Cambiar o morir

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Cae la noche y se acrecienta el dolor,
como un fuego hambriento
que todo lo devora.
El analgésico no alcanza
para cubrir la mitad del dolor físico
menos el dolor del alma muda
o del corazón reseco y sediento.
Cae la noche y se acrecienta el dolor
que provoca el abandono total de ésta,
mi persona,
a quien ya no estoy dispuesta a arrastrar.
Duele la transformación
como si la carne se fuese abriendo
de par en par,
como el capullo del gusano de seda
que se quiebra.
Duelen las carnes abiertas
mientras las heridas queman
e incendian las sienes que laten
en un compás desesperado.
Que duela y no avanzar,
nacer y que muera el dolor.
Dolor de parto.
Elegir entre la muerte
y la resurrección.
Cambiar o morir.
Patricia Lohin
Foto Jeannette Gregori

Fe son dos letras sin acento

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El mundo se está yendo a la mierda.
Literalmente es una letrina, un inodoro, un pozo ciego donde tiramos la basura física y mental. La compactadora cósmica de reciclaje está averiada, y la mugre chorrea por los costados del planeta, cayendo sobre otras galaxias situadas a años luz en dirección al subsuelo.
El caño plateado que habían puesto donde antes estaba situada Atlántida, está resquebrajado, oxidado y lleno de sangre de los últimos que se animaron a usarlo. Es imposible deslizarse por éste como antes, cuando los entusiastas inadaptados lo usaban para viajar por sí mismos al infierno.
Que nadie me invite, que nadie me condene, que voy solita por este túnel sin caño ni soga.
No se trata de que las hostias se derritieron dentro del vino barato y que si hay un Dios ya no entiende nada; de que el desamor tiene consecuencias insospechadas; o de que las derechas están volviendo con las botas lustradas y los súbditos se agachan con las lenguas dispuestas a dejarlas más relucientes.
Sobran lenguas, sobran botas, sobra saliva contaminada. Los revolucionarios no resucitan y los que aspiran a serlo se cagan hasta las patas, porque en vano prometieron morir por algo en lo que no creen.
Fe son dos letras sin acento que quedaron colgadas en un viejo cartel de neón, en un paraje de la ruta que va a La Plata.
Simplemente estamos cansados ya de buscar debajo de las hojas que cayeron el último otoño para ver si quedó alguna ficha del juego que estábamos jugando este verano; la pieza perdida del tejo, un dado o la letra M del Scrabble.
No me pidas más, no me exijas más, que ya no puedo correr, caminar, arrastrarme ni deslizarme. Que los globos ya no se sostienen más mirando el cielo.

El hueco

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Hay un hueco

al costado de la cama,

pongo mi pierna izquierda

sobre éste

cuando duermo de costado.

Por las mañanas 

se despereza

y me abraza por la espalda,

para levantarse conmigo

y sentarse en el inodoro

mientras sale el vapor de la ducha.

Más tarde en la calle

se disuelve y anda por ahí

llenando espacios vacíos

de otra gente.

Tengo un hueco

al costado de mi pecho,

donde el viento sur

hace rugir el mar

cuyas olas chocan 

contra el acantilado

y mojan la punta de mi nariz.

Tengo un hueco

en la parte superior

del muslo de mi pierna izquierda,

duele como si fueran cinco vidas

agolpadas todas en un lunar,

o cinco fracasos,

o cinco bombas nucleares,

o cinco abandonos,

o cinco decepciones;

y no hablo de una detrás de otra,

hablo de todas juntitas.

Tengo un hueco

que se convierte en lágrima

que cae de alguno de mis ojos

sobre la almohada,

para luego acostarse

del lado derecho

y dejar que pase 

mi pierna izquierda 

sobre éste. 

Patricia Lohin

Foto © Pasquale Palmieri

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¿En quién pensaste cuando supiste que murió Tony Soprano?

Ivaginaria

Imagen

Viudas de Soprano

La escena está grabada en la memoria de mi eroteca: El jefe de la mafia de Nueva Jersey, Tony Soprano (James Gandolfini) y Gloria Trillo (Annabella Sciorra) una de sus amantes, se encuentran en el zoológico oreando el amasiato; esto en un fragmento de la serie Los Soprano (1999).

