Ciberpatrullaje

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Era sabido, llegarían a mi espacio cibernético y encontrarían mil agujas esparcidas en el césped reseco por la última sequía.
Decomisaron cada uno de mis falsos poemas, también las crisis existenciales disfrazadas de relatos cortos e incontinencias verbales.
El veredicto lo enviaron en un sobre de papel madera con una hoja mecanografiada -vaya antigüedad- y en principio me inhabilitaron para escribir en cualquier medio cibernético: redes sociales, plataformas de blogs, cartas de lectores y sus derivados, misivas a familiares y amigos, incluso me prohibieron enviar mensajes por WhatsApp excediendo los 140 caracteres. Demasiados beneficiados y una sola damnificada.
No me dieron espacio para escribir mi defensa, apenas una línea punteada de un par de centímetros para que firmase el acuse de recibo: hice mi firma abreviada.
Se lo tomaron muy a pecho, yo sin ser menos me lo tomé dramática y catastróficamente.
Luego me entregaron un manifiesto, una guía, un manual, un rejunte didáctico y pedorro en donde a lo largo de un centenar de hojas, hacen despliegue de normas a las que debería atenerme el día de mañana si me dieran libertad condicional para expresarme de siete a ocho un primer viernes del mes, si recuperase mi voz, si encontrase ganas, si lograse seguir escribiendo de incógnito sobre un recorte de papel higiénico y así continuar con esta resistencia alpedista pero fundamentalista, sin razón -tal vez- pero con mis razones, lo cual justificaría de sobremanera cualquier acción insurrecta.
Necesito seguir escribiendo para sacar afuera el exceso de pulsaciones, la presión que se eleva y hace hervir el torrente sanguíneo poniendo mi cabeza en riesgo de explotar; necesito sacarme el barbijo y salir a gritar: lo de las imposibilidades, lo del amor, lo del otoño, lo de la desesperación, y contar una vez más que escucho pasos por la noche, y aunque me levante y no vea a nadie, temo que me vengan a buscar.
Patricia Lohin

Se puede….

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Vivir sin correr, ni escuchar el crujido de las hojas debajo del calzado, confinados, confiscados, presos, con miedo, mal informados, o muy descansados, viviendo en una burbuja de algodón con olor a perfumina.
Sin sentir el aire frío que golpea el perfil de la cara subido a una moto, parado en un acantilado, al filo espumoso del mar o en la esquina de esta plaza en donde se juntan los cuatro o cinco vientos locos.
Se puede vivir constantemente abrazado al frío irreparable de las entrañas, sobreviviendo a largas horas sentado de nalgas sobre el piso frío de una cocina, o de cara contra la pared blanca de la dirección sin que te vengan a buscar jamás.
Caminar sin dios, sin plan, sin fin, con la sonrisa encubierta o desaparecida, con la mirada opaca que se ha quedado con cero chances de encontrar la tuya cualquier tarde de estas.
¿Es que acaso dejaste de buscarme?
Se puede vivir sin dejar huella, mudos de espanto y chorreando cobardía, escuchando el rasguño de los roedores en la puerta de madera, dejando caer los sueños por el borde de la cama para barrerlos en la mañana siguiente.
Se puede esconder la miseria detrás de la compasión prefabricada, como quien mete las pelusas debajo de la cama y yo puedo mirar desde acá, maldiciendo, puteando, diciendo que está bien o mal, que soy mejor, mentira la mentira.
Se puede vivir indefinidamente así, como la mujer que ahora -mientras escribo esto- toca un picaportes cerrado para siempre e insiste, adivinando desconocidos pasar que la miran, sin soltar la mano, arrugándola, metiendo los dedos hacia adentro como garras.
Y luego de unos minutos volviendo a rastras a su casa, que los controles le han dicho que su mandado no es urgente.
Se puede… tirar toda una vida a la basura, desesperarse por lo mal actuado y enterarse por amplitud modulada, que en los súper y mayoristas locales, ya no hay stock de oportunidades.

Mientras tanto

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Y mientras tanto el sol que entra por los vitrales no parece ser el mismo.
Está un poco cansado, un poco rendido. O tal vez rendidos estén mis ojos.
Una mujer y su marido se sientan a beber sobre las siete el cáustico brebaje que le tiran los notidiarios.
Y así siguen, hasta las ocho, hasta las nueve, rozando las diez de la noche.
Los malditos siembran el insomnio, el miedo, la incertidumbre, la sospecha, la mentira recostada sobre la mentira, todo servido en cucharitas para el té, de a sorbitos, de la misma manera que se sirve el veneno para ratas.
Así Juan y María, Rosa y Sebastián, Marcos, Laura o como se llamen, sin antivirus ni barbijo para protegerse, van a dormir con más miedo que sueño; con más desesperanza que confianza; sin siquiera rozar las palmas de sus manos.
Tienen temor de que el miedo se expanda y manche las sábanas.
El sol descansa en la justa línea de mi balcón. Algo está alineado ahí afuera. Parezco ajena, pero mi cuerpo dolorido me dice que no, que yo también participo, que me ha tocado un número en esta lotería cósmica, y que luego veremos si salgo o no sorteada, despedida, renacida, transformada.
Quiero gritar desde el balcón que no es todo cierto, que la desinformación es un tumor que nace en el oído y llega a la mirada propagándose mediante lenguas llenas de saliva y sin filtros. Quiero gritar que mientras tanto el corazón palpita, extraña, se contrae, se expande, tiembla acurrucado en la cama o en posición fetal sobre el sillón, esperando un abrazo, un mensaje, una videollamada o tal vez tan solo el silencio componedor de un planeta que está a años luz de rendirse.
Patricia Lohin

Así que era esto

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así que era esto
el nombre completo
de un desconocido
escrito con indiferencia
en un papel arrugado
la luz amarilla del semáforo
extenuante e insistente
el asfalto de la avenida
salpicado de sombras
que ayer caminaban por las veredas
el insomnio a las dos de la mañana
el silencio ensordecedor
que enloquece y apuna
la falta desesperante de sueño
así que era esto
la noche eterna
muerta de frío y de miedo
los faroles iluminando la nada
el pasado aplastado
en el contenedor de la basura
y un futuro que da risa
me quedo parada en la ventana
un minuto
cinco
veinte
exhalo el aire tibio
que sale de mis pulmones
mientras creo que estoy sorda
tal vez sea yo la del problema
-como siempre-
y no esta noche muda y asesina
pero ahí afuera
en esa jungla desesperada
de casas amontonadas
con persianas cerradas
suena una alarma
que al rato se rinde
cansada y hastiada
al igual que yo
así que era esto
el silencio
la ausencia
la soledad
la espera
la nada.
Patricia Lohin
Foto © Pavel Volkov

Escalones

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Los escalones de la entrada, revestidos con un cerámico mediocre, están hoy llenos de tierra y polvillo. Por el buzón de correo asoman sobres con cartas documento y cuentitas a pagar de un rejunte de desaciertos y decepciones de la última década. Pido perdón por mi ausencia, cómo si a alguien le importara. Una invasión de pastos y yuyos gritan desde los canteros, mientras un grillo enmudece al notar mi presencia. Doy vuelta la llave, una vez, dos veces. La puerta, un rectángulo de madera lleno de recovecos con más tierra, cede mediante un crujido y la luz de la media mañana se cuela conmigo en la sala de estar. Mis pasos hacen ecos que rebotan como pelotas de goma contra las paredes blancas. Creo recordarlas verdes, con tapices por doquier y un estanque con peces de color negro en el rincón opuesto derecho. La puerta se cierra y otra vez la oscuridad. En ese espacio estrecho y asfixiante escucho gritos de chicos, el ruido de sillas que se corren, se cae un vaso y se convierte en arena sobre el piso granítico de la cocina, los tenedores hacen ruido dentro de una pileta de chapa, mientras las burbujas del detergente juegan a la altura de la alacena, capturando un mini hilo de luz que se cuela por una persiana plástica, un lavarropas cabalga dentro de un espacio limitado mientras centrifuga. En el baño la lluvia de la ducha cae sobre el lomo de un hombre que enjabona su barba y en la puerta un can semi peludo espera mientras rasca su oreja y al mismo tiempo intenta morder su cola. Sacudo la cabeza y el silencio que vuelve.
Me tiro en un colchón abandonado sobre un elástico de madera. Hace frío. Afuera suena una sirena: creo que me vienen a buscar.
No sé quiénes son, pero ellos saben de mí: soy la última habitante de un fragmento de mi vida. La pecera se ha escurrido y la estancia es un mar desahuciado. Vuelvo a accionar la puerta de entrada, levanto las manos y me declaro culpable. Que disparen, ya estoy muerta.
Patricia Lohin

Por suerte hay otra gente

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Ser libre es no tener miedo.” Nina Simone

Claro que hay otra gente.
A esa gente que no es “la otra gente” también se les incendia el corazón sobre la mesa de un quirófano desierto.
Esa gente que no tiene tiempo para nada pero ven la vida pasar sentados en el borde de la ventana del lado de adentro, tiemblan de miedo mientras esperan la amenaza de un nuevo día, sus dialectos poco almibarados intentan convertirte en un desahuciado de una humanidad injusta, desordenada y maloliente.
Aman las fronteras, los muros y las murallas -de concreto y de uniformados- pero los transgreden usando pasaportes falsos, traficando oscuras emociones acurrucadas en los bolsillos pequeños del equipaje.
No están bien ni dentro ni fuera, trabajan como publicistas de un planeta amenazante y amenazado, en donde tu vecino es un malhechor, cualquier laburante un oportunista, dios una caricatura, el médico de guardia un potencial arma bacteriológica, el indefenso un paria, un muerto de hambre material de descarte -para qué seguir- pero así y todo insisten en vender felicidad, vacaciones off shore y libros de autoayuda en cómodas cuotas sin interés.
Lo que no saben, lo que desconocen, lo que les conviene ignorar es que no fueron más que simples estaciones satelitales de cartón de un sistema que nos quiere bien vivos, pero de miedo.
Patricia Lohin

