Situación general del corazón

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Hoy mis puertas abrieron
al mismo precio dólar
desactualizado del viernes.
Con la misma carga emotiva
con la que se sale a la calle
todos los días.
Con el paraguas
agujereado del todo
para que pase el sol,
la lluvia,
y las piedritas esas
que cayeron sobre la siesta.
Hoy mis puertas abrieron
sin importar
el derrumbe del mercado,
o de las intenciones,
o de las esperanzas.
Por la puerta
entró de todo:
el frío polar
y algunas hojitas nuevas,
menos vos.
Y aunque sé
que por unos días
no puedo salir a comprar
ni vainillas ni chocolinas
para el café con leche
porque dicen no hay precio,
mañana volveré
a abrir las mismas puertas.
Aunque las encuestas digan
que no hay probabilidades,
tal vez uno de estos días
si entrés
y así no todo estará
tan perdido.
Patricia Lohin

Las cuatro

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No hay casi fotos de José joven. Lo acabo de descubrir recién, buscandolas. Él dijo que su vida comenzó el mismo día en que las agujas del reloj se clavaron a las cuatro de la tarde. Las agujas que se clavaron porque una mujer se asentó en la mitad de su pecho, y todo lo que había vivido hasta entonces no era más que un borrador, un manuscrito a medio terminar.
Pero ese día no solo se clavaron las agujas de un reloj, en otra parte del mundo una estampida de rinocerontes paró en seco, las bestias detuvieron la respiración y quedaron congelados dentro de una nube de polvo. En una casa de Madrid un niño que estaba ya morado de llorar de pronto se calmó, abriendo bien sus ojos redondos ante alguna chuchería que no había visto antes. Gise, a esa misma hora, en un barrio de Capital, sonrió una vez más al ver una libélula apoyada en una pared, mientras dice en voz alta “estoy, estás, hoy somos eternos en estas hojas amor”.
En el mercado nocturno de Wangfujing una falla energética dejó a un cuarto de Pekín a oscuras. En una oficina de quiniela nacional de una ciudad bonaerense, se volaron todos los números, huyeron por la puerta de entrada y se convirtieron en mariposas color verde y azul marca Lotería Nacional. Algunos dicen que fue un desastre, sin embargo la muchacha morocha que atendía detrás del mostrador, huyó del lugar con un chico en motocicleta. 

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Uno + Uno

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La economía cayó un 2,6 % el último año -o eso dicen y ya sabemos cómo es el tema con lo que se dice- lo cual sería una nimiedad si tomáramos en cuenta que los niveles generales de empatía, enamoramiento y afines cayeron más de un 45% en el mismo período.
Antes de antes de ayer, todo parecía venirse en picada -igual que hoy- hasta que vos y yo nos cruzamos y tuvimos la fatal idea de hacer un arreglo casi comercial: ya que el mundo se está desmoronando, armemos un pequeño mundito lejos de tanta desolación económica, emocional y física.
Todo parecía ir más o menos bien, o sea, todo lo bien que te puede ir cuando recién conocés a alguien: poco o nada de fuegos artificiales, nada de sentimientos profundos, menos que menos algún movimiento intenso que pronosticara alguna pseudo pasión o entusiasmo, nada de colorear fuera de los bordes.
Típico caso donde uno más uno fue igual a una hoja en blanco, en donde el tiempo estaba destinado a rascar lo de abajo del subsuelo, como si pudiese sacar algo más que polvillo.
No pasó nada muy loco, nada muy raro, es más, todo estuvo predestinado a morir antes de nacer.

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Olvido

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Te escribo una vez más

por enésima vez

por millonésima vez

y no creas que

me canso

de escribirte tanto

aunque venga haciéndolo

desde antes de nacer

y antes de morir la vez anterior

de la vez anterior

de todas estas vidas

que vamos viviendo

codo contra codo,

pecho contra pecho,

resistiendo los embates

de mil desencuentros.

Es evidente

que no nos pondremos de acuerdo

en el amar

y en el despertar,

en el recordar

y en el acordar,

o en alguna otra cosa

existencial y terrenal,

que sume dos o cuatro

o doscientos setenta y dos

que no son pasos

sino millas

multiplicadas por años luz

que es lo que me está llevando

este olvido,

este amor.

