Sin Dios

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Otra estación,

a miles de siglos de distancia.

Otra estación sin vos.

El mundo es un derrotero

y yo soy la eterna navegante

que te busca

en estaciones de trenes en ruinas.

Camino entre las vías del tren,

saltando de uno en uno

los durmientes.

Investigando si entre éstos

ha quedado algún vestigio

de tu presencia:

un ticket,

un garabato sobre una servilleta de papel,

el envoltorio de un caramelo.

Siento el temblor de la locomotora

que pasó por este mismo lugar,

llevando un único vagón

con dos o tres pasajeros errantes

dentro de los cuales estabas vos,

sentado en un asiento de cuero blanco,

con sombrero de ala ancha, mirada gentil,

y zapatos de cuero recién lustrados

dispuestos a llevarte

a un lugar donde estuviese yo.

Tengo la vista arruinada,

igual que lo están las paredes de esta estación.

Mi alma abandonada y el corazón

que antes era de madera de pinotea,

ahora es de un material

polvoriento que apenas

si sobrevive a esto

que hemos dado en llamar

desencuentro cósmico.

Una vida, mil vidas,

cien estaciones más,

mil ventanas abiertas de par en par,

una capilla al lado de la boletería,

y un curita que se pregunta

dónde corno está Dios.

Eso nos ha quedado Darling:

mil estaciones sin Dios.

Patricia Lohin

Foto propia: Estación de Lin Calel

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El libro del tiempo

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La estación es siempre la misma: un lugar ruidoso, alargado, oloroso y bullicioso.
Los vagones salen en hileras desde varias vías.
El reloj embutido en una de las paredes del hall principal es demasiado redondo y demasiado grande. Sus agujas marcan con una determinación angustiante el tiempo.
En la boletería, un señor de traje obscuro y un ojo con un parche color piel, tiene todo el tiempo agendado en un libro que tiene tanto polvo como le cabe entre sus hojas.
La tinta con los horarios y las fechas sobreviven de un negro intenso, es un milagro.
Ella se acerca a la boletería. Lleva un trajecito ni muy ajustado ni muy suelto. Sus zapatos de medio taco repiquetean sobre las baldosas con arabescos. Sus rulos están recogidos en una especie de media red. Al llegar, abre su bolso, y saca un ticket. Quiere saber cuánto falta para que su tren salga al fin.
El señor de la boletería toma el ticket, lo coloca debajo de un aparatejo raro que supuestamente determina su autenticidad. El número de serie comienza a vibrar, y sobre el final se ve claramente el número de folio en donde debe buscar la franja de tiempo asignado. 

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Nos pasan cosas

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© Mira Nedyalkova

Nos pasan cosas. Cosas grosas. Nos enredamos, nos embaucamos, nos escondemos, nos replegamos. Salimos desde debajo de la frazada y con la nariz un poco congestionada intentamos respirar del ambiente circundante. Olor a jengibre, a canela, a eucaliptus, olor a invierno. Olor al guisito que otrora servía en una mesa de cuatro. Olor a familia. Olor a ausencias. El horno hace tiempo que no se enciende y las luces del porche ya se han quemado.

Tu dedo sobre mi ombligo. Mi dedo enredado en tu rulo. Cuerpos alejados en un mismo territorio. El territorio que se expande. Nosotros que nos contraemos.

Nos pasan cosas. Me mirás con esos ojos saturados de emociones, y ninguna sale a volar ni siquiera por sobre la superficie de la mesa. La mesa donde yace una copa con vino rosé blend. Blends de té que tomaré por la noche para bajar todas las cosas que nos pasan. No alcanzan a tomar vuelo los sentimientos que perecen debajo de  los pensamientos que se lanzan urgentes por la pista de aterrizaje de los miedos.

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Espejismos

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© Gueorgui Pinkhassov

Me he tardado en llegar hasta aquí.

Y sin embargo, una vez que llego, me doy cuenta que no me puedo quedar.

Tan sólo es una estación. Me sentaré en el banco de madera, mientras te escucho relatar una vida tan intensa que hace ver la mía como una nimiedad. Luego, se anunciará la partida, y tendré que arribar el tren sin mirar atrás.

Atendí a las señales de múltiples colores: rojas, fucsias, verdes, amarillas, plateadas. Huellas digitales marcadas en la pared. Las seguí a todas, como si fuesen parte de un sendero virgen en la playa, marcado por las patitas de una gaviota perdida.

Me gustó tanto lo que vi, que me dejé llevar por la ilusión y por el deseo ferviente de querer llegar a casa y quedarme para siempre; viviendo en otros ojos, guardando la palma de mi mano en otra palma, dejando la resistencia en la vereda y rindiéndome a algo que por una vez fuera además de inevitable, contundente, vertiginoso, inestable, distinto y fuera de serie.

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El Pueblo

Fernando Botero – The Town

Según la historia oficial, el personaje se había bajado del tren en un pueblo  aparentemente abandonado. Al llegar la noche una hilera de gatos cruzaba el puente de piedra y se apropiaban de todas las instalaciones del lugar, comían, trabajaban, cocinaban. Al alba retomaban el camino por donde habían llegado. El señor en cuestión, único habitante de dos patas fortuito del lugar, no podía volver a tomar el tren. Inexplicablemente se había tornado invisible, tanto para el tren como para los gatos….

Nunca supe a ciencia cierta si yo había elegido al lugar o si el lugar me había elegido a mí.

Y en ese mundo de elecciones indefinidas, en donde ningún tren me llevaría a otra parte, anclé mi aceptación y me dispuse a estar perdido en un pueblo lleno de habitantes gatunos.

Insistí sólo dos días más a la espera del tren en la estación. Tanto por la mañana como al atardecer, mi cuerpo sin sombra, yacía invisible al costado de las vías.

Por las noches seguía observando el movimiento del pueblo. Sus habitantes de cuatro patas tenían horarios y rutinas, como en cualquier otro pueblo de buena y mala muerte: celebraciones, reuniones, cantos en un templo, trabajos, compras, quehaceres y compromisos.  Todo esto diluido con la luz del amanecer, momento en el que yo me movía como único dueño y señor, probando restos de manjares, ocupando distintas camas y pululando por distintas cocinas a diario.

A alba del onceavo día, liberado ya de la insistencia de querer tomar un tren que nunca se detendría, me escabullí detrás de la hilera de soldados gatunos. Mi curiosidad me punzaba malhiriendo mis pensamientos.

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