Hola

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Hola
Me clavás un “hola” en redes sociales.
La secuencia es así: solicitud de amistad, acepto, y cae el “hola”como si fuese un meteorito. Estimo que vos & asociados tienen el arma cargada para disparar el saludo.
¿Será un arma de fuego o una ballesta?
Todo bien, no hay nada como decir “hola” y quedarse callado.
Admito que no te doy opciones. Vos disparás, yo me corro y la flecha o bala terminan hundidas en el paredón del supermercado Día.
Ahora ya saben por qué las paredes del estacionamiento del Día están a la miseria.
Me dijeron que hoy es todo por redes o whatsapp. No tengo problema con eso -mentira-.
Pero elaboráme algo, digo. Hilvanáte una situación que a mi me conmueva, regalame una oración, un chiste, una secuencia de palabras. Vos podés.
No es que yo sea difícil y pretenciosa. Soy difícil y pretenciosa.
Y encima me aburro como la hostia. Debo tener déficit de atención.
Viste lo que pasa cuando te conformás con menos, ni te cuento cuando te conformás con nada.
Terminás triste y aturdido, dando vueltas un domingo a la plaza, charlando de nada con un desconocido.
Patricia Lohin
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No tengo mucho más pa’ decir

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𝑆𝑒 𝑎𝑐𝑒𝑟𝑐𝑎 𝑡𝑢 𝑣𝑜𝑧,
𝑦 𝑎𝑙 𝑠𝑎𝑙𝑖𝑟 𝑙𝑎 𝑣𝑜𝑧 𝑑𝑒 𝑡𝑢 𝑏𝑜𝑐𝑎
𝑠𝑒 𝑎𝑐𝑒𝑟𝑐𝑎 𝑡𝑢 𝑎𝑙𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜,
𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑣𝑖𝑒𝑟𝑡𝑒 𝑒𝑛 𝑢𝑛 𝑣𝑖𝑒𝑛𝑡𝑖𝑡𝑜
𝑞𝑢𝑒 𝑚𝑒 ℎ𝑎𝑐𝑒 𝑐𝑜𝑠𝑞𝑢𝑖𝑙𝑙𝑖𝑡𝑎𝑠 𝑒𝑛 𝑒𝑙 𝑐𝑢𝑒𝑙𝑙𝑜.
𝑁𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑜 𝑚𝑢𝑐ℎ𝑜 𝑚á𝑠 𝑝𝑎’ 𝑑𝑒𝑐𝑖𝑟.
𝑁𝑜 ℎ𝑎 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜 𝑜𝑡𝑟𝑎 𝑐𝑜𝑠𝑎 𝑚á𝑠
𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑠𝑎 𝑣𝑜𝑧 𝑎𝑐𝑎𝑟𝑖𝑐𝑖𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑚𝑖𝑠 ℎ𝑢𝑒𝑠𝑜𝑠,
𝑦 𝑚𝑖𝑠 ℎ𝑢𝑒𝑠𝑜𝑠 𝑓𝑒𝑙𝑖𝑐𝑒𝑠 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎,
𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑎𝑙𝑖𝑒𝑟𝑜𝑛 𝑎 𝑏𝑎𝑖𝑙𝑎𝑟
𝑢𝑛𝑎 𝑡𝑎𝑟𝑑𝑒𝑐𝑖𝑡𝑎 𝑎𝑙 𝑏𝑎𝑙𝑐ó𝑛,
𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑟𝑎𝑠 𝑒𝑙 𝑠𝑜𝑙 𝑟𝑒𝑣𝑒𝑛𝑡𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑛𝑎𝑟𝑎𝑛𝑗𝑎𝑠,
𝑑𝑎𝑏𝑎 𝑏𝑒𝑠𝑜𝑠 𝑚𝑢𝑑𝑜𝑠
𝑎 𝑙𝑎𝑠 𝑐ℎ𝑎𝑝𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑠ℎ𝑒𝑐ℎ𝑎𝑠
𝑑𝑒 𝑙𝑎𝑠 𝑐𝑎𝑠𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑏𝑎𝑟𝑟𝑖𝑜 𝑚𝑢𝑛𝑖𝑐𝑖𝑝𝑎𝑙.
𝑁𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑜 𝑚𝑢𝑐ℎ𝑜 𝑚á𝑠 𝑝𝑎’ 𝑒𝑠𝑐𝑟𝑖𝑏𝑖𝑟,
𝑛𝑜 ℎ𝑎 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜 𝑜𝑡𝑟𝑎 𝑐𝑜𝑠𝑎 𝑚á𝑠
𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑢 𝑣𝑜𝑧 𝑓𝑢𝑛𝑑𝑖𝑑𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝑚𝑖 𝑎𝑙𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜.

𝑾𝒂𝒕𝒆𝒓𝒄𝒐𝒍𝒐𝒓

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Me fui antes de que vinieras.
La mañana se viste ahí afuera con esos colores tan tenues que se dispersan en los bordes de las aceras. Watercolor creo que le dicen.
Podrías estar enojado, en el caso de que te enteraras que llegué y me fui.
O podrías estar aliviado. Prefiero pensar lo primero. Me gustan tus caras de seriedad circunstancial.
Llegué antes de que vinieras.
El insomnio de anoche se transformó en un sueño tan pesado que llegué tarde al alba, y cuando me levanté, el sol ya estaba bastante divorciado del techo de chapa del taller mecánico de mi vecino.
Apenas si me bañé y me vestí en capas: una, dos, tres, cuatro prendas una sobre otra, tratando de disfrazar mi humanidad para salir a la calle.
A pesar del sol, del watercolor, del insomnio de anoche, de mis cuatro capas de prendas, a pesar de mi seriedad circunstancial, llegué a la intersección precisa entre tu casa y la mía.
Supuse que en un rato saldrías y me verías, sentada en el bajo paredón de la casa de la esquina, con mis capas de ropa, con el pelo desordenado, los cordones desatados y con los ojos dilatados.
Supuse que al salir te sentirías confuso, o tímido, o raro, o como en casa. Y que de sentirte como en casa la primavera al fin tendría un inicio como la gente.
Pero llegué antes que vinieras, me fui antes que llegaras, antes que me dijeras estás loca, antes de morirnos de risa, antes de ser nosotros.
Patricia Lohin
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Del perro

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La culpa es siempre del perro.
No hay finales abruptos. Si pensás eso es porque no estuviste prestando atención.
Este final te lo canté hace meses. Mirábamos el atardecer y al esconderse el último rayo de luz en el horizonte sentí una punzada en mi ombligo. Ese fue el final. Mientras no me estabas escuchando.
Como una tardecita, como estar en el ojo del huracán. El final es una cena rica que no sabe igual que las otras veces, en donde el que hace silencio escucha cómo las palabras de los demás comensales se van alejando en el tiempo, es dejar de sentirse a gusto donde antes era tu casa.
Yo soy la que mastica en silencio. Soy el perro que escucha el silbato cuando los demás no oyen nada.
Y a pesar de eso, como cualquier otro mortal, espero que la muerte llegue, un día predeterminado de éstos, cuando ya no haya ganas de juntarse, cuando un domingo no salga preguntar cómo estás, cuando no seas un plan en la vida del otro.
Entonces ese día, con la cola entre las patas cansado de esperar el último resabio de tu interés fingido y agarrando el hueso desgastado que quedó tirado fuera de la cucha, me vaya caminando por la vereda del sol, a tirarme un rato en la plaza.
La culpa es siempre del perro, que no atrapa, que no gusta, que no encaja, que no enamora, que no pide.
Patricia Lohin
Foto Sylvain Richard
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𝑮𝒉𝒐𝒔𝒕𝒊𝒏𝒈

