Del perro

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La culpa es siempre del perro.
No hay finales abruptos. Si pensás eso es porque no estuviste prestando atención.
Este final te lo canté hace meses. Mirábamos el atardecer y al esconderse el último rayo de luz en el horizonte sentí una punzada en mi ombligo. Ese fue el final. Mientras no me estabas escuchando.
Como una tardecita, como estar en el ojo del huracán. El final es una cena rica que no sabe igual que las otras veces, en donde el que hace silencio escucha cómo las palabras de los demás comensales se van alejando en el tiempo, es dejar de sentirse a gusto donde antes era tu casa.
Yo soy la que mastica en silencio. Soy el perro que escucha el silbato cuando los demás no oyen nada.
Y a pesar de eso, como cualquier otro mortal, espero que la muerte llegue, un día predeterminado de éstos, cuando ya no haya ganas de juntarse, cuando un domingo no salga preguntar cómo estás, cuando no seas un plan en la vida del otro.
Entonces ese día, con la cola entre las patas cansado de esperar el último resabio de tu interés fingido y agarrando el hueso desgastado que quedó tirado fuera de la cucha, me vaya caminando por la vereda del sol, a tirarme un rato en la plaza.
La culpa es siempre del perro, que no atrapa, que no gusta, que no encaja, que no enamora, que no pide.
Patricia Lohin
Foto Sylvain Richard
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Héroes de barro

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No sé qué dicen los distinguidos sobre los falsos héroes. Ni me importa.
Sé que a los héroes de barro les espera la lluvia en algún lugar, que al fin los terminará disolviendo por los siglos de los siglos. Y los que quieran podrán tener una estampita en la mesa de luz. Te entiendo, la verdad es muy oscura a veces y requiere valentía. Yo no odio, yo me reconcilio, pero de lejos. Vos allá y yo acá, sabiendo que no somos de la misma especie, yo aceptando tu existencia como algo irremediable, dañino para muchos, sin poder hacer nada para aliviar tu opresión sobre otros, o para que hoy te levanten en alto como a un dios ateneo, o mañana pongan una placa con tu nombre en la plaza principal.
Por mi culpa, por mi santa culpa.
Me dijeron que le temías a la muerte. Cómo no temerle, si estabas hasta las manos con la vida.
Para crear héroes de barro hace falta gente que necesite de una mentira- verdad acomodaticia y una memoria reinventada, gente que de ninguna manera se haría cargo de su propio heroísmo, gente que hace oídos sordos a todo lo que no se amolde a los lineamientos de un supuesto supremo que no es más que un tipo como vos y yo lleno de imperfecciones… pero con poder.
A los que recordamos, a los que no nos acomodamos, a los que padecimos, a los que no nos creímos el cuento de la buena pipa. A los que te tuvimos miedo, y a los que escapamos.
Patricia Lohin

𝑮𝒉𝒐𝒔𝒕𝒊𝒏𝒈

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Hubiera preferido que me dijeras “Disculpá me confundí.”, hubiera sonado más sincero toda la vuelta.
Aunque sea hubieras pelado un audio de whatsapp. Escuché a un coach decir que ya está de más hacer acto de presencia, que se puede avisar por redes de cualquier evento, incluso de un adiós. No hay nada como cortar por whatsapp y después verse en un evento local y ni saludarse, -sí, esa gente que te decía que te quería-.
Si supieras cuánta gente que anda por el centro y abre puertas de comercios equivocadas, a veces entran y se sorprenden de lo que ven. Vos abriste esta puerta y no encontraste lo que buscabas -porque desapareciste como una flota de aviones en el triángulo de las Bermudas- y menos avisaste que estabas errado.
La sorpresa fue toda mía. Pasamos del quiero dormir con vos un sábado por la noche, luego de tu cita oficial en un cine local, a la mañana siguiente meta apurarme a que fuese a desayunar, para luego disolverte en las mieles de la inexistencia a partir del día siguiente, cuando le dije a tu ego como al pasar que ya no me inspiraste para escribir. Si vos querés que te escriban esmeráte… digo.
Creo que le llaman ghosting al arte este de irse sin decir ni mú ni má.
Siguiendo en la línea de los actos absurdos e imposibles, ese domingo tuve relaciones del tercer y cuarto tipo con un fantasma.
Pᴀᴛʀɪᴄɪᴀ Lᴏʜɪɴ
Imagen Tumblr
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Fe de vida

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En England tienen un ministerio dedicado a la soledad.
No Sole Pastorutti. Sino la soledad posta.
Aparentemente estar solo mata más que fumarse quince puchos al día.
Como si algo pudiera matar más fuerte.
Me planteo empezar a fumar a ver quién viene primero a matarme.
Que empiecen una carrera y vayan tomando velocidad.
Que acá estoy.
En un edificio de departamentos, una mujer mayor que vive sola
tiene una consigna:
Le deja a su vecina Julieta un papel avisando que está bien.
De pronto recuerdo eso que tienen que hacer los abuelos:
les piden un certificado de supervivencia o fe de vida.
Ellos. Que sobrevivieron a todo.
Como si nosotros no pudiéramos morir ahora mismo.
El caso es que si Julieta no encuentra el papel
sabe que algo le ha pasado a su vecina.
Sabe que la han venido a buscar, posiblemente la soledad.
Aún no sabemos qué ropajes viste.

Patricia Lohin
Imagen e historia de Julieta y su vecina que usé para este texto: @lucretaravilse en Twitter
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T̶o̶d̶o̶

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De soltar ya me cansé.
De ordenar y tirar también.
Antes entraba en los placares y cajones sin pasaporte ni pasaje, frenéticamente los invadía en jornadas de 24 horas cocainomanas para ordenar milimétricamente y desprenderme de lo obsoleto. Estaba tan crazy que tiré mis primeros escritos, cartas de amor, rosas desecadas, y muchas hojas mecanografiadas. Todo con afán de que entraran cosas nuevas.
Temía que mi futuro fueran domingos mirando fotos viejas y cartas de amor no correspondido.
Hace un par de días puse cepo a las intromisiones: nada de ropa prestada o usada, porque qué sé yo lo que hicieron los otros mientras las vestían.
Luego llamé al libre albedrío: que duerman los calzones con una media extraviada en el mismo cajón. Que si esos interiores reflejaran mi cabeza no la quiero absolutamente ordenada. Hasta donde yo sé en el orden inmaculado no se cría nada tan intenso, ni tan tibio, ni tan interesante, ni tan original, ni tan rico, ni tan parecido a vos.
De decir que no quiero nada ya me cansé.
Yo quiero todo.
Fundamentalmente a vos. Suena del tipo colonizador y propietario. Retiro lo dicho. Ya buscaré otra palabra para poner en mi boca que no suene a contrato social.
Mi todo es tan simple como un sándwich de mortadela con una latita de cerveza una tarde de primavera. No quiero que me regales nada. O sí, eso que me venís regalando hasta ahora. Quiero empezar a guardar esos regalos junto a fotos en blanco y negro, frases sin terminar, proyectos inacabados y sueños concretados.
Y si llegado el día se amontona mucho entre tu todo y el mío, y comenzara a molestar, o a manifestarse como una enfermedad del tipo acumuladores compulsivos, si tapara la entrada del sol y no nos permitiera entrar en la cama para hacer del amor un juego secuencial; entonces volveré a soltar, con ganas y sin tristeza abriendo las ventanas.
Luego me sacaré tu remera para volver a la cama.
Patricia Lohin
Foto Michalina Woźniak
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𝑩𝒆𝒍𝒍𝒆𝒛𝒐𝒓

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Llueve exponencialmente, verticalmente, copiosamente.
Desde adentro puedo asegurar que de salir mi cuerpo al mundo exterior, éste sería perforado literalmente por miles de gotas pesadas. O no, tal vez mi vestido rojo se pegue a mi contorno, el pelo a la cara, y luego entre en la casa y me desvistas, así sin secarme, dejando que el agua moje el piso de tu cocina.
Ya no estamos para salir a correr bajo la lluvia, pero cómo me gustaría.
Me pregunto para qué estamos. Qué color de cinta queda en el carretel, si existen oportunidades, si hay recovecos para descubrir, o tan solo hay que aceptar esta historia transformada en un muy buen capítulo aislado de una serie berreta.
Tenemos una cena casi religiosa, la comida la preparo metódicamente bajo tus precisas instrucciones. Disfruto. Me gusta jugar. Mientras algo se dora en el horno me siento a mirarte. Tu cara es un mapa, un pergamino, un edificio de esos que declaran histórico e inviolable. Sos hermoso y no te das cuenta. O yo te veo así, y menos te das cuenta.
La belleza pasa a ser subjetiva y etérea, la belleza está en extinción y yo veo la última especie sentada frente a mí en una cocina, como si no hubiera más, y Greenpeace ya hubiese gastado todos los recursos disponibles.
La belleza nace en el ojo del que mira.
Mi corazón te está mirando.
Patricia Lohin
Foto Adriana Lestido
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De diván

