No me creas

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Yo nunca me creí la que me contaban. Pero siempre hago que.
Me muestro como un Kwai Chang Caine* berreta: respirando, analizando, esperando, anotando y observando.
Hago gala de revoluciones silenciosas que me llevan mansa y tranquila al último minuto, cuando viene el KO, el derechazo, la muerte súbita y vos que no te la veías venir.
Como si fuese un show de magia del mago sin dientes en un galpón abandonado al lado de las vías: pensabas que era un fiasco y al final desapareció.
Como hoy.
Vos a las ocho de la noche, viniendo a casa para cenar temprano. Comemos algo rico. El tema es cómo pasar eso rico cuando la garganta tiene un rosario de nudos que llega hasta el estómago. Sonrisas programadas y comentarios de medio pelo. El contacto visual murió antes de ayer. Casi no probamos bocado. Es peor que una última cena abrazando a Judas. No hay postre.
Los dos sabemos pero nadie dice nada. Es la verdad tácita que chorrea las paredes.
Te sentís seguro porque no hablo y me muestro dócil. Podrías estar así el resto de tu vida: pensás que la comida que sobró hoy la vas a poder terminar mañana, cuando vuelvas y ensayemos otra obra de teatro.
Seguimos haciendo qué, por ahí con suerte esta noche tenemos sexo. La noche termina y me voy a dormir sola.
Sobre la mesa tu llave y un pasado menos al que volver.
Patricia Lohin

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Voluntarismo a punta de pistola

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Salgo a la calle con mis mejores pilchas de yo sé a dónde voy. 

Tengo varios de esos trajes, más un par de mudas de entre casa para cuando me agarra pánico y no sé dónde estoy. Es ropa cómoda y abrigada, que me permite hacerme un bollo en el piso que amenaza con desintegrarse debajo mío. Tengo todo medianamente calculado. Soy un asco. 

Hasta hace un tiempo me las estaba arreglando bastante bien con esto de vivir. 

Pero una mañana la persiana de mi pieza se trabó, y algo en mí detonó. Mi universo aceitado se estaba desmoronando, todo por una puta persiana. Mi garganta se convirtió en asesina al intentar asfixiarme, mientras mi cuerpo agonizaba vencido sobre las baldosas del baño. 

Mi psicólogo dice que el botón rojo de emergencia se activó. Yo sólo quiero saber quién lo presionó, y por qué justo ahora. Me explica que es como destrabar el  martillo colgado para romper el vidrio de la salida de emergencia de un bus. Lo que pareciera que me está matando, en realidad me estaría salvando. 

Son las nueve de la mañana. Salgo con mi reserva en modo automático y obligada. Todo me cuesta. La vida pasó a ser un acto de voluntarismo a punta de pistola. 

Él se sienta con las piernas cruzadas frente a mí, y me mira en silencio con su mejor pilcha de yo sé lo que hago y a dónde voy. Me pregunto que hará al final del día luego de atender a su último paciente. Miro las paredes y trato de adivinar dónde se esconden sus demonios. He llegado a creer que el inmaculado despojo del lugar sirve para que sus pacientes no se distraigan. Al final, ese consultorio es como un templo, donde el pastor me dice que no existe el pecado, ni la moral, ni lo bueno ni lo malo. Es la única religión que me reconforta, con ésta tengo altas probabilidades de llegar al cielo sin tramitar visa ni pasaporte. 

Patricia Lohin

Foto: Brooke Shaden

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A quien corresponda

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Porque para que sea una buena historia de amor es necesario que tenga banda sonora.

