No me creas

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Yo nunca me creí la que me contaban. Pero siempre hago que.
Me muestro como un Kwai Chang Caine* berreta: respirando, analizando, esperando, anotando y observando.
Hago gala de revoluciones silenciosas que me llevan mansa y tranquila al último minuto, cuando viene el KO, el derechazo, la muerte súbita y vos que no te la veías venir.
Como si fuese un show de magia del mago sin dientes en un galpón abandonado al lado de las vías: pensabas que era un fiasco y al final desapareció.
Como hoy.
Vos a las ocho de la noche, viniendo a casa para cenar temprano. Comemos algo rico. El tema es cómo pasar eso rico cuando la garganta tiene un rosario de nudos que llega hasta el estómago. Sonrisas programadas y comentarios de medio pelo. El contacto visual murió antes de ayer. Casi no probamos bocado. Es peor que una última cena abrazando a Judas. No hay postre.
Los dos sabemos pero nadie dice nada. Es la verdad tácita que chorrea las paredes.
Te sentís seguro porque no hablo y me muestro dócil. Podrías estar así el resto de tu vida: pensás que la comida que sobró hoy la vas a poder terminar mañana, cuando vuelvas y ensayemos otra obra de teatro.
Seguimos haciendo qué, por ahí con suerte esta noche tenemos sexo. La noche termina y me voy a dormir sola.
Sobre la mesa tu llave y un pasado menos al que volver.
Patricia Lohin

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Uno + Uno

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La economía cayó un 2,6 % el último año -o eso dicen y ya sabemos cómo es el tema con lo que se dice- lo cual sería una nimiedad si tomáramos en cuenta que los niveles generales de empatía, enamoramiento y afines cayeron más de un 45% en el mismo período.
Antes de antes de ayer, todo parecía venirse en picada -igual que hoy- hasta que vos y yo nos cruzamos y tuvimos la fatal idea de hacer un arreglo casi comercial: ya que el mundo se está desmoronando, armemos un pequeño mundito lejos de tanta desolación económica, emocional y física.
Todo parecía ir más o menos bien, o sea, todo lo bien que te puede ir cuando recién conocés a alguien: poco o nada de fuegos artificiales, nada de sentimientos profundos, menos que menos algún movimiento intenso que pronosticara alguna pseudo pasión o entusiasmo, nada de colorear fuera de los bordes.
Típico caso donde uno más uno fue igual a una hoja en blanco, en donde el tiempo estaba destinado a rascar lo de abajo del subsuelo, como si pudiese sacar algo más que polvillo.
No pasó nada muy loco, nada muy raro, es más, todo estuvo predestinado a morir antes de nacer.

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La herida

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La herida de la herida de la herida.
Ese cráter, que no es más que un buraco enorme que hay en tu corazón, por el que sale humo de cigarrillo negro barato que el dejó en tu aliento anoche.
La cicatriz de la cicatriz de la cicatriz.
Al levantarte por las mañanas emparchás tu desesperación con gasas esterilizadas y merthiolate incoloro, dejando que tu verdugo sople la herida de la herida, que sangra, que supura, que duele, que se infecta una y otra vez y es ultra resistente a los antibióticos.
El dice que te cura, cuando ni se lavó las manos para limpiarte la herida, ni se lavó los dientes para salir a la calle, pero sí recordó dejar sus miserias debajo de tu cama.
Cae sobre el piso el aserrín que dejan sus palabras áridas cuando salen despedidas al aire como si fueran misiles. Te violenta el vacío del desamor y la justificación que justifica una vez más que no merecés más que este apestoso infierno que parece una mala película independiente o la placa roja de Crónica TV.
Muere tu entrepierna estrecha violentada sin permiso, que deja tus sábanas manchadas y olorosas. La mañana te encuentra en posición fetal sin haber dormido, abrazando tu espalda con la punta de los dedos que carecen de las uñas que te comés todos los mediodías a la hora del almuerzo. Mientras sobre la pared donde se acuesta el respaldo de tu cama, cuelga el crucifijo que chorrea una vez más algo parecido a agua, sangre y barro.

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El corazón, el muy puto

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– El corazón es muy puto.
La voz salió como un susurro de una mujer que estaba al lado mío en la barra. Siete de la tarde y yo sentada en la oscuridad de un tugurio de mala muerte, pidiendo una bebida que me raspara el alma, dispuesta ante todo a estar sola y hundida en mis pensamientos, hasta que ella habló.
– El corazón es muy puto. – volvió a afirmar con voz ronca- Te lleva a donde quiere estar, ni más ni menos. A ese maldito órgano se le traba el gps, te hace recorrer siempre las mismas calles para estar frente al mismo portón negro una y otra vez, como si fuera el único lugar que existe sobre la tierra.
– ¿Aunque no sea correspondido? – pregunté.
– Particularmente si no es correspondido. ¿Vió los perros abandonados? Vuelven a la puerta de la que creían su casa. Y de no encontrarla, deambulan por la ciudad, sin sentirse a salvo en ningún lugar, como si nunca de los jamaces volvieran a dormir tranquilos o de un tirón. El corazón manda querida, y espera, y luego de esperar se rompe, y una vez roto se convierte en zombie. Te roba la noche, te roba el sueño, late a cualquier hora, a veces parece detenerse y otras acelerarse. Con suerte terminarás en terapia intensiva, cambiando el cableado para que todo vuelva a circular, y pensarás que otra vez estás vivo.
– Bueno, uno puede elegir no entregarlo.
La mujer rió como si se le fuera la vida en ello. Fue una risa lacónica y agria, pero estruendosa. 

