Vestidos para todo

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Es otoño querido.
Suena tu alarma. Volvés a la cama a abrazarme luego de apagarla. Dormimos diez minutos más o un siglo.
Suena mi alarma. Extiendo el brazo para silenciarla. Dormimos diez minutos más y otro siglo.
Queremos más de este estado comatoso y calentito, pero la vida nos llama ahí afuera. 
La gente sale a la calle súper poblada de abrigo. Me pregunto qué se pondrán dentro de tres meses, mientras veo salir el vapor de mi taza de café instantáneo de segunda marca sin leche.
Pocos venenos entran hoy en mi boca, salvo este café.
Escucho la puerta delantera cerrarse y tu ser que se pone en marcha junto con el motor del vehículo.
Voy hacia el balcón y en un acto de silencio absoluto veo al sol desperezarse por sobre el techo arriunado de chapas de mi vecino.
Quisiera quedarme envuelta en una manta mirando al sol bostezar, para luego prepararme otro café -esta vez con leche-, y por qué no unas tostadas ya condenadas a muerte con algún dulce casero que se estacione sin pagar ticket en la comisura de mis labios, por donde luego pasaré la lengua. La lengua que hace unos minutos estaba nadando en tu boca.
Y quedarme escribiendo versos desaforados, sandeces y finales disparatados, mientras Chet Baker suena en el rincón de la estancia por donde entra la mañana.
Es otoño querido.

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Poesía personal

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Esta poesía personal,
anárquica y política;
es un rejunte enmarañado
que nace de abajo del polvo
que se junta en los rincones
del edificio de la estación de tren
abandonada.
Es calma y revolución,
lágrimas de sangre que caen
mientras la boca está apretada,
la mandíbula duele
y los dedos hinchados insisten
en accionar las teclas
de la máquina de escribir vieja.
Son tus ojos entrecerrados
que pretenden calcular a simple vista
la distancia entre tu cama y la mía,
entre tu vida y la mía.
Es el olvido que nunca llega
a asentarse ni a nutrir la tierra
para que nazca algo nuevo
sobre lo viejo.
Es lo viejo que no muere
y sigue jóven y fértil
como los campos
que reverdecen en el monte
situado debajo de tu ombligo.
Jóven como tu mirada
luego de tantos años,
como tu voz ronca
que susurra a mi oído
que ahora sí,
tal vez,
puede ser.
Patricia Lohin
Foto: Guy Le Querrec
#escritos #escritora #patricialohin #poesía #jóven #amor #blog

Antes del sol

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Acaba de salir el sol,
y antes del sol
acababa de caer la lluvia.
La lluvia furiosa 
que golpeaba el ventanal
de mi cocina
permitiendo que el agua
se colara sin más
por debajo de la puerta.
Mis pies mojados,
chapoteando en agua de cielo.
Un mar de agua dulce
debajo de la mesa,
otro mar de agua salada
al costado de la taza de café.
La furia se detiene,
el llanto muere.
Acaba de salir el sol,
y antes del sol
acababa de caer la lluvia.
Miro el sol resaltar
el verde apagado de las plantas
que se preparan para el otoño,
mientras te escucho decir
que mis ojos marrones y opacos
volvieron a ser pardos.
Patricia Lohin
Foto Stephen Beadles
#poesía #escritos #patricialohin #blog #escritora #amor #otoño #lluvia

Escupiendo amarillos

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¿Hace un guiño la estrella
o me parece?
Tal vez sea un mosquito
que justo se cruzó
haciendo una ilusión óptica
entre mi retina y esa estrella.
Ilusión de que el cielo
está de mi lado.
El verano que agonizaba
al final auto decreta su muerte
con la presencia
-a mitad de la cuadra
donde se aloja la seccional primera
de la comisaría local-
de un frondoso árbol
escupiendo amarillos.
El otoño llegó
y los primeros testigos
son los uniformados.
Al lado del árbol
un grafiti reza
“Nunca seré policía”.
El otoño no hace ruido.
Llega con pasos sordos
y un silbido inaudible,
se te para enfrente
un 20 de marzo
y te clava la mirada,
te clava el alma.
Vos salís a la calle
medio mareado,
medio aturdido,
totalmente enamorado.
Patricia Lohin
Imagen @Jeremy Perez-Cruz
#otoño #poesía #amor #amarillo #verano #patricialohin #blog