Ella tenía quince y él veinti tantos. Es una historia conocida.
La tarde-siesta los hizo coincidir mientras se relamían los labios con gusto a sal y algas.
El prestó atención a su boca cuando escuchó su banda sonora, y desde ese momento supo que no querría hacer otra cosa más que succionar esos labios que tarareaban de forma muda e inconsciente la misma música que él llevaba en su walkman.
Labios con gusto a higos, lengua almibarada, la piel apenas dorada por el sol de una playa patagónica.
Nada volvería a ser lo mismo ni para ellos ni para el cantautor, quien sin saberlo siguió componiendo canciones, una tras otra, mientras un director con cara desconocida iba marcando en qué escena iba cada melodía.
Dijo “corten”, y ellos insistieron en seguir actuando. Volvió a decir “corten”, y con la cabeza gacha y los hombros retraídos al fin abandonaron el set.
Con los años y la distancia, sobrevino una curiosa excursión que incluyó una ciudad tras otra, un teatro tras otro, distintas funciones de un mismo artista, mirando multitudes, esperando que el destino dijera sí de nuevo, mientras ella miraba la cola de la boletería, y en las filas aledañas, a la salida del show, esperando encontrarlo.
Pues yo les voy a decir algo mis queridos:
Si sólo les uniera un cantautor, éste aún no ha muerto.
Y ambos por igual esperan esa canción final que marque un comienzo.
Si sólo les uniera el cantautor, pero los une un río.
Patricia Lohin
Foto Tumblr
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El des-encuentro

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Podemos encontrarnos de dos maneras.
De forma programada, o esperar a que el destino nos cruce.
Para la primera opción tengo algunas ideas, aunque sólo te cuento una, así no te la creés, a ver si terminás pensando que esto del encuentro me importa tanto.
Se me ocurrió que podría ser tipo seis de la tarde. Un viernes, o un día que tengas franco.
En esa cafetería vintage de la peatonal de adoquines que queda en una esquina frente al Día.
Sí, esa misma. La que tiene mesitas cuadradas con unos mantelitos a cuadros rojos y blancos, más una cafetera antigua de la hostia sobre un mostrador largo de madera torneada.
Pensé en llegar antes, y sentarme en el fondo con vista a la puerta. Estaré leyendo, saltando renglones, pasando hojas, adelantando historias, mientras alternadamente levantaré la vista por encima de mis anteojos para adivinar tu silueta entrando, la expresión de tu cara, la sonrisa, tus tremendos ojos mirando el vestido que llevo.
Si llegás hablaremos de nimiedades y esperaremos que el random musical nos tire onda.
Si no venís, sabré que triunfó ese miedo crónico que arrastrás de no encontrar lo que soñás, sumado a la confirmación de que la realidad sea una especie de cagada fantasmagórica sin retorno, porque luego no te quedará un peso ni para soñar.
Tal vez este delirio del encuentro sea como la secuela de Top Gun, donde yo soy justamente esa actriz pasada de moda y entrada en años a la que no llamaron.
Para la segunda opción no tengo ideas.
Cuántas posibilidades hay de encontrarnos a la vuelta de la esquina de este mundo en forma casual y de sopetón, reconocernos, saludarnos, animarnos a intercambiar un hola, para luego seguir caminando, pensando que podríamos haber dicho esto o aquello, pero que sólo nos saludamos como un acto intrascendente más.
Lo bueno es que para desencontrarnos hay una sola forma: ésta.
Patricia Lohin
Foto: Marilyn por Eve Arnold
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Infancias

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Estoy sentada en un auto, en una localidad que no es la mía. Hay que esperar. 

La espera es como la esperanza, una entidad que no sirve más que para matar el tiempo. 

No recuerdo cuántos años tengo, tal vez diez, tal vez ocho, tal vez muchos, tal vez pocos.

El caso es que ya inquieta y aburrida, empiezo a payasear con mis ojos. Tapo uno y otro alternadamente, hasta que me doy cuenta que con uno mi visión es absolutamente borrosa.

Es un gran descubrimiento el que acabo de hacer, el mayor porcentaje de mi visión recae sobre un solo ojo. 