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Décimo C

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El otoño estaba llegando hace un par de días. Dicen que olvidó traer el permiso de libre circulación, y los controles lo han detenido en alguna calle de mala muerte del barrio municipal.
Se silencian los pasos en el descanso de una escalera, un hombre vuelve a calzarse las zapatillas con barro y sale a la vereda, otra vez de tantas veces.
El dedo pulgar con una uña esmaltada a punto de escribir “te extraño”, es interrumpido por una orden del cerebro; desobedecer es posible: “Te extraño, ¿cómo estás?”
En la cola de un mercado una mano a punto de acariciar se contrae y se guarda en el bolsillo izquierdo de un jean gastado, luego se entretiene jugando con un par de monedas de cinco pesos.
El corazón que habita el décimo C de un edificio céntrico se sofoca, hasta hace unos minutos estaba llegando a algún lado, pero no anda el ascensor y las escaleras son una aventura temeraria para unos pulmones colapsados.
Una enfermera tiembla de emociones en un descanso, con la guardia baja agarra con fuerza una lapicera, pero muere la carta de amor al escuchar su nombre en el altavoz del pasillo. .
Hoy, ayer, tal vez mañana: los peores momentos para jugar a la lotería y ser valientes. Habrá que esperar a sentirle el olor al desamparo absoluto, a juntar fuerzas para patear la puerta de madera semi podrida y abrir el cuarto donde hasta ayer dormían los sueños abandonados.
La radio dice que la página para sacar turno para amar está colapsada, la llama de la cocina se ha suicidado antes de anoche y sobre la cama quedaron las sábanas arrugadas donde por la noche reposan en exceso los cuerpos gastados.
Ël ha vuelto hace un rato, ha dejado las zapatillas con barro en el garaje y se ha ido a bañar; mientras ella, derrumbada y abstraída, lima la uña gastada del dedo pulgar.
Patricia Lohin
Foto Rudi Gana

Alud

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ha llovido intensamente
y lo que antes era un hilo de agua
bajando por la montaña
ahora es un alud de barro
que viene directo hacia el pueblo
no se detiene la sangría de lodo
y las casas esperan inmóviles
cerrando sus postigones
mientras sus habitantes cierran sus ojos
y doña Elvira cierra la boca
para no tragar la tierra que viene bajando
la última fracción de tiempo que existe
entre el desastre y la muerte
lo uso para dibujar con palabras
una despedida cobarde
un perdón tardío
un arrepentimiento falaz
la tierra chiclosa se desliza
debajo de los cimientos
de las construcciones patagónicas
desarmando ladrillos
como si fueran terrones de azúcar
alcanzo a preguntarme
qué será del mundo esta vez
sin más vestigios
de que hemos vivido cobardemente
y hemos muerto por milésima vez
sin dejar rastro

Noche

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La noche viene a sentarse conmigo, está medio en bolas; tiene un proyecto de vestido negro y la boca pintada con un brillo color rosa chicle. Sus ojeras, más profundas que las mías, deberían dejarme tranquila, pero no; somos dos hembras cansadas, y no sé si está bueno para este final.
Sus ojos claros están rodeados de profundas líneas que en el contexto de su rostro hermoso parecen rayos de sol. Pienso que tal vez no todo esté tan perdido, aunque creo que es una cagada que la noche sea mujer, nunca me entendí bien con otras mujeres.
Hay dos vasos y el mío está casi por la mitad, su contenido me raspa la garganta y me hace arder el pecho, siento que si pongo un encendedor delante de mi boca podría prenderse fuego mi interior. Ella me convida tabaco, le explico que soy inútil armando, entonces con sus manos de dedos largos y uñas curvas me arma un cigarrillo en un santiamén. Me acuerdo de mi abuelo y flasheo con que para esta ocasión hubiera sido mejor fumar pipa.
Afuera hay adolescentes escondidos como ratas en los huecos oscuros de una ciudad desolada escribiendo poemas inundados de muerte. Lo hacen sin vergüenza ni pena y con mucha gloria; mientras que en la residencia El Atardecer varios pares de adultos mayores, sabiéndose en falta y más cerca de todo, marcan amor en un 0800 obsoleto, como si ese mantra los fuera a exculpar por no haber amado bien o haber sido tan cretinos, egoístas y cobardes.
Ella y yo nos miramos, acaba de leer mi último texto, y mientras termina de exhalar el humo de la última pitada me mira con pena, pero no dice nada.
Sé lo que viene. Nos paramos, hago fondo blanco con el resto de lo que queda en el vaso y mi boca muere dentro de su boca. Al final la muerte no era tan amarga.

Casa Silvia

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Salgo a la calle con un vestido, música y el resto de mi humanidad metida en una bolsa ecológica de Casa Silvia en la mano. No es que toda una vida quepa ahí dentro, es lo que ha sobrado luego de la última sudestada. Los escombros de los escombros, el barro del barro, la desesperanza de la desesperanza, la piel agrietada y los ojos mitad resecos mitad inundados.
A los pocos metros la boca se subleva y comienza a hacerse mar. Algo nace desde la garganta e inunda la cavidad bucal con un sabor salado. La lengua se hincha, intentando hacerle frente a tanto agua. La boca hace agua, los ojos hacen agua. Nadie lo nota, somos ciegos caminando en distintas direcciones, ignorándonos ampliamente. Me pregunto qué hay para hacer en esta maldita ciudad a parte de seguir viviendo de esta forma absurda. El tema musical para la ocasión empieza a convertirse en un ruido molesto que parece sonar desde el fondo de un túnel. Pienso en escapar. Al llegar a la plaza busco al conductor anónimo que todas las mañanas pasa una franela inmaculada por su auto color ni crema ni blanco ni leche. No está, vos tampoco estás, pero recuerdo tu voz preguntándome si uno para alguna vez de llorar, y yo mintiendo, porque quiero que aproveches la esperanza que me sobra y no pienso usar. Me pregunto a dónde podría llegar con lo que llevo encima, apenas si unos billetes de cinco a punto de morir, un cuaderno con garabatos, unos anteojos con los que ya no leo ni de cerca ni de lejos. A dónde huir, si en cualquier destino posible también me tocaría demostrar que valgo la pena en un cinco por ciento, que dentro del orden duerme un desorden infernal teniendo pesadillas todas las noches, que la seguridad no es más que una fachada mal armada, una mampostería que se está cayendo; que soy un fraude y que la ciudad sigue siendo ese lugar ajeno que lejos de cobijar, te espera a la vuelta de la esquina para abrazarte con desesperanza y recordarte que estamos absurdamente solos, con lo que sobrevivió a la sudestada metido dentro de una bolsa ecológica de Casa Silvia.
Patricia Lohin
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Otro día más y estás vos

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Cuando te fuiste, el tiempo y yo hicimos un documento improvisado sobre una servilleta con el logo de una confitería céntrica, nos dimos la mano y yo quedé tomándome otro café latte. Por unos años sentí que el mundo era una tregua, en donde la bandera blanca era una sábana de lino colgada en el cordel del patio: una extensión de soga que iba desde el limonero hasta la higuera. Detrás de la sábana podía adivinar tu andar por el sendero que lleva al galpón, mientras los chicos corrían jugando con los broches y chapoteando adentro de una palangana, esperando a que yo me fuera para hacer salvajadas.
Algunas noches, cuando todo estaba en silencio y el cansancio del día no nos había vencido aún, podía ver tus ojos abiertos mirándome en la penumbra, mientras yo trataba de cazar tu aliento con mi aliento, ahogando murmullos y risas debajo de la almohada. Por las mañanas, las cucharitas de café venían a buscarnos chocando y tintineando por el pasillo mientras semidormidos nos dábamos los buenos días.
Por unos años mi mundo fue blanco y suave como el algodón, aunque algunas mañanas parecían eternas y las noches momentos fugaces que usábamos para escribir en el cielorraso algunas cosas que queríamos repetir al día siguiente: una carcajada, el barullo insoportable a la hora del almuerzo, la mirada de un fragmento de segundo que cruzaba toda la extensión de la casa afirmando que otro día más y está todo bien. Otro día más y estás vos.
El tiempo no me la hizo fácil, le pedí poder volver y me permitió elegir un sólo instante al cual podía acceder no más de una vez al año y sin cambiar nada.
Así es como el primer día de otoño puedo dar vuelta mi cuerpo sobre la cama, encontrar tus ojos abiertos y meterme a nadar en tu mirada.
Otro día más y estás vos.
Patricia Lohin

