𝖢𝗈𝗆𝗉𝖺ñ𝖾𝗋𝗈

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-𝘋𝘦 𝘭𝘢 𝘴𝘦𝘳𝘪𝘦 “𝘌𝘴𝘤𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘮𝘰𝘳”-

Él me dijo compañera. Detrás de esa palabra cargada de contenido histórico yo leí el comienzo de nuestra lucha juntos.
Compañeros, los que comen del mismo pan y caminan a la par levantando la misma bandera. Fueron muchos los pasillos transitados redactando documentos plagados de proyectos, que nos llevaron repetitivamente a los mismos lugares: un escritorio desordenado, horarios encontrados, almuerzos improvisados, ceniceros con colillas aplastadas, calles desconocidas que desde ese momento crearon un nuevo mapa hasta entonces incierto: el de nuestro encuentro, un nuevo punto geográfico recién parido.
Adoración. Devoción. Admiración mutua. Mis oídos bobalicones escuchando sus proyectos utópicos. Yo queriendo subirme a la calesita para ponerlos en marcha. Y viceversa a todo. Su dialéctica. Mis sueños. Su mirada. Mi realización a partir de esa mirada. Mis oraciones. Su punto y seguido. Mis párrafos. Su acto continuo. Mi despertar. Su sentir silencioso. Mi amor platónico. La tinta de su lapicera que no alcanzó para poner tres puntos suspensivos. Te amo. Yo también. La espera detrás de bambalinas. El final cuando no fuimos los elegidos. Su huida y el fin de mi revolución.
Él renunció a mi causa, un proyecto al que nunca pude ponerle punto final.
Hoy cuatro años después, seguimos militando cada uno por distintos pasillos, mientras cada tanto y subrepticiamente nos miramos de reojo.
Uno solo fue el cobarde.
Usted compañero.
Patricia Lohin
Foto Adriana Lestido
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Fragmentarios: Quiz: ¿Qué tipo de tristeza eres?, por Rodrigo Mora

Revista Palabrerías

Instrucciones: Lea. Escoja las preguntas que más llamen su atención y respóndalas.

A) ¿Dónde está la búsqueda que deseas? ¿En la maduración de nuestras canas marxistas y nuestros ademanes intelectuales en medio de la carnicería transdisciplinaria de la facultad? ¿Por qué duermes tanto? ¿La formación académica es un espectáculo maravilloso, y es justo ese espectáculo el premio por no participar en ello? ¿Después la espera, allá afuera? ¿de lo que sea? ¿A los veinte siempre esperamos a Godot y el mundo sólo es una obra de Samuel Beckett? ¿Las canciones suenan muy lento? ¿En todas partes queremos estar solos para que nadie nos vea regar las cenizas del imperio que imaginamos a los dieciséis años y que, quizá, servirán de abono a las siguientes generaciones? ¿De verdad es tan tarde para nosotros? ¿Y si vemos el único discurso prestigioso de los últimos dos siglos: La estadística, la ciencia de lo…

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Ve O eSe

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Dijiste “vos”:
Ve O eSe.
Vos refiriéndote a mí.
Tus labios pegados,
despegándose
a una velocidad
angustiosamente lenta
para pronunciarme.
Tu boca besando mi yo.
Yo queriendo
irme a vivir adentro
de tu cavidad bucal,
para dormirme
de cúbito dorsal
sobre tu lengua.
Dijiste “vos”,
hablando de mí;
y yo pensé
en “vos y yo” separados
-haciendo algo
solapadamente loco,
saltando afuera
del cuadrado existencial,
infringiendo normas
horarios y toques de queda-
pero juntos.
Dijiste “vos”
y sonó como un susurro
en mi oído,
mientras imagino que hundo
las yemas de mis dedos
en tu espalda,
y flasheé mal…
flasheé bien,
con que mi nombre
estaba en tu boca
derritiéndose.
Pᴀᴛʀɪᴄɪᴀ Lᴏʜɪɴ
Foto Federica Santolamazza
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Infancias

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El cuarto está ordenado y silencioso. El silencio no es más que una neblina que se cuela por debajo de la puerta y me alcanza. Orden y silencio, como un mantra religioso que hay que obedecer para alcanzar el paraíso.

Desde un estante algunos libros me hablan y suenan. Toda mi banda de sonido está en éstos. Encuentro en los renglones y en las historias de otros todo el ruido que le falta a mis días. Salgo a la calle enfundada en ropas de posguerra. Prendas elaboradas con telas que doy fé, podrían haber sobrevivido treinta o cuarenta años más, vistiendo a varios pares de generaciones. Afuera hay que agudizar el oído. Caminamos con la cabeza gacha rumbo a la escuela primaria, cada una arrastrando sus propias rejas. Nos miramos y nos desconocemos. Nos enseñaron a desconfiar. El otro es un universo paralelo riesgoso, que puede enseñarnos vaya a saber qué cosas. 