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Hubiera preferido que me dijeras “Disculpá me confundí.”, hubiera sonado más sincero toda la vuelta.
Aunque sea hubieras pelado un audio de whatsapp. Escuché a un coach decir que ya está de más hacer acto de presencia, que se puede avisar por redes de cualquier evento, incluso de un adiós. No hay nada como cortar por whatsapp y después verse en un evento local y ni saludarse, -sí, esa gente que te decía que te quería-.
Si supieras cuánta gente que anda por el centro y abre puertas de comercios equivocadas, a veces entran y se sorprenden de lo que ven. Vos abriste esta puerta y no encontraste lo que buscabas -porque desapareciste como una flota de aviones en el triángulo de las Bermudas- y menos avisaste que estabas errado.
La sorpresa fue toda mía. Pasamos del quiero dormir con vos un sábado por la noche, luego de tu cita oficial en un cine local, a la mañana siguiente meta apurarme a que fuese a desayunar, para luego disolverte en las mieles de la inexistencia a partir del día siguiente, cuando le dije a tu ego como al pasar que ya no me inspiraste para escribir. Si vos querés que te escriban esmeráte… digo.
Creo que le llaman ghosting al arte este de irse sin decir ni mú ni má.
Siguiendo en la línea de los actos absurdos e imposibles, ese domingo tuve relaciones del tercer y cuarto tipo con un fantasma.
Pᴀᴛʀɪᴄɪᴀ Lᴏʜɪɴ
Imagen Tumblr
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T̶o̶d̶o̶

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De soltar ya me cansé.
De ordenar y tirar también.
Antes entraba en los placares y cajones sin pasaporte ni pasaje, frenéticamente los invadía en jornadas de 24 horas cocainomanas para ordenar milimétricamente y desprenderme de lo obsoleto. Estaba tan crazy que tiré mis primeros escritos, cartas de amor, rosas desecadas, y muchas hojas mecanografiadas. Todo con afán de que entraran cosas nuevas.
Temía que mi futuro fueran domingos mirando fotos viejas y cartas de amor no correspondido.
Hace un par de días puse cepo a las intromisiones: nada de ropa prestada o usada, porque qué sé yo lo que hicieron los otros mientras las vestían.
Luego llamé al libre albedrío: que duerman los calzones con una media extraviada en el mismo cajón. Que si esos interiores reflejaran mi cabeza no la quiero absolutamente ordenada. Hasta donde yo sé en el orden inmaculado no se cría nada tan intenso, ni tan tibio, ni tan interesante, ni tan original, ni tan rico, ni tan parecido a vos.
De decir que no quiero nada ya me cansé.
Yo quiero todo.
Fundamentalmente a vos. Suena del tipo colonizador y propietario. Retiro lo dicho. Ya buscaré otra palabra para poner en mi boca que no suene a contrato social.
Mi todo es tan simple como un sándwich de mortadela con una latita de cerveza una tarde de primavera. No quiero que me regales nada. O sí, eso que me venís regalando hasta ahora. Quiero empezar a guardar esos regalos junto a fotos en blanco y negro, frases sin terminar, proyectos inacabados y sueños concretados.
Y si llegado el día se amontona mucho entre tu todo y el mío, y comenzara a molestar, o a manifestarse como una enfermedad del tipo acumuladores compulsivos, si tapara la entrada del sol y no nos permitiera entrar en la cama para hacer del amor un juego secuencial; entonces volveré a soltar, con ganas y sin tristeza abriendo las ventanas.
Luego me sacaré tu remera para volver a la cama.
Patricia Lohin
Foto Michalina Woźniak
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𝑩𝒆𝒍𝒍𝒆𝒛𝒐𝒓

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Llueve exponencialmente, verticalmente, copiosamente.
Desde adentro puedo asegurar que de salir mi cuerpo al mundo exterior, éste sería perforado literalmente por miles de gotas pesadas. O no, tal vez mi vestido rojo se pegue a mi contorno, el pelo a la cara, y luego entre en la casa y me desvistas, así sin secarme, dejando que el agua moje el piso de tu cocina.
Ya no estamos para salir a correr bajo la lluvia, pero cómo me gustaría.
Me pregunto para qué estamos. Qué color de cinta queda en el carretel, si existen oportunidades, si hay recovecos para descubrir, o tan solo hay que aceptar esta historia transformada en un muy buen capítulo aislado de una serie berreta.
Tenemos una cena casi religiosa, la comida la preparo metódicamente bajo tus precisas instrucciones. Disfruto. Me gusta jugar. Mientras algo se dora en el horno me siento a mirarte. Tu cara es un mapa, un pergamino, un edificio de esos que declaran histórico e inviolable. Sos hermoso y no te das cuenta. O yo te veo así, y menos te das cuenta.
La belleza pasa a ser subjetiva y etérea, la belleza está en extinción y yo veo la última especie sentada frente a mí en una cocina, como si no hubiera más, y Greenpeace ya hubiese gastado todos los recursos disponibles.
La belleza nace en el ojo del que mira.
Mi corazón te está mirando.
Patricia Lohin
Foto Adriana Lestido
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Infancias

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A los doce el amor era mirar a Fernando de reojo.
Alguna vez compartimos uno de esos pupitres de madera todos integrados con un orificio para poner un tintero. A los doce el amor era un sentimiento larga duración y un asunto serio. Yo me enamoré en sexto grado, y seguí con ese encaprichamiento hasta segundo o tercer año de la secundaria. La duración del enamoramiento unilateral era motivo de charla en los recreos. Al igual que las protagonistas de las historias que yo leía, a mayor duración de algo, mejor calidad. Y yo estaba ganando: era la única de mis compañeras que llevaba tanto tiempo gustándome el mismo chico.
El pobre Fernando se enteró a fines de la primaria de mi berretín existencial platónico. La había cagado, me podría haber quedado con un potencial amigo, pero un papel con su nombre escrito por mí al lado de un “me gusta” hizo que me anulara del listado de seres vivientes dignos de un saludo. Los siguientes años me conformé pasando por la esquina de su casa. Luego el tiempo hizo lo suyo: yo me fui del pueblo un par de veces y nunca más volvimos a compartir un aula.
Patricia Lohin
Foto Alicja Brodowicz

𝖢𝗈𝗆𝗉𝖺ñ𝖾𝗋𝗈

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-𝘋𝘦 𝘭𝘢 𝘴𝘦𝘳𝘪𝘦 “𝘌𝘴𝘤𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘮𝘰𝘳”-

Él me dijo compañera. Detrás de esa palabra cargada de contenido histórico yo leí el comienzo de nuestra lucha juntos.
Compañeros, los que comen del mismo pan y caminan a la par levantando la misma bandera. Fueron muchos los pasillos transitados redactando documentos plagados de proyectos, que nos llevaron repetitivamente a los mismos lugares: un escritorio desordenado, horarios encontrados, almuerzos improvisados, ceniceros con colillas aplastadas, calles desconocidas que desde ese momento crearon un nuevo mapa hasta entonces incierto: el de nuestro encuentro, un nuevo punto geográfico recién parido.
Adoración. Devoción. Admiración mutua. Mis oídos bobalicones escuchando sus proyectos utópicos. Yo queriendo subirme a la calesita para ponerlos en marcha. Y viceversa a todo. Su dialéctica. Mis sueños. Su mirada. Mi realización a partir de esa mirada. Mis oraciones. Su punto y seguido. Mis párrafos. Su acto continuo. Mi despertar. Su sentir silencioso. Mi amor platónico. La tinta de su lapicera que no alcanzó para poner tres puntos suspensivos. Te amo. Yo también. La espera detrás de bambalinas. El final cuando no fuimos los elegidos. Su huida y el fin de mi revolución.
Él renunció a mi causa, un proyecto al que nunca pude ponerle punto final.
Hoy cuatro años después, seguimos militando cada uno por distintos pasillos, mientras cada tanto y subrepticiamente nos miramos de reojo.
Uno solo fue el cobarde.
Usted compañero.
Patricia Lohin
Foto Adriana Lestido
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Ve O eSe

