yo.

Me decidí por mí, pero mi sobrevida aún está por decidirse.

Patricia Lohin

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#patricialohin #escritos #escritora #enero #playa #relatos #amor

Te llegará una rosa cada día.

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Dedicado a Elba

Si no fuera por el pescador que se divisa sobre el poniente, la playa estaría desierta. Quisiera que ese pescador fueras vos, y yo ir caminando a tu encuentro a abrazarte, amor.

Es domingo. Le pedí a una sobrina que me trajera, y lo hizo refunfuñando. Ya sé, es invierno, y vos no querés que yo tome frío. Nadie quiere que me muera, todos me cuidan, pero hay días que se me hacen muy pesados. Esos días necesito volver a vos.

Te extraño, y volver a Punta Desnudez me hace sentirte más cerca. Aunque a estas alturas, no sé cómo sería tenerte más cerca aún; si vivís en mí.

Pasaron tal vez una veintena de años de la última vez que estuvimos en la villa juntos. No te creas que ha cambiado tanto, tal vez algunas construcciones. El mirador al que subíamos juntos los domingos al atardecer sigue bello como siempre.

¿Recordás esos años en que nos exiliamos como dos locos adolescentes, huyendo de la gente, los bancos, los mercados y el trajín? Ya éramos oficialmente jubilados. Jubilados del capitalismo, invirtiendo todo en vivir.

La casa que habitamos en ese entonces ahora tiene nuevos habitantes. Creo por la hamaca y otros juegos que ellos sí tienen niños.

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Beso Alquimista

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Robert Doisneau. At Gégène 1947
 
Verano detrás de las ventanas.
 
Avanza la noche y el insomnio llama a mi puerta.
 
Lo acepto con resignación, y me dejo arrastrar hacia la calle mientras cubro mi torso con una camisa.
 
Afuera, bajo las luminarias de la costanera, bandadas de muchachos apuran su paso hacia el centro nocturno. En la plazoleta quedan algunos vestigios de la feria que fue durante el día.
 
Una pareja camina silenciosa de la mano. Sin decir nada, él la besa prolongada y solemnemente, mientras le sujeta la nuca con la mano. Luego se separan y sin mirarse siguen cada uno por su lado.
 
Algo me empuja a bajar a la playa. Largos escalones me transportan hacia la fría humedad de la arena que penetra por las plantas de mis pies.
 
Cuento algunas estrellas acariciando el cielo con el dedo índice, como si ese manto negro fuera tu piel blanca y las estrellas tus lunares. Creo ver el contorno de tu figura pasar a mi lado, escapás varios pasos delante de mí y tus susurros se hunden en la noche sin sombras.
 
 
Vuelvo a mi casa. Los demás duermen ajenos a mis desvelos puntuales.
 
Me deshago de la ropa y dejo la camisa sobre el respaldo de una silla. Mi cuerpo se hunde en el colchón y yo hundo mi alma en el libro rojo que aguarda sobre la mesa de luz.
 
El sueño acude sigilosamente, besa mis pupilas y derriba mis ojos; mientras mis dedos se aflojan, dejo caer un suspiro sobre la almohada.
 
Creo que duermo, aunque escucho tu susurro suave que recita el final del libro. Me incorporo apenas, apoyando el codo sobre la cama y la cabeza sobre mi mano. Mis labios forman una sonrisa. Veo tu figura que se deja abrazar por mi camisa y el movimiento de tus labios acariciando cada palabra.
 
Sobre el final, la última oración y tu beso alquimista sobre mis labios felices. A lo lejos, los acordes de una guitarra y una canción conocida, acunan las pocas horas que separan la noche del amanecer.

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Tu nombre

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Pino Artist

Me preguntás qué estoy haciendo.

Escribo tu nombre en mi libreta, te respondo.

Juego con las vocales, separo las consonantes e invento palabras nuevas.

Dibujo un Scrabble y las piezas las diseño redondas: puros soles y lunas llenas.

Recuerdo ahora el idioma que divagamos juntos una noche de insomnio.

Una mezcla de Spanglish, lunfardo y tecnicismos salidos de algún libro extraño de esoterismo.

Teníamos contraseñas para todo, incluso para irnos de lugares inhóspitos sin levantar sospechas.

Mientras que a otras palabras les habíamos cambiado totalmente el significado.

Cuando conocí tu nombre, aún sin haber visto quién lo habitaba, pensé que tenía que reescribir mi cuento de la casa en la playa.

Una casa que tenía mil años y demasiada arena acumulada en la puerta de entrada.

Luego olvidé por completo ese asunto literario cuando me dejé encandilar por un tibio rayo del amanecer que se colaba por el ojo de buey de tu habitación.

Mis rulos sobre la almohada y las piernas enroscadas en la tibieza de tus sábanas.

Sigo jugando con tu nombre y esta vez hago con éste un círculo y comienzo a delinear un mandala.

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La huella de mi última pisada

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Mike Barr Artist

Octubre lluvioso. La primavera tardía y escondida detrás de los médanos del sur, hoy puebla otros territorios desconocidos. Los colores del mar se funden con los del cielo, inventando nuevos tonos que fluctúan entre miles de violetas y grisáceos. Apoyo los pies desnudos sobre la arena firme y prensada por la lluvia, sintiendo la humedad penetrar por mis raíces y llegando hasta mis huesos.

La casa llena de ocres y penumbras yace silenciosa y majestuosa, anclada desde siempre en una suerte de colina, donde algunas especies herbáceas abrigan el suelo creando una especie de alfombra mullida y despareja.

Enciendo un farol y lo coloco en la ventana que da al norte. Las maderas del piso chillan al compás del arrullo sinfónico del océano mar.

Por la puerta entreabierta entran bandadas de aladas utopías,  que vienen a despertar tiernos hechizos dormidos. Dejo que me asalten y desnuden.

Podría ser que entraras justo ahora, y que me vieras acurrucada en el sillón,  medio somnolienta y con el pelo revuelto, la carne tibia dispuesta a los juegos del amor.

Podría ser que aún sea demasiado pronto. Faltan caer un par de estrellas fugaces y que mueran en la línea del horizonte que delimita este universo vacío del otro donde estás vos.

El sol se adivina detrás de una cortina de nubes, listo para atardecer, mientras yo sacudo sobre la cama, blancas sábanas de algodón y sobre éstas una manta en telar con todos los colores que creaste para mí otras tardes lejanas en otras playas.

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