Me conformaré

con escribir

esta historia

con los dedos

en el mismo cielo

que te vio volar.

Patricia Lohin

Imagen Tumblr

#poesía #escritos #escritora #pasos #amor #blog

 

Fuimos lo que fuimos

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Fue nuestro primer y último encuentro. Algo así como una estrella fugaz que cae en medio del mes de abril, justo para estrellarse sobre una hoja reseca que duerme en la vereda.
“Somos átomos en movimiento” me dijiste. “Somos sustancias químicas que al juntarse producen otra totalmente distinta”, te dije. Luego cada uno tiró al aire su propia teoría conspirativa sobre uno más uno, las matemáticas aplicadas a las relaciones y otros desvaríos.
La tarde estaba fresca. Igual nos sentamos en la mesita redonda de un barcito en la calle peatonal llena de adoquines.
Las luces de la calle empezaban a encenderse, mientras el sol se había convertido de buenas a primeras en una ráfaga roja que parecía un incendio en el horizonte del planeta.
Hicimos una guerra de gestos en esa charla. Tus cejas, tu boca, tus ojos centelleantes, tu mirada inquisidora, mis manos… una anudada con la otra, mi cara sonrojada, mi boca radiante.
Primero tomamos café. Luego pedimos un par de cervezas y algo para comer. Siempre tuvimos hambre y sed.
El atardecer se extendió hasta la noche. Tapé mi vestido con un ponchito negro que caía desde los hombros. Del otro lado de la calle, los artesanos comenzaban a levantar sus puestos, y una banda tocaba algo parecido al soul.
Te hubiese invitado a bailar y hubiese hundido mi mentón en tu cuello para que me quedara tu perfume y más.
No tardé nada en darme cuenta quién podría ser yo con vos.
Me gustaba esa imagen mía, el sincericidio que me provocabas, las ganas locas de hacer cualquier cosa que fuera distinta y disparatada, la verdad disparada sin dardos tranquilizantes, las fantasías inconfesables. 

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El horóscopo de hoy

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Roberto trabaja en el diario local. Es un trabajo de medio tiempo, medio pelo y medio sueldo. A parte de estirar el café, prepararlo en una versión económica y para que dure, es el encargado de los mandados entre escritorios, de juntar el papelerio arrugado en los basurines para ponerlos en bolsas de consorcio, y durante un mes, también fue reemplazo de Sarita, la que escribe el horóscopo de cuatro líneas que aparece en la ante última página, justo en frente de las participaciones sociales y necrológicas.
Roberto no tiene ni puta idea de cómo se escribe el horóscopo. Sólo sabe lo que le gustaría que dijera el horóscopo de él.
Ese viernes en particular, tipeó para cáncer -su propio signo- “Hoy conocerás al amor de tu vida. Abre tu corazón. Número de la suerte: 26.”
Para los otros signos puso algunas inconsistencias varias, lo mandó a impresión para que saliera el domingo, y se fue a dormir.

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Boyando

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Imagen: Monet’s Water Lilies at the MoMA, New York – Tumblr

 

La primera vez pensé
que me ibas a reconocer.
No sé qué viste cuando me miraste, 
tal vez no me esperabas con este formato,
con estos rulos y este exceso;
o por ahí ya tenías los ojos gastados de tanto mirar.
Aunque te dí más tiempo nunca me recordaste.
Te conté este disparate y reíste.
Yo sabía esto de que eras vos,
un aparente extraño tan loco pero conocido,
dentro de un saco un poco estrafalario.
Es decir, nadie me lo contó,
lo supe antes del antes de vernos a los ojos;
cuando hace dos pares de años
te miraba escondida en la distancia
y no éramos más que una ausencia necesaria.
Te conté este otro disparate y reíste más.

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Tragedy

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© Birka Wiedmaier

Metiste el dedo ahí donde tengo cosquillas, ahí donde duele, ahí donde soy feliz, ahí donde me siento insegura, ahí donde me enciendo.

Apretaste el botón desestabilizador de sentimientos, me inyectaste adrenalina, se encendieron las luces todas y empezaron a sonar mil estaciones de radio en frecuencia alterada: todas al mismo tiempo.

Una tragedia.