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Dijiste “vos”:
Ve O eSe.
Vos refiriéndote a mí.
Tus labios pegados,
despegándose
a una velocidad
angustiosamente lenta
para pronunciarme.
Tu boca besando mi yo.
Yo queriendo
irme a vivir adentro
de tu cavidad bucal,
para dormirme
de cúbito dorsal
sobre tu lengua.
Dijiste “vos”,
hablando de mí;
y yo pensé
en “vos y yo” separados
-haciendo algo
solapadamente loco,
saltando afuera
del cuadrado existencial,
infringiendo normas
horarios y toques de queda-
pero juntos.
Dijiste “vos”
y sonó como un susurro
en mi oído,
mientras imagino que hundo
las yemas de mis dedos
en tu espalda,
y flasheé mal…
flasheé bien,
con que mi nombre
estaba en tu boca
derritiéndose.
Pᴀᴛʀɪᴄɪᴀ Lᴏʜɪɴ
Foto Federica Santolamazza
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Pelopincho

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Me arriesgué. Me tiré a la pelopincho con esa malla enteriza que me hace parecer un mamífero marino y encima me olvidé de ponerme los bracitos inflables.
Fué de panza. No te voy a negar, había agua, pero poca.
Terminé con la pera constipada contra mi pecho.
Dolió como la puta madre.
Dolió como un parto, como cuando uno nace. Dolió como la aguja de la inyección subcutánea que te clava la enfermera después de tres golpecitos, y encima te dice “no pasa nada” mientras el lagrimal supura agua salada.
Vos estabas en la reposera amarilla, viéndome caer, llorar, tragar agua y levantarme herida.
Tus ojos pardos más verdes por el sol, lucían divertidos.
Nunca entendí ese masoquismo enquistado, el de querer a alguien pero quererlo mal. El goce de la caída ajena.
Salí de la pileta y me envolví en un toallón animal print, tratando de parecer un bombón asesino y sexy. Te di un beso en la boca, húmedo y lapidario. Sabés que los picos no son lo mío.
Así y todo fue el beso de despedida.
Patricia Lohin

𝑁𝑜𝑟𝑚𝑎 & 𝑅𝑖𝑡𝑎

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“Soy Johnny y busco a Frankie”.
Ella levantó el papel que se había desprendido de la pared. Tenía el dibujo gastado de la tapa de la película.
Cualquier Johnny que buscara a Frankie tendría al menos cincuenta años.
No eran muchos los hombres solteros de más de cincuenta años en ese pueblo perdido de Santa Fe.
La mañana húmeda y soleada era un concierto de aves que jugaban a las escondidas en las copas de los árboles. El sol estaba en todas partes, una vez descendido y reflejado en el asfalto húmedo de la calle principal, los rayos se eyectaban hacia las paredes gastadas de las cuadras del centro.
Norma no había desayunado, tampoco cenado. Tan sólo medio atado de cigarrillos había en su ser. Entre los dedos atabacados se colaba el vacío existencial.
Llegó a la panadería La Moderna, y sin entrar se quedó sentada en el marco de la ventana. Esperó unos quince minutos hasta que llegó Rita, una mujer mayor, de edad indefinida, con grandes surcos en la cara, como si toda la vida hubiera llovido entre los ojos y la comisura de su boca. A su vez, su frente ancha, era un entramado de letras que conjugaban una especie de poema desconocido.
Rita se acomodó y empezaron a fumar juntas, tirando el humo en dirección a la vereda opuesta.
La frase de los ochenta era que la vida debía estar en otra parte.
A los 90 estaban ocupadas matando domingos amargos mientras el mate se lavaba al costado del río y los chicos volvían a la casa llenos de barro.
En el 2001 vino la crisis, dejaron el amor y la casa para recibir otro amor y otras casas.
Sobre el 2020, los amores habían resultados insípidos y pasajeros, y la única frase que había quedado estampillada en el cordón de la vereda era que la vida debía estar en otra parte.
Pero las vías del tres estaban frías, dormidas y tapadas de malezas. Entonces dieron por sentado que la vida simplemente nunca había ido a recogerlas.
Patricia Lohin
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Situación general del corazón

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Hoy mis puertas abrieron
al mismo precio dólar
desactualizado del viernes.
Con la misma carga emotiva
con la que se sale a la calle
todos los días.
Con el paraguas
agujereado del todo
para que pase el sol,
la lluvia,
y las piedritas esas
que cayeron sobre la siesta.
Hoy mis puertas abrieron
sin importar
el derrumbe del mercado,
o de las intenciones,
o de las esperanzas.
Por la puerta
entró de todo:
el frío polar
y algunas hojitas nuevas,
menos vos.
Y aunque sé
que por unos días
no puedo salir a comprar
ni vainillas ni chocolinas
para el café con leche
porque dicen no hay precio,
mañana volveré
a abrir las mismas puertas.
Aunque las encuestas digan
que no hay probabilidades,
tal vez uno de estos días
si entrés
y así no todo estará
tan perdido.
Patricia Lohin

𝑫𝒆 𝒂𝒎𝒐𝒓𝒆𝒔 𝒊𝒎𝒑𝒐𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆𝒔 (𝒄𝒂𝒓𝒕𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒂𝒎𝒐𝒓)

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Hola hermosa:

Te escribo un domingo de invierno, aquí sentado en un rincón del patio luego de terminar de cortar el pasto. Estoy sólo, inmerso en una soledad que cala tan hondo como el frío. Los árboles frutales y añejos me miran desnudos con tristeza y consternación. En el medio ha quedado la pileta hasta la mitad de agua, esperando que llegue el calor.

Sí, ya sé que estás pensando. Es domingo, la familia hace otras cosas en el interior de la casa, y para vos el domingo era el maldito día en el que yo no te amaba. Qué equivocada estabas! Si hubieras sabido que era el día que más necesitaba de vos como mi eje invisible, mi sostén, mi amor. Seguramente te amé de la manera más egoísta y cobarde que pueda ofrecer un hombre.

Si vos sentiste que yo no te amaba, yo sentí que me soltaste la mano con tu ausencia determinada.

Todos los escollos que no pude sortear, todas las puertas que no me atreví a abrir son un gran interrogante en mi vida.

Hoy que estoy acá sentado, tratando de captar en el aire el perfume de tu pelo enrulado, el olor de tu piel, el brillo de tus ojos cuando me miraban, la arruga en tu frente cuando te enojabas; me pregunto qué haría en este momento si tuviese la posibilidad de volver atrás, qué hubiera pasado si la decisión era otra, qué si me sostenías un poco más, qué si me animaba. Para vos el tiempo era mucho, mucho esperar; siempre manejamos distintos tiempos.

Soy feliz, como quien es feliz viendo la corriente del agua en el río pasar sin mojarse los pies. Hay fines de semana en los que si estoy en casa me pierdo en las anécdotas de mi hija, en sus preguntas raras, ahora que entró en la juventud y quiere saber cuántas veces me enamoré… y sale tu nombre desde la garganta y muere en el borde de mis labios, los labios con los que te amé desde la punta del dedo gordo hasta tu ombligo.

La culpa a veces es una amiga que se levanta conmigo en las mañanas, y viene a acostarse conmigo por las noches, no sin antes hacer un nudo en la punta de la sábana de mi pequeña, quien no me ha visto en todo el día.

Hago un nudo en su sábana y hago un nudo en mi memoria, mi memoria que está atada a la tuya, con miles de eslabones confeccionados con algún material que desconocemos. Quiero volver y espiar qué hubiese pasado, quiero espiarnos a nosotros, diariamente discutiendo por boludeces y amándonos en quinta, al máximo, con la intensidad de la naturaleza cuando se enoja.

Antes de dormir me pierdo en los libros que íbamos a leer juntos, tal vez la respuesta esté en algunos de éstos.

Es domingo y te amo; aunque ya no tenga derecho a decirlo.

Tuyo siempre.

