Ciberpatrullaje

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Era sabido, llegarían a mi espacio cibernético y encontrarían mil agujas esparcidas en el césped reseco por la última sequía.
Decomisaron cada uno de mis falsos poemas, también las crisis existenciales disfrazadas de relatos cortos e incontinencias verbales.
El veredicto lo enviaron en un sobre de papel madera con una hoja mecanografiada -vaya antigüedad- y en principio me inhabilitaron para escribir en cualquier medio cibernético: redes sociales, plataformas de blogs, cartas de lectores y sus derivados, misivas a familiares y amigos, incluso me prohibieron enviar mensajes por WhatsApp excediendo los 140 caracteres. Demasiados beneficiados y una sola damnificada.
No me dieron espacio para escribir mi defensa, apenas una línea punteada de un par de centímetros para que firmase el acuse de recibo: hice mi firma abreviada.
Se lo tomaron muy a pecho, yo sin ser menos me lo tomé dramática y catastróficamente.
Luego me entregaron un manifiesto, una guía, un manual, un rejunte didáctico y pedorro en donde a lo largo de un centenar de hojas, hacen despliegue de normas a las que debería atenerme el día de mañana si me dieran libertad condicional para expresarme de siete a ocho un primer viernes del mes, si recuperase mi voz, si encontrase ganas, si lograse seguir escribiendo de incógnito sobre un recorte de papel higiénico y así continuar con esta resistencia alpedista pero fundamentalista, sin razón -tal vez- pero con mis razones, lo cual justificaría de sobremanera cualquier acción insurrecta.
Necesito seguir escribiendo para sacar afuera el exceso de pulsaciones, la presión que se eleva y hace hervir el torrente sanguíneo poniendo mi cabeza en riesgo de explotar; necesito sacarme el barbijo y salir a gritar: lo de las imposibilidades, lo del amor, lo del otoño, lo de la desesperación, y contar una vez más que escucho pasos por la noche, y aunque me levante y no vea a nadie, temo que me vengan a buscar.
Patricia Lohin

Se puede….

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Vivir sin correr, ni escuchar el crujido de las hojas debajo del calzado, confinados, confiscados, presos, con miedo, mal informados, o muy descansados, viviendo en una burbuja de algodón con olor a perfumina.
Sin sentir el aire frío que golpea el perfil de la cara subido a una moto, parado en un acantilado, al filo espumoso del mar o en la esquina de esta plaza en donde se juntan los cuatro o cinco vientos locos.
Se puede vivir constantemente abrazado al frío irreparable de las entrañas, sobreviviendo a largas horas sentado de nalgas sobre el piso frío de una cocina, o de cara contra la pared blanca de la dirección sin que te vengan a buscar jamás.
Caminar sin dios, sin plan, sin fin, con la sonrisa encubierta o desaparecida, con la mirada opaca que se ha quedado con cero chances de encontrar la tuya cualquier tarde de estas.
¿Es que acaso dejaste de buscarme?
Se puede vivir sin dejar huella, mudos de espanto y chorreando cobardía, escuchando el rasguño de los roedores en la puerta de madera, dejando caer los sueños por el borde de la cama para barrerlos en la mañana siguiente.
Se puede esconder la miseria detrás de la compasión prefabricada, como quien mete las pelusas debajo de la cama y yo puedo mirar desde acá, maldiciendo, puteando, diciendo que está bien o mal, que soy mejor, mentira la mentira.
Se puede vivir indefinidamente así, como la mujer que ahora -mientras escribo esto- toca un picaportes cerrado para siempre e insiste, adivinando desconocidos pasar que la miran, sin soltar la mano, arrugándola, metiendo los dedos hacia adentro como garras.
Y luego de unos minutos volviendo a rastras a su casa, que los controles le han dicho que su mandado no es urgente.
Se puede… tirar toda una vida a la basura, desesperarse por lo mal actuado y enterarse por amplitud modulada, que en los súper y mayoristas locales, ya no hay stock de oportunidades.