Pablo

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Ocho de la mañana. La estación de buses es el mismísimo infierno. El calor mezclado con el olor de los caminantes errantes y algunos pasajeros mal dormidos es insoportable. Elijo salir a la plataforma de salida. Me estaciono con mi valija de mano demasiado temprano, esperando que en algún momento los choferes empiecen a recolectar viajeros.
A mi lado una muchacha enciende un cigarrillo. La observo.
Demasiado producida para mi gusto. El maquillaje alrededor de los ojos ha comenzado a hacer grieta y con cada pitada de cigarrillo se adivinan líneas prematuras en la comisura de sus labios que resaltan con un labial color chicle. De pronto sus ojos encubiertos detrás de unas pestañas artificiales me miran. Esbozo una sonrisa bastante prefabricada y le digo que es demasiado temprano para fumar. Ante mi afirmación toma el cigarrillo y ensaya una pitada profunda echando el humo en mi dirección y mirando hacia el infinito.
Me acerco y le digo que soy Pablo, y que estoy retornando a casa. Espero que el colectivo salga a horario, uno nunca sabe, las rutas, los animales que se cruzan, los camioneros, los piquetes, el sol resquebrajando el asfalto. Vuelve a mirarme, esta vez adivino un brillo que ahora es opaco y que me inunda el alma. Demasiado herida para mi gusto.
Me dice que se llama Micaela, y que tiene menos de treinta. Nos sentamos juntos, sabiendo anticipadamente que tenemos boletos para asientos contiguos. Le digo que tengo más de cincuenta. Ensayamos un prefacio para ponernos al día. Ella por muchos lugares, yo por otros tantos. Distintos amores enmarañados que nos dejaron a ambos al costado del camino. Estoy cansada me dice y busca refugio en mi hombro.
Pensé que podía enamorarme en ese preciso instante, de su boca sin brillo labial, de sus palabras una vez que estuviesen despojadas de tanta aridez, de mi necesidad de protegerla. Al llegar a destino me despido con un beso en la frente. Demasiado arriesgado para mi gusto.
Patricia Lohin
Foto Rene Stuardo
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Uno se acostumbra

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Uno se acostumbra a escribir entre líneas, a callarse, a adaptarse.
A andar en el auto con la luz prendida del combustible, a pensar que nos vamos a quedar a pata, a que el vecino le siga pegando al perro, a ver a un niño en cuclillas llorando en un rincón, a estar en una relación que nos quita todo, a andar en la bici con las gomas desinfladas y sin frenos, a vivir con la reserva de energía a punto de colapsar, a dormir poco o demasiado, a llorar antes de que salga el sol, a dar besos con la boca cerrada.
Uno se acostumbra al desamor, a huir, a no hablar, a no pedir lo que podría ser un sí como respuesta, a las tardecitas mirando el poste de la luz prendido anticipadamente, a que no alcance la guita, a que el corazón salga huyendo de tantos sentires.
Uno se acostumbra a una vida desencajada, sin sentido y sin sentires, a los secretos a voces, al quilombo existencial, a perder el tiempo, los objetivos y los sueños, a que nada es como lo habíamos soñado. Uno se acostumbra al frío gélido de la cama vacía igual que la taza del desayuno a estar perdida en la mesada de la cocina.
Uno se acostumbra a esperar, mientras afuera se están muriendo, se están matando de hambre, de guerras y desesperanza. Mientras nos están robando frases hechas con tintes de que lo imposible se puede.
Entonces no queda otra que seguir esperando, arrodillados en el primer banco de una iglesia de pueblo, rezando a San Benito o San la Muerte, implorando no ser abandonados una vez más, achicharrados de tanto dolor.
A lo que uno no se acostumbra tan fácilmente es a que las cosas salgan bien, al silencio del atardecer mientras uno está pleno, a que el corazón baile sin pedir permiso, a ser amado en correspondencia.
Para estos menesteres uno no se acostumbra.
Patricia Lohin
Foto © María Tudela Bermúdez
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Infancias

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voy sentada en el asiento trasero
de un auto
hablo hasta por los codos
hay que llenar el vacío existencial
el silencio es un monstruo de dos patas
aparentemente inofensivo
que viene dispuesto a devorarnos
lleno las horas y los kilómetros
con palabras huecas
y delirios llenos de preguntas
que nadie responde
estamos todos hartos
mis padres de mi
yo de ellos
la ruta que fallece
bajo las gomas del auto
el auto que tiene que seguir
y no le han preguntado si quiere
alguien reclama e implora piedad
será dios que se ha rendido
el asfalto
el auto
las estrellas colgadas
y que alcanzo a ver
con el cuello estirado hacia atrás
la infancia es un asunto de nunca acabar
un mundo pequeño
y con cuatro ruedas
en el que voy sentada
en el asiento de atrás
sacudiendo palabras…
si callo moriré

Miedos

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salen los miedos
que estaban agazapados
entre la humedad
que supura de la pared
y la cáscara de pintura
en la mitad de la noche
la mitad del año
la mitad de la vida
corren sin hacer ruido
desde el zócalo
alimentándose de la mugre
que ha quedado tirada en el piso
de los días de antes de ayer
muerden cual roedores
una pata de la cama
y hacen surcos para poder trepar
y llegar sin daños adicionales
al sector desprotegido del durmiente
entrarán por el dedo chiquito del pie
o la rotura en el talón de aquiles
por el ojo que duerme entrecerrado
por la falla en el esternón
o por la boca que ha quedado abierta
al final entran por los poros
por donde sale el hedor
de una vida en estado
permanente de extinción

Palabra

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palabra
ella femenina singular
que se hace plural
en este rejunte despiadado
que sale del alma
balas de cañón
municiones de sal
que salen
desde el fondo del mar
golpes certeros
palabra que mata
ahoga
lucha
calla
omite
el grito que la estampa
contra la pared
y la deja aplastada
como a un mosquito
palabra que chorrea
desde una hoja en blanco
y se amontona con otras
en una estancia diminuta
taladrando cerebros
palabra que
comprime
expande
hiere
ignora
acaricia
enseña
ama
miente
palabra nueva
repetida
revolucionaria
inventada
susurrada
mal escrita
malparida
insurrecta
mala palabra
acaricio su hueso
descansando en una curva
y me enamoro de la humedad
de su boca muda
que aún
no sabe pronunciarse
a sí misma

Pañuelo de seda

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La ruta está despejada. El paisaje parece una postal de esas que se venden en los kioskos. Es uno de esos días que cae entre tu cumpleaños y el mío. Llevo un pañuelo de seda en el cuello. Odio la seda, pero la perspectiva de que algo fluctúe con el viento intempestivo que entra por la ventanilla me encanta. Lo compro antes de salir, un desperdicio ambiental y económico si tomo en cuenta que gasté mil quinientos mangos para lucirlo en la última escena boluda de nuestra vida juntos. Me decís que estoy hermosa y ensayo mi mejor sonrisa para responderte mientras se asoma por los labios entreabiertos mi diente desaliñado.
Todo es tan perfecto que hasta el vehículo está enjuagado, y puedo sacarme las sandalias sin apoyar mis pies en una montaña de arena.
Sabemos bien hacia donde vamos, pero ninguno de los dos dice nada. Un rato antes habíamos tomado un desayuno de esos suculentos: medio litro de café con dos medialunas. Obvio te quejaste de algo pero no te escuché. Nos leímos las miradas y nos hicimos bien los pelotudos, yo más que vos toda la vuelta. Decido seguir actuando aunque me sale bien para el orto.
Chequeo el celular despreocupadamente, le aviso a alguien que no voy a tener señal por un par de horas. Mentimos un rato más, tal vez unos ciento cincuenta kilómetros. De reojo veo el gesto que hacés con la boca cuando mentís, tus fosas nasales dilatadas indican que te estás quedando sin oxígeno y sin ganas. Flasheamos sobre dónde vamos a vivir y cuándo, mientras volvés a reafirmar que soy la mujer de tu vida. Entorno los ojos y te palmeo la mano dándote la razón como a los locos. Faltan dos kilómetros, lo dice un cartel con letras blancas desgastadas y varias huellas de tiro al blanco. Hay que doblar a la derecha. Acelerás y al fin nos estrellamos.

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¿Qué es lo que el alma recuerda?

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“Siendo el alma inmortal, y habiendo nacido muchas veces no es de extrañar que sea capaz de recordar lo que desde luego ya antes sabía.” – Platón

Una mujer tiene una cita pero no lo recuerda. Hay que matar la noche plagada de insomnios. Acude a un barcito con el pelo desaliñado y ropa negra, acompañando a una amiga circunstancial de la cual ya no recuerda el nombre Se deja tirar en la barra, mientras el resto de la gente charla vaya a saber de qué cosas. No quiere escuchar, porque si escucha se distrae, y si se distrae la vida pisa quinta.
Al rato viene un muchacho que trabaja en el bar, apoya su codo de manera tal que su cabeza queda recostada en una mano y la mira diciendo “hola”.
La charla comienza liviana y circunstancial. Ella ríe, está prestando atención. Sin darse cuenta se da un chapuzón en sus ojos, mientras intenta adivinar el sabor de su boca. Quiere tocarlo pero se contiene, mientras siente un aroma familiar e indescriptible que penetra por las fosas nasales y llega hasta su pecho. La velocidad del tiempo pasa a ser desenfrenada, lo cual le consume de un plumazo dos vidas. Ahora sólo quedan cuatro.
Afuera el camión recolector de la basura chilla y avisa que el amanecer viene trotando por el medio de la avenida. Ella abandona la escena sin estridencias ni hasta luegos, apenas si un beso en la mejilla.
Al llegar a la cuadra de su casa, unos chicos con la cara tapada y aerosoles en la mano salen corriendo. Unos pasos más adelante, sobre el paredón de una escuela la frase escrita en cursiva aún chorrea tinta: “El alma también recuerda”.
Treinta días tarda en recordar lo que su alma venía gritando.
El día treinta y uno, un viernes sobre las siete de la tarde, vuelve al bar con una valija en una mano y cuatro vidas en la otra.
Èl, que está empezando a acomodar las sillas para la noche, la mira y asiente sin decir nada.
Patricia Lohin

