Decepción en masa

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Nunca me imaginé que este silencio era en realidad la muerte.

La muerte del número estrafalario que sumábamos vos y yo.

Me imaginaba otra cosa. Para qué mentirte justo ahora. Me imaginaba un poco de rock de fondo, incluso hasta hubiera aceptado la versión de Calamaro y Los Palmeras de saber que el silencio lo coparía todo.

Es increíble esto de la magia de la desaparición. Aunque para ser honestos, más que desaparición esto es “La magia del orden” de Marie Kondo aplicada a las personas: todo eso en lo que no hemos reparado durante el último año… vualá.

Pero yo sí te prestaba atención querido.

Tal vez lo más triste de este acto de psicomagia y desvanecimiento, es que nadie salió a buscarnos: ni vos a mí o viceversa; ni siquiera los amigos que nos vieron un par de veces juntos, tomados de la mano o riendo a media asta.  Evidentemente no sólo fuimos una decepción el uno para el otro. Fuimos la decepción en masa.

Si el fallecimiento virtual y sostenido ocurrió un viernes a las 20 pm, pues nadie lo notó.

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Magia

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Hoy por la mañana llegué a Vaniglia -tarde-. Siempre estoy llegando tarde a todos lados. Con una salvedad: no pude entrar porque la cerradura no funcaba -maldita bastarda-. Mientras estaba sentada afuera esperando al nuevo amor de mi vida -el cerrajero-, aparece una clienta que me dice “Vengo acá porque venden magia”.
Y así nació este delirio. Amaría tener un sótano con ventanas al paraíso, y tinta de polvo de estrellas para escribir esperanzas sobre esperanzas.

Magia

Nueve de la mañana. Mirtha se acerca a un negocio local y le dice a la mujer que está sentada en el marco del escaparate: “Vengo porque acá venden magia.”
La dueña del local, una mujer llamada Irene, le hace un gesto de que hable más bajo, o escucharán los vecinos.
Entran juntas y silenciosas. Irene echa llave a la puerta del frente, da vuelta el cartel para que diga “Enseguida vuelvo”, le toma la mano a Mirtha y juntas van al fondo del local, donde hay una especie de oficina abarrotada de libros, apuntes, hojas y luces navideñas.
Irene corre la alfombra circular que hay sobre el piso de madera, y aparece una puerta que al ras del suelo conduce a una escalera caracol.
Bajan, y la cortina de oscuridad que las precedía se convierte poco a poco en un velo de luz inmaculado que se va fundiendo con los acordes de “Claro de Luna”.
Nunca hablan. Mirtha mira por los ojos de buey hacia un exterior irrisorio y disparatado existente en ese subsuelo, donde criaturas aladas bailan y se recrean en sitios impensados. Irene toma una pluma, la embebe con tinta hecha de polvo de otras galaxias y le escribe:

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Subtítulos

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Alex Currie 

Voy a escribir sobre vos 
Hasta que no quede nada. 
Voy a deconstruir, a demoler 
A destruir esta fantasía
Unilateral y disparatada.
Tiraré el edificio abajo,
Remolcaré uno a uno los ladrillos;
Que se me agrieten y destruyan las manos;
Que hoy sólo sirven para escribir.
Nada quedará,
Ni para bricolage ni para reciclaje.
Sobre el final
Alinearé mi terreno para volver a construir.
Que quede el árbol recostado sobre la medianera.
Que quede el yuyo
Que sale por debajo de la baldosa en la vereda.
Que queden los subtítulos
Que yo misma traduje para esta película
En blanco y negro y sin playlist.
Dormiré a la intemperie,
Porque puedo, porque quiero.
Menos mal
Que nunca puse música.
Que nunca bailamos en la cocina,
Que no tuvimos un cantante favorito,
Que nunca sumamos un par,
Que no fuimos ni vinimos ni viajamos,
Ni dormimos, ni despertamos.
Que no había café,
Ni leche con tostadas. 

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