Patricia Lohin

Heridas

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Había una vez un hada chiquita que haciendo tonterías se lastimó el dedo chiquito del pié.
Tan grande fue la herida, que nunca cerró.
El hada se hizo grande, dejó brillos y purpurinas, se puso la ropa que la vida le dió: una especie de mameluco beige sin alas, una gorra sin estrellitas, unos anteojos color pardos, un cinturón negro y unas zapatillas color amarillas que gastó yendo de acá para allá.
En su mochila había una de estas redes para cazar mariposas.
En el tiempo libre se escapaba al bosque, y si era de día atrapaba mariposas blancas apenas por unos segundos y las dejaba ir. En las noches de verano, caían en la red luciérnagas y otros bichitos luminosos que se le metían en el ojo cuando acercaba su cara.
Iban y venían: mariposas, luciérnagas, vaquitas de San Antonio, amores, hijos, mascotas, canciones de cuna, amigos. Cada uno llegaba con el pasaje de vuelta en la mano.
Y cada vez que alguien partía, la herida del dedo chiquito del pié supuraba tristezas.
Tengo una herida en el dedo chiquito del pié. Nunca dejó de doler. Me la hice cuando tenía uno o dos años.
En las siestas del invierno y noches de verano hago amores, hijos, amigos. Pero vienen con el pasaje de vuelta en la mano.
Patricia Lohin
Foto El santuario de las Luciérnagas
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Porque te conozco tanto
sé con qué jugos se cuecen tus carnes,
y lo que pensás
mientras mordés tu labio inferior
y tus ojos rejuvenecen
en una fracción de segundo.
Sé la música que ponés
al volver del trabajo
mientras sorteás obstáculos
en una avenida
en donde algunos jacarandás
se recuestan sobre las veredas
y los edificios del centro
besan las nubes
del cielo encapotado.
Conozco de memoria
la remera que te acaricia
por las noches,
y el libro que descansa
sobre la mesa de luz,
esperando a que yo llegue
y en puntas de pie,
humedezca mi dedo índice
y pase una hoja tras otra
leyendo entre líneas
cómo hacerte el amor,
dulcemente o salvajemente
entre esas sábanas blancas de algodón
que acabarán
suicidadas en el piso
y totalmente arrugadas.
Porque te conozco tanto
sé a qué hora mirar el reloj
para adivinarte con hambre y sedienta
hurgando en la heladera
las caricias que no te llegan.
Patricia Lohin
Foto © Ken Schles
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No me creas

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Yo nunca me creí la que me contaban. Pero siempre hago que.
Me muestro como un Kwai Chang Caine* berreta: respirando, analizando, esperando, anotando y observando.
Hago gala de revoluciones silenciosas que me llevan mansa y tranquila al último minuto, cuando viene el KO, el derechazo, la muerte súbita y vos que no te la veías venir.
Como si fuese un show de magia del mago sin dientes en un galpón abandonado al lado de las vías: pensabas que era un fiasco y al final desapareció.
Como hoy.
Vos a las ocho de la noche, viniendo a casa para cenar temprano. Comemos algo rico. El tema es cómo pasar eso rico cuando la garganta tiene un rosario de nudos que llega hasta el estómago. Sonrisas programadas y comentarios de medio pelo. El contacto visual murió antes de ayer. Casi no probamos bocado. Es peor que una última cena abrazando a Judas. No hay postre.
Los dos sabemos pero nadie dice nada. Es la verdad tácita que chorrea las paredes.
Te sentís seguro porque no hablo y me muestro dócil. Podrías estar así el resto de tu vida: pensás que la comida que sobró hoy la vas a poder terminar mañana, cuando vuelvas y ensayemos otra obra de teatro.
Seguimos haciendo qué, por ahí con suerte esta noche tenemos sexo. La noche termina y me voy a dormir sola.
Sobre la mesa tu llave y un pasado menos al que volver.
Patricia Lohin

El patio

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El patio era cuadrado, casi del tamaño de cuatro habitaciones. Se diferenciaba de una habitación cualquiera por no tener techo. Las tardes de domingo, el sol entraba por una ventana subdividida en cuadros de cristal situada en la cocina, exactamente por encima de la mesada.

Ese día ella no estaba en la mesada, ni en la cocina, ni en la hornalla, ni en el fueguito del termotanque.

La cocina estaba en un momento íntimo de silencio, con una limpieza casi inmaculada, que había borrado incursiones culinarias del día previo. Tal sólo había quedado la huella de un par de migas de un pan tempranamente desgranado para tirar de pasada en la plaza y dar de comer a los gorriones.

Ella estaba sentada en la plaza, mirando de refilón al sol colarse por la copa generosa de un pino, mientras de fondo, la música estridente de la calesita se iba evaporando como si fuera el chillido de una locomotora que se disuelve a medida que avanza.

El abrió la puerta del patio. El silencio de la casa se quejó ante el ruido de la puerta. Se sentó en una silla de madera que él mismo había pintado en temporadas anteriores. Desde ésta empezó a fijar intermitentemente su vista en esa especie de naturaleza artificial. Un limonero, macetas de colores con tomillo y albahaca en el marco de una ventana, una salamandra oxidada, el rastrillo sosteniendo una pared, flores rastreras en los canteros circundantes, una radio Tonomac sin tapa que testaruda aún repetía frecuencias AM, un ciruelo, un espantapájaros vestido con una camisa que ya no le entraba. Y en otro sector, una quinta improvisada con tomates rojos y pequeños, algo de lechuga, algo de radicheta.

Miró hacia arriba buscando el cielo, y le pareció cada vez más cerca. 

Él sabía que la esperanza no es nada más que un engaña pichanga.

Ella sintió un dolor en el pecho mientras aún estaba sentada en el banco rojo de la plaza.

Cambió de posición y el dolor se agudizó perforando su esternón. Tuvo que pedir ayuda para levantarse. 

En el patio del tamaño de cuatro habitaciones, con un limonero y una radio tonomac, él decidió dar por zanjada la cuestión de vivir o morir, de esperar o no esperar. Eligió no esperar.

Patricia Lohin

Foto: © Ximo Mingarro Sales

Sin mí

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Con vos.
Conmigo.
Sin vos.
Sin mí.
Otra vez ese lugar,
en donde si te pierdo,
-¿perder qué?-
me pierdo.
Ese lugar vacío
en donde si vos no estás,
-Pedro, Kevin, Juliana, Cristina-
no existe nada
porque todo deja de tener sentido.
La herida nueva que supura
sobre la herida original
del primer abandono,
cuando sólo era un bebé
en una canasta de panadería
llorando sin que nadie
prestara atención.
Otra vez el día
caminando sola, solo,
prendiendo el horno nuevo
para uno.
cuando el horno que teníamos juntos
andaba tan bien.
Otra mañana respirando,
buceando en una libertad
que queda tan holgada
como una cama de dos plazas
para uno solo.
Otra vez
armando el rompecabezas
del merecimiento,
mientras hoy lloro
heridas
de otras vidas.
Otra vez,
ajo, pan y cebolla.
Patricia Lohin
Imagen Tumblr
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Lo mejor del invierno

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El castillo que levantaste
debajo del tamarisco
para que no le agarre el vientito, 
ya está derrumbado.
Era enero cuando leías con sorna
y aires de superioridad intelectual
libritos de cuatro páginas de autoayuda,
tirado en una reposera
de la playita del medio,
con el ombligo mirando al sudeste,
mientras mandabas mensajes
que empezaban con actitud
y terminaban con “yo soy”.
Lo mejor del invierno es este frío
que ahuyenta mosquitos
y mensajes prefabricados.
Lo mejor del frío es que al fin
se terminaron de despegar
los carteles con tu nombre
y esa frase de marketing berreta
que decían naderías
hilvanadas con cinismo.
Lo mejor del invierno
soy yo sin vos
y esta vida
que insiste constantemente
con salvarme.
Patricia Lohin
Foto: Lyn Mougeolle
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Sin embargo

Claudio-Capanna

 

No creo

en el esfuerzo desmedido,

en embargo acá estoy

luchándola desmedidamente. 

No creo en la autoayuda,

ni en las recetas motivacionales

estampadas en una remera barata, 

sin embargo

sigo dando las gracias por tres,

mientras mis manos están vacías.

No creo en dios,

sin embargo

sigo insistiendo por las noches

con pedirle que me baje algo:

una línea,

una estrella,

un detalle,

una palabra,

un mensaje,

una esperanza.

No creo en mí,

sin embargo

agarro a mi ser 

-o lo que queda de éste-

por los hombros o de los pelos

y lo obligo por las mañanas a levantarse,

lavarse los dientes,

bañarse,

y salir lo suficientemente perfumado

como para tapar las pestilencias 

que emanan de los sumideros.

