T̶o̶d̶o̶

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De soltar ya me cansé.
De ordenar y tirar también.
Antes entraba en los placares y cajones sin pasaporte ni pasaje, frenéticamente los invadía en jornadas de 24 horas cocainomanas para ordenar milimétricamente y desprenderme de lo obsoleto. Estaba tan crazy que tiré mis primeros escritos, cartas de amor, rosas desecadas, y muchas hojas mecanografiadas. Todo con afán de que entraran cosas nuevas.
Temía que mi futuro fueran domingos mirando fotos viejas y cartas de amor no correspondido.
Hace un par de días puse cepo a las intromisiones: nada de ropa prestada o usada, porque qué sé yo lo que hicieron los otros mientras las vestían.
Luego llamé al libre albedrío: que duerman los calzones con una media extraviada en el mismo cajón. Que si esos interiores reflejaran mi cabeza no la quiero absolutamente ordenada. Hasta donde yo sé en el orden inmaculado no se cría nada tan intenso, ni tan tibio, ni tan interesante, ni tan original, ni tan rico, ni tan parecido a vos.
De decir que no quiero nada ya me cansé.
Yo quiero todo.
Fundamentalmente a vos. Suena del tipo colonizador y propietario. Retiro lo dicho. Ya buscaré otra palabra para poner en mi boca que no suene a contrato social.
Mi todo es tan simple como un sándwich de mortadela con una latita de cerveza una tarde de primavera. No quiero que me regales nada. O sí, eso que me venís regalando hasta ahora. Quiero empezar a guardar esos regalos junto a fotos en blanco y negro, frases sin terminar, proyectos inacabados y sueños concretados.
Y si llegado el día se amontona mucho entre tu todo y el mío, y comenzara a molestar, o a manifestarse como una enfermedad del tipo acumuladores compulsivos, si tapara la entrada del sol y no nos permitiera entrar en la cama para hacer del amor un juego secuencial; entonces volveré a soltar, con ganas y sin tristeza abriendo las ventanas.
Luego me sacaré tu remera para volver a la cama.
Patricia Lohin
Foto Michalina Woźniak
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Decepción en masa

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Nunca me imaginé que este silencio era en realidad la muerte.

La muerte del número estrafalario que sumábamos vos y yo.

Me imaginaba otra cosa. Para qué mentirte justo ahora. Me imaginaba un poco de rock de fondo, incluso hasta hubiera aceptado la versión de Calamaro y Los Palmeras de saber que el silencio lo coparía todo.

Es increíble esto de la magia de la desaparición. Aunque para ser honestos, más que desaparición esto es “La magia del orden” de Marie Kondo aplicada a las personas: todo eso en lo que no hemos reparado durante el último año… vualá.

Pero yo sí te prestaba atención querido.

Tal vez lo más triste de este acto de psicomagia y desvanecimiento, es que nadie salió a buscarnos: ni vos a mí o viceversa; ni siquiera los amigos que nos vieron un par de veces juntos, tomados de la mano o riendo a media asta.  Evidentemente no sólo fuimos una decepción el uno para el otro. Fuimos la decepción en masa.

Si el fallecimiento virtual y sostenido ocurrió un viernes a las 20 pm, pues nadie lo notó.

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La cruzada del placard

Judy Drew
Australian
1951-
Symphony in Red

Mientras voy dando pasitos hacia mi nuevo emprendimiento laboral, mis días carecen de horarios de “esos”: tengo que, debo que, abro a tal hora, cierro a tal otra.

Los horarios con los que convivo son puestos por mí y están muy lejos de ser forzados o de manifestarse a punta de pistola. Hay días que cierran y veo que avancé mucho y otros que simplemente pasaron. Pero esta vez estoy decidida a dejar que el chocolate se derrita en mi boca.

Mientras mi vida cambia porque así lo quise el día en que me animé por fin a tomar la decisión de vivir de otra cosa, he dedicado un par de domingos a la liberación del placard y demás cajones. Consiste en una especie de cruzada por las habitaciones tratando de descomprimir ropa, dejando entrar el aire, pasando la aspiradora y lo más bello para mí personalmente: dejando ir.

Elemento principal para la tarea: bolsas de consorcio.