Fusilamiento

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Se escuchan los tambores repiquetear delante mío. Tengo los ojos vendados.
Supongo que los soldados armados están en la misma línea que los que tocan los tambores.
Yo estoy parada de espaldas a la pared lateral de una iglesia, la que en un rato lucirá manchada con mi propia sangre.
Llevo un vestido largo con los bordes pesados y embarrados, las mangas destrozadas de las que cuelgan hilachas. Mis pies descalzos tienen incrustados en las plantas piedritas que encontré en el camino, y que ahora representan un dolor menor.
La sangre de los pies -mi sangre de mis pies- penetra la tierra -mi tierra-; incluso siento otro caudal de sangre tibia cayendo entre mis piernas. Ésta sabe, sabe que pronto no estará más contenida dentro de mi cuerpo, e intenta huir antes, por las puertas abiertas de mis heridas.
Escucho los tambores cada vez más lejos, mientras alguien carraspea antes de leer todos los “porqués” de mi presencia frente a este destino:
Traición a la patria. La patria que llevo en el pecho, el pecho que antes era rosa, y ahora es gris.
La patria que era grande, venturosa, alegre y tenía mil palabras a la orden de nuevas listas, poemarios y prosas.
La patria con ombligo generoso, plantado en el medio de una panza más parecida a la loma de una pradera y no a esta estepa reseca y desértica.
La que otrora llevaba guirnaldas con formas de estrellitas multicolores perdidas en el largo del cabello dorado; hoy deshidratado, al igual que las venas azules del dorsal de mis manos. 

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Campo minado

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Antes nos amábamos. Bien o mal, pero nos amábamos.

En las escaleras, en el placard, al costado de la heladera.

Antes la pava emitía chillidos histéricos, anunciando que el agua estaba ya recontra hervida, recontra caliente.

Antes, todo hacía ruido. La cadena del baño, el lavarropas, los carrillones de los balcones, el perro del vecino ladraba desaforado, la alarma de la esquina soñaba que sonaba y algún que otro vehículo tuneado gastaba sus gomas cuando el semáforo aún no se había puesto en verde.

Antes la lluvia mojaba, y de la ducha salían burbujas de colores, con aroma a frambuesa y jazmines.

Antes la comida estaba caliente, y el vino se ventilaba por la boca de la copa, mientras mi aliento unido al tuyo formaba huracanes dentro de la cocina. Antes sonaban Clapton, Dylan, Nick Drake, los Rolling. Antes la cerveza se servía sin espuma en un sólo jarro y yo tomaba de ese mismo sólo para hacerte enojar.

Antes el pasillo que lleva a mi habitación era la búsqueda del tesoro, un sendero para ser sembrado de ropas, una carrera de obstáculos con paradas y refrigerios llenos de fruta fresca.

Ahora sólo hay sombras en cada rincón, y las paredes parecen desmoronarse como si fueran los muros de un castillo de arena. En huelga están los cubiertos, la heladera, los individuales y las copas de vino. Los cuchillos para cortar carne ya no se trenzan en breves batallas para ser afilados, mientras mueren oxidados en el último cajón del bajomesada.

Antes nos amábamos. Bien o mal, pero nos amábamos.

Y la casa era algo más que un campo minado de recuerdos.

Patricia Lohin

Imagen Tumblr

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Sueño paradoxal

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El tema es más o menos así: cuando estamos profundamente dormidos y tenemos nuestra máxima actividad cerebral, se da un intercambio increíble donde la pregunta encuentra a la respuesta. Este intercambio es el que permite arreglar el futuro que se ha creado durante el día. (@astrolo.gi)

Lo vi en uno de esos lugares que lucen mejor de noche que de día, ya que las penumbras permiten esconder cualquier falla y desfasaje en la construcción. Sin conocerlo me llamó la atención, y apremiada por la espera que se estaba estirando, es que me dediqué a observar la escena en donde él hacía su vida muy lejos de la mía.
No creo en los deslumbramientos de la carne, porque según mi conocimiento primario llevan a la consiguiente decepción de las almas. Me distraje con la longitud de su cuerpo, la caída de la camisa por el arco de su espalda, la mirada constipada tratando de cazar las luces tenues del rincón. Junto a él, una hermosa mujer, con el pelo arreglado y el maquillaje acorde, las uñas perfectas y un vestido que afinaba seductoramente una figura impecable. De pronto me vi extasiada por la imagen de la perfección corpórea de ambos, algo tan ajeno a mi como mudarme al Peloponeso. 

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