No creo en este mundo,

sin embargo evito tirar

el pañuelo,

el envoltorio,

la colilla,

y a mí misma al medio de la calle

esperando que pase 

el camión de la basura a recolectarme.

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Vida inacabada

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Eso de esperar el agua en el desierto
y de caminar hacia el horizonte
sabiendo que no hay nada.
Eso de buscar en los mismos lugares
un halo de luz o un aliento de esperanza
cuando en realidad
se tienen los puños bien cerrados.
Eso de mirar la línea que separa el mar del cielo
esperando que el sol se recueste
o que la luna haga un guiño
sabiéndose en una galaxia
sin sol ni lunas o mar.
Eso de rezar a un dios
que ya ha entregado su telegrama de renuncia
y habiendo cedido sus súper poderes
a un despiadado hombre de traje gris
con la agenda demasiado ocupada
para responder a las plegarias.
Ese grito desangrado
que sale de una boca sin saliva,
sin aliento, sin dientes,
y una montaña que no devuelve el eco.
Esa ausencia predestinada y caprichosa
que tiñe las hojas de blanco
y deja las biromes resecas
en una mesa mal tallada
que se derrumba en la mitad
de una casa abandonada.
Este mundo repleto de gente
con el cuello encorvado
dirigiendo una y otra vez la mirada
a sendos agujeros llenos de arena
clavados en mitad de sus panzas.
Ese dolor que anticipa
desmesuradamente,
el grito de rendición de armas.
Esta vida inacabada.
Patricia Lohin
Foto: Alicja Brodowicz
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Infancias: Lady Di

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Lady Di se casó en el año 1981. Con mis once años vi como metros de cola se arrastraban de acá para allá, mientras iba colgada del brazo del príncipe.
No importaba que él fuese feo. Importaba que la iba a proteger y cuidar, mientras ella cerraba los ojos y colaboraba un poco con esa fantasía endeble de cuentos de hadas.
El caso es que yo quería ser como ella. Embarrar mi vestido blanco en alguna calle de tierra cercana al río Colorado, estar enamorada de un príncipe feo que me diera love, pero sobre todo quería tener su peinado.
Con alta resolución, y teniendo mi pelo largo y lacio hasta la mitad de mi espalda, es que crucé las vías y fui a la peluquería con la foto de Diana.
Mi pelo rebelde, lejos que quedar dócil, se enfureció, y de pronto un millón de rulos se agolparon en mi cabeza. Parecía una princesa afroamericana desteñida.
La peluquera me dijo que me quedaba precioso y con esa convicción caminé las tres cuadras que me llevaron de vuelta a casa. Me esperaba el infierno.
Los meses siguientes tuve que andar con un pañuelo de seda en la cabeza, como recordatorio de que algunas libertades se pagan muy caro.
Si todas las libertades tienen un precio, yo siempre pagué lo adeudado.
Patricia Lohin
Imagen Diana Spencer – Pinterest
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Gutiérrez

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Cuatro de la tarde del día 13 de julio. Gutiérrez estaba en una sala intermedia entre un consultorio y la sala de espera.

Lo habían colocado allí a esperar. Pero no a esperar como los de la sala de espera tradicional. Esa locación, para él desconocida, era para esperar específicamente dos situaciones. 

En una sala de reuniones de profesionales, a dos pasillos y medio de distancia, se estaba siguiendo el protocolo AZ158. Participaban de la reunión un médico oncólogo, un médico generalista, un abogado y Gutiérrez hijo. 

Los médicos tenían sobre la mesa carpetas con estudios concluyentes y aparentemente certeros, con posibles estadísticas, posibilidades e imposibilidades en el proceso salud enfermedad del paciente. 

En tanto el abogado se abanicaba con un sobre de papel madera en cuyo interior había una simple hoja manuscrita con algunas instrucciones que no venían a este caso. 

Gutiérrez hijo, con sus manos vacías y su mente apabullada, destrozaba un chicle larga duración y sin sabor dentro de su boca. Pensaba que los únicos que saben con exactitud y antelación la fecha y hora de su propia muerte son los condenados, y Gutiérrez padre, apenas si era un habitante mediocre viviendo en libertad condicional, en un barrio gris lejos de la plaza y cerca de la comisaría. 

Los reunientes decidieron hacer dos actas de apenas un renglón cada una con dos veredictos distintos.

La verdad y la mentira acomodados por igual en sobres de igual calibre y color, pero cada uno con distintas iniciales. 

A continuación Nelly, la secretaria, va a buscar al paciente contoneándose a lo largo y ancho de dos pasillos y medio. 

Y es así que sobre las cinco de la tarde, con un café de por medio, Gutiérrez decidió entre saber y no saber. 

Patricia Lohin

Foto Yasuhiro Ishimoto

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Desastre

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Escribo, respiro, resisto.

Puteo, exhalo, me pierdo.

Mi vida es un desastre.

Es el nudo que no acaba de desatarse,

o de atarse con la suficiente fuerza.

Es la soga abandonada

en un rincón del galpón,

olvidada y desvencijada.

Es la noche sin insomnio, pero con sueño,

luego de querer emborracharme

con el vino del postre intitulado “Promesa”.

Mi vida que es un aire acondicionado frío-calor

que hace saltar la térmica

y enrosca sin piedad al medidor.

el desastre sin puente, ni rotondas,

sin río ni frontera o camino.

Pero con un ventarrón que barre la bahía

y deja la playa des-olada:

el mar sin olas, sin sal, ni espuma.

la playa sin huellas ni poesía;

este invierno cagándonos de frío.

Y lo que es peor:

el balcón de mi casa sin amaneceres,

con siestas tumbada de espaldas

sobre la cama prolijamente tendida;

medias noches sin medias lunas,

durmiendo con zoquetes grises de lana.

Esta vida con la ausencia indiscutida

del cualquier asalto

vespertino, matutino

diurno o nocturno

de algún pariente cercano al amor.

Y el timbre que no funciona…

En esta vida

sin enojos ni frases desafortunadas,

sin reconciliaciones.

este desastre sin vos.

Patricia Lohin

Imagen Rene Stuardo

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El día después

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El día después
el río se ha terminado de secar
y los peces semimuertos
boquean en la orilla fangosa
de una tierra plana y cuadrada.
La misericordia
permanece ausente,
y la gente
sigue impasible e ignorante
ante la afirmación
de que el día después
es igual a ayer
y al día antes de ayer.
El mismo dolor,
la misma cantaleta,
la misma imbecilidad,
pobreza e impotencia.
Debajo de una piedra
donde antes circulaba el agua
y miles de reflejos de gotas
subían a la superficie,
yace una cápsula,
y dentro de ésta una píldora.
No hay que elegir
ni roja o azul.
Tan sólo si tomarla o no,
para romper el hechizo.
Que sea sin agua
y sin saliva,
que raspe la garganta,
que me lleve a otro lugar.
Que el día después
sea el final
de la historia
que se ha contado
hasta ahora.

