Lo mejor del invierno

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El castillo que levantaste
debajo del tamarisco
para que no le agarre el vientito, 
ya está derrumbado.
Era enero cuando leías con sorna
y aires de superioridad intelectual
libritos de cuatro páginas de autoayuda,
tirado en una reposera
de la playita del medio,
con el ombligo mirando al sudeste,
mientras mandabas mensajes
que empezaban con actitud
y terminaban con “yo soy”.
Lo mejor del invierno es este frío
que ahuyenta mosquitos
y mensajes prefabricados.
Lo mejor del frío es que al fin
se terminaron de despegar
los carteles con tu nombre
y esa frase de marketing berreta
que decían naderías
hilvanadas con cinismo.
Lo mejor del invierno
soy yo sin vos
y esta vida
que insiste constantemente
con salvarme.
Patricia Lohin
Foto: Lyn Mougeolle
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Sin embargo

Claudio-Capanna

 

No creo

en el esfuerzo desmedido,

en embargo acá estoy

luchándola desmedidamente. 

No creo en la autoayuda,

ni en las recetas motivacionales

estampadas en una remera barata, 

sin embargo

sigo dando las gracias por tres,

mientras mis manos están vacías.

No creo en dios,

sin embargo

sigo insistiendo por las noches

con pedirle que me baje algo:

una línea,

una estrella,

un detalle,

una palabra,

un mensaje,

una esperanza.

No creo en mí,

sin embargo

agarro a mi ser 

-o lo que queda de éste-

por los hombros o de los pelos

y lo obligo por las mañanas a levantarse,

lavarse los dientes,

bañarse,

y salir lo suficientemente perfumado

como para tapar las pestilencias 

que emanan de los sumideros.

No creo en este mundo,

sin embargo evito tirar

el pañuelo,

el envoltorio,

la colilla,

y a mí misma al medio de la calle

esperando que pase 

el camión de la basura a recolectarme.

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Harta

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estoy harta
de las gargantas sin voces
de la taza que no se rompe en mi cocina
de la cocina desierta
de las escaleras sin final
del cielorraso que no me permite ver el cielo
de mi voz que encuentra la escritura
como único medio de expresión
harta de las voces que no se escuchan
de mi voz que se ahoga antes de salir
de tener que hacer espacio para entrar en algún lado
de mis imposibilidades
de mi responsabilidad
del oportunismo
de los libros de autoayuda
de Diego Torres cantando Color esperanza
de la gente que niega y se esconde detrás de los teclados
de los que te dicen qué y cómo
de mí diciendo qué y cómo
desde la vereda de enfrente
de mis manos de 120 años
y mi cuerpo no deseado
estoy harta de no tener voz ni voto
en esta democracia unipersonal
en donde sólo tengo que ponerme de acuerdo
conmigo misma
saber por dónde empezar
y darle un golpe seco a lo que terminar
para ser yo una vez más
estoy harta de los finales
de irme
y que todo el equipaje me persiga
como un submundo del que no se puede escapar
harta de tener que reinventarme otra vez
fabricando panfletos para venderme
como mariposa recién sacada del horno
harta de las formas
de perder las formas
de juzgar y que me juzguen
de buscar el camino distinto
de que sea el camino más largo
del silencio
del invierno sin final
de abrir un chocolate para mi sola
de la cocina sin la taza que se hace añicos
y no poder echarle la culpa a nadie

Infancias: Patricia

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El verano se veía blanco, casi como el invierno, pero con calor.
Las siestas eran obligadas y largas, algo así como el final de la vida, plagado de silencios y soledades, mirando el cielorraso, rezando para que el tiempo pasara más rápido.
¿Rápido para qué? Aún hoy me lo pregunto.
Ese verano vino Patricia a la casa de mi vecino. Mi vecino era zapatero y tenía un patio extremadamente largo, tal vez como el de mi casa. En éste había una higuera que era como una casa, cabían bajo su sombra una mesa y sillas, una pava, vasos, el mate, la vida.
Patricia venía de otro lugar más grande, tal vez Buenos Aires y tenía más o menos mi edad.
No recuerdo cuál fue el primer verano que vino, ni cuál el último, ni cuántos en total, o cómo nos conocimos, si fui buena con ella, o a qué jugábamos.
Si recuerdo una tarde-siesta en especial. Algo me demoró, o me retuvo, o a ella se le adelantaron los tiempos, y me encontré bajo el sol abrasador del verano patagónico gritando su nombre varias veces -que paradójicamente era el mío- de mi lado de la medianera, mientras las lágrimas caían por mi cara ante su ausencia.
Luego supe que se había vuelto a la ciudad y nunca más nos volvimos a ver.
Si hubiera sido yo me despedía de mí misma.
O tal vez no. También muchas veces me fui sin decir adiós.
Patricia Lohin
Foto: Alicja Brodowicz
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Vida inacabada

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Eso de esperar el agua en el desierto
y de caminar hacia el horizonte
sabiendo que no hay nada.
Eso de buscar en los mismos lugares
un halo de luz o un aliento de esperanza
cuando en realidad
se tienen los puños bien cerrados.
Eso de mirar la línea que separa el mar del cielo
esperando que el sol se recueste
o que la luna haga un guiño
sabiéndose en una galaxia
sin sol ni lunas o mar.
Eso de rezar a un dios
que ya ha entregado su telegrama de renuncia
y habiendo cedido sus súper poderes
a un despiadado hombre de traje gris
con la agenda demasiado ocupada
para responder a las plegarias.
Ese grito desangrado
que sale de una boca sin saliva,
sin aliento, sin dientes,
y una montaña que no devuelve el eco.
Esa ausencia predestinada y caprichosa
que tiñe las hojas de blanco
y deja las biromes resecas
en una mesa mal tallada
que se derrumba en la mitad
de una casa abandonada.
Este mundo repleto de gente
con el cuello encorvado
dirigiendo una y otra vez la mirada
a sendos agujeros llenos de arena
clavados en mitad de sus panzas.
Ese dolor que anticipa
desmesuradamente,
el grito de rendición de armas.
Esta vida inacabada.
Patricia Lohin
Foto: Alicja Brodowicz
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Infancias: Lady Di

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Lady Di se casó en el año 1981. Con mis once años vi como metros de cola se arrastraban de acá para allá, mientras iba colgada del brazo del príncipe.
No importaba que él fuese feo. Importaba que la iba a proteger y cuidar, mientras ella cerraba los ojos y colaboraba un poco con esa fantasía endeble de cuentos de hadas.
El caso es que yo quería ser como ella. Embarrar mi vestido blanco en alguna calle de tierra cercana al río Colorado, estar enamorada de un príncipe feo que me diera love, pero sobre todo quería tener su peinado.
Con alta resolución, y teniendo mi pelo largo y lacio hasta la mitad de mi espalda, es que crucé las vías y fui a la peluquería con la foto de Diana.
Mi pelo rebelde, lejos que quedar dócil, se enfureció, y de pronto un millón de rulos se agolparon en mi cabeza. Parecía una princesa afroamericana desteñida.
La peluquera me dijo que me quedaba precioso y con esa convicción caminé las tres cuadras que me llevaron de vuelta a casa. Me esperaba el infierno.
Los meses siguientes tuve que andar con un pañuelo de seda en la cabeza, como recordatorio de que algunas libertades se pagan muy caro.
Si todas las libertades tienen un precio, yo siempre pagué lo adeudado.
Patricia Lohin
Imagen Diana Spencer – Pinterest
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Gutiérrez

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Cuatro de la tarde del día 13 de julio. Gutiérrez estaba en una sala intermedia entre un consultorio y la sala de espera.

Lo habían colocado allí a esperar. Pero no a esperar como los de la sala de espera tradicional. Esa locación, para él desconocida, era para esperar específicamente dos situaciones. 

