Infancias

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Tal vez infancia significase espera.
Digo, en alguna clase de lenguaje etimológico reservado a una especie de eruditos desconocidos para mí.
Esperar a crecer, esperar a estirarse, a que el vecino devuelva la pelota, a que llegue el día del cumpleaños, a que pare de llover para salir afuera. Esperar a irse. Esperar a enamorarse.
Hay un portal en el último tramo de la vida, que nos lleva montados en un caballito de madera directo a la niñez. Lo sé, porque hay mayores que vienen y me lo cuentan. De pronto la memoria inmediata deja de tener relevancia, y la infancia vuelve con tintas, detalles, aromas y esperas en una forma tan contundente que estoy dispuesta a hacer una afirmación: infancia es esperar.
Esperar agazapado entre los vericuetos de la vida adulta a tener otra vez la altura adecuada para hacerse un chichón con la punta de la mesa.
Patricia Lohin
Foto Gáspár Márton
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La noche está tremenda. Tremendo el frío y tremenda la soledad que invade estas calles. Un muchacho trasnocha en el cordón de la vereda con su bicicleta destartalada tirada en la calle. Mira ocasionalmente a un lado y a otro, mientras es sospechado por los vecinos, quienes se preguntan quién es, qué sangre tipo y factor tiene. Arremolinan predicciones sobre sus supuestos actos delictivos, mientras menosprecian esa invasión nocturna de una calle de la ciudad sin estar justificada su presencia. Se presume culpable de no tener morada, culpable de no estar en la cama, condenado por haber sido desamparado y desamorado, condenado por no pertenecer. Se presume chorro e inadaptado, se da por sentado que se droga, que está armado al menos con un cutter que se robó del mostrador de una farmacia, que es peligroso, mal educado, que huele mal, que sus ojos son un fuego y que te puede violar.
Se presume desalmado y sin Dios, porque solo los desalmados no tienen hogar ni sustento ni padres que lo quieran.
Las doce, las doce veinte. Empieza a ponerse nerviosa la gente de la cuadra, que no sabe si atacar con un acto de defensa y prevención o si irse a dormir como si nada hubiera pasado.
Ha pasado tan sólo el muchacho que tiene frío y está descalzo. Descalzo porque juega con sus zapatillas para ver si llega a colgarlas en el cable que cruza la calle.
La verdad es que no sabe si volver a la casa donde están todos deshauciados y borrachos. Y hace una apuesta: si la emboca es libre. Si no logra que quedan colgadas vuelve y se deja abusar.
A la mañana siguiente los vecinos ven las zapatillas colgadas en el cable que cruza la calle.
Una vecina especula con que es un acto propagandístico de venta de drogas. La bicicleta ha quedado en el cordón de la vereda. Ya verán qué otra preocupación cazan al vuelo los adaptados de la vecindad.
Un poco lejos ya de la ciudad, un muchacho camina descalzo por la banquina de la ruta 3.
Patricia Lohin
Foto propia.
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Cafuné

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Llueve, y qué?

Afuera el otoño resiste.

Adentro la espuma de mar

llega al borde de la cama,

donde están los pies

enredados.

Las luces de la ciudad

forman pequeños halos

en la noche húmeda

que forman sombras

dentro de la habitación.

Corren hilos pequeños

de agua

que desembocan en la acera

arrastrando

el polvillo de ayer

y dejando los mosaicos

llenos de purpurina.

Llueve y qué?

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Infancia

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Cuando yo era chica todo se arreglaba con salame.
Salame milán. Cortado en una rodaja gruesa, y luego cortado en cubitos.
Cuando mi mamá comía salame era porque el universo funcionaba a la perfección y la tierra era un lugar feliz.
El plan b eran sanguchitos de miga, hechos en casa, también con salame milán y mayonesa exclusivamente comprada para esa ocasión. 
Ese manjar, único que yo recuerde de mi infancia, tenía lugar luego de la función de cine los domingos.
Era una tranquilidad para mí saber que si el domingo íbamos al cine, y luego comíamos sanguchitos de miga con una Coca Cola -un gasto exuberante en la década de los 80- todo estaba bien. El paraíso terrenal existía, al menos una vez al mes. El resto de los días eran mezcla de soledad, desolación, enfermedad, negligencia y violencia. 

