Alud

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ha llovido intensamente
y lo que antes era un hilo de agua
bajando por la montaña
ahora es un alud de barro
que viene directo hacia el pueblo
no se detiene la sangría de lodo
y las casas esperan inmóviles
cerrando sus postigones
mientras sus habitantes cierran sus ojos
y doña Elvira cierra la boca
para no tragar la tierra que viene bajando
la última fracción de tiempo que existe
entre el desastre y la muerte
lo uso para dibujar con palabras
una despedida cobarde
un perdón tardío
un arrepentimiento falaz
la tierra chiclosa se desliza
debajo de los cimientos
de las construcciones patagónicas
desarmando ladrillos
como si fueran terrones de azúcar
alcanzo a preguntarme
qué será del mundo esta vez
sin más vestigios
de que hemos vivido cobardemente
y hemos muerto por milésima vez
sin dejar rastro

Noche

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La noche viene a sentarse conmigo, está medio en bolas; tiene un proyecto de vestido negro y la boca pintada con un brillo color rosa chicle. Sus ojeras, más profundas que las mías, deberían dejarme tranquila, pero no; somos dos hembras cansadas, y no sé si está bueno para este final.
Sus ojos claros están rodeados de profundas líneas que en el contexto de su rostro hermoso parecen rayos de sol. Pienso que tal vez no todo esté tan perdido, aunque creo que es una cagada que la noche sea mujer, nunca me entendí bien con otras mujeres.
Hay dos vasos y el mío está casi por la mitad, su contenido me raspa la garganta y me hace arder el pecho, siento que si pongo un encendedor delante de mi boca podría prenderse fuego mi interior. Ella me convida tabaco, le explico que soy inútil armando, entonces con sus manos de dedos largos y uñas curvas me arma un cigarrillo en un santiamén. Me acuerdo de mi abuelo y flasheo con que para esta ocasión hubiera sido mejor fumar pipa.
Afuera hay adolescentes escondidos como ratas en los huecos oscuros de una ciudad desolada escribiendo poemas inundados de muerte. Lo hacen sin vergüenza ni pena y con mucha gloria; mientras que en la residencia El Atardecer varios pares de adultos mayores, sabiéndose en falta y más cerca de todo, marcan amor en un 0800 obsoleto, como si ese mantra los fuera a exculpar por no haber amado bien o haber sido tan cretinos, egoístas y cobardes.
Ella y yo nos miramos, acaba de leer mi último texto, y mientras termina de exhalar el humo de la última pitada me mira con pena, pero no dice nada.
Sé lo que viene. Nos paramos, hago fondo blanco con el resto de lo que queda en el vaso y mi boca muere dentro de su boca. Al final la muerte no era tan amarga.

Casa Silvia

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Salgo a la calle con un vestido, música y el resto de mi humanidad metida en una bolsa ecológica de Casa Silvia en la mano. No es que toda una vida quepa ahí dentro, es lo que ha sobrado luego de la última sudestada. Los escombros de los escombros, el barro del barro, la desesperanza de la desesperanza, la piel agrietada y los ojos mitad resecos mitad inundados.
A los pocos metros la boca se subleva y comienza a hacerse mar. Algo nace desde la garganta e inunda la cavidad bucal con un sabor salado. La lengua se hincha, intentando hacerle frente a tanto agua. La boca hace agua, los ojos hacen agua. Nadie lo nota, somos ciegos caminando en distintas direcciones, ignorándonos ampliamente. Me pregunto qué hay para hacer en esta maldita ciudad a parte de seguir viviendo de esta forma absurda. El tema musical para la ocasión empieza a convertirse en un ruido molesto que parece sonar desde el fondo de un túnel. Pienso en escapar. Al llegar a la plaza busco al conductor anónimo que todas las mañanas pasa una franela inmaculada por su auto color ni crema ni blanco ni leche. No está, vos tampoco estás, pero recuerdo tu voz preguntándome si uno para alguna vez de llorar, y yo mintiendo, porque quiero que aproveches la esperanza que me sobra y no pienso usar. Me pregunto a dónde podría llegar con lo que llevo encima, apenas si unos billetes de cinco a punto de morir, un cuaderno con garabatos, unos anteojos con los que ya no leo ni de cerca ni de lejos. A dónde huir, si en cualquier destino posible también me tocaría demostrar que valgo la pena en un cinco por ciento, que dentro del orden duerme un desorden infernal teniendo pesadillas todas las noches, que la seguridad no es más que una fachada mal armada, una mampostería que se está cayendo; que soy un fraude y que la ciudad sigue siendo ese lugar ajeno que lejos de cobijar, te espera a la vuelta de la esquina para abrazarte con desesperanza y recordarte que estamos absurdamente solos, con lo que sobrevivió a la sudestada metido dentro de una bolsa ecológica de Casa Silvia.
Patricia Lohin
Imagen Tumblr
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Otro día más y estás vos