En una sala de reuniones de profesionales, a dos pasillos y medio de distancia, se estaba siguiendo el protocolo AZ158. Participaban de la reunión un médico oncólogo, un médico generalista, un abogado y Gutiérrez hijo. 

Los médicos tenían sobre la mesa carpetas con estudios concluyentes y aparentemente certeros, con posibles estadísticas, posibilidades e imposibilidades en el proceso salud enfermedad del paciente. 

En tanto el abogado se abanicaba con un sobre de papel madera en cuyo interior había una simple hoja manuscrita con algunas instrucciones que no venían a este caso. 

Gutiérrez hijo, con sus manos vacías y su mente apabullada, destrozaba un chicle larga duración y sin sabor dentro de su boca. Pensaba que los únicos que saben con exactitud y antelación la fecha y hora de su propia muerte son los condenados, y Gutiérrez padre, apenas si era un habitante mediocre viviendo en libertad condicional, en un barrio gris lejos de la plaza y cerca de la comisaría. 

Los reunientes decidieron hacer dos actas de apenas un renglón cada una con dos veredictos distintos.

La verdad y la mentira acomodados por igual en sobres de igual calibre y color, pero cada uno con distintas iniciales. 

A continuación Nelly, la secretaria, va a buscar al paciente contoneándose a lo largo y ancho de dos pasillos y medio. 

Y es así que sobre las cinco de la tarde, con un café de por medio, Gutiérrez decidió entre saber y no saber. 

Patricia Lohin

Foto Yasuhiro Ishimoto

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Desastre

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Escribo, respiro, resisto.

Puteo, exhalo, me pierdo.

Mi vida es un desastre.

Es el nudo que no acaba de desatarse,

o de atarse con la suficiente fuerza.

Es la soga abandonada

en un rincón del galpón,

olvidada y desvencijada.

Es la noche sin insomnio, pero con sueño,

luego de querer emborracharme

con el vino del postre intitulado “Promesa”.

Mi vida que es un aire acondicionado frío-calor

que hace saltar la térmica

y enrosca sin piedad al medidor.

el desastre sin puente, ni rotondas,

sin río ni frontera o camino.

Pero con un ventarrón que barre la bahía

y deja la playa des-olada:

el mar sin olas, sin sal, ni espuma.

la playa sin huellas ni poesía;

este invierno cagándonos de frío.

Y lo que es peor:

el balcón de mi casa sin amaneceres,

con siestas tumbada de espaldas

sobre la cama prolijamente tendida;

medias noches sin medias lunas,

durmiendo con zoquetes grises de lana.

Esta vida con la ausencia indiscutida

del cualquier asalto

vespertino, matutino

diurno o nocturno

de algún pariente cercano al amor.

Y el timbre que no funciona…

En esta vida

sin enojos ni frases desafortunadas,

sin reconciliaciones.

este desastre sin vos.

Patricia Lohin

Imagen Rene Stuardo

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El día después

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El día después
el río se ha terminado de secar
y los peces semimuertos
boquean en la orilla fangosa
de una tierra plana y cuadrada.
La misericordia
permanece ausente,
y la gente
sigue impasible e ignorante
ante la afirmación
de que el día después
es igual a ayer
y al día antes de ayer.
El mismo dolor,
la misma cantaleta,
la misma imbecilidad,
pobreza e impotencia.
Debajo de una piedra
donde antes circulaba el agua
y miles de reflejos de gotas
subían a la superficie,
yace una cápsula,
y dentro de ésta una píldora.
No hay que elegir
ni roja o azul.
Tan sólo si tomarla o no,
para romper el hechizo.
Que sea sin agua
y sin saliva,
que raspe la garganta,
que me lleve a otro lugar.
Que el día después
sea el final
de la historia
que se ha contado
hasta ahora.

Un beso en la frente

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El la besó en la frente.
Fue un acto que duró una décima de segundo, como el batir de las alas de una mariposa blanca. Luego sus ojos, que hasta hace poco eran muy oscuros y hoy se transparentaron, la miraron.
Sus miradas parecían un derroche de alguna sustancia que al ser de intercambio personal, sólo ellos conocían. Una pócima secreta, una fórmula química, la alquimia, el misterio, lo insondable. La paz del ojo del huracán. 
El tiene el color de quien ama, por eso tal vez se estuviera coloreando, como uno de esos cuadros que intentan emular el sol desperezándose en el horizonte de algún espejo de agua.
Yo los vi. Y luego de mirarlos te busqué con la mirada. No te diste cuenta de lo que pasaba.
El besó a su compañera en la frente.
Un beso del beso del beso. Los labios apoyados en el tope de su cara con un gesto imperceptible, fugaz y rápido. Como esos momentos en los que nos asombramos tanto que no podemos cerrar la boca aunque quisiéramos.
Como un calorcito que sale de la nada en medio del invierno que no perdona nada.
Como nuestras voces roncas de orgullo, de tiempo, de perdón, de esperanza.
Como quien se supo antes enamorado.
Patricia Lohin
Foto Tumblr
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Infancias

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Tal vez infancia significase espera.
Digo, en alguna clase de lenguaje etimológico reservado a una especie de eruditos desconocidos para mí.
Esperar a crecer, esperar a estirarse, a que el vecino devuelva la pelota, a que llegue el día del cumpleaños, a que pare de llover para salir afuera. Esperar a irse. Esperar a enamorarse.
Hay un portal en el último tramo de la vida, que nos lleva montados en un caballito de madera directo a la niñez. Lo sé, porque hay mayores que vienen y me lo cuentan. De pronto la memoria inmediata deja de tener relevancia, y la infancia vuelve con tintas, detalles, aromas y esperas en una forma tan contundente que estoy dispuesta a hacer una afirmación: infancia es esperar.
Esperar agazapado entre los vericuetos de la vida adulta a tener otra vez la altura adecuada para hacerse un chichón con la punta de la mesa.
Patricia Lohin
Foto Gáspár Márton
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Te miraré de lejos

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Años 90.
Una jóven de veinte años se bajaba del colectivo en la terminal y pisaba por primera vez la ciudad. Como cualquier foráneo al rato terminó pidiendo indicaciones.
El muchacho en cuestión no sólo se las dio sino que la acompañó unas cuadras y empezaron una de esas conversaciones psicodélicas con un extraño que te hacen sentir en casa. Se despidieron sonriendo sin saber ni siquiera el nombre del otro.
A los tres meses, la misma jóven baja de otro colectivo, y al final de la jornada, mientras hace tiempo para viajar, se encuentra con el mismo muchacho en una cafetería. Esta vez, un poco más ligero de reflejos, él le pide un teléfono, y ella anota su nombre de pila con un teléfono fijo y se lo da. Ese mismo día, al muchacho le roban la billetera, y con la billetera el teléfono.
¿Cuántas posibilidades hay de que una tercera chance los reúna?
El no la llama nunca, ella se olvida.
Años 2010 y consecutivos.
Dos personas se encuentran, se buscan, ponen nombre en Facebook o redes sociales, ven la foto, saben es el otro; el otro que fue su primer amor, el otro que vieron en una fiesta y no se acercaron, el otro de la conversación psicodélica.
Y aún, teniendo todas las posibilidades de encontrarlo, porque ya no necesitamos chances del destino, ni rompernos la cabeza porque perdimos su número, aún así preferimos contar la anécdota y seguir mirando de lejos.
Patricia Lohin
Foto © Ferdinando Scianna /Magnum Photos
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Cielo endemoniado