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Sin Dios

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Otra estación,

a miles de siglos de distancia.

Otra estación sin vos.

El mundo es un derrotero

y yo soy la eterna navegante

que te busca

en estaciones de trenes en ruinas.

Camino entre las vías del tren,

saltando de uno en uno

los durmientes.

Investigando si entre éstos

ha quedado algún vestigio

de tu presencia:

un ticket,

un garabato sobre una servilleta de papel,

el envoltorio de un caramelo.

Siento el temblor de la locomotora

que pasó por este mismo lugar,

llevando un único vagón

con dos o tres pasajeros errantes

dentro de los cuales estabas vos,

sentado en un asiento de cuero blanco,

con sombrero de ala ancha, mirada gentil,

y zapatos de cuero recién lustrados

dispuestos a llevarte

a un lugar donde estuviese yo.

Tengo la vista arruinada,

igual que lo están las paredes de esta estación.

Mi alma abandonada y el corazón

que antes era de madera de pinotea,

ahora es de un material

polvoriento que apenas

si sobrevive a esto

que hemos dado en llamar

desencuentro cósmico.

Una vida, mil vidas,

cien estaciones más,

mil ventanas abiertas de par en par,

una capilla al lado de la boletería,

y un curita que se pregunta

dónde corno está Dios.

Eso nos ha quedado Darling:

mil estaciones sin Dios.

Patricia Lohin

Foto propia: Estación de Lin Calel

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Poesía personal

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Esta poesía personal,
anárquica y política;
es un rejunte enmarañado
que nace de abajo del polvo
que se junta en los rincones
del edificio de la estación de tren
abandonada.
Es calma y revolución,
lágrimas de sangre que caen
mientras la boca está apretada,
la mandíbula duele
y los dedos hinchados insisten
en accionar las teclas
de la máquina de escribir vieja.
Son tus ojos entrecerrados
que pretenden calcular a simple vista
la distancia entre tu cama y la mía,
entre tu vida y la mía.
Es el olvido que nunca llega
a asentarse ni a nutrir la tierra
para que nazca algo nuevo
sobre lo viejo.
Es lo viejo que no muere
y sigue jóven y fértil
como los campos
que reverdecen en el monte
situado debajo de tu ombligo.
Jóven como tu mirada
luego de tantos años,
como tu voz ronca
que susurra a mi oído
que ahora sí,
tal vez,
puede ser.
Patricia Lohin
Foto: Guy Le Querrec
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Baches

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Así te amo, con la desesperación de lo que parece imposible. Pero también con la paciencia de un perro que se tira a refrescarse en el medio de un charco, el que se forma en un bache en plena calle. Y después dicen que los baches no sirven para nada, cuando son mi remanso. Como vos, que sos mi bache, mi falla, mi error, la deformidad del dedo chiquito del pie, un pequeño soplo en mi corazón, mi refrigerio esta tarde de finales de verano, mi descanso mientras espero el otoño y me recuesto en el largo de tu cuerpo, mientras los minutos que teníamos programados se disuelven.
Maldito reloj. Malditos nosotros que seguimos conformandonos con migajas, todo porque te asusté en la primaria con mi intensidad, cuando te dije que te quería y aún no sabía besar; o que tu boca tenía sabor a frambuesa, a limonada, a caramelos con chispitas ácidas adentro.
Así te amo, sin límite de tiempo, sin siquiera esperarte a la vuelta de la esquina o a la vuelta de la vida. Me rectifico: no es que me conforme, porque siento como me mirás, mientras tus ojos color cielo penetran en mi estratosfera. Entonces, ¿qué más puedo pedirte?

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