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New year

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20/9 Ni siquiera se cumple un día de tu forzada ausencia. Forzada a costa mía. Me declaro culpable, pero no mucho. Han pasado siete horas desde que decreté tu muerte dentro de mi ecosistema. Estoy viva.

25/9 Cada paso que hago en una dirección diametral opuesta a la tuya, me trae más fuerza. Me siento una maratonista preparando sus primeros 42 km. Cada hora que corro es una línea de llegada, llegada sin vos.

5/10 Me gustaría preguntarte cómo estás, si sobreviviste, si el corazón tuyo al fin late. Dejo el altruismo para otras vidas. Hoy no pienso derrochar generosidad por esos lares.

8/10 Me imagino un mensaje tuyo del tipo “estoy libre”o dicho entre líneas: “no tengo otra cosa mejor que hacer”. Me imagino una cena sin postre, y de acuerdo a tu logística ombliguista del universo, sin siquiera preguntar cómo estoy o cómo estuve durante este tiempo. Sigo prefiriéndome lejos tuyo.

19/10 Salgo con amigas, con tanta la suerte que nos encontramos a la misma hora en el mismo bar. Se quiebran mis pupilas, llevo la pera hacia el pecho tratando de contener las lágrimas. Perdí una batalla.

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Desguace

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Hoy por la mañana he visto un capullo convertirse en flor, algo impensado en mi jardín. En mi cocina, acaricio la masa tibia de harina que leudará y a golpe de calor se convertirá en pan. Pienso en todas las cosas que se abren a nosotros: la flor, la primavera, mi cliente de ochenta años que se explaya hablando de las perdices con las que hacía la salsa para los ñoquis de sémola para deleitar a su mujer; yo lo escucho embelesada porque donde hubo amor me dejo hamacar y estar. ¿Cuál era nuestro plato favorito? ¿Cuántos de mis sabores quedaron impregnados en tu adn? ¿Quedó algo mío en tu ser o todo fue a parar al desguace? La copa de vino yace en una caja, un beso tuyo estampado en el borde. Me hubiera encantado el mismo beso al menos en mi frente, como despedida. Me hubiera gustado que me quisieras tan sólo un poco, ¿por qué no quererme? Al final el vino barato fue merecedor de más besos que yo. Decíme para qué me buscaste, para qué hurgaste en mis heridas, para qué me extrañaste, para qué me leíste, para qué me invitaste, para qué… si luego tendría que irme con la cabeza baja buscando nubes en la vereda. Todo tiene sentido, esto de acariciar la masa, esperar que crezca, aceptar la intermitencia de las estaciones que nos van mostrando que la muerte es circunstancial. Mi otoño se está extendiendo más de lo normal. Se me han caído todas las hojas, las del gingko y también las del cuaderno que comencé a principio de año, promesa fugaz de que algo tendría continuidad en mi vida: mentira.

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Emboscada

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Maldita la tristeza,
maldita yo,
desnuda
en el medio de la calle.
Las lágrimas salpican
y humedecen el cristal
de los anteojos,
otra de las ventajas
de no ver bien.
El ojo que rebota
en el cristal antireflex,
el cristal que se empaña,
la visión que sale
aún más distorsionada.
Nada es lo que es.
Maldita tristeza
que viene a gritarme
que todo fue mentira
mientras estoy estupefacta
y la gente mira
la desazón que chorrea
por los bordes de mi circunferencia.
Mentira la mirada,
mentira la tarde del sábado,
mentira las ganas,
mentira tu boca
vomitando incongruencias varias.
Maldita tristeza,
maldito vos,
maldita la coincidencia,
que me dejan así
ridícula y desarmada,
repitente hasta el hartazgo,
bailando en esta ciclotimia
llamada muerte,
con este sabor
agrio y amargo.
Si esto hubiera sido una guerra
diría que fui cruelmente conquistada,
y que mi territorio fue
devaluado, desvalijado,
arrasado e incendiado,
luego de asesinar
despiadadamente a
todos sus nativos originarios.
Ojalá me hubiera encontrado
la muerte antes que
la desesperación.
Aquí yace
al medio de la calle,
mi cuerpo lleno de moretones
que ya no sirve,
mis dedos de la mano mochos,
mis ojos que no ven bien
ni de lejos ni de cerca,
un corazón desahuciado,
y este destino
que sigue siendo
una maldita emboscada.
Patricia Lohin
Arte Jone Bengoa
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