Hola

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Hola
Me clavás un “hola” en redes sociales.
La secuencia es así: solicitud de amistad, acepto, y cae el “hola”como si fuese un meteorito. Estimo que vos & asociados tienen el arma cargada para disparar el saludo.
¿Será un arma de fuego o una ballesta?
Todo bien, no hay nada como decir “hola” y quedarse callado.
Admito que no te doy opciones. Vos disparás, yo me corro y la flecha o bala terminan hundidas en el paredón del supermercado Día.
Ahora ya saben por qué las paredes del estacionamiento del Día están a la miseria.
Me dijeron que hoy es todo por redes o whatsapp. No tengo problema con eso -mentira-.
Pero elaboráme algo, digo. Hilvanáte una situación que a mi me conmueva, regalame una oración, un chiste, una secuencia de palabras. Vos podés.
No es que yo sea difícil y pretenciosa. Soy difícil y pretenciosa.
Y encima me aburro como la hostia. Debo tener déficit de atención.
Viste lo que pasa cuando te conformás con menos, ni te cuento cuando te conformás con nada.
Terminás triste y aturdido, dando vueltas un domingo a la plaza, charlando de nada con un desconocido.
Patricia Lohin
Imagen @amordel2000 Instagram
Imagen Tumblr
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No tengo mucho más pa’ decir

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𝑆𝑒 𝑎𝑐𝑒𝑟𝑐𝑎 𝑡𝑢 𝑣𝑜𝑧,
𝑦 𝑎𝑙 𝑠𝑎𝑙𝑖𝑟 𝑙𝑎 𝑣𝑜𝑧 𝑑𝑒 𝑡𝑢 𝑏𝑜𝑐𝑎
𝑠𝑒 𝑎𝑐𝑒𝑟𝑐𝑎 𝑡𝑢 𝑎𝑙𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜,
𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑣𝑖𝑒𝑟𝑡𝑒 𝑒𝑛 𝑢𝑛 𝑣𝑖𝑒𝑛𝑡𝑖𝑡𝑜
𝑞𝑢𝑒 𝑚𝑒 ℎ𝑎𝑐𝑒 𝑐𝑜𝑠𝑞𝑢𝑖𝑙𝑙𝑖𝑡𝑎𝑠 𝑒𝑛 𝑒𝑙 𝑐𝑢𝑒𝑙𝑙𝑜.
𝑁𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑜 𝑚𝑢𝑐ℎ𝑜 𝑚á𝑠 𝑝𝑎’ 𝑑𝑒𝑐𝑖𝑟.
𝑁𝑜 ℎ𝑎 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜 𝑜𝑡𝑟𝑎 𝑐𝑜𝑠𝑎 𝑚á𝑠
𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑠𝑎 𝑣𝑜𝑧 𝑎𝑐𝑎𝑟𝑖𝑐𝑖𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑚𝑖𝑠 ℎ𝑢𝑒𝑠𝑜𝑠,
𝑦 𝑚𝑖𝑠 ℎ𝑢𝑒𝑠𝑜𝑠 𝑓𝑒𝑙𝑖𝑐𝑒𝑠 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎,
𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑎𝑙𝑖𝑒𝑟𝑜𝑛 𝑎 𝑏𝑎𝑖𝑙𝑎𝑟
𝑢𝑛𝑎 𝑡𝑎𝑟𝑑𝑒𝑐𝑖𝑡𝑎 𝑎𝑙 𝑏𝑎𝑙𝑐ó𝑛,
𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑟𝑎𝑠 𝑒𝑙 𝑠𝑜𝑙 𝑟𝑒𝑣𝑒𝑛𝑡𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑛𝑎𝑟𝑎𝑛𝑗𝑎𝑠,
𝑑𝑎𝑏𝑎 𝑏𝑒𝑠𝑜𝑠 𝑚𝑢𝑑𝑜𝑠
𝑎 𝑙𝑎𝑠 𝑐ℎ𝑎𝑝𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑠ℎ𝑒𝑐ℎ𝑎𝑠
𝑑𝑒 𝑙𝑎𝑠 𝑐𝑎𝑠𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑏𝑎𝑟𝑟𝑖𝑜 𝑚𝑢𝑛𝑖𝑐𝑖𝑝𝑎𝑙.
𝑁𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑜 𝑚𝑢𝑐ℎ𝑜 𝑚á𝑠 𝑝𝑎’ 𝑒𝑠𝑐𝑟𝑖𝑏𝑖𝑟,
𝑛𝑜 ℎ𝑎 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜 𝑜𝑡𝑟𝑎 𝑐𝑜𝑠𝑎 𝑚á𝑠
𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑢 𝑣𝑜𝑧 𝑓𝑢𝑛𝑑𝑖𝑑𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝑚𝑖 𝑎𝑙𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜.

De diván

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Lunes 8 a.m.
Llego puntual.
No hay como hacer terapia un lunes.
Vine caminando con el resto.
El resto de mi persona que quedó deambulando del día de ayer.
¿Resto o restos? Lo que quedó luego de doce o veinte horas con la cabeza dentro del inodoro, o debajo de las sábanas, devolviendo al universo todo lo que sobraba. No es la comida, soy yo. Me vi obligada a soltar. Sobrevivo a esa cuestión como si hubiera atravesado el desierto mismo.
Alguien que se parece a mí entra al consultorio. Me siento. Un vendaval de angustia chorrea por mis ojos. Le digo que me angustia la llegada inminente de la primavera, y luego el verano que por decantación vendría detrás… ¿Qué haré con tanto calor, con tanta flor, con tanto sol, con tanta soledad, con las noches templadas, con la lata de cerveza abandonada en la heladera, con mis tobillos hinchados por el calor, con mis pecas multiplicándose en esta piel desolada?
Otra vez las ganas de morir. Tengo que sacarme los anteojos antes de que se me inunden y después el cristal se convierta en papel mojado. Sigo sacando cosas de adentro ilimitadamente.
Parezco uno de esos magos o payasos que sacan una cinta multicolor de adentro de su cuerpo y parece no terminar nunca. Apenas si alcanzo a ver mis manos anudadas sobre mis rodillas.
Estoy naciendo de nuevo y eso duele. Hace casi cincuenta años que estoy naciendo.
Me hago chiquitita. Vuelve la pregunta que mi madre me hacía cuando era chica:
¿Qué seguís buscando?
Ya sé madre, ya sé. Sólo que no sé cómo llegar.
– ¿Nos vemos el lunes?
– Hasta el lunes.
Patricia Lohin
Imagen Un Método Peligroso (2011)
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𝑾𝒂𝒕𝒆𝒓𝒄𝒐𝒍𝒐𝒓

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Me fui antes de que vinieras.
La mañana se viste ahí afuera con esos colores tan tenues que se dispersan en los bordes de las aceras. Watercolor creo que le dicen.
Podrías estar enojado, en el caso de que te enteraras que llegué y me fui.
O podrías estar aliviado. Prefiero pensar lo primero. Me gustan tus caras de seriedad circunstancial.
Llegué antes de que vinieras.
El insomnio de anoche se transformó en un sueño tan pesado que llegué tarde al alba, y cuando me levanté, el sol ya estaba bastante divorciado del techo de chapa del taller mecánico de mi vecino.
Apenas si me bañé y me vestí en capas: una, dos, tres, cuatro prendas una sobre otra, tratando de disfrazar mi humanidad para salir a la calle.
A pesar del sol, del watercolor, del insomnio de anoche, de mis cuatro capas de prendas, a pesar de mi seriedad circunstancial, llegué a la intersección precisa entre tu casa y la mía.
Supuse que en un rato saldrías y me verías, sentada en el bajo paredón de la casa de la esquina, con mis capas de ropa, con el pelo desordenado, los cordones desatados y con los ojos dilatados.
Supuse que al salir te sentirías confuso, o tímido, o raro, o como en casa. Y que de sentirte como en casa la primavera al fin tendría un inicio como la gente.
Pero llegué antes que vinieras, me fui antes que llegaras, antes que me dijeras estás loca, antes de morirnos de risa, antes de ser nosotros.
Patricia Lohin
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Del perro

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La culpa es siempre del perro.
No hay finales abruptos. Si pensás eso es porque no estuviste prestando atención.
Este final te lo canté hace meses. Mirábamos el atardecer y al esconderse el último rayo de luz en el horizonte sentí una punzada en mi ombligo. Ese fue el final. Mientras no me estabas escuchando.
Como una tardecita, como estar en el ojo del huracán. El final es una cena rica que no sabe igual que las otras veces, en donde el que hace silencio escucha cómo las palabras de los demás comensales se van alejando en el tiempo, es dejar de sentirse a gusto donde antes era tu casa.
Yo soy la que mastica en silencio. Soy el perro que escucha el silbato cuando los demás no oyen nada.
Y a pesar de eso, como cualquier otro mortal, espero que la muerte llegue, un día predeterminado de éstos, cuando ya no haya ganas de juntarse, cuando un domingo no salga preguntar cómo estás, cuando no seas un plan en la vida del otro.
Entonces ese día, con la cola entre las patas cansado de esperar el último resabio de tu interés fingido y agarrando el hueso desgastado que quedó tirado fuera de la cucha, me vaya caminando por la vereda del sol, a tirarme un rato en la plaza.
La culpa es siempre del perro, que no atrapa, que no gusta, que no encaja, que no enamora, que no pide.
Patricia Lohin
Foto Sylvain Richard
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Héroes de barro

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No sé qué dicen los distinguidos sobre los falsos héroes. Ni me importa.
Sé que a los héroes de barro les espera la lluvia en algún lugar, que al fin los terminará disolviendo por los siglos de los siglos. Y los que quieran podrán tener una estampita en la mesa de luz. Te entiendo, la verdad es muy oscura a veces y requiere valentía. Yo no odio, yo me reconcilio, pero de lejos. Vos allá y yo acá, sabiendo que no somos de la misma especie, yo aceptando tu existencia como algo irremediable, dañino para muchos, sin poder hacer nada para aliviar tu opresión sobre otros, o para que hoy te levanten en alto como a un dios ateneo, o mañana pongan una placa con tu nombre en la plaza principal.
Por mi culpa, por mi santa culpa.
Me dijeron que le temías a la muerte. Cómo no temerle, si estabas hasta las manos con la vida.
Para crear héroes de barro hace falta gente que necesite de una mentira- verdad acomodaticia y una memoria reinventada, gente que de ninguna manera se haría cargo de su propio heroísmo, gente que hace oídos sordos a todo lo que no se amolde a los lineamientos de un supuesto supremo que no es más que un tipo como vos y yo lleno de imperfecciones… pero con poder.
A los que recordamos, a los que no nos acomodamos, a los que padecimos, a los que no nos creímos el cuento de la buena pipa. A los que te tuvimos miedo, y a los que escapamos.
Patricia Lohin