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El sol se levanta antes de tiempo. Antes que hace unos días. La vida se anticipa y no se si estoy lista. Salgo a la calle con los ojos hinchados, en los bordes se hunden las pestañas que no alcanzan a curvarse. Suena Cerati. A las ocho y cinco llego a la puerta. He tratado por todos los medios de no ser puntual. Dejo pasar esos cinco minutos sacando fotos a la fachada de la biblioteca y centro cultural que está a la vuelta. Toco timbre, se abre la puerta, me extienden la mano, y paso derecho a sentarme en un sillón mullido verde de pana. Él se sienta de piernas cruzadas. Dice algo como “Lo que quieras Patricia.”
Ya sé el procedimiento. Lo primero que se me ocurra. Lo primero que llegue a mi mente. El tema musical que surja en la random de la playlist.
Le hablo de vos por primera vez. El terapeuta levanta la ceja, sin comprender en qué bolsillo te tenía guardado. Le dije eras mi musa, mi central hidroeléctrica. Y también el encendido de mi deseo, mi talón de Aquiles, el vendaval que abre la ventana de prepo y tira lo poco que quedó de migas del desayuno sobre la mesa, la fuerza contenida que es capaz de construir y destruir todo en el mismo momento.
Le conté que tu pecho era algo así como una almohada inteligente donde mi cabeza cabía a la perfección pero que no la estaba usando, y que tus dedos hacían cosas indescriptibles con esas masas parecidas a la plastilina, que con vos había escrito un par de libros a editarse, y que eras como uno de esos lugares en el mapa que se desean tanto que siempre se van corriendo, como el horizonte.
Luego le dije que no me habías elegido, que estabas con otra mujer, y ahí la cagamos, otra vez con el tema de la infancia y la mar en coche.
Patricia Lohin
Foto The Sopranos Serie
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Cuadrilátero

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La ciudad es un cuadrilátero, y a su vez el cuadrilátero es un laberinto. Dentro del laberinto, bombas subterráneas esperan pacientemente ser aplastadas por la marca de una zapatilla de lona. Inteligentemente elegimos las vías que nos llevan a otra parte, lejos del riesgo anticipado de que estalle todo. Cada tanto coincidimos en alguna esquina, como esos autitos chocadores que se encuentran y salen rebotados hacia atrás. Somos dos esferas contenidas en sus propias circunferencias. El deseo está contenido, la clave está en retroceder cada vez que estamos a punto de chocar.
El asunto es que ya no quiero retroceder más.
Ahora me pregunto si encontrarás la salida o vendrás a mi encuentro.
Patricia Lohin
Foto Eirini Lachana

De diván

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Me siento en el sillóncito diez minutos después del horario de mi cita. Resulta que no era color verde sino que es de un gris apagado. Voy a mi terapia sin anteojos, y la imagen de mi psicoanalista se ve desdibujada. A lo lejos tiene la fisonomía de mi padre. Veinte años que nos conocemos y nunca le comenté eso. Será la explicación racional a por qué nunca hablé de sexo.
Le cuento cómo te conocí. De una manera prepotente y por cansancio. Digamos también que por hartazgo y porque no tenía mucho más que hacer. Siempre salí corriendo de tu lado. Después me acostumbré a la mediocridad, la confundí con originalidad y te regalé una vez cada tanto un poco de mi magia.
Eras un pelotudo con todas las letras. Èl fue más benevolente y te llamó Narciso.
Tratamos de localizar los diez minutos de magia que describe Dolina en cualquier inicio de una relación. El inconsciente enamorándose sin razón ni raciocinio.
Si una relación puede describirse en base a esos primeros diez minutos, ahora entiendo todo. Fuiste una hermosa creación de mi imaginación.
Esto de crear y escribir a veces es una cagada, otras una salvación. Digo, por la velocidad en la que el papel se moja y las palabras mueren.
Patricia Lohin
Foto In Treatment versión italiana con Sergio Castellitto

Infancias

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A los doce el amor era mirar a Fernando de reojo.
Alguna vez compartimos uno de esos pupitres de madera todos integrados con un orificio para poner un tintero. A los doce el amor era un sentimiento larga duración y un asunto serio. Yo me enamoré en sexto grado, y seguí con ese encaprichamiento hasta segundo o tercer año de la secundaria. La duración del enamoramiento unilateral era motivo de charla en los recreos. Al igual que las protagonistas de las historias que yo leía, a mayor duración de algo, mejor calidad. Y yo estaba ganando: era la única de mis compañeras que llevaba tanto tiempo gustándome el mismo chico.
El pobre Fernando se enteró a fines de la primaria de mi berretín existencial platónico. La había cagado, me podría haber quedado con un potencial amigo, pero un papel con su nombre escrito por mí al lado de un “me gusta” hizo que me anulara del listado de seres vivientes dignos de un saludo. Los siguientes años me conformé pasando por la esquina de su casa. Luego el tiempo hizo lo suyo: yo me fui del pueblo un par de veces y nunca más volvimos a compartir un aula.
Patricia Lohin
Foto Alicja Brodowicz

𝖢𝗈𝗆𝗉𝖺ñ𝖾𝗋𝗈

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-𝘋𝘦 𝘭𝘢 𝘴𝘦𝘳𝘪𝘦 “𝘌𝘴𝘤𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘮𝘰𝘳”-

Él me dijo compañera. Detrás de esa palabra cargada de contenido histórico yo leí el comienzo de nuestra lucha juntos.
Compañeros, los que comen del mismo pan y caminan a la par levantando la misma bandera. Fueron muchos los pasillos transitados redactando documentos plagados de proyectos, que nos llevaron repetitivamente a los mismos lugares: un escritorio desordenado, horarios encontrados, almuerzos improvisados, ceniceros con colillas aplastadas, calles desconocidas que desde ese momento crearon un nuevo mapa hasta entonces incierto: el de nuestro encuentro, un nuevo punto geográfico recién parido.
Adoración. Devoción. Admiración mutua. Mis oídos bobalicones escuchando sus proyectos utópicos. Yo queriendo subirme a la calesita para ponerlos en marcha. Y viceversa a todo. Su dialéctica. Mis sueños. Su mirada. Mi realización a partir de esa mirada. Mis oraciones. Su punto y seguido. Mis párrafos. Su acto continuo. Mi despertar. Su sentir silencioso. Mi amor platónico. La tinta de su lapicera que no alcanzó para poner tres puntos suspensivos. Te amo. Yo también. La espera detrás de bambalinas. El final cuando no fuimos los elegidos. Su huida y el fin de mi revolución.
Él renunció a mi causa, un proyecto al que nunca pude ponerle punto final.
Hoy cuatro años después, seguimos militando cada uno por distintos pasillos, mientras cada tanto y subrepticiamente nos miramos de reojo.
Uno solo fue el cobarde.
Usted compañero.
Patricia Lohin
Foto Adriana Lestido
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Ve O eSe

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Dijiste “vos”:
Ve O eSe.
Vos refiriéndote a mí.
Tus labios pegados,
despegándose
a una velocidad
angustiosamente lenta
para pronunciarme.
Tu boca besando mi yo.
Yo queriendo
irme a vivir adentro
de tu cavidad bucal,
para dormirme
de cúbito dorsal
sobre tu lengua.
Dijiste “vos”,
hablando de mí;
y yo pensé
en “vos y yo” separados
-haciendo algo
solapadamente loco,
saltando afuera
del cuadrado existencial,
infringiendo normas
horarios y toques de queda-
pero juntos.
Dijiste “vos”
y sonó como un susurro
en mi oído,
mientras imagino que hundo
las yemas de mis dedos
en tu espalda,
y flasheé mal…
flasheé bien,
con que mi nombre
estaba en tu boca
derritiéndose.
Pᴀᴛʀɪᴄɪᴀ Lᴏʜɪɴ
Foto Federica Santolamazza
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Pelopincho

