Bienaventurados

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El reloj digital de la Plaza San Martín ya había sido vandalizado en varias oportunidades.
En diciembre pintaron con aerosol rojo un corazón y debajo “promo 17”, pero alguien en desacuerdo y a los pocos días, pintó un ocho en blanco tapando al siete, y dejó al reloj totalmente desbalanceado.
Unos meses después y luego de que se aprobara el proyecto “restauración reloj” en el concejo deliberante, dejaron otra vez al reloj en hora, derecho y pintado.
La hecatombe llegó en julio, cuando en una fría mañana conductores y caminantes repararon que en el visor del reloj y temperatura esta vez había un mensaje:
“Te voy a matar hije de puta y ni te vas a dar cuenta.”
Los diarios y radios locales no pararon de hablar del asunto en toda la mañana. Las redes sociales, el grupo Vendo Tres Arroyos y los grupos de WhatsApp de mamis y papis del jardín estaban consternados y cagados, ambas cosas por igual.
El mensaje era inclusivo, lo que habría un panorama desolador: la persona en cuestión podía ser hija o hijo. El “ni te vas a dar cuenta” habría otra lista de hipótesis y posibilidades: atropello, la almohada en la cabeza, envenenamiento, ser apuñalado por la espalda en la cola de la Cooperativa Obrera.
Que hubiera sido alterado el sistema del reloj para hacer aparecer una frase, hablaba de un grupo comando de inteligencia y portes superior: al menos un electricista o técnico matriculados. Nada de chiquitaje.
Lo peor de lo peor en realidad eran tres o cuatro, diez o doce, veinte o treinta, tal vez un centenar de personas que se sentían protagonistas, privilegiadas y aptas para recibir tal mensaje. El Carlos que le metía los cuernos a Verónica. El intendente que tenía mil y un enemigos políticos. El dueño de la casa de venta de Gnomos de Jardín a quien todos acusaban de ser una especie de brujo, la tarotista más cotizada de la ciudad que ya se había quedado con la plata de muchos desesperados, el viejito jubilado que ese día había puteado al cajero del Banco Provincia. Y así pòdía seguir la lista de muertos vivientes que en pleno julio temblaban y no de frío. 


El reloj fue reparado nuevamente, y la sección necrológicas del diario local daba mucho que hablar.
Tal vez la muerte ya aconteció y estamos a salvo.
Bienaventurados los merecedores y los pecadores, ambos por igual, porque de ellos es el reino de los mensajes en el reloj digital de la plaza principal de la ciudad.
Patricia Lohin
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