Infancias

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voy sentada en el asiento trasero
de un auto
hablo hasta por los codos
hay que llenar el vacío existencial
el silencio es un monstruo de dos patas
aparentemente inofensivo
que viene dispuesto a devorarnos
lleno las horas y los kilómetros
con palabras huecas
y delirios llenos de preguntas
que nadie responde
estamos todos hartos
mis padres de mi
yo de ellos
la ruta que fallece
bajo las gomas del auto
el auto que tiene que seguir
y no le han preguntado si quiere
alguien reclama e implora piedad
será dios que se ha rendido
el asfalto
el auto
las estrellas colgadas
y que alcanzo a ver
con el cuello estirado hacia atrás
la infancia es un asunto de nunca acabar
un mundo pequeño
y con cuatro ruedas
en el que voy sentada
en el asiento de atrás
sacudiendo palabras…
si callo moriré

Miedos

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salen los miedos
que estaban agazapados
entre la humedad
que supura de la pared
y la cáscara de pintura
en la mitad de la noche
la mitad del año
la mitad de la vida
corren sin hacer ruido
desde el zócalo
alimentándose de la mugre
que ha quedado tirada en el piso
de los días de antes de ayer
muerden cual roedores
una pata de la cama
y hacen surcos para poder trepar
y llegar sin daños adicionales
al sector desprotegido del durmiente
entrarán por el dedo chiquito del pie
o la rotura en el talón de aquiles
por el ojo que duerme entrecerrado
por la falla en el esternón
o por la boca que ha quedado abierta
al final entran por los poros
por donde sale el hedor
de una vida en estado
permanente de extinción

Palabra

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palabra
ella femenina singular
que se hace plural
en este rejunte despiadado
que sale del alma
balas de cañón
municiones de sal
que salen
desde el fondo del mar
golpes certeros
palabra que mata
ahoga
lucha
calla
omite
el grito que la estampa
contra la pared
y la deja aplastada
como a un mosquito
palabra que chorrea
desde una hoja en blanco
y se amontona con otras
en una estancia diminuta
taladrando cerebros
palabra que
comprime
expande
hiere
ignora
acaricia
enseña
ama
miente
palabra nueva
repetida
revolucionaria
inventada
susurrada
mal escrita
malparida
insurrecta
mala palabra
acaricio su hueso
descansando en una curva
y me enamoro de la humedad
de su boca muda
que aún
no sabe pronunciarse
a sí misma

Pañuelo de seda

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La ruta está despejada. El paisaje parece una postal de esas que se venden en los kioskos. Es uno de esos días que cae entre tu cumpleaños y el mío. Llevo un pañuelo de seda en el cuello. Odio la seda, pero la perspectiva de que algo fluctúe con el viento intempestivo que entra por la ventanilla me encanta. Lo compro antes de salir, un desperdicio ambiental y económico si tomo en cuenta que gasté mil quinientos mangos para lucirlo en la última escena boluda de nuestra vida juntos. Me decís que estoy hermosa y ensayo mi mejor sonrisa para responderte mientras se asoma por los labios entreabiertos mi diente desaliñado.
Todo es tan perfecto que hasta el vehículo está enjuagado, y puedo sacarme las sandalias sin apoyar mis pies en una montaña de arena.
Sabemos bien hacia donde vamos, pero ninguno de los dos dice nada. Un rato antes habíamos tomado un desayuno de esos suculentos: medio litro de café con dos medialunas. Obvio te quejaste de algo pero no te escuché. Nos leímos las miradas y nos hicimos bien los pelotudos, yo más que vos toda la vuelta. Decido seguir actuando aunque me sale bien para el orto.
Chequeo el celular despreocupadamente, le aviso a alguien que no voy a tener señal por un par de horas. Mentimos un rato más, tal vez unos ciento cincuenta kilómetros. De reojo veo el gesto que hacés con la boca cuando mentís, tus fosas nasales dilatadas indican que te estás quedando sin oxígeno y sin ganas. Flasheamos sobre dónde vamos a vivir y cuándo, mientras volvés a reafirmar que soy la mujer de tu vida. Entorno los ojos y te palmeo la mano dándote la razón como a los locos. Faltan dos kilómetros, lo dice un cartel con letras blancas desgastadas y varias huellas de tiro al blanco. Hay que doblar a la derecha. Acelerás y al fin nos estrellamos.

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