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Me arriesgué. Me tiré a la pelopincho con esa malla enteriza que me hace parecer un mamífero marino y encima me olvidé de ponerme los bracitos inflables.
Fué de panza. No te voy a negar, había agua, pero poca.
Terminé con la pera constipada contra mi pecho.
Dolió como la puta madre.
Dolió como un parto, como cuando uno nace. Dolió como la aguja de la inyección subcutánea que te clava la enfermera después de tres golpecitos, y encima te dice “no pasa nada” mientras el lagrimal supura agua salada.
Vos estabas en la reposera amarilla, viéndome caer, llorar, tragar agua y levantarme herida.
Tus ojos pardos más verdes por el sol, lucían divertidos.
Nunca entendí ese masoquismo enquistado, el de querer a alguien pero quererlo mal. El goce de la caída ajena.
Salí de la pileta y me envolví en un toallón animal print, tratando de parecer un bombón asesino y sexy. Te di un beso en la boca, húmedo y lapidario. Sabés que los picos no son lo mío.
Así y todo fue el beso de despedida.
Patricia Lohin

𝑁𝑜𝑟𝑚𝑎 & 𝑅𝑖𝑡𝑎

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“Soy Johnny y busco a Frankie”.
Ella levantó el papel que se había desprendido de la pared. Tenía el dibujo gastado de la tapa de la película.
Cualquier Johnny que buscara a Frankie tendría al menos cincuenta años.
No eran muchos los hombres solteros de más de cincuenta años en ese pueblo perdido de Santa Fe.
La mañana húmeda y soleada era un concierto de aves que jugaban a las escondidas en las copas de los árboles. El sol estaba en todas partes, una vez descendido y reflejado en el asfalto húmedo de la calle principal, los rayos se eyectaban hacia las paredes gastadas de las cuadras del centro.
Norma no había desayunado, tampoco cenado. Tan sólo medio atado de cigarrillos había en su ser. Entre los dedos atabacados se colaba el vacío existencial.
Llegó a la panadería La Moderna, y sin entrar se quedó sentada en el marco de la ventana. Esperó unos quince minutos hasta que llegó Rita, una mujer mayor, de edad indefinida, con grandes surcos en la cara, como si toda la vida hubiera llovido entre los ojos y la comisura de su boca. A su vez, su frente ancha, era un entramado de letras que conjugaban una especie de poema desconocido.
Rita se acomodó y empezaron a fumar juntas, tirando el humo en dirección a la vereda opuesta.
La frase de los ochenta era que la vida debía estar en otra parte.
A los 90 estaban ocupadas matando domingos amargos mientras el mate se lavaba al costado del río y los chicos volvían a la casa llenos de barro.
En el 2001 vino la crisis, dejaron el amor y la casa para recibir otro amor y otras casas.
Sobre el 2020, los amores habían resultados insípidos y pasajeros, y la única frase que había quedado estampillada en el cordón de la vereda era que la vida debía estar en otra parte.
Pero las vías del tres estaban frías, dormidas y tapadas de malezas. Entonces dieron por sentado que la vida simplemente nunca había ido a recogerlas.
Patricia Lohin
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Situación general del corazón

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Hoy mis puertas abrieron
al mismo precio dólar
desactualizado del viernes.
Con la misma carga emotiva
con la que se sale a la calle
todos los días.
Con el paraguas
agujereado del todo
para que pase el sol,
la lluvia,
y las piedritas esas
que cayeron sobre la siesta.
Hoy mis puertas abrieron
sin importar
el derrumbe del mercado,
o de las intenciones,
o de las esperanzas.
Por la puerta
entró de todo:
el frío polar
y algunas hojitas nuevas,
menos vos.
Y aunque sé
que por unos días
no puedo salir a comprar
ni vainillas ni chocolinas
para el café con leche
porque dicen no hay precio,
mañana volveré
a abrir las mismas puertas.
Aunque las encuestas digan
que no hay probabilidades,
tal vez uno de estos días
si entrés
y así no todo estará
tan perdido.
Patricia Lohin

𝑫𝒆 𝒂𝒎𝒐𝒓𝒆𝒔 𝒊𝒎𝒑𝒐𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆𝒔 (𝒄𝒂𝒓𝒕𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒂𝒎𝒐𝒓)

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Hola hermosa:

Te escribo un domingo de invierno, aquí sentado en un rincón del patio luego de terminar de cortar el pasto. Estoy sólo, inmerso en una soledad que cala tan hondo como el frío. Los árboles frutales y añejos me miran desnudos con tristeza y consternación. En el medio ha quedado la pileta hasta la mitad de agua, esperando que llegue el calor.

Sí, ya sé que estás pensando. Es domingo, la familia hace otras cosas en el interior de la casa, y para vos el domingo era el maldito día en el que yo no te amaba. Qué equivocada estabas! Si hubieras sabido que era el día que más necesitaba de vos como mi eje invisible, mi sostén, mi amor. Seguramente te amé de la manera más egoísta y cobarde que pueda ofrecer un hombre.

Si vos sentiste que yo no te amaba, yo sentí que me soltaste la mano con tu ausencia determinada.

Todos los escollos que no pude sortear, todas las puertas que no me atreví a abrir son un gran interrogante en mi vida.

Hoy que estoy acá sentado, tratando de captar en el aire el perfume de tu pelo enrulado, el olor de tu piel, el brillo de tus ojos cuando me miraban, la arruga en tu frente cuando te enojabas; me pregunto qué haría en este momento si tuviese la posibilidad de volver atrás, qué hubiera pasado si la decisión era otra, qué si me sostenías un poco más, qué si me animaba. Para vos el tiempo era mucho, mucho esperar; siempre manejamos distintos tiempos.

Soy feliz, como quien es feliz viendo la corriente del agua en el río pasar sin mojarse los pies. Hay fines de semana en los que si estoy en casa me pierdo en las anécdotas de mi hija, en sus preguntas raras, ahora que entró en la juventud y quiere saber cuántas veces me enamoré… y sale tu nombre desde la garganta y muere en el borde de mis labios, los labios con los que te amé desde la punta del dedo gordo hasta tu ombligo.

La culpa a veces es una amiga que se levanta conmigo en las mañanas, y viene a acostarse conmigo por las noches, no sin antes hacer un nudo en la punta de la sábana de mi pequeña, quien no me ha visto en todo el día.

Hago un nudo en su sábana y hago un nudo en mi memoria, mi memoria que está atada a la tuya, con miles de eslabones confeccionados con algún material que desconocemos. Quiero volver y espiar qué hubiese pasado, quiero espiarnos a nosotros, diariamente discutiendo por boludeces y amándonos en quinta, al máximo, con la intensidad de la naturaleza cuando se enoja.

Antes de dormir me pierdo en los libros que íbamos a leer juntos, tal vez la respuesta esté en algunos de éstos.

Es domingo y te amo; aunque ya no tenga derecho a decirlo.

Tuyo siempre.

Patricia Lohin

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Porque te conozco tanto
sé con qué jugos se cuecen tus carnes,
y lo que pensás
mientras mordés tu labio inferior
y tus ojos rejuvenecen
en una fracción de segundo.
Sé la música que ponés
al volver del trabajo
mientras sorteás obstáculos
en una avenida
en donde algunos jacarandás
se recuestan sobre las veredas
y los edificios del centro
besan las nubes
del cielo encapotado.
Conozco de memoria
la remera que te acaricia
por las noches,
y el libro que descansa
sobre la mesa de luz,
esperando a que yo llegue
y en puntas de pie,
humedezca mi dedo índice
y pase una hoja tras otra
leyendo entre líneas
cómo hacerte el amor,
dulcemente o salvajemente
entre esas sábanas blancas de algodón
que acabarán
suicidadas en el piso
y totalmente arrugadas.
Porque te conozco tanto
sé a qué hora mirar el reloj
para adivinarte con hambre y sedienta
hurgando en la heladera
las caricias que no te llegan.
Patricia Lohin
Foto © Ken Schles
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No me creas

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Yo nunca me creí la que me contaban. Pero siempre hago que.
Me muestro como un Kwai Chang Caine* berreta: respirando, analizando, esperando, anotando y observando.
Hago gala de revoluciones silenciosas que me llevan mansa y tranquila al último minuto, cuando viene el KO, el derechazo, la muerte súbita y vos que no te la veías venir.
Como si fuese un show de magia del mago sin dientes en un galpón abandonado al lado de las vías: pensabas que era un fiasco y al final desapareció.
Como hoy.
Vos a las ocho de la noche, viniendo a casa para cenar temprano. Comemos algo rico. El tema es cómo pasar eso rico cuando la garganta tiene un rosario de nudos que llega hasta el estómago. Sonrisas programadas y comentarios de medio pelo. El contacto visual murió antes de ayer. Casi no probamos bocado. Es peor que una última cena abrazando a Judas. No hay postre.
Los dos sabemos pero nadie dice nada. Es la verdad tácita que chorrea las paredes.
Te sentís seguro porque no hablo y me muestro dócil. Podrías estar así el resto de tu vida: pensás que la comida que sobró hoy la vas a poder terminar mañana, cuando vuelvas y ensayemos otra obra de teatro.
Seguimos haciendo qué, por ahí con suerte esta noche tenemos sexo. La noche termina y me voy a dormir sola.
Sobre la mesa tu llave y un pasado menos al que volver.
Patricia Lohin

Voluntarismo a punta de pistola

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Salgo a la calle con mis mejores pilchas de yo sé a dónde voy. 