Mientras tanto

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Y mientras tanto el sol que entra por los vitrales no parece ser el mismo.
Está un poco cansado, un poco rendido. O tal vez rendidos estén mis ojos.
Una mujer y su marido se sientan a beber sobre las siete el cáustico brebaje que le tiran los notidiarios.
Y así siguen, hasta las ocho, hasta las nueve, rozando las diez de la noche.
Los malditos siembran el insomnio, el miedo, la incertidumbre, la sospecha, la mentira recostada sobre la mentira, todo servido en cucharitas para el té, de a sorbitos, de la misma manera que se sirve el veneno para ratas.
Así Juan y María, Rosa y Sebastián, Marcos, Laura o como se llamen, sin antivirus ni barbijo para protegerse, van a dormir con más miedo que sueño; con más desesperanza que confianza; sin siquiera rozar las palmas de sus manos.
Tienen temor de que el miedo se expanda y manche las sábanas.
El sol descansa en la justa línea de mi balcón. Algo está alineado ahí afuera. Parezco ajena, pero mi cuerpo dolorido me dice que no, que yo también participo, que me ha tocado un número en esta lotería cósmica, y que luego veremos si salgo o no sorteada, despedida, renacida, transformada.
Quiero gritar desde el balcón que no es todo cierto, que la desinformación es un tumor que nace en el oído y llega a la mirada propagándose mediante lenguas llenas de saliva y sin filtros. Quiero gritar que mientras tanto el corazón palpita, extraña, se contrae, se expande, tiembla acurrucado en la cama o en posición fetal sobre el sillón, esperando un abrazo, un mensaje, una videollamada o tal vez tan solo el silencio componedor de un planeta que está a años luz de rendirse.
Patricia Lohin

Así que era esto

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así que era esto
el nombre completo
de un desconocido
escrito con indiferencia
en un papel arrugado
la luz amarilla del semáforo
extenuante e insistente
el asfalto de la avenida
salpicado de sombras
que ayer caminaban por las veredas
el insomnio a las dos de la mañana
el silencio ensordecedor
que enloquece y apuna
la falta desesperante de sueño
así que era esto
la noche eterna
muerta de frío y de miedo
los faroles iluminando la nada
el pasado aplastado
en el contenedor de la basura
y un futuro que da risa
me quedo parada en la ventana
un minuto
cinco
veinte
exhalo el aire tibio
que sale de mis pulmones
mientras creo que estoy sorda
tal vez sea yo la del problema
-como siempre-
y no esta noche muda y asesina
pero ahí afuera
en esa jungla desesperada
de casas amontonadas
con persianas cerradas
suena una alarma
que al rato se rinde
cansada y hastiada
al igual que yo
así que era esto
el silencio
la ausencia
la soledad
la espera
la nada.
Patricia Lohin
Foto © Pavel Volkov

Escalones

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Los escalones de la entrada, revestidos con un cerámico mediocre, están hoy llenos de tierra y polvillo. Por el buzón de correo asoman sobres con cartas documento y cuentitas a pagar de un rejunte de desaciertos y decepciones de la última década. Pido perdón por mi ausencia, cómo si a alguien le importara. Una invasión de pastos y yuyos gritan desde los canteros, mientras un grillo enmudece al notar mi presencia. Doy vuelta la llave, una vez, dos veces. La puerta, un rectángulo de madera lleno de recovecos con más tierra, cede mediante un crujido y la luz de la media mañana se cuela conmigo en la sala de estar. Mis pasos hacen ecos que rebotan como pelotas de goma contra las paredes blancas. Creo recordarlas verdes, con tapices por doquier y un estanque con peces de color negro en el rincón opuesto derecho. La puerta se cierra y otra vez la oscuridad. En ese espacio estrecho y asfixiante escucho gritos de chicos, el ruido de sillas que se corren, se cae un vaso y se convierte en arena sobre el piso granítico de la cocina, los tenedores hacen ruido dentro de una pileta de chapa, mientras las burbujas del detergente juegan a la altura de la alacena, capturando un mini hilo de luz que se cuela por una persiana plástica, un lavarropas cabalga dentro de un espacio limitado mientras centrifuga. En el baño la lluvia de la ducha cae sobre el lomo de un hombre que enjabona su barba y en la puerta un can semi peludo espera mientras rasca su oreja y al mismo tiempo intenta morder su cola. Sacudo la cabeza y el silencio que vuelve.
Me tiro en un colchón abandonado sobre un elástico de madera. Hace frío. Afuera suena una sirena: creo que me vienen a buscar.
No sé quiénes son, pero ellos saben de mí: soy la última habitante de un fragmento de mi vida. La pecera se ha escurrido y la estancia es un mar desahuciado. Vuelvo a accionar la puerta de entrada, levanto las manos y me declaro culpable. Que disparen, ya estoy muerta.
Patricia Lohin