Con los años los murmullos se convierten en gritos, cada grito desarma un barrote. 

La libertad no es más que esa habitación al fin derrumbada, con libros de hojas amarillentas, y renglones con notas musicales. 

Queda mucho por gritar.

Patricia Lohin

Foto Cristina Hoch

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Remember

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¿Cómo se borran los recuerdos? me preguntaste.
No se borran. Al menos los de amor, los de desamor, la angustias anudadas que provocaron la ausencia de besos un sábado a la tardecita, las ganas de más, la confirmación de menos, eso no desaparece.
Si empezaran siquiera diluirse con la des-memoria, sería como una hecatombe, como el mar que se escurre por un agujero al costado del planeta, sería un alzheimer choto y colectivo inundando la biblioteca nacional, arrasando con los libros de Cortázar y Borges.
Las heridas de amor y de guerra quedan hechas cicatrices en la memoria. Cicatrices profundas y doradas, como el hilo de sol que se cuela a través del cielo borrascoso.
No huyas. Y si mañana por la mañana te encuentra el día destemplado, golpeando las zapatillas de correr contra esa calle de tierra embarrada, castigando la respiración desacompasada, humedeciendo los ojos con esa canción desarticulada y pedorra de tarde de románticos, no pasa nada.
Chupáte el caramelo o la mandarina. Saboreá el momento. Recordá el aroma de la piel. Fagocitáte. Deleitáte.
Recordá que un día los dioses llamaron a tu puerta dejándote un millón de posibilidades envueltas en papel aluminio.
Y que con ese beso de despedida sólo perdiste un par.
Patricia Lohin

Pelopincho

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Me arriesgué. Me tiré a la pelopincho con esa malla enteriza que me hace parecer un mamífero marino y encima me olvidé de ponerme los bracitos inflables.
Fué de panza. No te voy a negar, había agua, pero poca.
Terminé con la pera constipada contra mi pecho.
Dolió como la puta madre.
Dolió como un parto, como cuando uno nace. Dolió como la aguja de la inyección subcutánea que te clava la enfermera después de tres golpecitos, y encima te dice “no pasa nada” mientras el lagrimal supura agua salada.
Vos estabas en la reposera amarilla, viéndome caer, llorar, tragar agua y levantarme herida.
Tus ojos pardos más verdes por el sol, lucían divertidos.
Nunca entendí ese masoquismo enquistado, el de querer a alguien pero quererlo mal. El goce de la caída ajena.
Salí de la pileta y me envolví en un toallón animal print, tratando de parecer un bombón asesino y sexy. Te di un beso en la boca, húmedo y lapidario. Sabés que los picos no son lo mío.
Así y todo fue el beso de despedida.
Patricia Lohin

𝑁𝑜𝑟𝑚𝑎 & 𝑅𝑖𝑡𝑎

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“Soy Johnny y busco a Frankie”.
Ella levantó el papel que se había desprendido de la pared. Tenía el dibujo gastado de la tapa de la película.
Cualquier Johnny que buscara a Frankie tendría al menos cincuenta años.
No eran muchos los hombres solteros de más de cincuenta años en ese pueblo perdido de Santa Fe.
La mañana húmeda y soleada era un concierto de aves que jugaban a las escondidas en las copas de los árboles. El sol estaba en todas partes, una vez descendido y reflejado en el asfalto húmedo de la calle principal, los rayos se eyectaban hacia las paredes gastadas de las cuadras del centro.
Norma no había desayunado, tampoco cenado. Tan sólo medio atado de cigarrillos había en su ser. Entre los dedos atabacados se colaba el vacío existencial.
Llegó a la panadería La Moderna, y sin entrar se quedó sentada en el marco de la ventana. Esperó unos quince minutos hasta que llegó Rita, una mujer mayor, de edad indefinida, con grandes surcos en la cara, como si toda la vida hubiera llovido entre los ojos y la comisura de su boca. A su vez, su frente ancha, era un entramado de letras que conjugaban una especie de poema desconocido.
Rita se acomodó y empezaron a fumar juntas, tirando el humo en dirección a la vereda opuesta.
La frase de los ochenta era que la vida debía estar en otra parte.
A los 90 estaban ocupadas matando domingos amargos mientras el mate se lavaba al costado del río y los chicos volvían a la casa llenos de barro.
En el 2001 vino la crisis, dejaron el amor y la casa para recibir otro amor y otras casas.
Sobre el 2020, los amores habían resultados insípidos y pasajeros, y la única frase que había quedado estampillada en el cordón de la vereda era que la vida debía estar en otra parte.
Pero las vías del tres estaban frías, dormidas y tapadas de malezas. Entonces dieron por sentado que la vida simplemente nunca había ido a recogerlas.
Patricia Lohin
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Situación general del corazón