Tengo varios de esos trajes, más un par de mudas de entre casa para cuando me agarra pánico y no sé dónde estoy. Es ropa cómoda y abrigada, que me permite hacerme un bollo en el piso que amenaza con desintegrarse debajo mío. Tengo todo medianamente calculado. Soy un asco. 

Hasta hace un tiempo me las estaba arreglando bastante bien con esto de vivir. 

Pero una mañana la persiana de mi pieza se trabó, y algo en mí detonó. Mi universo aceitado se estaba desmoronando, todo por una puta persiana. Mi garganta se convirtió en asesina al intentar asfixiarme, mientras mi cuerpo agonizaba vencido sobre las baldosas del baño. 

Mi psicólogo dice que el botón rojo de emergencia se activó. Yo sólo quiero saber quién lo presionó, y por qué justo ahora. Me explica que es como destrabar el  martillo colgado para romper el vidrio de la salida de emergencia de un bus. Lo que pareciera que me está matando, en realidad me estaría salvando. 

Son las nueve de la mañana. Salgo con mi reserva en modo automático y obligada. Todo me cuesta. La vida pasó a ser un acto de voluntarismo a punta de pistola. 

Él se sienta con las piernas cruzadas frente a mí, y me mira en silencio con su mejor pilcha de yo sé lo que hago y a dónde voy. Me pregunto que hará al final del día luego de atender a su último paciente. Miro las paredes y trato de adivinar dónde se esconden sus demonios. He llegado a creer que el inmaculado despojo del lugar sirve para que sus pacientes no se distraigan. Al final, ese consultorio es como un templo, donde el pastor me dice que no existe el pecado, ni la moral, ni lo bueno ni lo malo. Es la única religión que me reconforta, con ésta tengo altas probabilidades de llegar al cielo sin tramitar visa ni pasaporte. 

Patricia Lohin

Foto: Brooke Shaden

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A quien corresponda

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Porque para que sea una buena historia de amor es necesario que tenga banda sonora.

Ella tenía quince y él veinti tantos. Es una historia conocida.
La tarde-siesta los hizo coincidir mientras se relamían los labios con gusto a sal y algas.
El prestó atención a su boca cuando escuchó su banda sonora, y desde ese momento supo que no querría hacer otra cosa más que succionar esos labios que tarareaban de forma muda e inconsciente la misma música que él llevaba en su walkman.
Labios con gusto a higos, lengua almibarada, la piel apenas dorada por el sol de una playa patagónica.
Nada volvería a ser lo mismo ni para ellos ni para el cantautor, quien sin saberlo siguió componiendo canciones, una tras otra, mientras un director con cara desconocida iba marcando en qué escena iba cada melodía.
Dijo “corten”, y ellos insistieron en seguir actuando. Volvió a decir “corten”, y con la cabeza gacha y los hombros retraídos al fin abandonaron el set.
Con los años y la distancia, sobrevino una curiosa excursión que incluyó una ciudad tras otra, un teatro tras otro, distintas funciones de un mismo artista, mirando multitudes, esperando que el destino dijera sí de nuevo, mientras ella miraba la cola de la boletería, y en las filas aledañas, a la salida del show, esperando encontrarlo.
Pues yo les voy a decir algo mis queridos:
Si sólo les uniera un cantautor, éste aún no ha muerto.
Y ambos por igual esperan esa canción final que marque un comienzo.
Si sólo les uniera el cantautor, pero los une un río.
Patricia Lohin
Foto Tumblr
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El des-encuentro

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Podemos encontrarnos de dos maneras.
De forma programada, o esperar a que el destino nos cruce.
Para la primera opción tengo algunas ideas, aunque sólo te cuento una, así no te la creés, a ver si terminás pensando que esto del encuentro me importa tanto.
Se me ocurrió que podría ser tipo seis de la tarde. Un viernes, o un día que tengas franco.
En esa cafetería vintage de la peatonal de adoquines que queda en una esquina frente al Día.
Sí, esa misma. La que tiene mesitas cuadradas con unos mantelitos a cuadros rojos y blancos, más una cafetera antigua de la hostia sobre un mostrador largo de madera torneada.
Pensé en llegar antes, y sentarme en el fondo con vista a la puerta. Estaré leyendo, saltando renglones, pasando hojas, adelantando historias, mientras alternadamente levantaré la vista por encima de mis anteojos para adivinar tu silueta entrando, la expresión de tu cara, la sonrisa, tus tremendos ojos mirando el vestido que llevo.
Si llegás hablaremos de nimiedades y esperaremos que el random musical nos tire onda.
Si no venís, sabré que triunfó ese miedo crónico que arrastrás de no encontrar lo que soñás, sumado a la confirmación de que la realidad sea una especie de cagada fantasmagórica sin retorno, porque luego no te quedará un peso ni para soñar.
Tal vez este delirio del encuentro sea como la secuela de Top Gun, donde yo soy justamente esa actriz pasada de moda y entrada en años a la que no llamaron.
Para la segunda opción no tengo ideas.
Cuántas posibilidades hay de encontrarnos a la vuelta de la esquina de este mundo en forma casual y de sopetón, reconocernos, saludarnos, animarnos a intercambiar un hola, para luego seguir caminando, pensando que podríamos haber dicho esto o aquello, pero que sólo nos saludamos como un acto intrascendente más.
Lo bueno es que para desencontrarnos hay una sola forma: ésta.
Patricia Lohin
Foto: Marilyn por Eve Arnold
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El patio

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El patio era cuadrado, casi del tamaño de cuatro habitaciones. Se diferenciaba de una habitación cualquiera por no tener techo. Las tardes de domingo, el sol entraba por una ventana subdividida en cuadros de cristal situada en la cocina, exactamente por encima de la mesada.

Ese día ella no estaba en la mesada, ni en la cocina, ni en la hornalla, ni en el fueguito del termotanque.

La cocina estaba en un momento íntimo de silencio, con una limpieza casi inmaculada, que había borrado incursiones culinarias del día previo. Tal sólo había quedado la huella de un par de migas de un pan tempranamente desgranado para tirar de pasada en la plaza y dar de comer a los gorriones.

Ella estaba sentada en la plaza, mirando de refilón al sol colarse por la copa generosa de un pino, mientras de fondo, la música estridente de la calesita se iba evaporando como si fuera el chillido de una locomotora que se disuelve a medida que avanza.

El abrió la puerta del patio. El silencio de la casa se quejó ante el ruido de la puerta. Se sentó en una silla de madera que él mismo había pintado en temporadas anteriores. Desde ésta empezó a fijar intermitentemente su vista en esa especie de naturaleza artificial. Un limonero, macetas de colores con tomillo y albahaca en el marco de una ventana, una salamandra oxidada, el rastrillo sosteniendo una pared, flores rastreras en los canteros circundantes, una radio Tonomac sin tapa que testaruda aún repetía frecuencias AM, un ciruelo, un espantapájaros vestido con una camisa que ya no le entraba. Y en otro sector, una quinta improvisada con tomates rojos y pequeños, algo de lechuga, algo de radicheta.

Miró hacia arriba buscando el cielo, y le pareció cada vez más cerca. 

Él sabía que la esperanza no es nada más que un engaña pichanga.

Ella sintió un dolor en el pecho mientras aún estaba sentada en el banco rojo de la plaza.

Cambió de posición y el dolor se agudizó perforando su esternón. Tuvo que pedir ayuda para levantarse. 

En el patio del tamaño de cuatro habitaciones, con un limonero y una radio tonomac, él decidió dar por zanjada la cuestión de vivir o morir, de esperar o no esperar. Eligió no esperar.