Un beso en la frente

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El la besó en la frente.
Fue un acto que duró una décima de segundo, como el batir de las alas de una mariposa blanca. Luego sus ojos, que hasta hace poco eran muy oscuros y hoy se transparentaron, la miraron.
Sus miradas parecían un derroche de alguna sustancia que al ser de intercambio personal, sólo ellos conocían. Una pócima secreta, una fórmula química, la alquimia, el misterio, lo insondable. La paz del ojo del huracán. 
El tiene el color de quien ama, por eso tal vez se estuviera coloreando, como uno de esos cuadros que intentan emular el sol desperezándose en el horizonte de algún espejo de agua.
Yo los vi. Y luego de mirarlos te busqué con la mirada. No te diste cuenta de lo que pasaba.
El besó a su compañera en la frente.
Un beso del beso del beso. Los labios apoyados en el tope de su cara con un gesto imperceptible, fugaz y rápido. Como esos momentos en los que nos asombramos tanto que no podemos cerrar la boca aunque quisiéramos.
Como un calorcito que sale de la nada en medio del invierno que no perdona nada.
Como nuestras voces roncas de orgullo, de tiempo, de perdón, de esperanza.
Como quien se supo antes enamorado.
Patricia Lohin
Foto Tumblr
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Te miraré de lejos

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Años 90.
Una jóven de veinte años se bajaba del colectivo en la terminal y pisaba por primera vez la ciudad. Como cualquier foráneo al rato terminó pidiendo indicaciones.
El muchacho en cuestión no sólo se las dio sino que la acompañó unas cuadras y empezaron una de esas conversaciones psicodélicas con un extraño que te hacen sentir en casa. Se despidieron sonriendo sin saber ni siquiera el nombre del otro.
A los tres meses, la misma jóven baja de otro colectivo, y al final de la jornada, mientras hace tiempo para viajar, se encuentra con el mismo muchacho en una cafetería. Esta vez, un poco más ligero de reflejos, él le pide un teléfono, y ella anota su nombre de pila con un teléfono fijo y se lo da. Ese mismo día, al muchacho le roban la billetera, y con la billetera el teléfono.
¿Cuántas posibilidades hay de que una tercera chance los reúna?
El no la llama nunca, ella se olvida.
Años 2010 y consecutivos.
Dos personas se encuentran, se buscan, ponen nombre en Facebook o redes sociales, ven la foto, saben es el otro; el otro que fue su primer amor, el otro que vieron en una fiesta y no se acercaron, el otro de la conversación psicodélica.
Y aún, teniendo todas las posibilidades de encontrarlo, porque ya no necesitamos chances del destino, ni rompernos la cabeza porque perdimos su número, aún así preferimos contar la anécdota y seguir mirando de lejos.
Patricia Lohin
Foto © Ferdinando Scianna /Magnum Photos
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Frío

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El frío:
una entidad de un dígito,
que raspa las puntas
de las narices
que asoman por encima
de algún tejido estirado
de temporadas anteriores.
Muy parecido a una lija fina,
de las que se usan al agua
para limpiar los azulejos.
El frío:
toda una personalidad del tipo uno.
Uno solo de este lado de la trinchera
en una guerra donde
ya se fueron todos,
y solo quedó mi panza triste
escondida debajo de una frazada.
La nieve tapa las piedras
donde antes te sentabas
a hacer capturas
para cazar constelaciones.
Ya no hay barro
en la entrada de casa,
ni ropa tirada
o toallas húmedas
decorando las sillas del living.
La mitad de la casa está derrumbada
mientras en la otra mitad
me refugio yo.
Patricia Lohin

Imagen

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Nunca imaginé
mi vida con un hermano.
Aunque pienso que hubiera sido
algo así como jugar al Jumanji.
Algo así
como un ejército alineado
para pelear contra los demás,
con frecuentes intermitencias
separatistas.
Porque lo que está muy cerca
no se alcanza a ver.
Algo así como dos espejos:
uno en el pasillo oscuro
y otro empañado en el baño.
Nunca me ví siendo dos
con otro cerquita
de mi cama individual,
vigilando que los rayos
y las tormentas eléctricas
no incendiasen mi cama.
Pero cómo disfruté
sabiendo que había dos
en la otra pieza,
aún a riesgo de que esa formación
se me viniera en contra.
Patricia Lohin

Infancias. La plazoleta

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La plazoleta era como una cuarta o quinta dimensión, como el triángulo de las Bermudas, como una selva desierta a un costado del pueblo.
Para llegar a ella había que cruzar las vías, y a veces, cuando las barreras estaban bajas, esperar sobre el cemento que pasara el tren, mientras el temblor se hacía sentir desde la planta de los pies hasta la coronilla.
Ahora que lo pienso, mi infancia estuvo atravesada por agua y por vías, por río y temblores, por líneas paralelas de álamos y canales, por barrios sectorizados de un lado o del otro.
Muchas cosas pasaron en ese pañuelo, en donde a un costado del sendero las hamacas se mecían solas con el viento patagónico y el tobogán deshecho y primario miraba celoso y solitario.
Por ese pequeño universo pasábamos por la mañana temprano rumbo a la escuela, cada una sumida en sus propias fantasías. Nos mirábamos de lejos sin hablarnos, vos con tu pantaloncito a cuadros y tu pelo negro, yo con mis dos colitas y frío glaciar en las orejas.
Cuando sos chico todo lo de adentro sale por las orejas.
Una par de cosas le faltaron a ese lugar: una llave, una tapa en el suelo, un pasillo subterráneo, una salida, un escape, una sexta dimensión, una luz colorida, un poco de calor, una infancia.
Patricia Lohin
Foto: Adolfo Birge
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Pasión

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Tengo una válvula tapada.
Es la de la manifestación
de mis emociones.
Tengo el termostato clavado
en diez grados.
Es lo que ve el otro.
Mis diez grados
casi siembre bajo cero.
Tengo una arteria tapada,
la que va desde mi corazón
al abrazo.
Una vena atrofiada
la que va del abrazo
a la lágrima.
Afuera tiemblan,
no duermen,
tienen espasmos,
se enamoran,
lloran,
quieren asesinar,

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Confiar la vida

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La vida es confiar. Aunque te haya decepcionado como la puta madre. Es que se lleven la mercadería y te la paguen luego. Es un “me diste de más” y dar lo que sobra. Es confiar un secreto y que no te apuñalen. Es necesitar calorcito y encontrarlo. Es seguir el pulso, seguir el camino, seguir el temblor, es seguir la música, la línea que forman las hormigas en la vereda, el rastro de las vacas en el camino embarrado, es seguir caminando, corriendo o arrastrado.
La vida es confiar. Es una manta norteña que vuelve a tu cama a taparte este invierno que estás solo y tu cama parece un maldito desierto aunque del otro lado pongas ochenta almohadas o duerma alguien que no merece la alegría. Es el mensaje que cae en medio de la mañana y pregunta ¿cómo estás? Porque sí, porque te extraño, porque me importás.
Patricia Lohin

Vueltas circulares

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Maldita madrugada. O maldita noche que me hace levantar al alba.
Este alba que se despierta dando vueltas circulares, otras vueltas que no giran alrededor de nuestra cama ni de la mesa de la cocina; o alrededor de tu figura o del halo de fragancia que emanaba tu pelo, cuando dejabas que yo te rodeara buscando la boca húmeda.
Esta madrugada sin fin y repitente, que me recibe con medio cuerpo frío, media cama tendida, media casa vacía, medio auto encendido, medio diario leído, media vuelta a la plaza, media vida solitaria.
Me ahoga el exceso de tu presencia detrás de los muebles que no he tocado: un almohadón habita la misma silla de siempre al lado de la ventana, la manta doblada en el respaldo del sillón, tu taza esperando la tibieza del agua, el patio con tus plantas, la regadera de metal oxidado esperando.
Salgo a la vereda y nos convenzo a mí y al auto de arrancar y hacer unas cuadras.
Estaciono en una esquina y hago que hojeo el diario. 

 

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Infancias: Nudo o moño

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Tengo seis años. Creo que esa es la edad que se tiene en primer grado.
No recuerdo a mi maestra de primero. Apenas si recuerdo que ese es el último año de primaria que haré en esa escuela. Para el siguiente año me cambian de establecimiento.
Mi madre me lleva a la escuela. Tengo zapatillas con cordones.
En algún momento del día se me desatan y el recreo me encuentra llorando desconsoladamente. 
Siempre estoy llorando. Durante algunos años me llaman la viejita llorona, y más adelante, la chanchita llorona. Si buscaba aliados en la escuela, estaba perdida.
Viene la maestra que me parece amorosa y me hace moños mientras intenta decirme que todo estará bien. No le creo.
Esas orejas agraciadas que quedan bailoteando de un lado para otro de mi calzado no es como se atan las zapatillas. Lloro más. Digo que así no es.
Los cordones no están en el mismo estado en el que los ha dejado mi madre hace unas horas. Al estar ambas zapatillas con los cordones desatados no me queda muestra de cómo es la forma correcta de atarlos. 

