Infancias

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Estoy sentada en un auto, en una localidad que no es la mía. Hay que esperar. 

La espera es como la esperanza, una entidad que no sirve más que para matar el tiempo. 

No recuerdo cuántos años tengo, tal vez diez, tal vez ocho, tal vez muchos, tal vez pocos.

El caso es que ya inquieta y aburrida, empiezo a payasear con mis ojos. Tapo uno y otro alternadamente, hasta que me doy cuenta que con uno mi visión es absolutamente borrosa.

Es un gran descubrimiento el que acabo de hacer, el mayor porcentaje de mi visión recae sobre un solo ojo. 

A los pocos meses estoy sentada en una silla de un consultorio oftalmológico de otra ciudad, una más acorde e importante para la situación. El profesional apaga las luces y de pronto la noche es un estado real. Siento su respiración sobre mi cara, y luego de su respiración su boca que roza la mía repetitivamente por un lapso de segundos que duran una vida. 

No recuerdo cuántos años tengo, tal vez diez, tal vez ocho, tal vez muchos, tal vez pocos. 

Es un gran descubrimiento el que acabo de hacer, el mayor porcentaje de mi visión recae sobre un solo ojo. 

Tal vez no debería confiar en que lo que pasó fue real si es que veo con un solo ojo. 

Luego de la noche viene el silencio.

Siempre. 

Patricia Lohin

Foto: Oriano Nicolau

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El patio

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El patio era cuadrado, casi del tamaño de cuatro habitaciones. Se diferenciaba de una habitación cualquiera por no tener techo. Las tardes de domingo, el sol entraba por una ventana subdividida en cuadros de cristal situada en la cocina, exactamente por encima de la mesada.

Ese día ella no estaba en la mesada, ni en la cocina, ni en la hornalla, ni en el fueguito del termotanque.

La cocina estaba en un momento íntimo de silencio, con una limpieza casi inmaculada, que había borrado incursiones culinarias del día previo. Tal sólo había quedado la huella de un par de migas de un pan tempranamente desgranado para tirar de pasada en la plaza y dar de comer a los gorriones.

Ella estaba sentada en la plaza, mirando de refilón al sol colarse por la copa generosa de un pino, mientras de fondo, la música estridente de la calesita se iba evaporando como si fuera el chillido de una locomotora que se disuelve a medida que avanza.

El abrió la puerta del patio. El silencio de la casa se quejó ante el ruido de la puerta. Se sentó en una silla de madera que él mismo había pintado en temporadas anteriores. Desde ésta empezó a fijar intermitentemente su vista en esa especie de naturaleza artificial. Un limonero, macetas de colores con tomillo y albahaca en el marco de una ventana, una salamandra oxidada, el rastrillo sosteniendo una pared, flores rastreras en los canteros circundantes, una radio Tonomac sin tapa que testaruda aún repetía frecuencias AM, un ciruelo, un espantapájaros vestido con una camisa que ya no le entraba. Y en otro sector, una quinta improvisada con tomates rojos y pequeños, algo de lechuga, algo de radicheta.

Miró hacia arriba buscando el cielo, y le pareció cada vez más cerca. 

Él sabía que la esperanza no es nada más que un engaña pichanga.

Ella sintió un dolor en el pecho mientras aún estaba sentada en el banco rojo de la plaza.

Cambió de posición y el dolor se agudizó perforando su esternón. Tuvo que pedir ayuda para levantarse. 

En el patio del tamaño de cuatro habitaciones, con un limonero y una radio tonomac, él decidió dar por zanjada la cuestión de vivir o morir, de esperar o no esperar. Eligió no esperar.

Patricia Lohin

Foto: © Ximo Mingarro Sales

Sin mí

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Con vos.
Conmigo.
Sin vos.
Sin mí.
Otra vez ese lugar,
en donde si te pierdo,
-¿perder qué?-
me pierdo.
Ese lugar vacío
en donde si vos no estás,
-Pedro, Kevin, Juliana, Cristina-
no existe nada
porque todo deja de tener sentido.
La herida nueva que supura
sobre la herida original
del primer abandono,
cuando sólo era un bebé
en una canasta de panadería
llorando sin que nadie
prestara atención.
Otra vez el día
caminando sola, solo,
prendiendo el horno nuevo
para uno.
cuando el horno que teníamos juntos
andaba tan bien.
Otra mañana respirando,
buceando en una libertad
que queda tan holgada
como una cama de dos plazas
para uno solo.
Otra vez
armando el rompecabezas
del merecimiento,
mientras hoy lloro
heridas
de otras vidas.
Otra vez,
ajo, pan y cebolla.
Patricia Lohin
Imagen Tumblr
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Lo mejor del invierno