Patricia Lohin

Foto: © Ximo Mingarro Sales

Sin mí

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Con vos.
Conmigo.
Sin vos.
Sin mí.
Otra vez ese lugar,
en donde si te pierdo,
-¿perder qué?-
me pierdo.
Ese lugar vacío
en donde si vos no estás,
-Pedro, Kevin, Juliana, Cristina-
no existe nada
porque todo deja de tener sentido.
La herida nueva que supura
sobre la herida original
del primer abandono,
cuando sólo era un bebé
en una canasta de panadería
llorando sin que nadie
prestara atención.
Otra vez el día
caminando sola, solo,
prendiendo el horno nuevo
para uno.
cuando el horno que teníamos juntos
andaba tan bien.
Otra mañana respirando,
buceando en una libertad
que queda tan holgada
como una cama de dos plazas
para uno solo.
Otra vez
armando el rompecabezas
del merecimiento,
mientras hoy lloro
heridas
de otras vidas.
Otra vez,
ajo, pan y cebolla.
Patricia Lohin
Imagen Tumblr
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Lo mejor del invierno

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El castillo que levantaste
debajo del tamarisco
para que no le agarre el vientito, 
ya está derrumbado.
Era enero cuando leías con sorna
y aires de superioridad intelectual
libritos de cuatro páginas de autoayuda,
tirado en una reposera
de la playita del medio,
con el ombligo mirando al sudeste,
mientras mandabas mensajes
que empezaban con actitud
y terminaban con “yo soy”.
Lo mejor del invierno es este frío
que ahuyenta mosquitos
y mensajes prefabricados.
Lo mejor del frío es que al fin
se terminaron de despegar
los carteles con tu nombre
y esa frase de marketing berreta
que decían naderías
hilvanadas con cinismo.
Lo mejor del invierno
soy yo sin vos
y esta vida
que insiste constantemente
con salvarme.
Patricia Lohin
Foto: Lyn Mougeolle
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Sin embargo

Claudio-Capanna

 

No creo

en el esfuerzo desmedido,

en embargo acá estoy

luchándola desmedidamente. 

No creo en la autoayuda,

ni en las recetas motivacionales

estampadas en una remera barata, 

sin embargo

sigo dando las gracias por tres,

mientras mis manos están vacías.

No creo en dios,

sin embargo

sigo insistiendo por las noches

con pedirle que me baje algo:

una línea,

una estrella,

un detalle,

una palabra,

un mensaje,

una esperanza.

No creo en mí,

sin embargo

agarro a mi ser 

-o lo que queda de éste-

por los hombros o de los pelos

y lo obligo por las mañanas a levantarse,

lavarse los dientes,

bañarse,

y salir lo suficientemente perfumado

como para tapar las pestilencias 

que emanan de los sumideros.

No creo en este mundo,

sin embargo evito tirar

el pañuelo,

el envoltorio,

la colilla,

y a mí misma al medio de la calle

esperando que pase 

el camión de la basura a recolectarme.

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Harta

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estoy harta
de las gargantas sin voces
de la taza que no se rompe en mi cocina
de la cocina desierta
de las escaleras sin final
del cielorraso que no me permite ver el cielo
de mi voz que encuentra la escritura
como único medio de expresión
harta de las voces que no se escuchan
de mi voz que se ahoga antes de salir
de tener que hacer espacio para entrar en algún lado
de mis imposibilidades
de mi responsabilidad
del oportunismo
de los libros de autoayuda
de Diego Torres cantando Color esperanza
de la gente que niega y se esconde detrás de los teclados
de los que te dicen qué y cómo
de mí diciendo qué y cómo
desde la vereda de enfrente
de mis manos de 120 años
y mi cuerpo no deseado
estoy harta de no tener voz ni voto
en esta democracia unipersonal
en donde sólo tengo que ponerme de acuerdo
conmigo misma
saber por dónde empezar
y darle un golpe seco a lo que terminar
para ser yo una vez más
estoy harta de los finales
de irme
y que todo el equipaje me persiga
como un submundo del que no se puede escapar
harta de tener que reinventarme otra vez
fabricando panfletos para venderme
como mariposa recién sacada del horno
harta de las formas
de perder las formas
de juzgar y que me juzguen
de buscar el camino distinto
de que sea el camino más largo
del silencio
del invierno sin final
de abrir un chocolate para mi sola
de la cocina sin la taza que se hace añicos
y no poder echarle la culpa a nadie

Infancias: Patricia

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El verano se veía blanco, casi como el invierno, pero con calor.
Las siestas eran obligadas y largas, algo así como el final de la vida, plagado de silencios y soledades, mirando el cielorraso, rezando para que el tiempo pasara más rápido.
¿Rápido para qué? Aún hoy me lo pregunto.
Ese verano vino Patricia a la casa de mi vecino. Mi vecino era zapatero y tenía un patio extremadamente largo, tal vez como el de mi casa. En éste había una higuera que era como una casa, cabían bajo su sombra una mesa y sillas, una pava, vasos, el mate, la vida.
Patricia venía de otro lugar más grande, tal vez Buenos Aires y tenía más o menos mi edad.
No recuerdo cuál fue el primer verano que vino, ni cuál el último, ni cuántos en total, o cómo nos conocimos, si fui buena con ella, o a qué jugábamos.
Si recuerdo una tarde-siesta en especial. Algo me demoró, o me retuvo, o a ella se le adelantaron los tiempos, y me encontré bajo el sol abrasador del verano patagónico gritando su nombre varias veces -que paradójicamente era el mío- de mi lado de la medianera, mientras las lágrimas caían por mi cara ante su ausencia.
Luego supe que se había vuelto a la ciudad y nunca más nos volvimos a ver.
Si hubiera sido yo me despedía de mí misma.
O tal vez no. También muchas veces me fui sin decir adiós.
Patricia Lohin
Foto: Alicja Brodowicz
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Vida inacabada

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Eso de esperar el agua en el desierto
y de caminar hacia el horizonte
sabiendo que no hay nada.
Eso de buscar en los mismos lugares
un halo de luz o un aliento de esperanza
cuando en realidad
se tienen los puños bien cerrados.
Eso de mirar la línea que separa el mar del cielo
esperando que el sol se recueste
o que la luna haga un guiño
sabiéndose en una galaxia
sin sol ni lunas o mar.
Eso de rezar a un dios
que ya ha entregado su telegrama de renuncia
y habiendo cedido sus súper poderes
a un despiadado hombre de traje gris
con la agenda demasiado ocupada
para responder a las plegarias.
Ese grito desangrado
que sale de una boca sin saliva,
sin aliento, sin dientes,
y una montaña que no devuelve el eco.
Esa ausencia predestinada y caprichosa
que tiñe las hojas de blanco
y deja las biromes resecas
en una mesa mal tallada
que se derrumba en la mitad
de una casa abandonada.
Este mundo repleto de gente
con el cuello encorvado
dirigiendo una y otra vez la mirada
a sendos agujeros llenos de arena
clavados en mitad de sus panzas.
Ese dolor que anticipa
desmesuradamente,
el grito de rendición de armas.
Esta vida inacabada.
Patricia Lohin
Foto: Alicja Brodowicz
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Infancias: Lady Di

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Lady Di se casó en el año 1981. Con mis once años vi como metros de cola se arrastraban de acá para allá, mientras iba colgada del brazo del príncipe.
No importaba que él fuese feo. Importaba que la iba a proteger y cuidar, mientras ella cerraba los ojos y colaboraba un poco con esa fantasía endeble de cuentos de hadas.
El caso es que yo quería ser como ella. Embarrar mi vestido blanco en alguna calle de tierra cercana al río Colorado, estar enamorada de un príncipe feo que me diera love, pero sobre todo quería tener su peinado.
Con alta resolución, y teniendo mi pelo largo y lacio hasta la mitad de mi espalda, es que crucé las vías y fui a la peluquería con la foto de Diana.
Mi pelo rebelde, lejos que quedar dócil, se enfureció, y de pronto un millón de rulos se agolparon en mi cabeza. Parecía una princesa afroamericana desteñida.
La peluquera me dijo que me quedaba precioso y con esa convicción caminé las tres cuadras que me llevaron de vuelta a casa. Me esperaba el infierno.
Los meses siguientes tuve que andar con un pañuelo de seda en la cabeza, como recordatorio de que algunas libertades se pagan muy caro.
Si todas las libertades tienen un precio, yo siempre pagué lo adeudado.
Patricia Lohin
Imagen Diana Spencer – Pinterest
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Gutiérrez

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Cuatro de la tarde del día 13 de julio. Gutiérrez estaba en una sala intermedia entre un consultorio y la sala de espera.