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Martes. Eclipse y la mar en coche.
El cielo se pone gris, luego amarillo, luego oscuro, y por último el agua que cae.
Estupefactas las parejas corren por la vereda mientras los paraguas se dan vuelta y los abrigos mueren de frío con el viento.
Las viejitas lloronas bailan una danza ridícula arriba de la azotea, empapadas en sus propias lágrimas; mientras los diablillos, más caldeados y más guachos, se mean de la risa acurrucados en el sótano. 
El agua nos viene de todos lados y nos estamos inundando. Necesitaríamos apósitos para incontinencia emocional y urinaria. Que nada desborde, que estos días no estamos para más emociones fuertes ni predicciones disparatadas.
Otro eclipse, otro invierno, otra noche. El té de hierbas no alcanza para calmar esta sed emocional. Los siglos nos están pasando por encima, mientras los agentes del destino no hacen nada para volver a juntarnos.
Vos y yo, y ese maldito beso que sólo está en nuestra fantasía.
Vos y yo dejándonos coimear por esta vida trucha y a veces ridícula.
No hay eclipse que nos aguante, que nos derribe, que nos derrumbe, que nos formatee.
Mentira que vienen a cerrar etapas, mentira vos, mentira yo, mentira este cielo endemoniado.
Patricia Lohin

Frío

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El frío:
una entidad de un dígito,
que raspa las puntas
de las narices
que asoman por encima
de algún tejido estirado
de temporadas anteriores.
Muy parecido a una lija fina,
de las que se usan al agua
para limpiar los azulejos.
El frío:
toda una personalidad del tipo uno.
Uno solo de este lado de la trinchera
en una guerra donde
ya se fueron todos,
y solo quedó mi panza triste
escondida debajo de una frazada.
La nieve tapa las piedras
donde antes te sentabas
a hacer capturas
para cazar constelaciones.
Ya no hay barro
en la entrada de casa,
ni ropa tirada
o toallas húmedas
decorando las sillas del living.
La mitad de la casa está derrumbada
mientras en la otra mitad
me refugio yo.
Patricia Lohin

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Nunca imaginé
mi vida con un hermano.
Aunque pienso que hubiera sido
algo así como jugar al Jumanji.
Algo así
como un ejército alineado
para pelear contra los demás,
con frecuentes intermitencias
separatistas.
Porque lo que está muy cerca
no se alcanza a ver.
Algo así como dos espejos:
uno en el pasillo oscuro
y otro empañado en el baño.
Nunca me ví siendo dos
con otro cerquita
de mi cama individual,
vigilando que los rayos
y las tormentas eléctricas
no incendiasen mi cama.
Pero cómo disfruté
sabiendo que había dos
en la otra pieza,
aún a riesgo de que esa formación
se me viniera en contra.
Patricia Lohin

Infancias. La plazoleta

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La plazoleta era como una cuarta o quinta dimensión, como el triángulo de las Bermudas, como una selva desierta a un costado del pueblo.
Para llegar a ella había que cruzar las vías, y a veces, cuando las barreras estaban bajas, esperar sobre el cemento que pasara el tren, mientras el temblor se hacía sentir desde la planta de los pies hasta la coronilla.
Ahora que lo pienso, mi infancia estuvo atravesada por agua y por vías, por río y temblores, por líneas paralelas de álamos y canales, por barrios sectorizados de un lado o del otro.
Muchas cosas pasaron en ese pañuelo, en donde a un costado del sendero las hamacas se mecían solas con el viento patagónico y el tobogán deshecho y primario miraba celoso y solitario.
Por ese pequeño universo pasábamos por la mañana temprano rumbo a la escuela, cada una sumida en sus propias fantasías. Nos mirábamos de lejos sin hablarnos, vos con tu pantaloncito a cuadros y tu pelo negro, yo con mis dos colitas y frío glaciar en las orejas.
Cuando sos chico todo lo de adentro sale por las orejas.
Una par de cosas le faltaron a ese lugar: una llave, una tapa en el suelo, un pasillo subterráneo, una salida, un escape, una sexta dimensión, una luz colorida, un poco de calor, una infancia.
Patricia Lohin
Foto: Adolfo Birge
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Muertos

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Hay muertos de frío acurrucados en la entrada de los bancos.
Muertos de miedo mirando por la mirilla de las puertas cerradas detrás de las rejas.
Muertos de envidia a los que se les caen las expectativas propias y salen a matar las ajenas con balas de goma made in Taiwan. 
Hay cocinas muertas, con llamas que apenas asoman desde las hornallas.
Hay casas desiertas, con sillones gastados y sillas de plástico subidas arriba de la mesa.
Hay tipos muertos de risa, envueltos en sacos de sastre que nos mienten alternativamente, mientras nos miran a los ojos por medio de una pantalla plana.
Muertos hay por todos lados.
Muertos que salen a trabajar, entran, salen, cobran, pagan, se cuidan, se cierran, se esconden, se cagan, y guardan las esperanzas envueltas en papel de diario.
Mientras algunos están vivos: vivos de frío, vivos de miedo, vivos de fuego, vivos de risas; insisten una vez más con levantarse, mirar de frente subiendo la pera por encima de los hombros, aunque se les caigan los mocos de frío y tengan que guardar sus dedos llenos de sabañones en los bolsillos agujereados.
Los vez al mediodía, sentados en el cordón de la vereda, calentando al sol un trozo de pan de antes de ayer.
Patricia Lohin

Efímero

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Efímero.
Así fue el brillo de tu mirada
que vi de refilón,
como un destello
mientras me hablabas
-bla bla bla-
no sé de qué,
-si sé-
porque yo parecía distraída
viendo algunos brillos plateados
en el largo de tu pelo.
Efímero
el momento exacto
en el que saqué copia,
radiografía,
y resonancia magnética
de tu pupila resaltando
sobre verdes ocres
que quedaron pegados
a mis ojos marrones.
Efímera
tu mirada,
tu presencia,
tu recuerdo sobre mí.
Perpetua
tu ausencia.
Perpetuo
el recuerdo de tu mirada.
Efímera para vos,
perpetuo para mí.
Patricia Lohin

Patricia Lohin
Foto Tumblr
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Cambiar o morir

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Cae la noche y se acrecienta el dolor,
como un fuego hambriento
que todo lo devora.
El analgésico no alcanza
para cubrir la mitad del dolor físico
menos el dolor del alma muda
o del corazón reseco y sediento.
Cae la noche y se acrecienta el dolor
que provoca el abandono total de ésta,
mi persona,
a quien ya no estoy dispuesta a arrastrar.
Duele la transformación
como si la carne se fuese abriendo
de par en par,
como el capullo del gusano de seda
que se quiebra.
Duelen las carnes abiertas
mientras las heridas queman
e incendian las sienes que laten
en un compás desesperado.
Que duela y no avanzar,
nacer y que muera el dolor.
Dolor de parto.
Elegir entre la muerte
y la resurrección.
Cambiar o morir.
Patricia Lohin
Foto Jeannette Gregori

Fe son dos letras sin acento

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El mundo se está yendo a la mierda.
Literalmente es una letrina, un inodoro, un pozo ciego donde tiramos la basura física y mental. La compactadora cósmica de reciclaje está averiada, y la mugre chorrea por los costados del planeta, cayendo sobre otras galaxias situadas a años luz en dirección al subsuelo.
El caño plateado que habían puesto donde antes estaba situada Atlántida, está resquebrajado, oxidado y lleno de sangre de los últimos que se animaron a usarlo. Es imposible deslizarse por éste como antes, cuando los entusiastas inadaptados lo usaban para viajar por sí mismos al infierno.
Que nadie me invite, que nadie me condene, que voy solita por este túnel sin caño ni soga.
No se trata de que las hostias se derritieron dentro del vino barato y que si hay un Dios ya no entiende nada; de que el desamor tiene consecuencias insospechadas; o de que las derechas están volviendo con las botas lustradas y los súbditos se agachan con las lenguas dispuestas a dejarlas más relucientes.
Sobran lenguas, sobran botas, sobra saliva contaminada. Los revolucionarios no resucitan y los que aspiran a serlo se cagan hasta las patas, porque en vano prometieron morir por algo en lo que no creen.
Fe son dos letras sin acento que quedaron colgadas en un viejo cartel de neón, en un paraje de la ruta que va a La Plata.
Simplemente estamos cansados ya de buscar debajo de las hojas que cayeron el último otoño para ver si quedó alguna ficha del juego que estábamos jugando este verano; la pieza perdida del tejo, un dado o la letra M del Scrabble.
No me pidas más, no me exijas más, que ya no puedo correr, caminar, arrastrarme ni deslizarme. Que los globos ya no se sostienen más mirando el cielo.