Recién acabo de leer por ahí que esta semana tengo que estar en silencio para escuchar a mi intuición. A la mierda con el silencio. Estoy más perdida que un satélite ruso fuera de órbita.

¡Mirá si no tenía disponibilidad de días libres para dejar de pensarte! Te fuiste y me dejaste una licencia con goce de sueldo, y con libertad horaria para no seguirte el vuelo. Mi pasaje estaba abierto, yo sólo tenía que ponerle el destino, usar la fucking tarjeta de crédito y gastarme todo a cuenta.

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Elixir

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Lennart Olson. Traffic Light, Stockholm, 1970

Sabina y Paez cantan “Llueve sobre mojado”, mientras en la ciudad las veredas se derrumban y los paraguas quedan arruinados en los bordes del desagüe. Demasiado agua. “Dormir contigo es estar solo dos veces, es la soledad al cuadrado.”

Así me siento yo en este sinvivir de una relación licuada, vino frappé con agua de la canilla.

¿Qué vas a hacer conmigo?

¿No te das cuenta que estar al lado de la fogata sin recibir su lumbre ni entibiarse es imposible?

¿Qué vas a hacer con tantas ganas, con tanta intensidad, con tanto deseo si no podés recibirlo, guardarlo, manejarlo, aprovecharlo, reciclarlo?

Soy una carretilla llena de escombros existenciales, sobre los cuales nació la flor azul, que se erige orgullosa sobre un cabo delgado pero firme, y allí vienen un par de abejas en busca de este néctar que no es para cualquiera, evidentemente para vos tampoco. Vos sos ese cualquiera y yo espero lo extraordinario.

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Dos días te toco, el resto te sueño.

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Same time, next year (1978)

Tenemos una cita.

Dos días al año. Dos de los trescientos sesenta y cinco días o trescientos sesenta y seis en años bisiestos.

Vendremos a la cabaña de la villa donde nos conocimos la primera vez, sin siquiera pensar que alguno de los dos pudiera faltar. Año tras año, el último fin de semana del mes de junio.

Alguno de los dos llegará primero, y pondrá la leña en la chimenea; correrá las cortinas desde donde se ven los acantilados hacer espuma junto a las olas del mar, observará las nubes jugueteando con el viento, mientras el reloj marca el compás de la espera. Luego, abrirá el bolso de viaje, y acomodará la ropa en los cajones.

Este año yo llego primero. Abro la valija y saco un libro que está cuidadosamente envuelto. Lo dejo sobre la mesa que está al lado de los sillones. Tiro con descuido el abrigo sobre la silla y me asomo a la ventana justo en el momento en el que te veo llegar en el auto. Me pregunto si somos extraños o conocidos, si te gustará tocarme nuevamente, si me verás más vieja o cansada, si tardaremos mucho en romper el hielo, o si no hay hielo esta vez. Me ves parada detrás de la ventana y una sonrisa tuya alivia mis desvelos.

Mientras te observo en tu ritual de bajar cosas y acomodarte para entrar, pienso en cómo sería necesitarte. Algo que nunca me he permitido. ¿Cómo sería desear un abrazo tuyo, pedirlo, tenerlo? ¿Cómo sería pedir y tener, dar y recibir? ¿Cómo dormir otros días del año con vos, o sacarte una sonrisa, un abrazo o un guiño a cualquier hora del día, cualquier día de otros meses?  ¿Cómo tener un domingo libre e ir al banco de la plaza a estirar las piernas y filosofar sobre la cantidad de palomas que anidan en los edificios históricos? ¿Se diluiría esto que nos pasa al hacerlo repetitivamente? ¿Se terminarían el misterio, la pasión, las ganas?

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Inevitable desencuentro

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Arte: Jeremy Mann

“Tenemos que apurarnos hacia el encuentro, porque en nuestro caso el futuro es un inevitable desencuentro.”

La tregua – Mario Benedetti

Cinco meses eran más que suficientes para crear una nueva vida. Para ser honestos, con menos de las veinticuatro horas que componen un día,  también hubiera alcanzado.

Irene era una mujer normal. Entendamos por normal su tez color aceituna, sus ojos estrictamente marrones -salvo algún destello verdoso que chispeaba si se la encontraba un día soleado de verano frente al mar-. Ni muy baja ni muy alta, con un cuerpo suave y redondeado,  maduro pero firme. Típico de una mujer de cincuenta y tantos años.