Lo habían colocado allí a esperar. Pero no a esperar como los de la sala de espera tradicional. Esa locación, para él desconocida, era para esperar específicamente dos situaciones. 

En una sala de reuniones de profesionales, a dos pasillos y medio de distancia, se estaba siguiendo el protocolo AZ158. Participaban de la reunión un médico oncólogo, un médico generalista, un abogado y Gutiérrez hijo. 

Los médicos tenían sobre la mesa carpetas con estudios concluyentes y aparentemente certeros, con posibles estadísticas, posibilidades e imposibilidades en el proceso salud enfermedad del paciente. 

En tanto el abogado se abanicaba con un sobre de papel madera en cuyo interior había una simple hoja manuscrita con algunas instrucciones que no venían a este caso. 

Gutiérrez hijo, con sus manos vacías y su mente apabullada, destrozaba un chicle larga duración y sin sabor dentro de su boca. Pensaba que los únicos que saben con exactitud y antelación la fecha y hora de su propia muerte son los condenados, y Gutiérrez padre, apenas si era un habitante mediocre viviendo en libertad condicional, en un barrio gris lejos de la plaza y cerca de la comisaría. 

Los reunientes decidieron hacer dos actas de apenas un renglón cada una con dos veredictos distintos.

La verdad y la mentira acomodados por igual en sobres de igual calibre y color, pero cada uno con distintas iniciales. 

A continuación Nelly, la secretaria, va a buscar al paciente contoneándose a lo largo y ancho de dos pasillos y medio. 

Y es así que sobre las cinco de la tarde, con un café de por medio, Gutiérrez decidió entre saber y no saber. 

Patricia Lohin

Foto Yasuhiro Ishimoto

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Desastre

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Escribo, respiro, resisto.

Puteo, exhalo, me pierdo.

Mi vida es un desastre.

Es el nudo que no acaba de desatarse,

o de atarse con la suficiente fuerza.

Es la soga abandonada

en un rincón del galpón,

olvidada y desvencijada.

Es la noche sin insomnio, pero con sueño,

luego de querer emborracharme

con el vino del postre intitulado “Promesa”.

Mi vida que es un aire acondicionado frío-calor

que hace saltar la térmica

y enrosca sin piedad al medidor.

el desastre sin puente, ni rotondas,

sin río ni frontera o camino.

Pero con un ventarrón que barre la bahía

y deja la playa des-olada:

el mar sin olas, sin sal, ni espuma.

la playa sin huellas ni poesía;

este invierno cagándonos de frío.

Y lo que es peor:

el balcón de mi casa sin amaneceres,

con siestas tumbada de espaldas

sobre la cama prolijamente tendida;

medias noches sin medias lunas,

durmiendo con zoquetes grises de lana.

Esta vida con la ausencia indiscutida

del cualquier asalto

vespertino, matutino

diurno o nocturno

de algún pariente cercano al amor.

Y el timbre que no funciona…

En esta vida

sin enojos ni frases desafortunadas,

sin reconciliaciones.

este desastre sin vos.

Patricia Lohin

Imagen Rene Stuardo

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El día después

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El día después
el río se ha terminado de secar
y los peces semimuertos
boquean en la orilla fangosa
de una tierra plana y cuadrada.
La misericordia
permanece ausente,
y la gente
sigue impasible e ignorante
ante la afirmación
de que el día después
es igual a ayer
y al día antes de ayer.
El mismo dolor,
la misma cantaleta,
la misma imbecilidad,
pobreza e impotencia.
Debajo de una piedra
donde antes circulaba el agua
y miles de reflejos de gotas
subían a la superficie,
yace una cápsula,
y dentro de ésta una píldora.
No hay que elegir
ni roja o azul.
Tan sólo si tomarla o no,
para romper el hechizo.
Que sea sin agua
y sin saliva,
que raspe la garganta,
que me lleve a otro lugar.
Que el día después
sea el final
de la historia
que se ha contado
hasta ahora.

Un beso en la frente

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El la besó en la frente.
Fue un acto que duró una décima de segundo, como el batir de las alas de una mariposa blanca. Luego sus ojos, que hasta hace poco eran muy oscuros y hoy se transparentaron, la miraron.
Sus miradas parecían un derroche de alguna sustancia que al ser de intercambio personal, sólo ellos conocían. Una pócima secreta, una fórmula química, la alquimia, el misterio, lo insondable. La paz del ojo del huracán. 
El tiene el color de quien ama, por eso tal vez se estuviera coloreando, como uno de esos cuadros que intentan emular el sol desperezándose en el horizonte de algún espejo de agua.
Yo los vi. Y luego de mirarlos te busqué con la mirada. No te diste cuenta de lo que pasaba.
El besó a su compañera en la frente.
Un beso del beso del beso. Los labios apoyados en el tope de su cara con un gesto imperceptible, fugaz y rápido. Como esos momentos en los que nos asombramos tanto que no podemos cerrar la boca aunque quisiéramos.
Como un calorcito que sale de la nada en medio del invierno que no perdona nada.
Como nuestras voces roncas de orgullo, de tiempo, de perdón, de esperanza.
Como quien se supo antes enamorado.
Patricia Lohin
Foto Tumblr
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Infancias

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Tal vez infancia significase espera.
Digo, en alguna clase de lenguaje etimológico reservado a una especie de eruditos desconocidos para mí.
Esperar a crecer, esperar a estirarse, a que el vecino devuelva la pelota, a que llegue el día del cumpleaños, a que pare de llover para salir afuera. Esperar a irse. Esperar a enamorarse.
Hay un portal en el último tramo de la vida, que nos lleva montados en un caballito de madera directo a la niñez. Lo sé, porque hay mayores que vienen y me lo cuentan. De pronto la memoria inmediata deja de tener relevancia, y la infancia vuelve con tintas, detalles, aromas y esperas en una forma tan contundente que estoy dispuesta a hacer una afirmación: infancia es esperar.
Esperar agazapado entre los vericuetos de la vida adulta a tener otra vez la altura adecuada para hacerse un chichón con la punta de la mesa.
Patricia Lohin
Foto Gáspár Márton
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Te miraré de lejos

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Años 90.
Una jóven de veinte años se bajaba del colectivo en la terminal y pisaba por primera vez la ciudad. Como cualquier foráneo al rato terminó pidiendo indicaciones.
El muchacho en cuestión no sólo se las dio sino que la acompañó unas cuadras y empezaron una de esas conversaciones psicodélicas con un extraño que te hacen sentir en casa. Se despidieron sonriendo sin saber ni siquiera el nombre del otro.
A los tres meses, la misma jóven baja de otro colectivo, y al final de la jornada, mientras hace tiempo para viajar, se encuentra con el mismo muchacho en una cafetería. Esta vez, un poco más ligero de reflejos, él le pide un teléfono, y ella anota su nombre de pila con un teléfono fijo y se lo da. Ese mismo día, al muchacho le roban la billetera, y con la billetera el teléfono.
¿Cuántas posibilidades hay de que una tercera chance los reúna?
El no la llama nunca, ella se olvida.
Años 2010 y consecutivos.
Dos personas se encuentran, se buscan, ponen nombre en Facebook o redes sociales, ven la foto, saben es el otro; el otro que fue su primer amor, el otro que vieron en una fiesta y no se acercaron, el otro de la conversación psicodélica.
Y aún, teniendo todas las posibilidades de encontrarlo, porque ya no necesitamos chances del destino, ni rompernos la cabeza porque perdimos su número, aún así preferimos contar la anécdota y seguir mirando de lejos.
Patricia Lohin
Foto © Ferdinando Scianna /Magnum Photos
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Cielo endemoniado