El hueco

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Hay un hueco

al costado de la cama,

pongo mi pierna izquierda

sobre éste

cuando duermo de costado.

Por las mañanas 

se despereza

y me abraza por la espalda,

para levantarse conmigo

y sentarse en el inodoro

mientras sale el vapor de la ducha.

Más tarde en la calle

se disuelve y anda por ahí

llenando espacios vacíos

de otra gente.

Tengo un hueco

al costado de mi pecho,

donde el viento sur

hace rugir el mar

cuyas olas chocan 

contra el acantilado

y mojan la punta de mi nariz.

Tengo un hueco

en la parte superior

del muslo de mi pierna izquierda,

duele como si fueran cinco vidas

agolpadas todas en un lunar,

o cinco fracasos,

o cinco bombas nucleares,

o cinco abandonos,

o cinco decepciones;

y no hablo de una detrás de otra,

hablo de todas juntitas.

Tengo un hueco

que se convierte en lágrima

que cae de alguno de mis ojos

sobre la almohada,

para luego acostarse

del lado derecho

y dejar que pase 

mi pierna izquierda 

sobre éste. 

Patricia Lohin

Foto © Pasquale Palmieri

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¿En quién pensaste cuando supiste que murió Tony Soprano?

Ivaginaria

Imagen

Viudas de Soprano

La escena está grabada en la memoria de mi eroteca: El jefe de la mafia de Nueva Jersey, Tony Soprano (James Gandolfini) y Gloria Trillo (Annabella Sciorra) una de sus amantes, se encuentran en el zoológico oreando el amasiato; esto en un fragmento de la serie Los Soprano (1999).

Se besuquean frente al cautiverio de un gorila que mira a la nada y a Tony se le pone allegro il salame. Pronto se deslizan al pasillo de exhibición de las víboras: un túnel semioscuro, iluminado levemente por los aparadores en donde habitan las serpientes. Se apalancan en el mostrador en do se observa una enorme y amarilla vípera, gruesa y sinuosa. Gloria le toma la mano a Tony, se la mete debajo de la falda y la dirige a su pudenda, mostrando una pierna semidesnuda por el conveniente liguero negro. Vemos sólo sus caras. Sabemos en dónde…

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Entre la muerte y el olvido

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17:48

Muy temprano o muy tarde.
El único problema es la humedad.
El segundo único problema es que es viernes.
El tercer único problema es que la ciudad ha muerto anticipadamente.
Paco desparrama sus brazos sobre la barra de madera pegoteada, y pide un tachito de maní sin sal -por la presión alta- y una cerveza negra.
Berta asiente y le acerca las cosas no sin antes recordarle la cuentita del mes.
Él le explica que está en el rubro en que la humedad mata: albañiles, camioneros, paperos; un sindicato de gente que no trabaja ni cobra con la lluvia y la humedad.
Luego le da un sorbo a la cerveza tibia y se mete con la mirada en las tetas de Berta, que de tan grandes podrían apoyarse en el mostrador.
Tal vez ese fuera un lugar cálido donde refugiarse, mejor que esta libertad que otorga la vida solitaria, empobrecida y destemplada.
– Antes para sentir angustia había que esperar al domingo a la mañana. El tema hoy es que el viernes ya toca la puerta con los nudillos, y no queda más que abrirle, sino te la tira abajo de una patada ninja. No te confundas, -le dice a Berta- El pasado me parece un lugar del que antes quería huir. Pero ahora que no estoy, quiero volver.
– Ya no se puede Paquito. ¿Qué decís?
– Nada, sólo quiero aniquilar ese momento en el que engañé a mi memoria, y traté de conformarme con que todo estaba bien. Eso, pensar que mañana es mejor. ¡Qué mentira! Pensando eso es que llegué hasta acá.
Es viernes.
La ciudad está pegajosa.
Falta para la noche, falta para el lunes.
Esta tarde de cielos cerrados es lo más parecido al lugar que queda entre la muerte y el olvido.
Patricia Lohin
Foto: Daniele Rizzo
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Arte

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El arte es una cagada. No se puede juzgar.
Lo leí en algún lado y lo creí. Lo creí y lo hice mío.
Para decir que algo no se puede juzgar también debemos afirmar que no tiene forma, color, renglón, no tiene límites.
Hacer arte es jugar.¿Y quién dice si se juega bien o mal?
Hasta en los juegos nos hemos acostumbrado a que nos impongan reglas, tiempo fuera, normas, límites. Como para hacer el amor. Ya ni el amor podemos hacer sin reglas. 
El arte es libertad, porque si fuera otra cosa no sería arte, sería un contrato de compra venta, o una sociedad de responsabilidad limitada.
Es por eso que cada tanto prenden fuego libros, tapan cuadros, exilian autores, poetas, cantantes; para que no se te lastime la vista ni los oídos con tanto paraíso, y no termines pensando que vos también podrías ser descocado, irreverente, mariposa, libre.
¿Cómo sabés si el arte es “bueno o malo”?
¿Te conmovió? ¿Te sugirió algo? ¿Despertó tus papilas gustativas?
¿Despertó tu deseo carnal? ¿Hizo que pensaras por dos segundos… por qué no lo escribí/canté/pinté/etc. yo? ¿Sentiste escalofríos o emoción?
El arte es la puerta que está escondida dentro del placard, y que cuando la abrís no hay cielo, no hay suelo. Todo es infinito.
Patricia Lohin
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Pulsera inteligente

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Acabo de leer el titular de un artículo que dice que ya existe una pulsera inteligente que te daría descargas cuando rompés la dieta.
Creo que existen unos collares que también emiten electricidad en los canes cuando rompen la barrera del sonido.
Imagino mil y un dispositivos más que podrían llegar a crear los maestros de “nosotros lo controlamos por usted”.
Son todos objetos versión limitada. Limitada de límites. 
La ciencia se empeña en que no nos equivoquemos, y si lo hacemos, mínimo nos medican.
Los religiosos en que no pequemos, o sea, en que no nos equivoquemos; y si lo hacemos que sea con culpa XL.
A su vez, una serie de pseudo coachs que se reproducen a una velocidad tremenda, te venden un sistema por medio del cual podés limpiar tu mente haciendo reseteos emocionales, cosa de que si te equivocaste olvidarlo. Olvidar lo aprendido. Olvidar lo sentido. Olvidar el trauma que te trajo hasta acá. Porque sufrir es condenadamente malo.
Mi psicoanalista se mata de risa en el sillón, mientras Freud hace pis desde el cuadro en blanco y negro, ese mismo cuadro que tienen todos.
Castigar el impulso de comer, de sentir, de desbordarse, de que te agarre una crisis a las cinco de la tarde. Castigar el descontrol, negar la verdad, meternos en pañales que no son otra cosa que chalecos de fuerza: para que no se note, para que no se pase, que no se vea que no sabemos a dónde mierda vamos ni qué estamos haciendo.
Que inventen una nueva pulsera para la imbecilidad, y ahí estaremos hechos, recibiendo toquecitos con cada paso que damos a la madrugada de la cama al inodoro, del inodoro a la cocina, y de la cocina al patio interno para fumar ese cigarrillo que producirá la descarga definitiva de la pulsera inteligente.
Patricia Lohin