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El castillo que levantaste
debajo del tamarisco
para que no le agarre el vientito, 
ya está derrumbado.
Era enero cuando leías con sorna
y aires de superioridad intelectual
libritos de cuatro páginas de autoayuda,
tirado en una reposera
de la playita del medio,
con el ombligo mirando al sudeste,
mientras mandabas mensajes
que empezaban con actitud
y terminaban con “yo soy”.
Lo mejor del invierno es este frío
que ahuyenta mosquitos
y mensajes prefabricados.
Lo mejor del frío es que al fin
se terminaron de despegar
los carteles con tu nombre
y esa frase de marketing berreta
que decían naderías
hilvanadas con cinismo.
Lo mejor del invierno
soy yo sin vos
y esta vida
que insiste constantemente
con salvarme.
Patricia Lohin
Foto: Lyn Mougeolle
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Sin embargo

Claudio-Capanna

 

No creo

en el esfuerzo desmedido,

en embargo acá estoy

luchándola desmedidamente. 

No creo en la autoayuda,

ni en las recetas motivacionales

estampadas en una remera barata, 

sin embargo

sigo dando las gracias por tres,

mientras mis manos están vacías.

No creo en dios,

sin embargo

sigo insistiendo por las noches

con pedirle que me baje algo:

una línea,

una estrella,

un detalle,

una palabra,

un mensaje,

una esperanza.

No creo en mí,

sin embargo

agarro a mi ser 

-o lo que queda de éste-

por los hombros o de los pelos

y lo obligo por las mañanas a levantarse,

lavarse los dientes,

bañarse,

y salir lo suficientemente perfumado

como para tapar las pestilencias 

que emanan de los sumideros.

No creo en este mundo,

sin embargo evito tirar

el pañuelo,

el envoltorio,

la colilla,

y a mí misma al medio de la calle

esperando que pase 

el camión de la basura a recolectarme.

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Harta

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estoy harta
de las gargantas sin voces
de la taza que no se rompe en mi cocina
de la cocina desierta
de las escaleras sin final
del cielorraso que no me permite ver el cielo
de mi voz que encuentra la escritura
como único medio de expresión
harta de las voces que no se escuchan
de mi voz que se ahoga antes de salir
de tener que hacer espacio para entrar en algún lado
de mis imposibilidades
de mi responsabilidad
del oportunismo
de los libros de autoayuda
de Diego Torres cantando Color esperanza
de la gente que niega y se esconde detrás de los teclados
de los que te dicen qué y cómo
de mí diciendo qué y cómo
desde la vereda de enfrente
de mis manos de 120 años
y mi cuerpo no deseado
estoy harta de no tener voz ni voto
en esta democracia unipersonal
en donde sólo tengo que ponerme de acuerdo
conmigo misma
saber por dónde empezar
y darle un golpe seco a lo que terminar
para ser yo una vez más
estoy harta de los finales
de irme
y que todo el equipaje me persiga
como un submundo del que no se puede escapar
harta de tener que reinventarme otra vez
fabricando panfletos para venderme
como mariposa recién sacada del horno
harta de las formas
de perder las formas
de juzgar y que me juzguen
de buscar el camino distinto
de que sea el camino más largo
del silencio
del invierno sin final
de abrir un chocolate para mi sola
de la cocina sin la taza que se hace añicos
y no poder echarle la culpa a nadie

Infancias: Patricia

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El verano se veía blanco, casi como el invierno, pero con calor.
Las siestas eran obligadas y largas, algo así como el final de la vida, plagado de silencios y soledades, mirando el cielorraso, rezando para que el tiempo pasara más rápido.
¿Rápido para qué? Aún hoy me lo pregunto.
Ese verano vino Patricia a la casa de mi vecino. Mi vecino era zapatero y tenía un patio extremadamente largo, tal vez como el de mi casa. En éste había una higuera que era como una casa, cabían bajo su sombra una mesa y sillas, una pava, vasos, el mate, la vida.
Patricia venía de otro lugar más grande, tal vez Buenos Aires y tenía más o menos mi edad.
No recuerdo cuál fue el primer verano que vino, ni cuál el último, ni cuántos en total, o cómo nos conocimos, si fui buena con ella, o a qué jugábamos.
Si recuerdo una tarde-siesta en especial. Algo me demoró, o me retuvo, o a ella se le adelantaron los tiempos, y me encontré bajo el sol abrasador del verano patagónico gritando su nombre varias veces -que paradójicamente era el mío- de mi lado de la medianera, mientras las lágrimas caían por mi cara ante su ausencia.
Luego supe que se había vuelto a la ciudad y nunca más nos volvimos a ver.
Si hubiera sido yo me despedía de mí misma.
O tal vez no. También muchas veces me fui sin decir adiós.
Patricia Lohin
Foto: Alicja Brodowicz
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