𝑮𝒉𝒐𝒔𝒕𝒊𝒏𝒈

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Hubiera preferido que me dijeras “Disculpá me confundí.”, hubiera sonado más sincero toda la vuelta.
Aunque sea hubieras pelado un audio de whatsapp. Escuché a un coach decir que ya está de más hacer acto de presencia, que se puede avisar por redes de cualquier evento, incluso de un adiós. No hay nada como cortar por whatsapp y después verse en un evento local y ni saludarse, -sí, esa gente que te decía que te quería-.
Si supieras cuánta gente que anda por el centro y abre puertas de comercios equivocadas, a veces entran y se sorprenden de lo que ven. Vos abriste esta puerta y no encontraste lo que buscabas -porque desapareciste como una flota de aviones en el triángulo de las Bermudas- y menos avisaste que estabas errado.
La sorpresa fue toda mía. Pasamos del quiero dormir con vos un sábado por la noche, luego de tu cita oficial en un cine local, a la mañana siguiente meta apurarme a que fuese a desayunar, para luego disolverte en las mieles de la inexistencia a partir del día siguiente, cuando le dije a tu ego como al pasar que ya no me inspiraste para escribir. Si vos querés que te escriban esmeráte… digo.
Creo que le llaman ghosting al arte este de irse sin decir ni mú ni má.
Siguiendo en la línea de los actos absurdos e imposibles, ese domingo tuve relaciones del tercer y cuarto tipo con un fantasma.
Pᴀᴛʀɪᴄɪᴀ Lᴏʜɪɴ
Imagen Tumblr
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Fe de vida

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En England tienen un ministerio dedicado a la soledad.
No Sole Pastorutti. Sino la soledad posta.
Aparentemente estar solo mata más que fumarse quince puchos al día.
Como si algo pudiera matar más fuerte.
Me planteo empezar a fumar a ver quién viene primero a matarme.
Que empiecen una carrera y vayan tomando velocidad.
Que acá estoy.
En un edificio de departamentos, una mujer mayor que vive sola
tiene una consigna:
Le deja a su vecina Julieta un papel avisando que está bien.
De pronto recuerdo eso que tienen que hacer los abuelos:
les piden un certificado de supervivencia o fe de vida.
Ellos. Que sobrevivieron a todo.
Como si nosotros no pudiéramos morir ahora mismo.
El caso es que si Julieta no encuentra el papel
sabe que algo le ha pasado a su vecina.
Sabe que la han venido a buscar, posiblemente la soledad.
Aún no sabemos qué ropajes viste.

Patricia Lohin
Imagen e historia de Julieta y su vecina que usé para este texto: @lucretaravilse en Twitter
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T̶o̶d̶o̶

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De soltar ya me cansé.
De ordenar y tirar también.
Antes entraba en los placares y cajones sin pasaporte ni pasaje, frenéticamente los invadía en jornadas de 24 horas cocainomanas para ordenar milimétricamente y desprenderme de lo obsoleto. Estaba tan crazy que tiré mis primeros escritos, cartas de amor, rosas desecadas, y muchas hojas mecanografiadas. Todo con afán de que entraran cosas nuevas.
Temía que mi futuro fueran domingos mirando fotos viejas y cartas de amor no correspondido.
Hace un par de días puse cepo a las intromisiones: nada de ropa prestada o usada, porque qué sé yo lo que hicieron los otros mientras las vestían.
Luego llamé al libre albedrío: que duerman los calzones con una media extraviada en el mismo cajón. Que si esos interiores reflejaran mi cabeza no la quiero absolutamente ordenada. Hasta donde yo sé en el orden inmaculado no se cría nada tan intenso, ni tan tibio, ni tan interesante, ni tan original, ni tan rico, ni tan parecido a vos.
De decir que no quiero nada ya me cansé.
Yo quiero todo.
Fundamentalmente a vos. Suena del tipo colonizador y propietario. Retiro lo dicho. Ya buscaré otra palabra para poner en mi boca que no suene a contrato social.
Mi todo es tan simple como un sándwich de mortadela con una latita de cerveza una tarde de primavera. No quiero que me regales nada. O sí, eso que me venís regalando hasta ahora. Quiero empezar a guardar esos regalos junto a fotos en blanco y negro, frases sin terminar, proyectos inacabados y sueños concretados.
Y si llegado el día se amontona mucho entre tu todo y el mío, y comenzara a molestar, o a manifestarse como una enfermedad del tipo acumuladores compulsivos, si tapara la entrada del sol y no nos permitiera entrar en la cama para hacer del amor un juego secuencial; entonces volveré a soltar, con ganas y sin tristeza abriendo las ventanas.
Luego me sacaré tu remera para volver a la cama.
Patricia Lohin
Foto Michalina Woźniak
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𝑩𝒆𝒍𝒍𝒆𝒛𝒐𝒓

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Llueve exponencialmente, verticalmente, copiosamente.
Desde adentro puedo asegurar que de salir mi cuerpo al mundo exterior, éste sería perforado literalmente por miles de gotas pesadas. O no, tal vez mi vestido rojo se pegue a mi contorno, el pelo a la cara, y luego entre en la casa y me desvistas, así sin secarme, dejando que el agua moje el piso de tu cocina.
Ya no estamos para salir a correr bajo la lluvia, pero cómo me gustaría.
Me pregunto para qué estamos. Qué color de cinta queda en el carretel, si existen oportunidades, si hay recovecos para descubrir, o tan solo hay que aceptar esta historia transformada en un muy buen capítulo aislado de una serie berreta.
Tenemos una cena casi religiosa, la comida la preparo metódicamente bajo tus precisas instrucciones. Disfruto. Me gusta jugar. Mientras algo se dora en el horno me siento a mirarte. Tu cara es un mapa, un pergamino, un edificio de esos que declaran histórico e inviolable. Sos hermoso y no te das cuenta. O yo te veo así, y menos te das cuenta.
La belleza pasa a ser subjetiva y etérea, la belleza está en extinción y yo veo la última especie sentada frente a mí en una cocina, como si no hubiera más, y Greenpeace ya hubiese gastado todos los recursos disponibles.
La belleza nace en el ojo del que mira.
Mi corazón te está mirando.
Patricia Lohin
Foto Adriana Lestido
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De diván

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El sol se levanta antes de tiempo. Antes que hace unos días. La vida se anticipa y no se si estoy lista. Salgo a la calle con los ojos hinchados, en los bordes se hunden las pestañas que no alcanzan a curvarse. Suena Cerati. A las ocho y cinco llego a la puerta. He tratado por todos los medios de no ser puntual. Dejo pasar esos cinco minutos sacando fotos a la fachada de la biblioteca y centro cultural que está a la vuelta. Toco timbre, se abre la puerta, me extienden la mano, y paso derecho a sentarme en un sillón mullido verde de pana. Él se sienta de piernas cruzadas. Dice algo como “Lo que quieras Patricia.”
Ya sé el procedimiento. Lo primero que se me ocurra. Lo primero que llegue a mi mente. El tema musical que surja en la random de la playlist.
Le hablo de vos por primera vez. El terapeuta levanta la ceja, sin comprender en qué bolsillo te tenía guardado. Le dije eras mi musa, mi central hidroeléctrica. Y también el encendido de mi deseo, mi talón de Aquiles, el vendaval que abre la ventana de prepo y tira lo poco que quedó de migas del desayuno sobre la mesa, la fuerza contenida que es capaz de construir y destruir todo en el mismo momento.
Le conté que tu pecho era algo así como una almohada inteligente donde mi cabeza cabía a la perfección pero que no la estaba usando, y que tus dedos hacían cosas indescriptibles con esas masas parecidas a la plastilina, que con vos había escrito un par de libros a editarse, y que eras como uno de esos lugares en el mapa que se desean tanto que siempre se van corriendo, como el horizonte.
Luego le dije que no me habías elegido, que estabas con otra mujer, y ahí la cagamos, otra vez con el tema de la infancia y la mar en coche.
Patricia Lohin
Foto The Sopranos Serie
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Cuadrilátero

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La ciudad es un cuadrilátero, y a su vez el cuadrilátero es un laberinto. Dentro del laberinto, bombas subterráneas esperan pacientemente ser aplastadas por la marca de una zapatilla de lona. Inteligentemente elegimos las vías que nos llevan a otra parte, lejos del riesgo anticipado de que estalle todo. Cada tanto coincidimos en alguna esquina, como esos autitos chocadores que se encuentran y salen rebotados hacia atrás. Somos dos esferas contenidas en sus propias circunferencias. El deseo está contenido, la clave está en retroceder cada vez que estamos a punto de chocar.
El asunto es que ya no quiero retroceder más.
Ahora me pregunto si encontrarás la salida o vendrás a mi encuentro.
Patricia Lohin
Foto Eirini Lachana