Por suerte hay otra gente

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Ser libre es no tener miedo.” Nina Simone

Claro que hay otra gente.
A esa gente que no es “la otra gente” también se les incendia el corazón sobre la mesa de un quirófano desierto.
Esa gente que no tiene tiempo para nada pero ven la vida pasar sentados en el borde de la ventana del lado de adentro, tiemblan de miedo mientras esperan la amenaza de un nuevo día, sus dialectos poco almibarados intentan convertirte en un desahuciado de una humanidad injusta, desordenada y maloliente.
Aman las fronteras, los muros y las murallas -de concreto y de uniformados- pero los transgreden usando pasaportes falsos, traficando oscuras emociones acurrucadas en los bolsillos pequeños del equipaje.
No están bien ni dentro ni fuera, trabajan como publicistas de un planeta amenazante y amenazado, en donde tu vecino es un malhechor, cualquier laburante un oportunista, dios una caricatura, el médico de guardia un potencial arma bacteriológica, el indefenso un paria, un muerto de hambre material de descarte -para qué seguir- pero así y todo insisten en vender felicidad, vacaciones off shore y libros de autoayuda en cómodas cuotas sin interés.
Lo que no saben, lo que desconocen, lo que les conviene ignorar es que no fueron más que simples estaciones satelitales de cartón de un sistema que nos quiere bien vivos, pero de miedo.
Patricia Lohin

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Décimo C

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El otoño estaba llegando hace un par de días. Dicen que olvidó traer el permiso de libre circulación, y los controles lo han detenido en alguna calle de mala muerte del barrio municipal.
Se silencian los pasos en el descanso de una escalera, un hombre vuelve a calzarse las zapatillas con barro y sale a la vereda, otra vez de tantas veces.
El dedo pulgar con una uña esmaltada a punto de escribir “te extraño”, es interrumpido por una orden del cerebro; desobedecer es posible: “Te extraño, ¿cómo estás?”
En la cola de un mercado una mano a punto de acariciar se contrae y se guarda en el bolsillo izquierdo de un jean gastado, luego se entretiene jugando con un par de monedas de cinco pesos.
El corazón que habita el décimo C de un edificio céntrico se sofoca, hasta hace unos minutos estaba llegando a algún lado, pero no anda el ascensor y las escaleras son una aventura temeraria para unos pulmones colapsados.
Una enfermera tiembla de emociones en un descanso, con la guardia baja agarra con fuerza una lapicera, pero muere la carta de amor al escuchar su nombre en el altavoz del pasillo. .
Hoy, ayer, tal vez mañana: los peores momentos para jugar a la lotería y ser valientes. Habrá que esperar a sentirle el olor al desamparo absoluto, a juntar fuerzas para patear la puerta de madera semi podrida y abrir el cuarto donde hasta ayer dormían los sueños abandonados.
La radio dice que la página para sacar turno para amar está colapsada, la llama de la cocina se ha suicidado antes de anoche y sobre la cama quedaron las sábanas arrugadas donde por la noche reposan en exceso los cuerpos gastados.
Ël ha vuelto hace un rato, ha dejado las zapatillas con barro en el garaje y se ha ido a bañar; mientras ella, derrumbada y abstraída, lima la uña gastada del dedo pulgar.
Patricia Lohin
Foto Rudi Gana