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Martes. Eclipse y la mar en coche.
El cielo se pone gris, luego amarillo, luego oscuro, y por último el agua que cae.
Estupefactas las parejas corren por la vereda mientras los paraguas se dan vuelta y los abrigos mueren de frío con el viento.
Las viejitas lloronas bailan una danza ridícula arriba de la azotea, empapadas en sus propias lágrimas; mientras los diablillos, más caldeados y más guachos, se mean de la risa acurrucados en el sótano. 
El agua nos viene de todos lados y nos estamos inundando. Necesitaríamos apósitos para incontinencia emocional y urinaria. Que nada desborde, que estos días no estamos para más emociones fuertes ni predicciones disparatadas.
Otro eclipse, otro invierno, otra noche. El té de hierbas no alcanza para calmar esta sed emocional. Los siglos nos están pasando por encima, mientras los agentes del destino no hacen nada para volver a juntarnos.
Vos y yo, y ese maldito beso que sólo está en nuestra fantasía.
Vos y yo dejándonos coimear por esta vida trucha y a veces ridícula.
No hay eclipse que nos aguante, que nos derribe, que nos derrumbe, que nos formatee.
Mentira que vienen a cerrar etapas, mentira vos, mentira yo, mentira este cielo endemoniado.
Patricia Lohin

Frío

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El frío:
una entidad de un dígito,
que raspa las puntas
de las narices
que asoman por encima
de algún tejido estirado
de temporadas anteriores.
Muy parecido a una lija fina,
de las que se usan al agua
para limpiar los azulejos.
El frío:
toda una personalidad del tipo uno.
Uno solo de este lado de la trinchera
en una guerra donde
ya se fueron todos,
y solo quedó mi panza triste
escondida debajo de una frazada.
La nieve tapa las piedras
donde antes te sentabas
a hacer capturas
para cazar constelaciones.
Ya no hay barro
en la entrada de casa,
ni ropa tirada
o toallas húmedas
decorando las sillas del living.
La mitad de la casa está derrumbada
mientras en la otra mitad
me refugio yo.
Patricia Lohin

Imagen

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Nunca imaginé
mi vida con un hermano.
Aunque pienso que hubiera sido
algo así como jugar al Jumanji.
Algo así
como un ejército alineado
para pelear contra los demás,
con frecuentes intermitencias
separatistas.
Porque lo que está muy cerca
no se alcanza a ver.
Algo así como dos espejos:
uno en el pasillo oscuro
y otro empañado en el baño.
Nunca me ví siendo dos
con otro cerquita
de mi cama individual,
vigilando que los rayos
y las tormentas eléctricas
no incendiasen mi cama.
Pero cómo disfruté
sabiendo que había dos
en la otra pieza,
aún a riesgo de que esa formación
se me viniera en contra.
Patricia Lohin

Infancias. La plazoleta

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La plazoleta era como una cuarta o quinta dimensión, como el triángulo de las Bermudas, como una selva desierta a un costado del pueblo.
Para llegar a ella había que cruzar las vías, y a veces, cuando las barreras estaban bajas, esperar sobre el cemento que pasara el tren, mientras el temblor se hacía sentir desde la planta de los pies hasta la coronilla.
Ahora que lo pienso, mi infancia estuvo atravesada por agua y por vías, por río y temblores, por líneas paralelas de álamos y canales, por barrios sectorizados de un lado o del otro.
Muchas cosas pasaron en ese pañuelo, en donde a un costado del sendero las hamacas se mecían solas con el viento patagónico y el tobogán deshecho y primario miraba celoso y solitario.
Por ese pequeño universo pasábamos por la mañana temprano rumbo a la escuela, cada una sumida en sus propias fantasías. Nos mirábamos de lejos sin hablarnos, vos con tu pantaloncito a cuadros y tu pelo negro, yo con mis dos colitas y frío glaciar en las orejas.
Cuando sos chico todo lo de adentro sale por las orejas.
Una par de cosas le faltaron a ese lugar: una llave, una tapa en el suelo, un pasillo subterráneo, una salida, un escape, una sexta dimensión, una luz colorida, un poco de calor, una infancia.
Patricia Lohin
Foto: Adolfo Birge
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Muertos

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Hay muertos de frío acurrucados en la entrada de los bancos.
Muertos de miedo mirando por la mirilla de las puertas cerradas detrás de las rejas.
Muertos de envidia a los que se les caen las expectativas propias y salen a matar las ajenas con balas de goma made in Taiwan. 
Hay cocinas muertas, con llamas que apenas asoman desde las hornallas.
Hay casas desiertas, con sillones gastados y sillas de plástico subidas arriba de la mesa.
Hay tipos muertos de risa, envueltos en sacos de sastre que nos mienten alternativamente, mientras nos miran a los ojos por medio de una pantalla plana.
Muertos hay por todos lados.
Muertos que salen a trabajar, entran, salen, cobran, pagan, se cuidan, se cierran, se esconden, se cagan, y guardan las esperanzas envueltas en papel de diario.
Mientras algunos están vivos: vivos de frío, vivos de miedo, vivos de fuego, vivos de risas; insisten una vez más con levantarse, mirar de frente subiendo la pera por encima de los hombros, aunque se les caigan los mocos de frío y tengan que guardar sus dedos llenos de sabañones en los bolsillos agujereados.
Los vez al mediodía, sentados en el cordón de la vereda, calentando al sol un trozo de pan de antes de ayer.
Patricia Lohin

Playlist

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Ruta 54, en algún lugar entre la urbanidad de General Mansilla y el cruce con la Ruta 11.
Luego del cruce el océano Atlántico.
Y después del océano, el fin del mapa.
Quiero llegar hasta ese horizonte y caerme a otro planeta. 
En lo posible caer parado, en lo posible caer delante tuyo y comerte con la mirada.
La playlist sacude los dados y tira un tema de La Beriso.
Nada como una ruta desértica con pseudo rock lacrimógeno de fondo.
Ejecuto otra vez la batidora cósmica y aparece Abel Pintos cantando Mi Angel.
Habla de una noche eterna y la mar en coche, como si esta tarde ya no fuera extra large.
Me pregunto cómo funciona el logaritmo de las playlists de Spotify.
Me imagino a un monstruo verde y pegajoso, digitando pistas ridículas para picarme los sesos y terminar de exprimirme las células que sobrevivieron del último desastre nuclear en mi corazón.
Te escribo.
Te extraño.
A vos o a lo que recuerdo de vos. Me da lo mismo.
Me desmorono.
Mis dedos se derriten con cada vocal que aparece en la pantalla de whatsapp.
Las letras vuelven para atrás.
Retrocedo.
Cierro la caja que acabo de abrir.
Bajo la ventanilla y la arrojo a la banquina.
¿Será biodegradable?
A la mierda el medio ambiente.
Adentro Babasónicos con Irresponsables.
Patricia Lohin
Imagen Tumblr
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𝓮𝓵𝓵𝓪

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La mañana era un intermedio entre lluvia y molestia.

La insistencia del agua que no llegaba a tener la sustancia de una gota transparente, pero que de todas maneras perforaba los lomos cansados de los caminantes.
Esperé en la puerta de mi casa. El llegó tarde, como casi siempre.
El interior del coche era una mezcla de humedad pegatinosa, el olor a café que salía de un vaso plástico del Coffe Store de la estación de servicio y el perfume de Antonio Banderas que usaba mi amigo.
Hoy éramos como Thelma and Louise versión remixada, versión atrofiada, versión Marta y Roberto del barrio privado, con la certeza absoluta de que del viaje volvíamos vivitos y coleando.
Roberto vendía algo pueblo tras pueblo. Algo que de momento estaba escrito en unas listas de precios, pero nunca supe bien de qué se trataba. Mientras él mentía yo escribía. Dos maneras acertadas de mentir.
En ese viaje era una refugiada. Refugiada en el auto de otro y en la vida de otro, porque no hay nada más fácil para evitarse que evadirse.
El mediodía nos agarró en el comedor de otra estación de servicio. Nada de combos de hamburguesas ni rolls de vegetales. El menú del día era bife de chorizo casi vivo con tomate cortado al medio de la semana anterior.
El salió y prendió un pucho antes de volver a agarrar el volante.
Ya habíamos hablado de trabajo, -de ella-, de desempleo, -de ella-, de amor, -de ella-, de imposibles, -de ella-, de compañías telefónicas, -de ella-, y del plan ahora 12 -de ella-.
Una sola charla nos quedaba pendiente: de qué estábamos huyendo.
Con un silencio cómplice él puso por enésima vez Lady Gaga y yo me dormí.
Patricia Lohin
Foto: © Eirini Lachana