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Hoy mis puertas abrieron
al mismo precio dólar
desactualizado del viernes.
Con la misma carga emotiva
con la que se sale a la calle
todos los días.
Con el paraguas
agujereado del todo
para que pase el sol,
la lluvia,
y las piedritas esas
que cayeron sobre la siesta.
Hoy mis puertas abrieron
sin importar
el derrumbe del mercado,
o de las intenciones,
o de las esperanzas.
Por la puerta
entró de todo:
el frío polar
y algunas hojitas nuevas,
menos vos.
Y aunque sé
que por unos días
no puedo salir a comprar
ni vainillas ni chocolinas
para el café con leche
porque dicen no hay precio,
mañana volveré
a abrir las mismas puertas.
Aunque las encuestas digan
que no hay probabilidades,
tal vez uno de estos días
si entrés
y así no todo estará
tan perdido.
Patricia Lohin

𝑫𝒆 𝒂𝒎𝒐𝒓𝒆𝒔 𝒊𝒎𝒑𝒐𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆𝒔 (𝒄𝒂𝒓𝒕𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒂𝒎𝒐𝒓)

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Hola hermosa:

Te escribo un domingo de invierno, aquí sentado en un rincón del patio luego de terminar de cortar el pasto. Estoy sólo, inmerso en una soledad que cala tan hondo como el frío. Los árboles frutales y añejos me miran desnudos con tristeza y consternación. En el medio ha quedado la pileta hasta la mitad de agua, esperando que llegue el calor.

Sí, ya sé que estás pensando. Es domingo, la familia hace otras cosas en el interior de la casa, y para vos el domingo era el maldito día en el que yo no te amaba. Qué equivocada estabas! Si hubieras sabido que era el día que más necesitaba de vos como mi eje invisible, mi sostén, mi amor. Seguramente te amé de la manera más egoísta y cobarde que pueda ofrecer un hombre.

Si vos sentiste que yo no te amaba, yo sentí que me soltaste la mano con tu ausencia determinada.

Todos los escollos que no pude sortear, todas las puertas que no me atreví a abrir son un gran interrogante en mi vida.

Hoy que estoy acá sentado, tratando de captar en el aire el perfume de tu pelo enrulado, el olor de tu piel, el brillo de tus ojos cuando me miraban, la arruga en tu frente cuando te enojabas; me pregunto qué haría en este momento si tuviese la posibilidad de volver atrás, qué hubiera pasado si la decisión era otra, qué si me sostenías un poco más, qué si me animaba. Para vos el tiempo era mucho, mucho esperar; siempre manejamos distintos tiempos.

Soy feliz, como quien es feliz viendo la corriente del agua en el río pasar sin mojarse los pies. Hay fines de semana en los que si estoy en casa me pierdo en las anécdotas de mi hija, en sus preguntas raras, ahora que entró en la juventud y quiere saber cuántas veces me enamoré… y sale tu nombre desde la garganta y muere en el borde de mis labios, los labios con los que te amé desde la punta del dedo gordo hasta tu ombligo.

La culpa a veces es una amiga que se levanta conmigo en las mañanas, y viene a acostarse conmigo por las noches, no sin antes hacer un nudo en la punta de la sábana de mi pequeña, quien no me ha visto en todo el día.

Hago un nudo en su sábana y hago un nudo en mi memoria, mi memoria que está atada a la tuya, con miles de eslabones confeccionados con algún material que desconocemos. Quiero volver y espiar qué hubiese pasado, quiero espiarnos a nosotros, diariamente discutiendo por boludeces y amándonos en quinta, al máximo, con la intensidad de la naturaleza cuando se enoja.

Antes de dormir me pierdo en los libros que íbamos a leer juntos, tal vez la respuesta esté en algunos de éstos.

Es domingo y te amo; aunque ya no tenga derecho a decirlo.

Tuyo siempre.