De diván

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Me siento en el sillóncito diez minutos después del horario de mi cita. Resulta que no era color verde sino que es de un gris apagado. Voy a mi terapia sin anteojos, y la imagen de mi psicoanalista se ve desdibujada. A lo lejos tiene la fisonomía de mi padre. Veinte años que nos conocemos y nunca le comenté eso. Será la explicación racional a por qué nunca hablé de sexo.
Le cuento cómo te conocí. De una manera prepotente y por cansancio. Digamos también que por hartazgo y porque no tenía mucho más que hacer. Siempre salí corriendo de tu lado. Después me acostumbré a la mediocridad, la confundí con originalidad y te regalé una vez cada tanto un poco de mi magia.
Eras un pelotudo con todas las letras. Èl fue más benevolente y te llamó Narciso.
Tratamos de localizar los diez minutos de magia que describe Dolina en cualquier inicio de una relación. El inconsciente enamorándose sin razón ni raciocinio.
Si una relación puede describirse en base a esos primeros diez minutos, ahora entiendo todo. Fuiste una hermosa creación de mi imaginación.
Esto de crear y escribir a veces es una cagada, otras una salvación. Digo, por la velocidad en la que el papel se moja y las palabras mueren.
Patricia Lohin
Foto In Treatment versión italiana con Sergio Castellitto

Infancias

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A los doce el amor era mirar a Fernando de reojo.
Alguna vez compartimos uno de esos pupitres de madera todos integrados con un orificio para poner un tintero. A los doce el amor era un sentimiento larga duración y un asunto serio. Yo me enamoré en sexto grado, y seguí con ese encaprichamiento hasta segundo o tercer año de la secundaria. La duración del enamoramiento unilateral era motivo de charla en los recreos. Al igual que las protagonistas de las historias que yo leía, a mayor duración de algo, mejor calidad. Y yo estaba ganando: era la única de mis compañeras que llevaba tanto tiempo gustándome el mismo chico.
El pobre Fernando se enteró a fines de la primaria de mi berretín existencial platónico. La había cagado, me podría haber quedado con un potencial amigo, pero un papel con su nombre escrito por mí al lado de un “me gusta” hizo que me anulara del listado de seres vivientes dignos de un saludo. Los siguientes años me conformé pasando por la esquina de su casa. Luego el tiempo hizo lo suyo: yo me fui del pueblo un par de veces y nunca más volvimos a compartir un aula.
Patricia Lohin
Foto Alicja Brodowicz

𝖢𝗈𝗆𝗉𝖺ñ𝖾𝗋𝗈

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-𝘋𝘦 𝘭𝘢 𝘴𝘦𝘳𝘪𝘦 “𝘌𝘴𝘤𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘮𝘰𝘳”-

Él me dijo compañera. Detrás de esa palabra cargada de contenido histórico yo leí el comienzo de nuestra lucha juntos.
Compañeros, los que comen del mismo pan y caminan a la par levantando la misma bandera. Fueron muchos los pasillos transitados redactando documentos plagados de proyectos, que nos llevaron repetitivamente a los mismos lugares: un escritorio desordenado, horarios encontrados, almuerzos improvisados, ceniceros con colillas aplastadas, calles desconocidas que desde ese momento crearon un nuevo mapa hasta entonces incierto: el de nuestro encuentro, un nuevo punto geográfico recién parido.
Adoración. Devoción. Admiración mutua. Mis oídos bobalicones escuchando sus proyectos utópicos. Yo queriendo subirme a la calesita para ponerlos en marcha. Y viceversa a todo. Su dialéctica. Mis sueños. Su mirada. Mi realización a partir de esa mirada. Mis oraciones. Su punto y seguido. Mis párrafos. Su acto continuo. Mi despertar. Su sentir silencioso. Mi amor platónico. La tinta de su lapicera que no alcanzó para poner tres puntos suspensivos. Te amo. Yo también. La espera detrás de bambalinas. El final cuando no fuimos los elegidos. Su huida y el fin de mi revolución.
Él renunció a mi causa, un proyecto al que nunca pude ponerle punto final.
Hoy cuatro años después, seguimos militando cada uno por distintos pasillos, mientras cada tanto y subrepticiamente nos miramos de reojo.
Uno solo fue el cobarde.
Usted compañero.
Patricia Lohin
Foto Adriana Lestido
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Fragmentarios: Quiz: ¿Qué tipo de tristeza eres?, por Rodrigo Mora

Revista Palabrerías

Instrucciones: Lea. Escoja las preguntas que más llamen su atención y respóndalas.

A) ¿Dónde está la búsqueda que deseas? ¿En la maduración de nuestras canas marxistas y nuestros ademanes intelectuales en medio de la carnicería transdisciplinaria de la facultad? ¿Por qué duermes tanto? ¿La formación académica es un espectáculo maravilloso, y es justo ese espectáculo el premio por no participar en ello? ¿Después la espera, allá afuera? ¿de lo que sea? ¿A los veinte siempre esperamos a Godot y el mundo sólo es una obra de Samuel Beckett? ¿Las canciones suenan muy lento? ¿En todas partes queremos estar solos para que nadie nos vea regar las cenizas del imperio que imaginamos a los dieciséis años y que, quizá, servirán de abono a las siguientes generaciones? ¿De verdad es tan tarde para nosotros? ¿Y si vemos el único discurso prestigioso de los últimos dos siglos: La estadística, la ciencia de lo…

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Ve O eSe

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Dijiste “vos”:
Ve O eSe.
Vos refiriéndote a mí.
Tus labios pegados,
despegándose
a una velocidad
angustiosamente lenta
para pronunciarme.
Tu boca besando mi yo.
Yo queriendo
irme a vivir adentro
de tu cavidad bucal,
para dormirme
de cúbito dorsal
sobre tu lengua.
Dijiste “vos”,
hablando de mí;
y yo pensé
en “vos y yo” separados
-haciendo algo
solapadamente loco,
saltando afuera
del cuadrado existencial,
infringiendo normas
horarios y toques de queda-
pero juntos.
Dijiste “vos”
y sonó como un susurro
en mi oído,
mientras imagino que hundo
las yemas de mis dedos
en tu espalda,
y flasheé mal…
flasheé bien,
con que mi nombre
estaba en tu boca
derritiéndose.
Pᴀᴛʀɪᴄɪᴀ Lᴏʜɪɴ
Foto Federica Santolamazza
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Infancias

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El cuarto está ordenado y silencioso. El silencio no es más que una neblina que se cuela por debajo de la puerta y me alcanza. Orden y silencio, como un mantra religioso que hay que obedecer para alcanzar el paraíso.

Desde un estante algunos libros me hablan y suenan. Toda mi banda de sonido está en éstos. Encuentro en los renglones y en las historias de otros todo el ruido que le falta a mis días. Salgo a la calle enfundada en ropas de posguerra. Prendas elaboradas con telas que doy fé, podrían haber sobrevivido treinta o cuarenta años más, vistiendo a varios pares de generaciones. Afuera hay que agudizar el oído. Caminamos con la cabeza gacha rumbo a la escuela primaria, cada una arrastrando sus propias rejas. Nos miramos y nos desconocemos. Nos enseñaron a desconfiar. El otro es un universo paralelo riesgoso, que puede enseñarnos vaya a saber qué cosas. 

Con los años los murmullos se convierten en gritos, cada grito desarma un barrote. 

La libertad no es más que esa habitación al fin derrumbada, con libros de hojas amarillentas, y renglones con notas musicales. 

Queda mucho por gritar.

Patricia Lohin

Foto Cristina Hoch

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Remember

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¿Cómo se borran los recuerdos? me preguntaste.
No se borran. Al menos los de amor, los de desamor, la angustias anudadas que provocaron la ausencia de besos un sábado a la tardecita, las ganas de más, la confirmación de menos, eso no desaparece.
Si empezaran siquiera diluirse con la des-memoria, sería como una hecatombe, como el mar que se escurre por un agujero al costado del planeta, sería un alzheimer choto y colectivo inundando la biblioteca nacional, arrasando con los libros de Cortázar y Borges.
Las heridas de amor y de guerra quedan hechas cicatrices en la memoria. Cicatrices profundas y doradas, como el hilo de sol que se cuela a través del cielo borrascoso.
No huyas. Y si mañana por la mañana te encuentra el día destemplado, golpeando las zapatillas de correr contra esa calle de tierra embarrada, castigando la respiración desacompasada, humedeciendo los ojos con esa canción desarticulada y pedorra de tarde de románticos, no pasa nada.
Chupáte el caramelo o la mandarina. Saboreá el momento. Recordá el aroma de la piel. Fagocitáte. Deleitáte.
Recordá que un día los dioses llamaron a tu puerta dejándote un millón de posibilidades envueltas en papel aluminio.
Y que con ese beso de despedida sólo perdiste un par.
Patricia Lohin

Pelopincho

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Me arriesgué. Me tiré a la pelopincho con esa malla enteriza que me hace parecer un mamífero marino y encima me olvidé de ponerme los bracitos inflables.
Fué de panza. No te voy a negar, había agua, pero poca.
Terminé con la pera constipada contra mi pecho.
Dolió como la puta madre.
Dolió como un parto, como cuando uno nace. Dolió como la aguja de la inyección subcutánea que te clava la enfermera después de tres golpecitos, y encima te dice “no pasa nada” mientras el lagrimal supura agua salada.
Vos estabas en la reposera amarilla, viéndome caer, llorar, tragar agua y levantarme herida.
Tus ojos pardos más verdes por el sol, lucían divertidos.
Nunca entendí ese masoquismo enquistado, el de querer a alguien pero quererlo mal. El goce de la caída ajena.
Salí de la pileta y me envolví en un toallón animal print, tratando de parecer un bombón asesino y sexy. Te di un beso en la boca, húmedo y lapidario. Sabés que los picos no son lo mío.
Así y todo fue el beso de despedida.
Patricia Lohin