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Bienaventurados

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El reloj digital de la Plaza San Martín ya había sido vandalizado en varias oportunidades.
En diciembre pintaron con aerosol rojo un corazón y debajo “promo 17”, pero alguien en desacuerdo y a los pocos días, pintó un ocho en blanco tapando al siete, y dejó al reloj totalmente desbalanceado.
Unos meses después y luego de que se aprobara el proyecto “restauración reloj” en el concejo deliberante, dejaron otra vez al reloj en hora, derecho y pintado.
La hecatombe llegó en julio, cuando en una fría mañana conductores y caminantes repararon que en el visor del reloj y temperatura esta vez había un mensaje:
“Te voy a matar hije de puta y ni te vas a dar cuenta.”
Los diarios y radios locales no pararon de hablar del asunto en toda la mañana. Las redes sociales, el grupo Vendo Tres Arroyos y los grupos de WhatsApp de mamis y papis del jardín estaban consternados y cagados, ambas cosas por igual.
El mensaje era inclusivo, lo que habría un panorama desolador: la persona en cuestión podía ser hija o hijo. El “ni te vas a dar cuenta” habría otra lista de hipótesis y posibilidades: atropello, la almohada en la cabeza, envenenamiento, ser apuñalado por la espalda en la cola de la Cooperativa Obrera.
Que hubiera sido alterado el sistema del reloj para hacer aparecer una frase, hablaba de un grupo comando de inteligencia y portes superior: al menos un electricista o técnico matriculados. Nada de chiquitaje.
Lo peor de lo peor en realidad eran tres o cuatro, diez o doce, veinte o treinta, tal vez un centenar de personas que se sentían protagonistas, privilegiadas y aptas para recibir tal mensaje. El Carlos que le metía los cuernos a Verónica. El intendente que tenía mil y un enemigos políticos. El dueño de la casa de venta de Gnomos de Jardín a quien todos acusaban de ser una especie de brujo, la tarotista más cotizada de la ciudad que ya se había quedado con la plata de muchos desesperados, el viejito jubilado que ese día había puteado al cajero del Banco Provincia. Y así pòdía seguir la lista de muertos vivientes que en pleno julio temblaban y no de frío. 

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Pasión

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Tengo una válvula tapada.
Es la de la manifestación
de mis emociones.
Tengo el termostato clavado
en diez grados.
Es lo que ve el otro.
Mis diez grados
casi siembre bajo cero.
Tengo una arteria tapada,
la que va desde mi corazón
al abrazo.
Una vena atrofiada
la que va del abrazo
a la lágrima.
Afuera tiemblan,
no duermen,
tienen espasmos,
se enamoran,
lloran,
quieren asesinar,

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Confiar la vida

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La vida es confiar. Aunque te haya decepcionado como la puta madre. Es que se lleven la mercadería y te la paguen luego. Es un “me diste de más” y dar lo que sobra. Es confiar un secreto y que no te apuñalen. Es necesitar calorcito y encontrarlo. Es seguir el pulso, seguir el camino, seguir el temblor, es seguir la música, la línea que forman las hormigas en la vereda, el rastro de las vacas en el camino embarrado, es seguir caminando, corriendo o arrastrado.
La vida es confiar. Es una manta norteña que vuelve a tu cama a taparte este invierno que estás solo y tu cama parece un maldito desierto aunque del otro lado pongas ochenta almohadas o duerma alguien que no merece la alegría. Es el mensaje que cae en medio de la mañana y pregunta ¿cómo estás? Porque sí, porque te extraño, porque me importás.
Patricia Lohin

Vueltas circulares

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Maldita madrugada. O maldita noche que me hace levantar al alba.
Este alba que se despierta dando vueltas circulares, otras vueltas que no giran alrededor de nuestra cama ni de la mesa de la cocina; o alrededor de tu figura o del halo de fragancia que emanaba tu pelo, cuando dejabas que yo te rodeara buscando la boca húmeda.
Esta madrugada sin fin y repitente, que me recibe con medio cuerpo frío, media cama tendida, media casa vacía, medio auto encendido, medio diario leído, media vuelta a la plaza, media vida solitaria.
Me ahoga el exceso de tu presencia detrás de los muebles que no he tocado: un almohadón habita la misma silla de siempre al lado de la ventana, la manta doblada en el respaldo del sillón, tu taza esperando la tibieza del agua, el patio con tus plantas, la regadera de metal oxidado esperando.
Salgo a la vereda y nos convenzo a mí y al auto de arrancar y hacer unas cuadras.
Estaciono en una esquina y hago que hojeo el diario. 

 

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Infancias: bullying

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Cuando yo era chica no había bullying. Había humillación por parte de compañeros e incluso docentes. Lo mismo de hoy, con otro nombre.

Nunca entendí cuál era la dinámica por la cual dos o tres, cuatro o cinco, o tal vez más, dentro de un aula o un recreo se creían superiores a otros.

Convengamos que no recuerdo que mi madre me hubiese dicho que yo era bonita. ¿Y qué si no lo fuese? Con las rodillas apoyadas en los bancos de madera nos decían que éramos bellos para Dios y los padres: los padres de otros y un Dios de otra galaxia. Mi madre se esforzaba todo el tiempo en demostrar que yo no estaba a la altura, a la delgadez, a la inteligencia, a la aptitud. Supongo que otros niños sí sabían que eran lindos e inteligentes. Supongo que sus padres se lo decían todo el tiempo, todas las noches mientras los arrullaban en la cama, diciéndoles “campeón” o “princesa”.

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Ta te ti

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Ta te ti para vos
que viniste a tomar el sol
a mi patio a la siesta
y el fresco en el balcón
en las noches del verano.
Ta te ti para mi
que hoy duermo toda la noche
mientras para vos el sueño
es una luz fluorescente portátil
que no se deja agarrar.
Ta te ti para vos
que te llegó el fin de semana largo
y te tomaste vacaciones
arriba de mi colcha bordó.
Ta te ti para mi
que ya mandé a cambiar todo de lugar
y mis notas juegan a las escondidas
mientras otras vuelan
por toda la casa
sin figurar tu nombre. 

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Cascotes

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No se debe detener el inminente derrumbe. Es decir esto no es la torre de Pisa. No soy una obra de arte que se mantiene en suspenso de caída durante años y años. Los arquitectos lejos de admirarme pasan de largo.
Yo me caigo, me estrello, me aniquilo, deshecho todo lo arruinado y lo que sirve también, barro el piso de tierra y empiezo de nuevo. Soy una traicionera de las tradiciones, armo álbumes de fotos nuevos, tiro viejos cuadernos y arranco a escribir en la primera hoja con un llanto de bebé recién nacido. Soy una miserable que no arrastra con nada a cuestas. Soy de las que salen al patio un domingo a la mañana y quema los calzones, le mete combustible a lo usado y lo prende fuego mientras aúlla como loca dándole una patada en los huevos al pasado. 

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Zapatillas

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La noche está tremenda. Tremendo el frío y tremenda la soledad que invade estas calles. Un muchacho trasnocha en el cordón de la vereda con su bicicleta destartalada tirada en la calle. Mira ocasionalmente a un lado y a otro, mientras es sospechado por los vecinos, quienes se preguntan quién es, qué sangre tipo y factor tiene. Arremolinan predicciones sobre sus supuestos actos delictivos, mientras menosprecian esa invasión nocturna de una calle de la ciudad sin estar justificada su presencia. Se presume culpable de no tener morada, culpable de no estar en la cama, condenado por haber sido desamparado y desamorado, condenado por no pertenecer. Se presume chorro e inadaptado, se da por sentado que se droga, que está armado al menos con un cutter que se robó del mostrador de una farmacia, que es peligroso, mal educado, que huele mal, que sus ojos son un fuego y que te puede violar.
Se presume desalmado y sin Dios, porque solo los desalmados no tienen hogar ni sustento ni padres que lo quieran.
Las doce, las doce veinte. Empieza a ponerse nerviosa la gente de la cuadra, que no sabe si atacar con un acto de defensa y prevención o si irse a dormir como si nada hubiera pasado.
Ha pasado tan sólo el muchacho que tiene frío y está descalzo. Descalzo porque juega con sus zapatillas para ver si llega a colgarlas en el cable que cruza la calle.
La verdad es que no sabe si volver a la casa donde están todos deshauciados y borrachos. Y hace una apuesta: si la emboca es libre. Si no logra que quedan colgadas vuelve y se deja abusar.
A la mañana siguiente los vecinos ven las zapatillas colgadas en el cable que cruza la calle.
Una vecina especula con que es un acto propagandístico de venta de drogas. La bicicleta ha quedado en el cordón de la vereda. Ya verán qué otra preocupación cazan al vuelo los adaptados de la vecindad.
Un poco lejos ya de la ciudad, un muchacho camina descalzo por la banquina de la ruta 3.
Patricia Lohin
Foto propia.
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