Fugitivo del sueño

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La noche es un sector despejado. Y mi habitación parece el cuarto blanco y aséptico de un hospital. Dejo de luchar contra mis ojos que desean permanecer abiertos a costa mío.
Los arabescos de las sábanas se transforman en serpientes que de a poco amenazan con devorarme. Se ha volado el cielorraso, y caen barrotes de punta. Afuera se cae el mundo mientras me convierto en una batidora cósmica. Giro muchos grados hasta que al final me levanto. De la cama a la heladera. Vacío existencial.
A la falta de sueño se le suma el agigantamiento de la cama. El borde es un precipicio.
Y luego del precipicio una selva de hojas verdes enredadas sobre la superficie húmeda del suelo. Escucho ruidos de animales salvajes, y siento cómo cae mi cuerpo al vacío.
Estaba por dormirme y esos animales no eran más que los perros de mi vecino, vigilando que no sueñe, que no cuente, que no cante.
De la cama a la cocina. Mi mano enciende el mechero y calienta el agua.
Reviso qué me despierta, qué me desvela, qué me perturba.
Si es el miedo, la incertidumbre, el espanto, el hambre, el exceso de poesía, la falta de pucho, el tiempo que corre y corre y corre y yo… acomodando por enésima vez la sábana que se desprende del colchón frío que lastima mi piel.
Patricia Lohin
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Excesos

 

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Siempre sospeché del exceso de palabras. Nunca me gustó esa gente que hizo gala de la adulación, del adorno, de la aparatosidad para acercarse. Herramienta suprema de los vendedores de humo.
Los únicos excesos que me gustan son el de las miradas, el del hambre matinal, el de los silencios cómplices y mi propio exceso de palabras para escribir.
Tendría que haberlo sabido. En realidad lo supe, sólo te lo dejé pasar a ver qué onda.
Viniste con tu pseudo ciencia. Tus pseudos poemas. Tu personalidad inventada para la ocasión. Tu zalamería embadurnada. Tu simpatía disfrazada. ¿Quién sos?
Un payaso hubiera tenido más dignidad. Te dejé pastorear.
Mi intuición era como la sirena de los bomberos. Me estaba taladrando el hipotálamo.
Me empezaron a doler las articulaciones, la pierna, los oídos, la paciencia. Cada palabra tuya era como una obra de teatro marchita, inconclusa, berreta.
Pensaste que yo tenía hambre existencial, y que vos venías a completar mis inseguridades.
Me dejé abrazar dándote el gusto de hacerte creer que yo me la creía, mientras las palabras que dejabas en mis oídos se caían desde mis hombros hasta estrellarse en el piso.
Vos seguías hablando de esto y aquello, pensando que yo era una idiota recién salida del recreo de sexto grado. Me gustó hacértelo creer. Superar al maestro. Ahorrarme la puteada que te merecías. Acallar con mi silencio tu pelotudez crónica.
Hoy el tiempo, los dioses, las mareas, los eclipses y la fogata me dan la razón.
Sos un exceso de hipocresía.
Patricia Lohin
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Playlist

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Ruta 54, en algún lugar entre la urbanidad de General Mansilla y el cruce con la Ruta 11.
Luego del cruce el océano Atlántico.
Y después del océano, el fin del mapa.
Quiero llegar hasta ese horizonte y caerme a otro planeta. 
En lo posible caer parado, en lo posible caer delante tuyo y comerte con la mirada.
La playlist sacude los dados y tira un tema de La Beriso.
Nada como una ruta desértica con pseudo rock lacrimógeno de fondo.
Ejecuto otra vez la batidora cósmica y aparece Abel Pintos cantando Mi Angel.
Habla de una noche eterna y la mar en coche, como si esta tarde ya no fuera extra large.
Me pregunto cómo funciona el logaritmo de las playlists de Spotify.
Me imagino a un monstruo verde y pegajoso, digitando pistas ridículas para picarme los sesos y terminar de exprimirme las células que sobrevivieron del último desastre nuclear en mi corazón.
Te escribo.
Te extraño.
A vos o a lo que recuerdo de vos. Me da lo mismo.
Me desmorono.
Mis dedos se derriten con cada vocal que aparece en la pantalla de whatsapp.
Las letras vuelven para atrás.
Retrocedo.
Cierro la caja que acabo de abrir.
Bajo la ventanilla y la arrojo a la banquina.
¿Será biodegradable?
A la mierda el medio ambiente.
Adentro Babasónicos con Irresponsables.
Patricia Lohin
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𝓮𝓵𝓵𝓪

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La mañana era un intermedio entre lluvia y molestia.

La insistencia del agua que no llegaba a tener la sustancia de una gota transparente, pero que de todas maneras perforaba los lomos cansados de los caminantes.
Esperé en la puerta de mi casa. El llegó tarde, como casi siempre.
El interior del coche era una mezcla de humedad pegatinosa, el olor a café que salía de un vaso plástico del Coffe Store de la estación de servicio y el perfume de Antonio Banderas que usaba mi amigo.
Hoy éramos como Thelma and Louise versión remixada, versión atrofiada, versión Marta y Roberto del barrio privado, con la certeza absoluta de que del viaje volvíamos vivitos y coleando.
Roberto vendía algo pueblo tras pueblo. Algo que de momento estaba escrito en unas listas de precios, pero nunca supe bien de qué se trataba. Mientras él mentía yo escribía. Dos maneras acertadas de mentir.
En ese viaje era una refugiada. Refugiada en el auto de otro y en la vida de otro, porque no hay nada más fácil para evitarse que evadirse.
El mediodía nos agarró en el comedor de otra estación de servicio. Nada de combos de hamburguesas ni rolls de vegetales. El menú del día era bife de chorizo casi vivo con tomate cortado al medio de la semana anterior.
El salió y prendió un pucho antes de volver a agarrar el volante.
Ya habíamos hablado de trabajo, -de ella-, de desempleo, -de ella-, de amor, -de ella-, de imposibles, -de ella-, de compañías telefónicas, -de ella-, y del plan ahora 12 -de ella-.
Una sola charla nos quedaba pendiente: de qué estábamos huyendo.
Con un silencio cómplice él puso por enésima vez Lady Gaga y yo me dormí.
Patricia Lohin
Foto: © Eirini Lachana

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Bienaventurados

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El reloj digital de la Plaza San Martín ya había sido vandalizado en varias oportunidades.
En diciembre pintaron con aerosol rojo un corazón y debajo “promo 17”, pero alguien en desacuerdo y a los pocos días, pintó un ocho en blanco tapando al siete, y dejó al reloj totalmente desbalanceado.
Unos meses después y luego de que se aprobara el proyecto “restauración reloj” en el concejo deliberante, dejaron otra vez al reloj en hora, derecho y pintado.
La hecatombe llegó en julio, cuando en una fría mañana conductores y caminantes repararon que en el visor del reloj y temperatura esta vez había un mensaje:
“Te voy a matar hije de puta y ni te vas a dar cuenta.”
Los diarios y radios locales no pararon de hablar del asunto en toda la mañana. Las redes sociales, el grupo Vendo Tres Arroyos y los grupos de WhatsApp de mamis y papis del jardín estaban consternados y cagados, ambas cosas por igual.
El mensaje era inclusivo, lo que habría un panorama desolador: la persona en cuestión podía ser hija o hijo. El “ni te vas a dar cuenta” habría otra lista de hipótesis y posibilidades: atropello, la almohada en la cabeza, envenenamiento, ser apuñalado por la espalda en la cola de la Cooperativa Obrera.
Que hubiera sido alterado el sistema del reloj para hacer aparecer una frase, hablaba de un grupo comando de inteligencia y portes superior: al menos un electricista o técnico matriculados. Nada de chiquitaje.
Lo peor de lo peor en realidad eran tres o cuatro, diez o doce, veinte o treinta, tal vez un centenar de personas que se sentían protagonistas, privilegiadas y aptas para recibir tal mensaje. El Carlos que le metía los cuernos a Verónica. El intendente que tenía mil y un enemigos políticos. El dueño de la casa de venta de Gnomos de Jardín a quien todos acusaban de ser una especie de brujo, la tarotista más cotizada de la ciudad que ya se había quedado con la plata de muchos desesperados, el viejito jubilado que ese día había puteado al cajero del Banco Provincia. Y así pòdía seguir la lista de muertos vivientes que en pleno julio temblaban y no de frío. 

