Mostacillas

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Una mujer vuelve a su casa por una calle que no es la suya.
Maneja el vehículo que se lleva sólo hasta otra casa. Estaciona. Mira el portón. Nunca surge duda de si necesita valor, o ganas, o felicidad, o motivos.
Llega hasta ahí porque el viento es más fuerte que la resistencia. Llega hasta esa puerta como si fuera un maldito kiosco abierto en el medio de un desierto de asfalto incendiando la ciudad, necesita agua.
Se baja, toca timbre, mira hacia la vereda de el frente. Por detrás escucha la primera puerta que se abre, luego los pasos. Adivina la silueta, adivina la mirada. Luego se abre el portón, la recta final.
Ella lo abraza, quiere meterse dentro de ese desalmado, como si se le fuera la vida en ello. Saca su propia alma de su boca, que sale como si fuera el vientito que larga el aire acondicionado en un día en que la tierra se raja de calor. Saca su alma para meterla en la boca de él, una vez más, queriendo volver a casa, queriendo ser amada, queriendo habitar la cocina, queriendo leer el libro que está en la mesita de luz, queriendo que la dejen querer.
Se separa, gira y se va sin mirar atrás. Pero en esa separación, se engancha el collar de mostacillas de ella, con el botón de la camisa de él. Caen todas al suelo, convirtiendo la vereda en un sitio arquitectónico donde yacen los restos de cientos de mostacillas multicolores.
Ella se sube al auto, mira hacia adelante mientras enciende el motor. Con el rabillo del ojo ve que él corrió hasta su lado poniendo la mano en su ventanilla. Ella pregunta para qué. 

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Boyando

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Imagen: Monet’s Water Lilies at the MoMA, New York – Tumblr

 

La primera vez pensé
que me ibas a reconocer.
No sé qué viste cuando me miraste, 
tal vez no me esperabas con este formato,
con estos rulos y este exceso;
o por ahí ya tenías los ojos gastados de tanto mirar.
Aunque te dí más tiempo nunca me recordaste.
Te conté este disparate y reíste.
Yo sabía esto de que eras vos,
un aparente extraño tan loco pero conocido,
dentro de un saco un poco estrafalario.
Es decir, nadie me lo contó,
lo supe antes del antes de vernos a los ojos;
cuando hace dos pares de años
te miraba escondida en la distancia
y no éramos más que una ausencia necesaria.
Te conté este otro disparate y reíste más.

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La escena del crimen

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© Renée Revah

La tarde huele a vacío.

Muere la intimidad

Enredada entre sábanas frías.

La cama apenas destendida

Es un campo de batalla sin guerreros.  

Un lecho donde acostarse

Como quien espera a que pase la vida.

Sin balas, municiones, candor,

Fuego, rebelión, ni revoluciones.

La cena fría sobre la mesa,

El vino barato y tibio sin terminar.

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Almas sencillas

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Imagen: Pinterest

Sin vueltas

Cambio de página en mi libreta.

Escribo, digo adiós y luego la guardo.

Por poco tiempo.

Si nunca guardé nada,

¿Por qué hacerlo ahora?

La despedida sabe a transformación:

Cuesta menos aunque duele como la mierda.

Con o sin dolor

Estos días tienen el gusto del néctar dulce,

A higos maduros

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Almas accidentadas

AndreaGalluzzo[1]

© Ebony Galluzzo

 

De las desesperanzas

Nacen los errores

Que condenan a las almas accidentadas

A confundir deseos de amores.

Desde los atropellos del corazón

Parten las grandes desesperanzas

Que salpican en forma de lunares

La región noreste de tu espalda.

Y es así

Como al invierno le puede suceder otro otoño,

Y a éste otro invierno,

No llegando nunca la primavera

A entibiar las hojas de los sauces

Que lloran repetitivamente

Al borde del río opaco.

La culpa fue de mi ojo derecho,

Que sucumbió a la distracción

Y se posó en el hoyuelo

Con el que juega tu boca

Cuando se forma una sonrisa zonza.

Mi ojo izquierdo,

Receloso y cauto,

Inspeccionó líneas inconclusas,

Paralelas y diagonales,

Que surcan el cosmos

Delimitado entre tu frente y mentón.

Pero al llegar al abismo

Situado al final de tu rostro,

Desfallecieron ambas pupilas

Y al final algo nació.

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El alma no llora

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Takahiro Hara – Lucía tumbada

 

 

Ella murió mientras pasábamos una tarde apacible recorriendo los alrededores del río, las chacras y los canales en un auto modelo 76. No hay más recuerdos de tardes gratificantes con mis padres.

Estábamos en paz y los demonios de mi madre habían sido encarcelados momentáneamente a fuerza de tomar pastillas. Seguramente yo estaría llenando los grandes espacios de silencios con palabras al por mayor.

El clima era óptimo, aunque no creo haberme bajado del auto. Los árboles estaban estáticos y era época escolar, lo sé por lo que sucedió en los días siguientes, en los que me esperaban algunas frases del momento y rostros compungidos.

Pudo haber sido otoño o primavera tal vez. No lo sé con exactitud. Los obituarios de esa época no quedaron registrados en los medios actuales, tampoco quedó registro del accidente ni de las otras siete almas que se fueron.

Fue un día soleado, y con doce años ya había aprendido que a un hecho feliz le sigue uno doloroso. Ni siquiera es un karma. Es un hecho consolidado y confirmado fehacientemente por mi experiencia. Un paso bueno, otro malo. Uno para atrás, otro para adelante. Llegar al fondo, comenzar a subir. Un año bueno, uno malo. Una hermosa tarde con mi amiga de la cuadra jugando a que teníamos una nave espacial y a la vuelta mi casa era un caos.

Nunca hubo fallas en este sistema.

Esa tarde marcó mi primera gran pérdida en la vida.

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