𝑁𝑜𝑟𝑚𝑎 & 𝑅𝑖𝑡𝑎

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“Soy Johnny y busco a Frankie”.
Ella levantó el papel que se había desprendido de la pared. Tenía el dibujo gastado de la tapa de la película.
Cualquier Johnny que buscara a Frankie tendría al menos cincuenta años.
No eran muchos los hombres solteros de más de cincuenta años en ese pueblo perdido de Santa Fe.
La mañana húmeda y soleada era un concierto de aves que jugaban a las escondidas en las copas de los árboles. El sol estaba en todas partes, una vez descendido y reflejado en el asfalto húmedo de la calle principal, los rayos se eyectaban hacia las paredes gastadas de las cuadras del centro.
Norma no había desayunado, tampoco cenado. Tan sólo medio atado de cigarrillos había en su ser. Entre los dedos atabacados se colaba el vacío existencial.
Llegó a la panadería La Moderna, y sin entrar se quedó sentada en el marco de la ventana. Esperó unos quince minutos hasta que llegó Rita, una mujer mayor, de edad indefinida, con grandes surcos en la cara, como si toda la vida hubiera llovido entre los ojos y la comisura de su boca. A su vez, su frente ancha, era un entramado de letras que conjugaban una especie de poema desconocido.
Rita se acomodó y empezaron a fumar juntas, tirando el humo en dirección a la vereda opuesta.
La frase de los ochenta era que la vida debía estar en otra parte.
A los 90 estaban ocupadas matando domingos amargos mientras el mate se lavaba al costado del río y los chicos volvían a la casa llenos de barro.
En el 2001 vino la crisis, dejaron el amor y la casa para recibir otro amor y otras casas.
Sobre el 2020, los amores habían resultados insípidos y pasajeros, y la única frase que había quedado estampillada en el cordón de la vereda era que la vida debía estar en otra parte.
Pero las vías del tres estaban frías, dormidas y tapadas de malezas. Entonces dieron por sentado que la vida simplemente nunca había ido a recogerlas.
Patricia Lohin
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Situación general del corazón

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Hoy mis puertas abrieron
al mismo precio dólar
desactualizado del viernes.
Con la misma carga emotiva
con la que se sale a la calle
todos los días.
Con el paraguas
agujereado del todo
para que pase el sol,
la lluvia,
y las piedritas esas
que cayeron sobre la siesta.
Hoy mis puertas abrieron
sin importar
el derrumbe del mercado,
o de las intenciones,
o de las esperanzas.
Por la puerta
entró de todo:
el frío polar
y algunas hojitas nuevas,
menos vos.
Y aunque sé
que por unos días
no puedo salir a comprar
ni vainillas ni chocolinas
para el café con leche
porque dicen no hay precio,
mañana volveré
a abrir las mismas puertas.
Aunque las encuestas digan
que no hay probabilidades,
tal vez uno de estos días
si entrés
y así no todo estará
tan perdido.
Patricia Lohin

𝑫𝒆 𝒂𝒎𝒐𝒓𝒆𝒔 𝒊𝒎𝒑𝒐𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆𝒔 (𝒄𝒂𝒓𝒕𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒂𝒎𝒐𝒓)

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Hola hermosa:

Te escribo un domingo de invierno, aquí sentado en un rincón del patio luego de terminar de cortar el pasto. Estoy sólo, inmerso en una soledad que cala tan hondo como el frío. Los árboles frutales y añejos me miran desnudos con tristeza y consternación. En el medio ha quedado la pileta hasta la mitad de agua, esperando que llegue el calor.

Sí, ya sé que estás pensando. Es domingo, la familia hace otras cosas en el interior de la casa, y para vos el domingo era el maldito día en el que yo no te amaba. Qué equivocada estabas! Si hubieras sabido que era el día que más necesitaba de vos como mi eje invisible, mi sostén, mi amor. Seguramente te amé de la manera más egoísta y cobarde que pueda ofrecer un hombre.

Si vos sentiste que yo no te amaba, yo sentí que me soltaste la mano con tu ausencia determinada.

Todos los escollos que no pude sortear, todas las puertas que no me atreví a abrir son un gran interrogante en mi vida.

Hoy que estoy acá sentado, tratando de captar en el aire el perfume de tu pelo enrulado, el olor de tu piel, el brillo de tus ojos cuando me miraban, la arruga en tu frente cuando te enojabas; me pregunto qué haría en este momento si tuviese la posibilidad de volver atrás, qué hubiera pasado si la decisión era otra, qué si me sostenías un poco más, qué si me animaba. Para vos el tiempo era mucho, mucho esperar; siempre manejamos distintos tiempos.

Soy feliz, como quien es feliz viendo la corriente del agua en el río pasar sin mojarse los pies. Hay fines de semana en los que si estoy en casa me pierdo en las anécdotas de mi hija, en sus preguntas raras, ahora que entró en la juventud y quiere saber cuántas veces me enamoré… y sale tu nombre desde la garganta y muere en el borde de mis labios, los labios con los que te amé desde la punta del dedo gordo hasta tu ombligo.

La culpa a veces es una amiga que se levanta conmigo en las mañanas, y viene a acostarse conmigo por las noches, no sin antes hacer un nudo en la punta de la sábana de mi pequeña, quien no me ha visto en todo el día.

Hago un nudo en su sábana y hago un nudo en mi memoria, mi memoria que está atada a la tuya, con miles de eslabones confeccionados con algún material que desconocemos. Quiero volver y espiar qué hubiese pasado, quiero espiarnos a nosotros, diariamente discutiendo por boludeces y amándonos en quinta, al máximo, con la intensidad de la naturaleza cuando se enoja.

Antes de dormir me pierdo en los libros que íbamos a leer juntos, tal vez la respuesta esté en algunos de éstos.

Es domingo y te amo; aunque ya no tenga derecho a decirlo.

Tuyo siempre.

Patricia Lohin

Heridas

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Había una vez un hada chiquita que haciendo tonterías se lastimó el dedo chiquito del pié.
Tan grande fue la herida, que nunca cerró.
El hada se hizo grande, dejó brillos y purpurinas, se puso la ropa que la vida le dió: una especie de mameluco beige sin alas, una gorra sin estrellitas, unos anteojos color pardos, un cinturón negro y unas zapatillas color amarillas que gastó yendo de acá para allá.
En su mochila había una de estas redes para cazar mariposas.
En el tiempo libre se escapaba al bosque, y si era de día atrapaba mariposas blancas apenas por unos segundos y las dejaba ir. En las noches de verano, caían en la red luciérnagas y otros bichitos luminosos que se le metían en el ojo cuando acercaba su cara.
Iban y venían: mariposas, luciérnagas, vaquitas de San Antonio, amores, hijos, mascotas, canciones de cuna, amigos. Cada uno llegaba con el pasaje de vuelta en la mano.
Y cada vez que alguien partía, la herida del dedo chiquito del pié supuraba tristezas.
Tengo una herida en el dedo chiquito del pié. Nunca dejó de doler. Me la hice cuando tenía uno o dos años.
En las siestas del invierno y noches de verano hago amores, hijos, amigos. Pero vienen con el pasaje de vuelta en la mano.
Patricia Lohin
Foto El santuario de las Luciérnagas
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Porque te conozco tanto
sé con qué jugos se cuecen tus carnes,
y lo que pensás
mientras mordés tu labio inferior
y tus ojos rejuvenecen
en una fracción de segundo.
Sé la música que ponés
al volver del trabajo
mientras sorteás obstáculos
en una avenida
en donde algunos jacarandás
se recuestan sobre las veredas
y los edificios del centro
besan las nubes
del cielo encapotado.
Conozco de memoria
la remera que te acaricia
por las noches,
y el libro que descansa
sobre la mesa de luz,
esperando a que yo llegue
y en puntas de pie,
humedezca mi dedo índice
y pase una hoja tras otra
leyendo entre líneas
cómo hacerte el amor,
dulcemente o salvajemente
entre esas sábanas blancas de algodón
que acabarán
suicidadas en el piso
y totalmente arrugadas.
Porque te conozco tanto
sé a qué hora mirar el reloj
para adivinarte con hambre y sedienta
hurgando en la heladera
las caricias que no te llegan.
Patricia Lohin
Foto © Ken Schles
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No me creas

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Yo nunca me creí la que me contaban. Pero siempre hago que.
Me muestro como un Kwai Chang Caine* berreta: respirando, analizando, esperando, anotando y observando.
Hago gala de revoluciones silenciosas que me llevan mansa y tranquila al último minuto, cuando viene el KO, el derechazo, la muerte súbita y vos que no te la veías venir.
Como si fuese un show de magia del mago sin dientes en un galpón abandonado al lado de las vías: pensabas que era un fiasco y al final desapareció.
Como hoy.
Vos a las ocho de la noche, viniendo a casa para cenar temprano. Comemos algo rico. El tema es cómo pasar eso rico cuando la garganta tiene un rosario de nudos que llega hasta el estómago. Sonrisas programadas y comentarios de medio pelo. El contacto visual murió antes de ayer. Casi no probamos bocado. Es peor que una última cena abrazando a Judas. No hay postre.
Los dos sabemos pero nadie dice nada. Es la verdad tácita que chorrea las paredes.
Te sentís seguro porque no hablo y me muestro dócil. Podrías estar así el resto de tu vida: pensás que la comida que sobró hoy la vas a poder terminar mañana, cuando vuelvas y ensayemos otra obra de teatro.
Seguimos haciendo qué, por ahí con suerte esta noche tenemos sexo. La noche termina y me voy a dormir sola.
Sobre la mesa tu llave y un pasado menos al que volver.
Patricia Lohin

Voluntarismo a punta de pistola

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Salgo a la calle con mis mejores pilchas de yo sé a dónde voy. 

Tengo varios de esos trajes, más un par de mudas de entre casa para cuando me agarra pánico y no sé dónde estoy. Es ropa cómoda y abrigada, que me permite hacerme un bollo en el piso que amenaza con desintegrarse debajo mío. Tengo todo medianamente calculado. Soy un asco. 