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Pasión

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Tengo una válvula tapada.
Es la de la manifestación
de mis emociones.
Tengo el termostato clavado
en diez grados.
Es lo que ve el otro.
Mis diez grados
casi siembre bajo cero.
Tengo una arteria tapada,
la que va desde mi corazón
al abrazo.
Una vena atrofiada
la que va del abrazo
a la lágrima.
Afuera tiemblan,
no duermen,
tienen espasmos,
se enamoran,
lloran,
quieren asesinar,

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Confiar la vida

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La vida es confiar. Aunque te haya decepcionado como la puta madre. Es que se lleven la mercadería y te la paguen luego. Es un “me diste de más” y dar lo que sobra. Es confiar un secreto y que no te apuñalen. Es necesitar calorcito y encontrarlo. Es seguir el pulso, seguir el camino, seguir el temblor, es seguir la música, la línea que forman las hormigas en la vereda, el rastro de las vacas en el camino embarrado, es seguir caminando, corriendo o arrastrado.
La vida es confiar. Es una manta norteña que vuelve a tu cama a taparte este invierno que estás solo y tu cama parece un maldito desierto aunque del otro lado pongas ochenta almohadas o duerma alguien que no merece la alegría. Es el mensaje que cae en medio de la mañana y pregunta ¿cómo estás? Porque sí, porque te extraño, porque me importás.
Patricia Lohin

Vueltas circulares

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Maldita madrugada. O maldita noche que me hace levantar al alba.
Este alba que se despierta dando vueltas circulares, otras vueltas que no giran alrededor de nuestra cama ni de la mesa de la cocina; o alrededor de tu figura o del halo de fragancia que emanaba tu pelo, cuando dejabas que yo te rodeara buscando la boca húmeda.
Esta madrugada sin fin y repitente, que me recibe con medio cuerpo frío, media cama tendida, media casa vacía, medio auto encendido, medio diario leído, media vuelta a la plaza, media vida solitaria.
Me ahoga el exceso de tu presencia detrás de los muebles que no he tocado: un almohadón habita la misma silla de siempre al lado de la ventana, la manta doblada en el respaldo del sillón, tu taza esperando la tibieza del agua, el patio con tus plantas, la regadera de metal oxidado esperando.
Salgo a la vereda y nos convenzo a mí y al auto de arrancar y hacer unas cuadras.
Estaciono en una esquina y hago que hojeo el diario. 

 

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Sospechados

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Somos sospechados,

sospechosos

de esta soledad

que se manifiesta

por las mañanas,

de tu pelo enredado y enmarañado

sin explicación alguna,

porque no he sido yo

quien lo ha desordenado.

Somos sospechados,

sospechosos

de este circuito

que hacemos por la madrugada,

mirando de reojo el reloj

y el andar del otro,

mientras las aves mudas

se desperezan en las ramas

desnudas del invierno.

Somos sospechosos,

sospechados

de esta soledad

que llevamos de la mano,

colgada en la mirada

o agarrada de la pierna

y que nos impide llevar

el ritmo que sugiere

el circuito saludable.

Somos sospechados,

sospechosos

de mil y un “por qués”.

Por qué

no llevamos otra compañía

más que la nuestra,

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Basta

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Basta de pedir permiso para ser feliz, para ir al baño, para levantarse de la mesa, para eructar, para viajar, para enfermarse, para tirarse en paracaídas.
Basta de pedir permiso para retirarse, para besarte, para aislarse, para juntarse, bloquear, sacar el visto, mandar al buzón de voz, al spam, para escribir pelotudeces, para leer Papaíto piernas largas otra vez, cortar el cable, mandar un audio, para estar solo, para cantar, dormir a las diez de la mañana o a las cuatro de la tarde, para no ir a trabajar, cambiar de trabajo, para correr o no correr, para ir a un cumpleaños donde no conocés a nadie, para escuchar Mustang Sally a todo volúmen y convertir tu Ford K viejito en un descapotable, para no barrer las hojas de otoño, para llegar o irte antes, para callar, para ponerse un vestido de verano en pleno mayo.
Basta de pedir permiso para marchar, para estar a favor de y en contra de, para cambiar de idea, de partido político, de candidato, de religión, de posición, para clavar el corazón en la derecha del pecho, para dejar de ver la serie top en la última temporada y abandonar un libro, para llegar tarde, para respirar por la boca y hacer ruido, para fumar en el patio, no cortar el pasto, para cambiar de amor y amistades, para hacer el amor o los amores, mudarse, cambiar los muebles de lugar, transgredir, putear.
Basta de reclamar nuestra libertad al otro.
Patricia Lohin
Foto: Daro Sulakauri

Infancias: bullying

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Cuando yo era chica no había bullying. Había humillación por parte de compañeros e incluso docentes. Lo mismo de hoy, con otro nombre.

Nunca entendí cuál era la dinámica por la cual dos o tres, cuatro o cinco, o tal vez más, dentro de un aula o un recreo se creían superiores a otros.

Convengamos que no recuerdo que mi madre me hubiese dicho que yo era bonita. ¿Y qué si no lo fuese? Con las rodillas apoyadas en los bancos de madera nos decían que éramos bellos para Dios y los padres: los padres de otros y un Dios de otra galaxia. Mi madre se esforzaba todo el tiempo en demostrar que yo no estaba a la altura, a la delgadez, a la inteligencia, a la aptitud. Supongo que otros niños sí sabían que eran lindos e inteligentes. Supongo que sus padres se lo decían todo el tiempo, todas las noches mientras los arrullaban en la cama, diciéndoles “campeón” o “princesa”.

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Esperanza

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Hoy estaba pensando en que vivimos porque esperamos esperanzados, porque nos nutren las ilusiones, y aunque el presente sea disfrutable porque la estamos pasando joya, la esperanza de a dónde llegaremos o qué haremos mañana nos mantiene latentes. Hay gente que ha nacido para quitarles esperanzas a otros: en su cantar, en su sentir, en su vivir. Más allá de si uno se deja o no, ellos saben que si dan en el blanco es la mejor forma de matar.
Así salió esto.