Patricia Lohin

Heridas

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Había una vez un hada chiquita que haciendo tonterías se lastimó el dedo chiquito del pié.
Tan grande fue la herida, que nunca cerró.
El hada se hizo grande, dejó brillos y purpurinas, se puso la ropa que la vida le dió: una especie de mameluco beige sin alas, una gorra sin estrellitas, unos anteojos color pardos, un cinturón negro y unas zapatillas color amarillas que gastó yendo de acá para allá.
En su mochila había una de estas redes para cazar mariposas.
En el tiempo libre se escapaba al bosque, y si era de día atrapaba mariposas blancas apenas por unos segundos y las dejaba ir. En las noches de verano, caían en la red luciérnagas y otros bichitos luminosos que se le metían en el ojo cuando acercaba su cara.
Iban y venían: mariposas, luciérnagas, vaquitas de San Antonio, amores, hijos, mascotas, canciones de cuna, amigos. Cada uno llegaba con el pasaje de vuelta en la mano.
Y cada vez que alguien partía, la herida del dedo chiquito del pié supuraba tristezas.
Tengo una herida en el dedo chiquito del pié. Nunca dejó de doler. Me la hice cuando tenía uno o dos años.
En las siestas del invierno y noches de verano hago amores, hijos, amigos. Pero vienen con el pasaje de vuelta en la mano.
Patricia Lohin
Foto El santuario de las Luciérnagas
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Porque te conozco tanto
sé con qué jugos se cuecen tus carnes,
y lo que pensás
mientras mordés tu labio inferior
y tus ojos rejuvenecen
en una fracción de segundo.
Sé la música que ponés
al volver del trabajo
mientras sorteás obstáculos
en una avenida
en donde algunos jacarandás
se recuestan sobre las veredas
y los edificios del centro
besan las nubes
del cielo encapotado.
Conozco de memoria
la remera que te acaricia
por las noches,
y el libro que descansa
sobre la mesa de luz,
esperando a que yo llegue
y en puntas de pie,
humedezca mi dedo índice
y pase una hoja tras otra
leyendo entre líneas
cómo hacerte el amor,
dulcemente o salvajemente
entre esas sábanas blancas de algodón
que acabarán
suicidadas en el piso
y totalmente arrugadas.
Porque te conozco tanto
sé a qué hora mirar el reloj
para adivinarte con hambre y sedienta
hurgando en la heladera
las caricias que no te llegan.
Patricia Lohin
Foto © Ken Schles
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No me creas

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Yo nunca me creí la que me contaban. Pero siempre hago que.
Me muestro como un Kwai Chang Caine* berreta: respirando, analizando, esperando, anotando y observando.
Hago gala de revoluciones silenciosas que me llevan mansa y tranquila al último minuto, cuando viene el KO, el derechazo, la muerte súbita y vos que no te la veías venir.
Como si fuese un show de magia del mago sin dientes en un galpón abandonado al lado de las vías: pensabas que era un fiasco y al final desapareció.
Como hoy.
Vos a las ocho de la noche, viniendo a casa para cenar temprano. Comemos algo rico. El tema es cómo pasar eso rico cuando la garganta tiene un rosario de nudos que llega hasta el estómago. Sonrisas programadas y comentarios de medio pelo. El contacto visual murió antes de ayer. Casi no probamos bocado. Es peor que una última cena abrazando a Judas. No hay postre.
Los dos sabemos pero nadie dice nada. Es la verdad tácita que chorrea las paredes.
Te sentís seguro porque no hablo y me muestro dócil. Podrías estar así el resto de tu vida: pensás que la comida que sobró hoy la vas a poder terminar mañana, cuando vuelvas y ensayemos otra obra de teatro.
Seguimos haciendo qué, por ahí con suerte esta noche tenemos sexo. La noche termina y me voy a dormir sola.
Sobre la mesa tu llave y un pasado menos al que volver.
Patricia Lohin

Voluntarismo a punta de pistola

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Salgo a la calle con mis mejores pilchas de yo sé a dónde voy. 

Tengo varios de esos trajes, más un par de mudas de entre casa para cuando me agarra pánico y no sé dónde estoy. Es ropa cómoda y abrigada, que me permite hacerme un bollo en el piso que amenaza con desintegrarse debajo mío. Tengo todo medianamente calculado. Soy un asco. 

Hasta hace un tiempo me las estaba arreglando bastante bien con esto de vivir. 

Pero una mañana la persiana de mi pieza se trabó, y algo en mí detonó. Mi universo aceitado se estaba desmoronando, todo por una puta persiana. Mi garganta se convirtió en asesina al intentar asfixiarme, mientras mi cuerpo agonizaba vencido sobre las baldosas del baño. 

Mi psicólogo dice que el botón rojo de emergencia se activó. Yo sólo quiero saber quién lo presionó, y por qué justo ahora. Me explica que es como destrabar el  martillo colgado para romper el vidrio de la salida de emergencia de un bus. Lo que pareciera que me está matando, en realidad me estaría salvando. 