Hasta hace un tiempo me las estaba arreglando bastante bien con esto de vivir. 

Pero una mañana la persiana de mi pieza se trabó, y algo en mí detonó. Mi universo aceitado se estaba desmoronando, todo por una puta persiana. Mi garganta se convirtió en asesina al intentar asfixiarme, mientras mi cuerpo agonizaba vencido sobre las baldosas del baño. 

Mi psicólogo dice que el botón rojo de emergencia se activó. Yo sólo quiero saber quién lo presionó, y por qué justo ahora. Me explica que es como destrabar el  martillo colgado para romper el vidrio de la salida de emergencia de un bus. Lo que pareciera que me está matando, en realidad me estaría salvando. 

Son las nueve de la mañana. Salgo con mi reserva en modo automático y obligada. Todo me cuesta. La vida pasó a ser un acto de voluntarismo a punta de pistola. 

Él se sienta con las piernas cruzadas frente a mí, y me mira en silencio con su mejor pilcha de yo sé lo que hago y a dónde voy. Me pregunto que hará al final del día luego de atender a su último paciente. Miro las paredes y trato de adivinar dónde se esconden sus demonios. He llegado a creer que el inmaculado despojo del lugar sirve para que sus pacientes no se distraigan. Al final, ese consultorio es como un templo, donde el pastor me dice que no existe el pecado, ni la moral, ni lo bueno ni lo malo. Es la única religión que me reconforta, con ésta tengo altas probabilidades de llegar al cielo sin tramitar visa ni pasaporte. 

Patricia Lohin

Foto: Brooke Shaden

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A quien corresponda

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Porque para que sea una buena historia de amor es necesario que tenga banda sonora.

Ella tenía quince y él veinti tantos. Es una historia conocida.
La tarde-siesta los hizo coincidir mientras se relamían los labios con gusto a sal y algas.
El prestó atención a su boca cuando escuchó su banda sonora, y desde ese momento supo que no querría hacer otra cosa más que succionar esos labios que tarareaban de forma muda e inconsciente la misma música que él llevaba en su walkman.
Labios con gusto a higos, lengua almibarada, la piel apenas dorada por el sol de una playa patagónica.
Nada volvería a ser lo mismo ni para ellos ni para el cantautor, quien sin saberlo siguió componiendo canciones, una tras otra, mientras un director con cara desconocida iba marcando en qué escena iba cada melodía.
Dijo “corten”, y ellos insistieron en seguir actuando. Volvió a decir “corten”, y con la cabeza gacha y los hombros retraídos al fin abandonaron el set.
Con los años y la distancia, sobrevino una curiosa excursión que incluyó una ciudad tras otra, un teatro tras otro, distintas funciones de un mismo artista, mirando multitudes, esperando que el destino dijera sí de nuevo, mientras ella miraba la cola de la boletería, y en las filas aledañas, a la salida del show, esperando encontrarlo.
Pues yo les voy a decir algo mis queridos:
Si sólo les uniera un cantautor, éste aún no ha muerto.
Y ambos por igual esperan esa canción final que marque un comienzo.
Si sólo les uniera el cantautor, pero los une un río.
Patricia Lohin
Foto Tumblr
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El des-encuentro

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Podemos encontrarnos de dos maneras.
De forma programada, o esperar a que el destino nos cruce.
Para la primera opción tengo algunas ideas, aunque sólo te cuento una, así no te la creés, a ver si terminás pensando que esto del encuentro me importa tanto.
Se me ocurrió que podría ser tipo seis de la tarde. Un viernes, o un día que tengas franco.
En esa cafetería vintage de la peatonal de adoquines que queda en una esquina frente al Día.
Sí, esa misma. La que tiene mesitas cuadradas con unos mantelitos a cuadros rojos y blancos, más una cafetera antigua de la hostia sobre un mostrador largo de madera torneada.
Pensé en llegar antes, y sentarme en el fondo con vista a la puerta. Estaré leyendo, saltando renglones, pasando hojas, adelantando historias, mientras alternadamente levantaré la vista por encima de mis anteojos para adivinar tu silueta entrando, la expresión de tu cara, la sonrisa, tus tremendos ojos mirando el vestido que llevo.
Si llegás hablaremos de nimiedades y esperaremos que el random musical nos tire onda.
Si no venís, sabré que triunfó ese miedo crónico que arrastrás de no encontrar lo que soñás, sumado a la confirmación de que la realidad sea una especie de cagada fantasmagórica sin retorno, porque luego no te quedará un peso ni para soñar.
Tal vez este delirio del encuentro sea como la secuela de Top Gun, donde yo soy justamente esa actriz pasada de moda y entrada en años a la que no llamaron.
Para la segunda opción no tengo ideas.
Cuántas posibilidades hay de encontrarnos a la vuelta de la esquina de este mundo en forma casual y de sopetón, reconocernos, saludarnos, animarnos a intercambiar un hola, para luego seguir caminando, pensando que podríamos haber dicho esto o aquello, pero que sólo nos saludamos como un acto intrascendente más.
Lo bueno es que para desencontrarnos hay una sola forma: ésta.
Patricia Lohin
Foto: Marilyn por Eve Arnold
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Infancias

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Estoy sentada en un auto, en una localidad que no es la mía. Hay que esperar. 

La espera es como la esperanza, una entidad que no sirve más que para matar el tiempo. 

No recuerdo cuántos años tengo, tal vez diez, tal vez ocho, tal vez muchos, tal vez pocos.

El caso es que ya inquieta y aburrida, empiezo a payasear con mis ojos. Tapo uno y otro alternadamente, hasta que me doy cuenta que con uno mi visión es absolutamente borrosa.

Es un gran descubrimiento el que acabo de hacer, el mayor porcentaje de mi visión recae sobre un solo ojo. 

A los pocos meses estoy sentada en una silla de un consultorio oftalmológico de otra ciudad, una más acorde e importante para la situación. El profesional apaga las luces y de pronto la noche es un estado real. Siento su respiración sobre mi cara, y luego de su respiración su boca que roza la mía repetitivamente por un lapso de segundos que duran una vida. 

No recuerdo cuántos años tengo, tal vez diez, tal vez ocho, tal vez muchos, tal vez pocos. 

Es un gran descubrimiento el que acabo de hacer, el mayor porcentaje de mi visión recae sobre un solo ojo. 

Tal vez no debería confiar en que lo que pasó fue real si es que veo con un solo ojo. 

Luego de la noche viene el silencio.

Siempre. 

Patricia Lohin

Foto: Oriano Nicolau

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El patio

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El patio era cuadrado, casi del tamaño de cuatro habitaciones. Se diferenciaba de una habitación cualquiera por no tener techo. Las tardes de domingo, el sol entraba por una ventana subdividida en cuadros de cristal situada en la cocina, exactamente por encima de la mesada.

Ese día ella no estaba en la mesada, ni en la cocina, ni en la hornalla, ni en el fueguito del termotanque.

La cocina estaba en un momento íntimo de silencio, con una limpieza casi inmaculada, que había borrado incursiones culinarias del día previo. Tal sólo había quedado la huella de un par de migas de un pan tempranamente desgranado para tirar de pasada en la plaza y dar de comer a los gorriones.

Ella estaba sentada en la plaza, mirando de refilón al sol colarse por la copa generosa de un pino, mientras de fondo, la música estridente de la calesita se iba evaporando como si fuera el chillido de una locomotora que se disuelve a medida que avanza.

El abrió la puerta del patio. El silencio de la casa se quejó ante el ruido de la puerta. Se sentó en una silla de madera que él mismo había pintado en temporadas anteriores. Desde ésta empezó a fijar intermitentemente su vista en esa especie de naturaleza artificial. Un limonero, macetas de colores con tomillo y albahaca en el marco de una ventana, una salamandra oxidada, el rastrillo sosteniendo una pared, flores rastreras en los canteros circundantes, una radio Tonomac sin tapa que testaruda aún repetía frecuencias AM, un ciruelo, un espantapájaros vestido con una camisa que ya no le entraba. Y en otro sector, una quinta improvisada con tomates rojos y pequeños, algo de lechuga, algo de radicheta.

Miró hacia arriba buscando el cielo, y le pareció cada vez más cerca. 

Él sabía que la esperanza no es nada más que un engaña pichanga.

Ella sintió un dolor en el pecho mientras aún estaba sentada en el banco rojo de la plaza.

Cambió de posición y el dolor se agudizó perforando su esternón. Tuvo que pedir ayuda para levantarse. 

En el patio del tamaño de cuatro habitaciones, con un limonero y una radio tonomac, él decidió dar por zanjada la cuestión de vivir o morir, de esperar o no esperar. Eligió no esperar.

Patricia Lohin

Foto: © Ximo Mingarro Sales

Sin mí

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Con vos.
Conmigo.
Sin vos.
Sin mí.
Otra vez ese lugar,
en donde si te pierdo,
-¿perder qué?-
me pierdo.
Ese lugar vacío
en donde si vos no estás,
-Pedro, Kevin, Juliana, Cristina-
no existe nada
porque todo deja de tener sentido.
La herida nueva que supura
sobre la herida original
del primer abandono,
cuando sólo era un bebé
en una canasta de panadería
llorando sin que nadie
prestara atención.
Otra vez el día
caminando sola, solo,
prendiendo el horno nuevo
para uno.
cuando el horno que teníamos juntos
andaba tan bien.
Otra mañana respirando,
buceando en una libertad
que queda tan holgada
como una cama de dos plazas
para uno solo.
Otra vez
armando el rompecabezas
del merecimiento,
mientras hoy lloro
heridas
de otras vidas.
Otra vez,
ajo, pan y cebolla.
Patricia Lohin
Imagen Tumblr
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