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El centro de la manzana

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El mediodía me asaltó con previo aviso en un departamento de esos a los que se llega luego de un pasillo angosto y recto, y me dejó prácticamente parada en el centro de la manzana.
Cada tanto me pregunto qué hay en el centro de otras manzanas. Quién vive? Cómo se llega hasta allí? Es gente que no sale? Son refugiados? Exiliados de la sociedad?
El sol a esa hora llegaba como una lanza vertical. Sin embargo la idea de que desde allí no se viera nunca el atardecer o el amanecer me puso sumamente triste. Me imaginé las mañanas tardías, esperando que el sol asomara por detrás de los malditos edificios, teniendo que depender de las once, o de las dos de la tarde y de los mediodías para tener un poco de “amor amarillo”.
Una mujer joven salió. Charlamos un rato afuera, tal vez unos diez minutos.
Luego me hizo pasar. Me contó que tenía un compañero. Que cena va, que cena viene, que sale un viaje, un espectáculo, un arrumaco un día entre semana, que tienen sexo siguiendo todos los patrones correctos de movimientos, para luego ver el último capítulo de una serie, buscar algo rico para comer, abrir un vino tinto a temperatura ambiente.
La vida -contada así y dicha en voz alta- parece un poco programada, aunque las hojas de la higuera de la vecina se caigan en su patio creando un pequeño caos otoñal fuera de toda agenda. Las oportunidades parecen mariposas blancas que vuelan en otros patios, y que cada tanto se posan en el marco de la ventana de la cocina, donde hay dos o tres macetas con hierbas frescas, y justo cuando levantás la vista, sólo ves el reflejo de sus alas.

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Ta te ti

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Ta te ti para vos
que viniste a tomar el sol
a mi patio a la siesta
y el fresco en el balcón
en las noches del verano.
Ta te ti para mi
que hoy duermo toda la noche
mientras para vos el sueño
es una luz fluorescente portátil
que no se deja agarrar.
Ta te ti para vos
que te llegó el fin de semana largo
y te tomaste vacaciones
arriba de mi colcha bordó.
Ta te ti para mi
que ya mandé a cambiar todo de lugar
y mis notas juegan a las escondidas
mientras otras vuelan
por toda la casa
sin figurar tu nombre. 

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De tanto perder

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Hoy me levanté y no estabas. Tu ausencia es el frío y el silencio. Son los pasos tuyos por el pasillo que he escuchado con ansias los últimos años entre sueños y que pensé volvían para quedarse. Me duele el corazón, pero no por mis heridas sino por las tuyas.

Me duele tu corazón adentro del mío, y no puedo tocarlo, ni cobijarlo ni arrullarlo.

La imposibilidad es como el invierno, hay que aceptarlo, abrigarse un poco más y dormir acurrucado. No sé regalar más que palabras. Soy muy pobre de espíritu. No ha ocurrido nada este día salvo tu ausencia, la que me impide compartir que sonaba una alarma en la esquina de casa, o que hacía mucho frío, que la pierna no me duele, que mis escritos suenan en la radio de mi pueblo, que sigo construyendo con palabras todas las cosas que no tengo: el abrigo, el amor, la casa en la playa, el hogar, el amor de nuevo.

Alguien escribió por ahí que de tanto perder aprendió a ganar. Hay gente que recibe una semilla y crea un bosque entero. No sería mi caso. Yo aún sigo gateando a ciegas por este mundo, sin saber a dónde va a parar este amor que hasta ayer me hacía bien, y que hoy ha dejado mi vida en pausa.

Patricia Lohin

Imagen: Stephen Edwards

#escritos #escritora #patricialohin #ausencias #blog #relatos #amor

La copa

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La copa se cae.
Está vacía,
vacía antes de caer.
No hay estruendo,
ni sonido a cristales rotos.
El mar enmudece
contenido dentro
de la negritud completa de la noche.
Las estrellas ciegas
han dejado de replicar
la luz de la estrella madre
y el arrullo
es apenas un movimiento estelar
impresionantemente mudo.
Vacía la copa
que ha muerto
y se ha convertido
en una montaña de arena
al borde de la espuma
de miles de olas
que insisten en llegar
al mismo lugar repetitivamente.
Un lugar vacío
e inerte.
Un lugar mudo.
El paraíso ha muerto
debajo de los puentes
subterráneos
que tejen las almejas
para escaparse
de los depredadores
encapuchados
que con los pies descalzos
escarban la arena.
Patricia Lohin
Imagen ©︎José Deniz
#patricialohin #poesía #amor #copa #escritos #mudo #silencio

Las cuatro

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No hay casi fotos de José joven. Lo acabo de descubrir recién, buscandolas. Él dijo que su vida comenzó el mismo día en que las agujas del reloj se clavaron a las cuatro de la tarde. Las agujas que se clavaron porque una mujer se asentó en la mitad de su pecho, y todo lo que había vivido hasta entonces no era más que un borrador, un manuscrito a medio terminar.
Pero ese día no solo se clavaron las agujas de un reloj, en otra parte del mundo una estampida de rinocerontes paró en seco, las bestias detuvieron la respiración y quedaron congelados dentro de una nube de polvo. En una casa de Madrid un niño que estaba ya morado de llorar de pronto se calmó, abriendo bien sus ojos redondos ante alguna chuchería que no había visto antes. Gise, a esa misma hora, en un barrio de Capital, sonrió una vez más al ver una libélula apoyada en una pared, mientras dice en voz alta “estoy, estás, hoy somos eternos en estas hojas amor”.
En el mercado nocturno de Wangfujing una falla energética dejó a un cuarto de Pekín a oscuras. En una oficina de quiniela nacional de una ciudad bonaerense, se volaron todos los números, huyeron por la puerta de entrada y se convirtieron en mariposas color verde y azul marca Lotería Nacional. Algunos dicen que fue un desastre, sin embargo la muchacha morocha que atendía detrás del mostrador, huyó del lugar con un chico en motocicleta. 

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Otoño

🍂🍂🍂Oᴛᴏñᴏ 🍂🍂🍂

 

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El otoño no asesina, tan sólo viene caminando mansamente y se lleva puesto todo lo que ve colgando. Parece matar, pero sólo acaricia las gotas secas de salvia que antes formaban parte de una hoja verde, para hacerlas planear un rato hasta al fin caer sobre las aceras desparejas de la ciudad.
En una calle del centro una mujer se afana diez minutos reloj en sacar las hojas del parabrisas de su auto mientras murmura palabras obscenas.
En las afueras otra mujer las barre llevándolas medio de la calle, esperando que un objeto volador no identificado las aspire tal vez, y lleve al fin esta inmundicia que se cae de los árboles y lo ensucia todo a otra galaxia. Pero, lo único que circula es un camión a toda velocidad que vuelve a poner las hojas en su lugar. 

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Enfermedad

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– Qué triste esta enfermedad…
– Cuál?
– La degenerativa del ser. La que corroe el alma y el corazón. Como si te hubieran agarrado con lejía y odex.
– Eso es contagioso?
– Claro. Por más que tu casa tenga una puerta chiquita y encubierta, a un costado, poco visible y accesible, siempre hay alguien que se cuela. Y no son luciérnagas, ni bichitos de luz, ni vaquitas de San Antonio, ni siquiera son tristes polillas. Siempre hay alguien que se mete por una hendija, y va directo al primer cajón de la cómoda de tu pieza, donde sabe tenés el collar trucho con cuentas multicolores. Lo agarra, te lo coloca en tu cuello mientras simula un tibio murmullo de su boca. Más tarde, con las defensas bajas, tira de éste hasta que las cuentas desaparecen por la rejilla de la ducha.
– Y es letal?
– Depende del tiempo que te lleve reconstruir todo.
– Y eso cómo sería?
– Eso sería como ir de campamento a un lugar con bosque y mar. Estar muchos días, juntar caracoles, piedritas, objetos extraviados, botellas vacías, anzuelos que dejaron los pescadores, capturar alguna estrella fugaz, soplar y sudar mucho, llorar más.