A los pocos meses estoy sentada en una silla de un consultorio oftalmológico de otra ciudad, una más acorde e importante para la situación. El profesional apaga las luces y de pronto la noche es un estado real. Siento su respiración sobre mi cara, y luego de su respiración su boca que roza la mía repetitivamente por un lapso de segundos que duran una vida. 

No recuerdo cuántos años tengo, tal vez diez, tal vez ocho, tal vez muchos, tal vez pocos. 

Es un gran descubrimiento el que acabo de hacer, el mayor porcentaje de mi visión recae sobre un solo ojo. 

Tal vez no debería confiar en que lo que pasó fue real si es que veo con un solo ojo. 

Luego de la noche viene el silencio.

Siempre. 

Patricia Lohin

Foto: Oriano Nicolau

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El patio

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El patio era cuadrado, casi del tamaño de cuatro habitaciones. Se diferenciaba de una habitación cualquiera por no tener techo. Las tardes de domingo, el sol entraba por una ventana subdividida en cuadros de cristal situada en la cocina, exactamente por encima de la mesada.

Ese día ella no estaba en la mesada, ni en la cocina, ni en la hornalla, ni en el fueguito del termotanque.

La cocina estaba en un momento íntimo de silencio, con una limpieza casi inmaculada, que había borrado incursiones culinarias del día previo. Tal sólo había quedado la huella de un par de migas de un pan tempranamente desgranado para tirar de pasada en la plaza y dar de comer a los gorriones.

Ella estaba sentada en la plaza, mirando de refilón al sol colarse por la copa generosa de un pino, mientras de fondo, la música estridente de la calesita se iba evaporando como si fuera el chillido de una locomotora que se disuelve a medida que avanza.

El abrió la puerta del patio. El silencio de la casa se quejó ante el ruido de la puerta. Se sentó en una silla de madera que él mismo había pintado en temporadas anteriores. Desde ésta empezó a fijar intermitentemente su vista en esa especie de naturaleza artificial. Un limonero, macetas de colores con tomillo y albahaca en el marco de una ventana, una salamandra oxidada, el rastrillo sosteniendo una pared, flores rastreras en los canteros circundantes, una radio Tonomac sin tapa que testaruda aún repetía frecuencias AM, un ciruelo, un espantapájaros vestido con una camisa que ya no le entraba. Y en otro sector, una quinta improvisada con tomates rojos y pequeños, algo de lechuga, algo de radicheta.

Miró hacia arriba buscando el cielo, y le pareció cada vez más cerca. 

Él sabía que la esperanza no es nada más que un engaña pichanga.

Ella sintió un dolor en el pecho mientras aún estaba sentada en el banco rojo de la plaza.

Cambió de posición y el dolor se agudizó perforando su esternón. Tuvo que pedir ayuda para levantarse. 

En el patio del tamaño de cuatro habitaciones, con un limonero y una radio tonomac, él decidió dar por zanjada la cuestión de vivir o morir, de esperar o no esperar. Eligió no esperar.

Patricia Lohin

Foto: © Ximo Mingarro Sales

Sin mí

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Con vos.
Conmigo.
Sin vos.
Sin mí.
Otra vez ese lugar,
en donde si te pierdo,
-¿perder qué?-
me pierdo.
Ese lugar vacío
en donde si vos no estás,
-Pedro, Kevin, Juliana, Cristina-
no existe nada
porque todo deja de tener sentido.
La herida nueva que supura
sobre la herida original
del primer abandono,
cuando sólo era un bebé
en una canasta de panadería
llorando sin que nadie
prestara atención.
Otra vez el día
caminando sola, solo,
prendiendo el horno nuevo
para uno.
cuando el horno que teníamos juntos
andaba tan bien.
Otra mañana respirando,
buceando en una libertad
que queda tan holgada
como una cama de dos plazas
para uno solo.
Otra vez
armando el rompecabezas
del merecimiento,
mientras hoy lloro
heridas
de otras vidas.
Otra vez,
ajo, pan y cebolla.
Patricia Lohin
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