Infancias

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A los doce el amor era mirar a Fernando de reojo.
Alguna vez compartimos uno de esos pupitres de madera todos integrados con un orificio para poner un tintero. A los doce el amor era un sentimiento larga duración y un asunto serio. Yo me enamoré en sexto grado, y seguí con ese encaprichamiento hasta segundo o tercer año de la secundaria. La duración del enamoramiento unilateral era motivo de charla en los recreos. Al igual que las protagonistas de las historias que yo leía, a mayor duración de algo, mejor calidad. Y yo estaba ganando: era la única de mis compañeras que llevaba tanto tiempo gustándome el mismo chico.
El pobre Fernando se enteró a fines de la primaria de mi berretín existencial platónico. La había cagado, me podría haber quedado con un potencial amigo, pero un papel con su nombre escrito por mí al lado de un “me gusta” hizo que me anulara del listado de seres vivientes dignos de un saludo. Los siguientes años me conformé pasando por la esquina de su casa. Luego el tiempo hizo lo suyo: yo me fui del pueblo un par de veces y nunca más volvimos a compartir un aula.
Patricia Lohin
Foto Alicja Brodowicz

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