Al orden consecutivo de los días, le sucedía el orden puntilloso de las tareas y sus ínfimos detalles. Incluso, las interacciones con sus allegados, parecían estar pautadas de antemano. Pero un día de abril, doce para ser precisos,  las cosas comenzaron a moverse dando lugar al caos de lo impredecible.

Todo comenzó con una solicitud de amistad en Facebook. Maldito Facebook.

Juan Pablo.

Leyó su nombre varias veces. Le dedicó una hora entera con sus respectivos minutos y segundos a repasar su fotografía. Había en la expresión de los ojos de Juanchi –así lo llamaban de adolescente- un gesto que a ella le resultaba vagamente familiar y a su vez lejano,  como algo proveniente de otra vida. Consideró y reconsideró los pros y contras de sumarlo a la comunidad de amigos de esa jungla cibernética.

Se preguntó si él la recordaba de la misma manera que ella a él. Tal vez sólo tuviera presente la época en la que habían sido vecinos y ella no era más que una nena de diez años.

En un acto de coraje sacado vaya a saber de dónde y muy impropio de Irene,  presionó la tecla Enter que aceptaba tal solicitud. Luego se abandonó a la rutina y voluntariamente barrió el asunto hacía la vereda.

Durante los siguientes diez días no ocurrió nada sumamente notable. Tal vez los cambios eran imperceptibles,  como volver a escuchar algunas canciones,  hojear libros olvidados, buscar en el maletín azul guardado en el desván una carpeta con recortes,  cartas,  fotografías y apuntes, todo con la excusa de hacer orden.

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“Creo que su canto tiene color de violetas húmedas …”

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Jeremy Mann

“Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.”

Sólo la muerte – Frag. Pablo Neruda

Que me encuentre escribiendo cartas de amor manuscritas, mientras el sol de otoño se filtra entre las cortinas blancas de lino, y los rayos de luz difuminados mueren sobre mi escritorio blanco.

Que me encuentre con las mejillas encendidas, mascando un trozo de hierba del parque, mientras la hamaca se mece suavemente acunando el atardecer.

Que me encuentre de pie, caminando por el sendero que bordea al río colorado, mientras con una mano acaricio las hojas de los sauces que caen en la rivera.

Que me encuentre mezclando sabores en la cocina, jugando a la hechicera, combinando especias y hierbas, vegetales y hortalizas recién extirpados de la huerta, creando manjares, jaleas y conservas.

Que me encuentre en paz, pero no rendida, aceptando esos recuerdos que pugnan por volver, acariciando los momentos dulces que uno intenta retener,

Que me encuentre servicial y compasiva, con ninguna cuota por pagar ni por vencer, con saldo a favor en el banco, el banco de los besos concretados.

Que me encuentre con el baúl lleno de recortes y fotos, de mis momentos, de caracoles recolectados en la playa y toda esa clase extraña de objetos raros que dan pena tirar.

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Si querés


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Imre Tóth [Emerico]

Me condena  la infinitud de los días

A permanecer desencontrados

Con tanta soledad que acecha,

Mustias esperanzas,

Falsos aniversarios sin vos.

El hilo delgado de un tiempo

Conteniendo la respiración,

Oscilando entre morir

Y el milagro de creer.

El karma absurdo e implacable.

El recuerdo invisible

Escondido entre mi pupila y el papel.

La casualidad perezosa –hoy ausente-,

De habernos mirado,

Parpadear y abandonarnos.

Si querés nos encontramos

Detrás del picaporte

Del nuevo eclipse por venir,  

Al costado del camino

Cercado por alamedas,

En el sendero fangoso

Que rodea el arroyo,

En la desembocadura

Del frío invierno

A la hora en que muere el día

Y amanecen los sueños.

Si querés inventamos hoy

Una nueva estación para este amor

Sin partidas ni pasaportes,

Con la luz que nace en la coincidencia

De nuestras miradas

Si querés

Hoy nacemos. 

Jacarandá

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Ted Blackall – North Sydney Jacarandá

Sabían que el jacarandá florece dos veces por año, en primavera y otoño?