Esos malditos asesinos,
malhechores descarados,
que te roban la sonrisa
a punta de malicia,
y mientras te amordazan
cuelgan tus esperanzas
con una soga berreta
en el medio del patio
pa’ que se resequen
y mueras
un cachito más cada día.
Porque ellos saben,
que no necesitan asesinarte.
Saben que elegirás acurrucarte
desahuciado en la obscuridad
cuando todas las esperanzas
hayan muerto.
Patricia Lohin

Vitró

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Me dijo hace un par de meses que me administrara tres o cuatro gotas sublinguales cada tantas horas.
Cuando volví al consultorio, le comenté que no había notado diferencia.
Que cómo puede ser, si ese aceite es un poderosísimo analgésico. Usted tendría que haber sentido menos dolor.
La palabra tener se me clavó como una lanza que entra por la parte posterior del cráneo y sale por un ojo. El ojo sin lanza -dicho sea de paso- se convirtió en un vitró colorido en el mismo instante en que pensé semejante pelotudez.
Por una fracción de segundo pensé en mis micropoderes y en por qué no los podía usar egoístamente para hacerme el bien.
El aceite será lo que sea, pero a mí el dolor se me agiganta.
Llevo meses arrastrando el alma deshilachada, y mientras ésta se embarra y llena de hojas y mugre de las veredas, cada tanto la pisoteo y se rasga más.
Imposible meterla a lavar. Está un cincuenta por ciento dentro del cuerpo arañando al corazón y otro cincuenta fuera. Calculo que cuando ésto termine -si es que ha de acabar- quedará solamente un trocito alojado en el codo o en la rodilla tal vez.
Qué hacer con un alma tan chiquitita, no?
Eso si sobrevivimos.
Patricia Lohin
Imagen Ahmed Mostafa
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Infancias: Nudo o moño

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Tengo seis años. Creo que esa es la edad que se tiene en primer grado.
No recuerdo a mi maestra de primero. Apenas si recuerdo que ese es el último año de primaria que haré en esa escuela. Para el siguiente año me cambian de establecimiento.
Mi madre me lleva a la escuela. Tengo zapatillas con cordones.
En algún momento del día se me desatan y el recreo me encuentra llorando desconsoladamente. 
Siempre estoy llorando. Durante algunos años me llaman la viejita llorona, y más adelante, la chanchita llorona. Si buscaba aliados en la escuela, estaba perdida.
Viene la maestra que me parece amorosa y me hace moños mientras intenta decirme que todo estará bien. No le creo.
Esas orejas agraciadas que quedan bailoteando de un lado para otro de mi calzado no es como se atan las zapatillas. Lloro más. Digo que así no es.
Los cordones no están en el mismo estado en el que los ha dejado mi madre hace unas horas. Al estar ambas zapatillas con los cordones desatados no me queda muestra de cómo es la forma correcta de atarlos. 

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El centro de la manzana

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El mediodía me asaltó con previo aviso en un departamento de esos a los que se llega luego de un pasillo angosto y recto, y me dejó prácticamente parada en el centro de la manzana.
Cada tanto me pregunto qué hay en el centro de otras manzanas. Quién vive? Cómo se llega hasta allí? Es gente que no sale? Son refugiados? Exiliados de la sociedad?
El sol a esa hora llegaba como una lanza vertical. Sin embargo la idea de que desde allí no se viera nunca el atardecer o el amanecer me puso sumamente triste. Me imaginé las mañanas tardías, esperando que el sol asomara por detrás de los malditos edificios, teniendo que depender de las once, o de las dos de la tarde y de los mediodías para tener un poco de “amor amarillo”.
Una mujer joven salió. Charlamos un rato afuera, tal vez unos diez minutos.
Luego me hizo pasar. Me contó que tenía un compañero. Que cena va, que cena viene, que sale un viaje, un espectáculo, un arrumaco un día entre semana, que tienen sexo siguiendo todos los patrones correctos de movimientos, para luego ver el último capítulo de una serie, buscar algo rico para comer, abrir un vino tinto a temperatura ambiente.
La vida -contada así y dicha en voz alta- parece un poco programada, aunque las hojas de la higuera de la vecina se caigan en su patio creando un pequeño caos otoñal fuera de toda agenda. Las oportunidades parecen mariposas blancas que vuelan en otros patios, y que cada tanto se posan en el marco de la ventana de la cocina, donde hay dos o tres macetas con hierbas frescas, y justo cuando levantás la vista, sólo ves el reflejo de sus alas.

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Ta te ti

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Ta te ti para vos
que viniste a tomar el sol
a mi patio a la siesta
y el fresco en el balcón
en las noches del verano.
Ta te ti para mi
que hoy duermo toda la noche
mientras para vos el sueño
es una luz fluorescente portátil
que no se deja agarrar.
Ta te ti para vos
que te llegó el fin de semana largo
y te tomaste vacaciones
arriba de mi colcha bordó.
Ta te ti para mi
que ya mandé a cambiar todo de lugar
y mis notas juegan a las escondidas
mientras otras vuelan
por toda la casa
sin figurar tu nombre. 

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Cascotes

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No se debe detener el inminente derrumbe. Es decir esto no es la torre de Pisa. No soy una obra de arte que se mantiene en suspenso de caída durante años y años. Los arquitectos lejos de admirarme pasan de largo.
Yo me caigo, me estrello, me aniquilo, deshecho todo lo arruinado y lo que sirve también, barro el piso de tierra y empiezo de nuevo. Soy una traicionera de las tradiciones, armo álbumes de fotos nuevos, tiro viejos cuadernos y arranco a escribir en la primera hoja con un llanto de bebé recién nacido. Soy una miserable que no arrastra con nada a cuestas. Soy de las que salen al patio un domingo a la mañana y quema los calzones, le mete combustible a lo usado y lo prende fuego mientras aúlla como loca dándole una patada en los huevos al pasado. 

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Zapatillas

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La noche está tremenda. Tremendo el frío y tremenda la soledad que invade estas calles. Un muchacho trasnocha en el cordón de la vereda con su bicicleta destartalada tirada en la calle. Mira ocasionalmente a un lado y a otro, mientras es sospechado por los vecinos, quienes se preguntan quién es, qué sangre tipo y factor tiene. Arremolinan predicciones sobre sus supuestos actos delictivos, mientras menosprecian esa invasión nocturna de una calle de la ciudad sin estar justificada su presencia. Se presume culpable de no tener morada, culpable de no estar en la cama, condenado por haber sido desamparado y desamorado, condenado por no pertenecer. Se presume chorro e inadaptado, se da por sentado que se droga, que está armado al menos con un cutter que se robó del mostrador de una farmacia, que es peligroso, mal educado, que huele mal, que sus ojos son un fuego y que te puede violar.
Se presume desalmado y sin Dios, porque solo los desalmados no tienen hogar ni sustento ni padres que lo quieran.
Las doce, las doce veinte. Empieza a ponerse nerviosa la gente de la cuadra, que no sabe si atacar con un acto de defensa y prevención o si irse a dormir como si nada hubiera pasado.
Ha pasado tan sólo el muchacho que tiene frío y está descalzo. Descalzo porque juega con sus zapatillas para ver si llega a colgarlas en el cable que cruza la calle.
La verdad es que no sabe si volver a la casa donde están todos deshauciados y borrachos. Y hace una apuesta: si la emboca es libre. Si no logra que quedan colgadas vuelve y se deja abusar.
A la mañana siguiente los vecinos ven las zapatillas colgadas en el cable que cruza la calle.
Una vecina especula con que es un acto propagandístico de venta de drogas. La bicicleta ha quedado en el cordón de la vereda. Ya verán qué otra preocupación cazan al vuelo los adaptados de la vecindad.
Un poco lejos ya de la ciudad, un muchacho camina descalzo por la banquina de la ruta 3.
Patricia Lohin
Foto propia.
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De tanto perder

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Hoy me levanté y no estabas. Tu ausencia es el frío y el silencio. Son los pasos tuyos por el pasillo que he escuchado con ansias los últimos años entre sueños y que pensé volvían para quedarse. Me duele el corazón, pero no por mis heridas sino por las tuyas.

Me duele tu corazón adentro del mío, y no puedo tocarlo, ni cobijarlo ni arrullarlo.

La imposibilidad es como el invierno, hay que aceptarlo, abrigarse un poco más y dormir acurrucado. No sé regalar más que palabras. Soy muy pobre de espíritu. No ha ocurrido nada este día salvo tu ausencia, la que me impide compartir que sonaba una alarma en la esquina de casa, o que hacía mucho frío, que la pierna no me duele, que mis escritos suenan en la radio de mi pueblo, que sigo construyendo con palabras todas las cosas que no tengo: el abrigo, el amor, la casa en la playa, el hogar, el amor de nuevo.