A pesar de que tengo la idea de que estas actividades las desarrollo una vez por año más o menos, creo que pasaron un poco más de 365 días de la última vez que hice semejante cosa. Posiblemente haya acomodado un poco por arriba y descartado alguna remera manchada, pero no más que eso.

Para ser sinceros la última gran redada del orden fue luego de mi separación: paso ineludible para que no queden vestigios en la casa de la presencia de la otra persona y también es un paso directo a la apropiación del otro lado del placard.

First of all: vaciar el lugar: si es cajón volcarlo íntegro sobre la cama y luego volver a poner las cosas que sirven, no están rotas y tratar de ordenarlas temáticamente. Los cajones de la mesa de luz son terriblemente coleccionistas, y van a parar allí desde monedas, tickets, tarjetas hasta gotas nasales.

Luego está el placard: el sector de las perchas también sacarlo absolutamente todo fuera, dejando las perchas por un lado y la ropa por el otro. Y aquí viene lo bueno.

Personalmente soy una persona que tiene varios talles para usar en el transcurso del un año. Por suerte no solo he engordado, a veces he adelgazado también. Entonces mis pantalones varían entre tres o cuatro talles, los cuales los voy eligiendo de acuerdo al apetito de mis caderas. Pero seamos realistas: encontré un par de jeans que eran hermosos hace cuatro o cinco años, tal vez seis – si hago más finamente los cálculos descubro que hace diez años que los tengo-, los dejé colgados porque son los que uso esas ocasiones que pierdo gran peso: termino con la nutricionista y me los pongo. Por el estado óptimo en el que están los debo haber usado tres o cuatro veces lo cual afirma la teoría de que una vez que uno descendió mucho de peso, luego viene la etapa en la que recobra un par de kilos, en donde si uno no se bandea se estaciona allí y punto.

Volví a mirar los jeans, me miré en el espejo. Mi cuerpo y yo estamos reconciliados desde hace algún tiempo. Paradójicamente no nos amigamos en un estado ideal: no cintura, presencia de rollos, efecto de gravedad y la balanza que acusa un número que no me gusta para nada. Me encantaría pesar tal vez seis kilos menos –ni hablar de diez- , pero también me gustaría conservar el estado mental que tengo ahora, no histeriquear con la comida, poder tomar cerveza cuando quiera, y dejar de vivir restringiendo: he corroborado que la psicosis de la restricción arranca con la comida y sigue con el dinero, el sexo o cualquier otro placer al que haya que cortarle la cabeza. Ya llegará el momento de pijotear, por ahora nones, y de paso le hago honor a las frases de nuestro poeta Arjona en su himno  Señora de las cuatro décadas.

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Echando mano a la vía de la exigencia

El lunes amaneció como casi todos los últimos días: soleado. Para ser una persona a la que el clima le pasaba exactamente por el costado, bastante consciencia climática estaba teniendo últimamente.

No estar al tanto de la actualidad meteorológica es todo un problema. Ya el pilar básico de todo inicio de comunicación entre dos seres humanos ortodoxos resulta ser un fiasco.

En mi casa de la infancia se debía hablar mucho del clima, ya que está constatado que hablar del clima obstruye cualquier otro síntoma que haga hablar de algo más profundo. Sentimientos? No, qué es eso.

En plan de obstrucción de sentimientos y crisis está la exigencia.

No hay nada mejor que la exigencia, el orden, las manías y los horarios para tapar cualquier exceso de vapor que salga de la olla a presión -guarda con la olla que puede colapsar-.

Plan para tapar cualquier síntoma que le pida a uno que debe de hacer algún cambio de rumbo:

Nota: este plan está ideado para una mujer, preferentemente de mediana edad y que pulule entre una doble vida: trabajar fuera y dentro de casa, qué pensaron?

Levantarse temprano. Nunca está de más hacerlo. Primero porque para cuando salimos de casa la cara se deshinchará lo suficiente como para no parecer una esponja con retención de líquidos.

Para tapar cualquier pensamiento tempranero e incluso para no recordar algún sueño disparatado de la noche anterior, recomiendo desayunar -se lavaron los dientes primero?- mirando alguna serie de Warner, tipo Gilmore Girls. Pueden anotar algunas frases magistrales que les sirvan de respuesta durante el resto de la jornada. Hay algunas utiles para quien padezca de alguna madre manipuladora.

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