Son las nueve de la mañana. Salgo con mi reserva en modo automático y obligada. Todo me cuesta. La vida pasó a ser un acto de voluntarismo a punta de pistola. 

Él se sienta con las piernas cruzadas frente a mí, y me mira en silencio con su mejor pilcha de yo sé lo que hago y a dónde voy. Me pregunto que hará al final del día luego de atender a su último paciente. Miro las paredes y trato de adivinar dónde se esconden sus demonios. He llegado a creer que el inmaculado despojo del lugar sirve para que sus pacientes no se distraigan. Al final, ese consultorio es como un templo, donde el pastor me dice que no existe el pecado, ni la moral, ni lo bueno ni lo malo. Es la única religión que me reconforta, con ésta tengo altas probabilidades de llegar al cielo sin tramitar visa ni pasaporte. 

Patricia Lohin

Foto: Brooke Shaden

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A quien corresponda

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Porque para que sea una buena historia de amor es necesario que tenga banda sonora.

Ella tenía quince y él veinti tantos. Es una historia conocida.
La tarde-siesta los hizo coincidir mientras se relamían los labios con gusto a sal y algas.
El prestó atención a su boca cuando escuchó su banda sonora, y desde ese momento supo que no querría hacer otra cosa más que succionar esos labios que tarareaban de forma muda e inconsciente la misma música que él llevaba en su walkman.
Labios con gusto a higos, lengua almibarada, la piel apenas dorada por el sol de una playa patagónica.
Nada volvería a ser lo mismo ni para ellos ni para el cantautor, quien sin saberlo siguió componiendo canciones, una tras otra, mientras un director con cara desconocida iba marcando en qué escena iba cada melodía.
Dijo “corten”, y ellos insistieron en seguir actuando. Volvió a decir “corten”, y con la cabeza gacha y los hombros retraídos al fin abandonaron el set.
Con los años y la distancia, sobrevino una curiosa excursión que incluyó una ciudad tras otra, un teatro tras otro, distintas funciones de un mismo artista, mirando multitudes, esperando que el destino dijera sí de nuevo, mientras ella miraba la cola de la boletería, y en las filas aledañas, a la salida del show, esperando encontrarlo.
Pues yo les voy a decir algo mis queridos:
Si sólo les uniera un cantautor, éste aún no ha muerto.
Y ambos por igual esperan esa canción final que marque un comienzo.
Si sólo les uniera el cantautor, pero los une un río.
Patricia Lohin
Foto Tumblr
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El des-encuentro

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Podemos encontrarnos de dos maneras.
De forma programada, o esperar a que el destino nos cruce.
Para la primera opción tengo algunas ideas, aunque sólo te cuento una, así no te la creés, a ver si terminás pensando que esto del encuentro me importa tanto.
Se me ocurrió que podría ser tipo seis de la tarde. Un viernes, o un día que tengas franco.
En esa cafetería vintage de la peatonal de adoquines que queda en una esquina frente al Día.
Sí, esa misma. La que tiene mesitas cuadradas con unos mantelitos a cuadros rojos y blancos, más una cafetera antigua de la hostia sobre un mostrador largo de madera torneada.
Pensé en llegar antes, y sentarme en el fondo con vista a la puerta. Estaré leyendo, saltando renglones, pasando hojas, adelantando historias, mientras alternadamente levantaré la vista por encima de mis anteojos para adivinar tu silueta entrando, la expresión de tu cara, la sonrisa, tus tremendos ojos mirando el vestido que llevo.
Si llegás hablaremos de nimiedades y esperaremos que el random musical nos tire onda.
Si no venís, sabré que triunfó ese miedo crónico que arrastrás de no encontrar lo que soñás, sumado a la confirmación de que la realidad sea una especie de cagada fantasmagórica sin retorno, porque luego no te quedará un peso ni para soñar.
Tal vez este delirio del encuentro sea como la secuela de Top Gun, donde yo soy justamente esa actriz pasada de moda y entrada en años a la que no llamaron.
Para la segunda opción no tengo ideas.
Cuántas posibilidades hay de encontrarnos a la vuelta de la esquina de este mundo en forma casual y de sopetón, reconocernos, saludarnos, animarnos a intercambiar un hola, para luego seguir caminando, pensando que podríamos haber dicho esto o aquello, pero que sólo nos saludamos como un acto intrascendente más.
Lo bueno es que para desencontrarnos hay una sola forma: ésta.
Patricia Lohin
Foto: Marilyn por Eve Arnold
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