Alguien escribió por ahí que de tanto perder aprendió a ganar. Hay gente que recibe una semilla y crea un bosque entero. No sería mi caso. Yo aún sigo gateando a ciegas por este mundo, sin saber a dónde va a parar este amor que hasta ayer me hacía bien, y que hoy ha dejado mi vida en pausa.

Patricia Lohin

Imagen: Stephen Edwards

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Infancias: habitación vacante

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La habitación de mis padres era una región inmaculada e inaccesible. Tanto es así que me cuesta detallarla debido a las mínimas veces que pude entrar en ésta.
De las diversas locaciones donde estuvimos viviendo, en la última, la habitación está desaparecida de mi memoria. Aparentemente no entré nunca. ¿Tendría pisos, cama y dos mesitas de luz?
Cualquier territorio prohibido, dentro o fuera de nuestro alcance, siempre tiene una invitación abierta, sin fecha ni vencimiento y sin costo monetario alguno. Invitación a explorar cuando las circunstancias fueran propicias. Y como exploradora que está a un paso de la conquista. esperé que la oportunidad diera la vuelta a la esquina.
Desilución fue haberme expuesto a un proceso judicial por invasión ilegítima de territorio ajeno, cuando el tesoro era inexistente.
La habitación era un lugar despoblado y frío. Al estar siempre la puerta cerrada, el clima allí adentro era glaciar tanto en invierno como en verano. Paredes desteñidas, la cama prolijamente tendida, una cómoda con un vidrio arriba carente de fotos, estampas o versos, y varios cajones con prendas cuidadosamente dobladas. Para completar el paisaje dos mesas de luz sin cajones de doble fondo, cartas de amor ni joyas en extinción. El panorama se completaba con un rosario colgado en la pared que daba al respaldo de la cama. 

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Bendito

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¿Y si la vida es esto?
Digo… un cúmulo.
un montoncito,
el solcito engañando al otoño.
La duda existencial,
la bronca a media mañana,
el mensaje mal entregado,
la boca seca,
el puño apretado,
la impotencia urgente.
Un montón de adjetivos,
un mal sueño,
un copy paste
de ideas ajenas
porque ya no hay tiempo
de crear nada,
cabezas huecas y repitentes,
masas bien organizadas.
¿Y si la vida es esto?
Una carcajada asfixiante,
la ceguera cíclica,
el egoísmo ardiente,
las uñas encarnadas,
la carne apretada y obscura,
el sexo flácido y seco,
la espalda desgarbada,
las sábanas manchadas.
¿Y si la vida es esto?
Los bolsillos agotados
y el corazón extenuado
de buscar rincones nuevos
para dormir
sobre un cartón arrugado.
Tu mirada vuelve
llena de arena,
llena de polvos,
con esperanzas que antes de ayer
estaban marchitas y moribundas.
Si la vida no es más que
el acto repetitivo
de entrelazar esperanzas
y dejar que el sol
-maldito y bendito-
tenga la valentía de salir
y venir a entibiar las veredas.
¿Y si la vida es esto?
¿Y si vos sos el sol?
Benditos los valientes
que salen a entibiar las veredas
todas las mañanas.
Bendito vos.

Patricia Lohin
Imagen: Kyle Thompson
#patricialohin #poesía #escritos #escritora #amor #bendito

La copa

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La copa se cae.
Está vacía,
vacía antes de caer.
No hay estruendo,
ni sonido a cristales rotos.
El mar enmudece
contenido dentro
de la negritud completa de la noche.
Las estrellas ciegas
han dejado de replicar
la luz de la estrella madre
y el arrullo
es apenas un movimiento estelar
impresionantemente mudo.
Vacía la copa
que ha muerto
y se ha convertido
en una montaña de arena
al borde de la espuma
de miles de olas
que insisten en llegar
al mismo lugar repetitivamente.
Un lugar vacío
e inerte.
Un lugar mudo.
El paraíso ha muerto
debajo de los puentes
subterráneos
que tejen las almejas
para escaparse
de los depredadores
encapuchados
que con los pies descalzos
escarban la arena.
Patricia Lohin
Imagen ©︎José Deniz
#patricialohin #poesía #amor #copa #escritos #mudo #silencio

Las cuatro

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No hay casi fotos de José joven. Lo acabo de descubrir recién, buscandolas. Él dijo que su vida comenzó el mismo día en que las agujas del reloj se clavaron a las cuatro de la tarde. Las agujas que se clavaron porque una mujer se asentó en la mitad de su pecho, y todo lo que había vivido hasta entonces no era más que un borrador, un manuscrito a medio terminar.
Pero ese día no solo se clavaron las agujas de un reloj, en otra parte del mundo una estampida de rinocerontes paró en seco, las bestias detuvieron la respiración y quedaron congelados dentro de una nube de polvo. En una casa de Madrid un niño que estaba ya morado de llorar de pronto se calmó, abriendo bien sus ojos redondos ante alguna chuchería que no había visto antes. Gise, a esa misma hora, en un barrio de Capital, sonrió una vez más al ver una libélula apoyada en una pared, mientras dice en voz alta “estoy, estás, hoy somos eternos en estas hojas amor”.
En el mercado nocturno de Wangfujing una falla energética dejó a un cuarto de Pekín a oscuras. En una oficina de quiniela nacional de una ciudad bonaerense, se volaron todos los números, huyeron por la puerta de entrada y se convirtieron en mariposas color verde y azul marca Lotería Nacional. Algunos dicen que fue un desastre, sin embargo la muchacha morocha que atendía detrás del mostrador, huyó del lugar con un chico en motocicleta. 

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Otoño

🍂🍂🍂Oᴛᴏñᴏ 🍂🍂🍂

 

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El otoño no asesina, tan sólo viene caminando mansamente y se lleva puesto todo lo que ve colgando. Parece matar, pero sólo acaricia las gotas secas de salvia que antes formaban parte de una hoja verde, para hacerlas planear un rato hasta al fin caer sobre las aceras desparejas de la ciudad.
En una calle del centro una mujer se afana diez minutos reloj en sacar las hojas del parabrisas de su auto mientras murmura palabras obscenas.
En las afueras otra mujer las barre llevándolas medio de la calle, esperando que un objeto volador no identificado las aspire tal vez, y lleve al fin esta inmundicia que se cae de los árboles y lo ensucia todo a otra galaxia. Pero, lo único que circula es un camión a toda velocidad que vuelve a poner las hojas en su lugar. 

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Enfermedad

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– Qué triste esta enfermedad…
– Cuál?
– La degenerativa del ser. La que corroe el alma y el corazón. Como si te hubieran agarrado con lejía y odex.
– Eso es contagioso?
– Claro. Por más que tu casa tenga una puerta chiquita y encubierta, a un costado, poco visible y accesible, siempre hay alguien que se cuela. Y no son luciérnagas, ni bichitos de luz, ni vaquitas de San Antonio, ni siquiera son tristes polillas. Siempre hay alguien que se mete por una hendija, y va directo al primer cajón de la cómoda de tu pieza, donde sabe tenés el collar trucho con cuentas multicolores. Lo agarra, te lo coloca en tu cuello mientras simula un tibio murmullo de su boca. Más tarde, con las defensas bajas, tira de éste hasta que las cuentas desaparecen por la rejilla de la ducha.
– Y es letal?
– Depende del tiempo que te lleve reconstruir todo.
– Y eso cómo sería?
– Eso sería como ir de campamento a un lugar con bosque y mar. Estar muchos días, juntar caracoles, piedritas, objetos extraviados, botellas vacías, anzuelos que dejaron los pescadores, capturar alguna estrella fugaz, soplar y sudar mucho, llorar más.

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