Yo me enteré cuando lo incluí en la poesía, alentada por el recuerdo de sus flores que van desde el azul al violáceo.
Obvio que una planta tan hermosa tiene una leyenda más bella aún:

“De acuerdo a la leyenda del Amazonas, un hermoso pájaro llamado Mitu se posó sobre un jacarandá, trayendo con él a una hermosa mujer. La mujer, quien era una sacerdotisa de la luna, descendió del árbol y vivió entre los aldeanos, compartiendo con ellos sus conocimientos y su ética. Una vez cumplida su misión, volvió al árbol con flores y ascendió a los cielos donde se unió con su alma gemela, el hijo del sol.”

Vendrás caminando, lo sé.

Por la vereda alfombrada

De dulce abril y estelas doradas.

La espera durará menos de una eternidad

El abrazo fundirá el tiempo

Y llenaremos las calles

Con nuestra melodía.

Vendrás caminando en otoño

Por la vereda dulce y amarillenta

Cobijado bajo el manto resplandeciente

Del recuerdo de mi sonrisa.

Y seremos allí

A mitad de cuadra entre tu deseo y el mío

Como la flor azul del jacarandá

Que se ríe de las estaciones

Mientras juega con el viento. 

Yo

Sueños descalzos

Meditativa – Francisco Sanchis Cortes

Se puede extrañar lo que no se ha vivido?

La carcajada que sale espontanea desde un lugar entre el corazón y el estomago ante semejante ridiculez.

Se me ocurrió, que de pronto la risa está muy devaluada, y en los primeros puestos abunda la boca entreabierta emitiendo algún sonido extraño que no llega a ser, a salir: gruñidos, sonidos guturales, dientes a medio mostrar, ninguna liberación que salga de adentro del cuerpo.

Tengo frescos los sueños de extrañar lo no vivido, y también frescos recuerdos de haberme reído menos de lo básico que uno debe reírse diariamente para sobrevivir.

Pero viajemos a dos hermosos parajes: el sueño y a la noche.

Presiento la noche calma, que cae como un manto sobre la cama, cobijando y abrazando. El sueño tranquilo que viene a susurrar y yo que me sonrió de solo pensar en el placer de ser feliz mientras se duerme.

Irremediablemente todos los días me hago diversas preguntas: cuando, cómo, por qué, para qué? Pero a la noche dejo un hueco en el alma para el gracias, aunque en todo el dia no haya obtenido ninguna de las respuestas.

Mi primera noche en casa luego de unos días de alta vorágine tomando subtes, colectivos y manejando al compás de un GPS, me sorprendió la profundidad de un sueño.

Y es aquí que tendría que cambiar la pregunta con la que he empezado a escribir, otra más a la lista de preguntas que me desvelan. Viví esto o no lo viví? Acaso el tiempo borra y transfigura lo vivido? Se puede extrañar lo que se ha vivido hace tanto tiempo que es imposible mantener la perspectiva de esa realidad?

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Katinaj: el encuentro

Dicen en la página de Argentina Indígena: seguiremos cantando hasta que amanezca.

De pronto esta frase tiene una connotación muy especial, que se acentúa si escuchamos sus sonidos. Al igual que Katinaj, palabra con su propio ritmo, todo parece desembocar en un mundo lleno de antepasados y fantasmas, mundo más vivo que nunca gracias a fundaciones como Argentina Indígena, movimiento que tiene como meta la difusión de la música y el arte indígenas.

No son fantasmas, ni los sonidos vienen de ultratumba. Es parte de nuestra argentina y nuestra cultura.

Hoy el encuentro queda manifestado por medio de este hermoso trabajo de Rubén Romano, fotógrafo que colabora con la fundación desde 1995.

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Punto de encuentro

Son innumerables los artículos y estudios que tratan de darles ideas a las parejas para que la pasión no muera o en todo caso resucite, sobre todo cuando son varios los abriles que han pasado juntos.

Obviamente que siempre hay que probar cuál de todas esas recomendaciones da resultado. Pero -siempre hay un “pero”-, no es tan fácil crear el clima adecuado para ello.

Nunca nadie nos dice cómo estar predispuesto cuando todo viene subido al tren de la rutina y las obligaciones.

De modo que se me ocurrió algo así como un punto de encuentro, un punto caramelo, bolita o como se le quiera llamar, algo empalagoso que nos ponga mimosos y a punto.

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