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Infancias

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Tengo menos de diez años. No sé si un año menos o varios.
La noche ha quedado silenciosa.
Algo ha pasado, pero no alcanzo a registrar la magnitud. No sé si quiera o deba hacerlo tampoco.
Hasta hace un momento todo era un surmenage de palabras en forma de cuchillos, gritos, estridencias de cosas estrelladas contra el suelo. El cielo se estaba resquebrajando. 
Nunca entendí bien esa expresión de algo que se “estrella”.
Ojalá fueran las estrellas las que cayeran en el piso de la cocina y fundaran cráteres llenos de brillantinas de colores, ojalá ese cráter me tragara y me llevase a un universo paralelo donde la vida fuera un abrazo y no esta película violenta y psicodélica.
La mesa de la cocina yace descuartizada, parece que han muerto sus patas, o al menos están en coma cuatro. Ríos de antiguos habitantes de la alacena circulan en un piso gomoso. El azúcar se adhiere en las suelas del calzado, y pasa a ser lo único dulce en varios kilómetros a la redonda.

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Cafuné

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Llueve, y qué?

Afuera el otoño resiste.

Adentro la espuma de mar

llega al borde de la cama,

donde están los pies

enredados.

Las luces de la ciudad

forman pequeños halos

en la noche húmeda

que forman sombras

dentro de la habitación.

Corren hilos pequeños

de agua

que desembocan en la acera

arrastrando

el polvillo de ayer

y dejando los mosaicos

llenos de purpurina.

Llueve y qué?

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Mapulugün

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“𝑵𝒐 𝒆𝒙𝒊𝒔𝒕𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒍𝒂𝒃𝒓𝒂 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒆 𝒆𝒏 𝒍𝒂 𝒍𝒆𝒏𝒈𝒖𝒂 𝒎𝒂𝒑𝒖𝒄𝒉𝒆. 𝑪𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒂𝒍𝒈𝒖𝒊𝒆𝒏 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒆, 𝒔𝒆 𝒅𝒊𝒄𝒆 M̷a̷p̷u̷l̷u̷g̷ü̷n̷. M̷a̷p̷u̷l̷u̷g̷ü̷n̷ 𝒆𝒔 𝒗𝒐𝒍𝒗𝒆𝒓𝒔𝒆 𝒕𝒆𝒓𝒓𝒊𝒕𝒐𝒓𝒊𝒐.”
Verónica Azpiroz Cleñan
Camino por el bosque. El bosque aglomerado que se encuentra a miles de horas a pie de mi casa. El sendero no tiene fin, las raíces de los árboles tampoco. Se han arraigado sus pezuñas con tanta pasión, que sería casi imposible para la tierra desprenderse de la raíz.
Las puntas de los árboles acarician con una media sonrisa las curvilíneas formas de algunas nubes, mientras las montañas se esconden entre éstas, sin siquiera dejar adivinar cuándo ni dónde o cómo terminan muriendo en un cielo multicolor.
Estoy descalza, perdida y lejos de mi tierra. La noche anterior, mientras dormitaba al borde de una fogata improvisada, el espíritu de una mujer llamada Üpi comenzó dibujarse sobre una especie de humo blanco que le daba forma al final de las llamas. Me arrulló en una lengua inentendible que salía modulada de su boca con forma de sonrisa.
En este amanecer silencioso, las plantas de mis pies han comenzado a sangrar, al igual que mi mano que se aferra con creciente interés al mango de un bastón improvisado con una rama. 

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1 de mayo

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Han pasado 42 días desde el final del verano.
El mar lo sabe, y la ciudad balnearia también.
El feriado internacional sumerge a toda la población en una desaparición forzada.
Solo estamos vos y yo, caminando por peatonales desiertas, curioseando entre los telones de los comercios cerrados, imaginando qué no compraríamos de todos modos estando éstos abiertos.
Somos como dos fantasmas, en una ciudad al que el viento ha quitado los papeles de la acera. Como hace frío, mi mano pide estar dentro de la tuya.
Nos refugiamos en un bar, uno de los únicos dos que permanece abierto.
Allí parece haber algo de vida.
El mozo de toda la vida, un par de mesas ocupadas, el menú del día ocupando los platos blancos junto a la gaseosa que viene en el combo.
Ya habíamos estado allí antes. Somos dos locos un poco conocidos, explorando ver si hay más para nosotros.
¿Cuánta tela queda para cortar? ¿Cuánta tinta? ¿Cuánto papel en blanco para seguir escribiendo?

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“Yo, alguna vez, también amé.”

5

En este pueblito de Asturias se nos ha muerto el Paco.
En las últimas cuadras de la Calle les Pieces todos estamos de duelo.
Lucía ha suspendido sus sesiones de masajes, y ha dejado a un tal Carlos, acostado y duro en la camilla, con instrucciones de ponerse el bóxer y volver otro día. 
En el bar Casa Arias no paran de hablar del tema.
La Turca pasa una gamuza mugrienta por el mostrador de madera, mientras acomoda sus enormes tetas dentro de una blusa negra en material adherente que se ha puesto para la ocasión. Lo parroquianos que quedan se dedican a humedecer sus gargantas para que no les pique al momento del entierro. Que la primavera trae polen y alergias varias, y lo único bueno para esos malestares siempre es una copita de orujo.
Sobre las cinco, la vecindad va asomando por las calles, dirigiéndose a la parroquia del barrio. A parte de los jubilados de la cuadra, la masajista y la Turca, en los bancos de madera se ajustan el dueño del establecimiento de Mariscos, el empleado jubilado del Herbolario y los compañeros del Club de Lectura Reinos de Asturias Novela Histórica. 

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Infancias

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En la casa hay huecos.
Uno está en la cocina. Es un hueco raro que se encuentra al final de la cocina, casi llegando al pasillo. Está arriba, alto e inaccesible, sobre el final de la pared. El hueco es del mismo tono pastel-durazno de la pared. Debería ser una alacena. Pero está vacío, como el resto de la casa.
Desde mi estatura no alcanzo a ver si tiene un tope o un final. Eso me permite fantasear con un túnel que me lleva a otros universos paralelos lejos de casa. Cada noche invento uno distinto.
El otro hueco es subterráneo. Es un sótano. Al poco tiempo de habitar la casa, la puerta que conduce al subsuelo se reemplaza arbitrariamente por una pared.
De haber leído Alicia en el país de las Maravillas seguramente hubiera encontrado al conejo, éste me hubiera dado una llave, un martillo percutor, o algún poder que me permitiese atravesar los ladrillos de barro para descender al lugar más paradisíaco, más ilimitado, más pleno que pudo haber inventado un ser humano: una biblioteca en un subsuelo. 

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Infancia

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Cuando yo era chica todo se arreglaba con salame.
Salame milán. Cortado en una rodaja gruesa, y luego cortado en cubitos.
Cuando mi mamá comía salame era porque el universo funcionaba a la perfección y la tierra era un lugar feliz.
El plan b eran sanguchitos de miga, hechos en casa, también con salame milán y mayonesa exclusivamente comprada para esa ocasión. 
Ese manjar, único que yo recuerde de mi infancia, tenía lugar luego de la función de cine los domingos.
Era una tranquilidad para mí saber que si el domingo íbamos al cine, y luego comíamos sanguchitos de miga con una Coca Cola -un gasto exuberante en la década de los 80- todo estaba bien. El paraíso terrenal existía, al menos una vez al mes. El resto de los días eran mezcla de soledad, desolación, enfermedad, negligencia y violencia. 

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Nuestra dama

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Se derrumba nuestra dama
y te adivino sentado en el sillón
que está contra la pared,
mientras la persiana frontal
yace a media asta,
como si fuera la bandera raída
de un país que está de luto.
La pantalla plana dice a gritos
que se cae Dios,
mientras se ven detrás del cronista
mortales con lágrimas en los ojos,
escuchando como lenguas de fuego
devoran y atacan ferozmente,
desde los cuatro puntos cardinales
la cúspide de la postal;
la misma que hace unos años
quedó estampada en tu retina derecha,
mientras sostenías de la mano
a tu último amor,
diciendo en casi voz baja:
“Volveremos corazón.”
Sin Dios, sin cúpula,
sin arte, sin amor, sin historia,
sin dama.
Sólo algunos recuerdos
y tu cuerpo estupefacto
que yace en el sillón.
Patricia Lohin
Foto: Andy McLaughlin
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