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Cuando te fuiste, el tiempo y yo hicimos un documento improvisado sobre una servilleta con el logo de una confitería céntrica, nos dimos la mano y yo quedé tomándome otro café latte. Por unos años sentí que el mundo era una tregua, en donde la bandera blanca era una sábana de lino colgada en el cordel del patio: una extensión de soga que iba desde el limonero hasta la higuera. Detrás de la sábana podía adivinar tu andar por el sendero que lleva al galpón, mientras los chicos corrían jugando con los broches y chapoteando adentro de una palangana, esperando a que yo me fuera para hacer salvajadas.
Algunas noches, cuando todo estaba en silencio y el cansancio del día no nos había vencido aún, podía ver tus ojos abiertos mirándome en la penumbra, mientras yo trataba de cazar tu aliento con mi aliento, ahogando murmullos y risas debajo de la almohada. Por las mañanas, las cucharitas de café venían a buscarnos chocando y tintineando por el pasillo mientras semidormidos nos dábamos los buenos días.
Por unos años mi mundo fue blanco y suave como el algodón, aunque algunas mañanas parecían eternas y las noches momentos fugaces que usábamos para escribir en el cielorraso algunas cosas que queríamos repetir al día siguiente: una carcajada, el barullo insoportable a la hora del almuerzo, la mirada de un fragmento de segundo que cruzaba toda la extensión de la casa afirmando que otro día más y está todo bien. Otro día más y estás vos.
El tiempo no me la hizo fácil, le pedí poder volver y me permitió elegir un sólo instante al cual podía acceder no más de una vez al año y sin cambiar nada.
Así es como el primer día de otoño puedo dar vuelta mi cuerpo sobre la cama, encontrar tus ojos abiertos y meterme a nadar en tu mirada.
Otro día más y estás vos.
Patricia Lohin

Pablo

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Ocho de la mañana. La estación de buses es el mismísimo infierno. El calor mezclado con el olor de los caminantes errantes y algunos pasajeros mal dormidos es insoportable. Elijo salir a la plataforma de salida. Me estaciono con mi valija de mano demasiado temprano, esperando que en algún momento los choferes empiecen a recolectar viajeros.
A mi lado una muchacha enciende un cigarrillo. La observo.
Demasiado producida para mi gusto. El maquillaje alrededor de los ojos ha comenzado a hacer grieta y con cada pitada de cigarrillo se adivinan líneas prematuras en la comisura de sus labios que resaltan con un labial color chicle. De pronto sus ojos encubiertos detrás de unas pestañas artificiales me miran. Esbozo una sonrisa bastante prefabricada y le digo que es demasiado temprano para fumar. Ante mi afirmación toma el cigarrillo y ensaya una pitada profunda echando el humo en mi dirección y mirando hacia el infinito.
Me acerco y le digo que soy Pablo, y que estoy retornando a casa. Espero que el colectivo salga a horario, uno nunca sabe, las rutas, los animales que se cruzan, los camioneros, los piquetes, el sol resquebrajando el asfalto. Vuelve a mirarme, esta vez adivino un brillo que ahora es opaco y que me inunda el alma. Demasiado herida para mi gusto.
Me dice que se llama Micaela, y que tiene menos de treinta. Nos sentamos juntos, sabiendo anticipadamente que tenemos boletos para asientos contiguos. Le digo que tengo más de cincuenta. Ensayamos un prefacio para ponernos al día. Ella por muchos lugares, yo por otros tantos. Distintos amores enmarañados que nos dejaron a ambos al costado del camino. Estoy cansada me dice y busca refugio en mi hombro.
Pensé que podía enamorarme en ese preciso instante, de su boca sin brillo labial, de sus palabras una vez que estuviesen despojadas de tanta aridez, de mi necesidad de protegerla. Al llegar a destino me despido con un beso en la frente. Demasiado arriesgado para mi gusto.
Patricia Lohin
Foto Rene Stuardo
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Uno se acostumbra

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Uno se acostumbra a escribir entre líneas, a callarse, a adaptarse.
A andar en el auto con la luz prendida del combustible, a pensar que nos vamos a quedar a pata, a que el vecino le siga pegando al perro, a ver a un niño en cuclillas llorando en un rincón, a estar en una relación que nos quita todo, a andar en la bici con las gomas desinfladas y sin frenos, a vivir con la reserva de energía a punto de colapsar, a dormir poco o demasiado, a llorar antes de que salga el sol, a dar besos con la boca cerrada.
Uno se acostumbra al desamor, a huir, a no hablar, a no pedir lo que podría ser un sí como respuesta, a las tardecitas mirando el poste de la luz prendido anticipadamente, a que no alcance la guita, a que el corazón salga huyendo de tantos sentires.
Uno se acostumbra a una vida desencajada, sin sentido y sin sentires, a los secretos a voces, al quilombo existencial, a perder el tiempo, los objetivos y los sueños, a que nada es como lo habíamos soñado. Uno se acostumbra al frío gélido de la cama vacía igual que la taza del desayuno a estar perdida en la mesada de la cocina.
Uno se acostumbra a esperar, mientras afuera se están muriendo, se están matando de hambre, de guerras y desesperanza. Mientras nos están robando frases hechas con tintes de que lo imposible se puede.
Entonces no queda otra que seguir esperando, arrodillados en el primer banco de una iglesia de pueblo, rezando a San Benito o San la Muerte, implorando no ser abandonados una vez más, achicharrados de tanto dolor.
A lo que uno no se acostumbra tan fácilmente es a que las cosas salgan bien, al silencio del atardecer mientras uno está pleno, a que el corazón baile sin pedir permiso, a ser amado en correspondencia.
Para estos menesteres uno no se acostumbra.
Patricia Lohin
Foto © María Tudela Bermúdez
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