Se besuquean frente al cautiverio de un gorila que mira a la nada y a Tony se le pone allegro il salame. Pronto se deslizan al pasillo de exhibición de las víboras: un túnel semioscuro, iluminado levemente por los aparadores en donde habitan las serpientes. Se apalancan en el mostrador en do se observa una enorme y amarilla vípera, gruesa y sinuosa. Gloria le toma la mano a Tony, se la mete debajo de la falda y la dirige a su pudenda, mostrando una pierna semidesnuda por el conveniente liguero negro. Vemos sólo sus caras. Sabemos en dónde…

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Entre la muerte y el olvido

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17:48

Muy temprano o muy tarde.
El único problema es la humedad.
El segundo único problema es que es viernes.
El tercer único problema es que la ciudad ha muerto anticipadamente.
Paco desparrama sus brazos sobre la barra de madera pegoteada, y pide un tachito de maní sin sal -por la presión alta- y una cerveza negra.
Berta asiente y le acerca las cosas no sin antes recordarle la cuentita del mes.
Él le explica que está en el rubro en que la humedad mata: albañiles, camioneros, paperos; un sindicato de gente que no trabaja ni cobra con la lluvia y la humedad.
Luego le da un sorbo a la cerveza tibia y se mete con la mirada en las tetas de Berta, que de tan grandes podrían apoyarse en el mostrador.
Tal vez ese fuera un lugar cálido donde refugiarse, mejor que esta libertad que otorga la vida solitaria, empobrecida y destemplada.
– Antes para sentir angustia había que esperar al domingo a la mañana. El tema hoy es que el viernes ya toca la puerta con los nudillos, y no queda más que abrirle, sino te la tira abajo de una patada ninja. No te confundas, -le dice a Berta- El pasado me parece un lugar del que antes quería huir. Pero ahora que no estoy, quiero volver.
– Ya no se puede Paquito. ¿Qué decís?
– Nada, sólo quiero aniquilar ese momento en el que engañé a mi memoria, y traté de conformarme con que todo estaba bien. Eso, pensar que mañana es mejor. ¡Qué mentira! Pensando eso es que llegué hasta acá.
Es viernes.
La ciudad está pegajosa.
Falta para la noche, falta para el lunes.
Esta tarde de cielos cerrados es lo más parecido al lugar que queda entre la muerte y el olvido.
Patricia Lohin
Foto: Daniele Rizzo
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Arte

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El arte es una cagada. No se puede juzgar.
Lo leí en algún lado y lo creí. Lo creí y lo hice mío.
Para decir que algo no se puede juzgar también debemos afirmar que no tiene forma, color, renglón, no tiene límites.
Hacer arte es jugar.¿Y quién dice si se juega bien o mal?
Hasta en los juegos nos hemos acostumbrado a que nos impongan reglas, tiempo fuera, normas, límites. Como para hacer el amor. Ya ni el amor podemos hacer sin reglas. 
El arte es libertad, porque si fuera otra cosa no sería arte, sería un contrato de compra venta, o una sociedad de responsabilidad limitada.
Es por eso que cada tanto prenden fuego libros, tapan cuadros, exilian autores, poetas, cantantes; para que no se te lastime la vista ni los oídos con tanto paraíso, y no termines pensando que vos también podrías ser descocado, irreverente, mariposa, libre.
¿Cómo sabés si el arte es “bueno o malo”?
¿Te conmovió? ¿Te sugirió algo? ¿Despertó tus papilas gustativas?
¿Despertó tu deseo carnal? ¿Hizo que pensaras por dos segundos… por qué no lo escribí/canté/pinté/etc. yo? ¿Sentiste escalofríos o emoción?
El arte es la puerta que está escondida dentro del placard, y que cuando la abrís no hay cielo, no hay suelo. Todo es infinito.
Patricia Lohin
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Pulsera inteligente

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Acabo de leer el titular de un artículo que dice que ya existe una pulsera inteligente que te daría descargas cuando rompés la dieta.
Creo que existen unos collares que también emiten electricidad en los canes cuando rompen la barrera del sonido.
Imagino mil y un dispositivos más que podrían llegar a crear los maestros de “nosotros lo controlamos por usted”.
Son todos objetos versión limitada. Limitada de límites. 
La ciencia se empeña en que no nos equivoquemos, y si lo hacemos, mínimo nos medican.
Los religiosos en que no pequemos, o sea, en que no nos equivoquemos; y si lo hacemos que sea con culpa XL.
A su vez, una serie de pseudo coachs que se reproducen a una velocidad tremenda, te venden un sistema por medio del cual podés limpiar tu mente haciendo reseteos emocionales, cosa de que si te equivocaste olvidarlo. Olvidar lo aprendido. Olvidar lo sentido. Olvidar el trauma que te trajo hasta acá. Porque sufrir es condenadamente malo.
Mi psicoanalista se mata de risa en el sillón, mientras Freud hace pis desde el cuadro en blanco y negro, ese mismo cuadro que tienen todos.
Castigar el impulso de comer, de sentir, de desbordarse, de que te agarre una crisis a las cinco de la tarde. Castigar el descontrol, negar la verdad, meternos en pañales que no son otra cosa que chalecos de fuerza: para que no se note, para que no se pase, que no se vea que no sabemos a dónde mierda vamos ni qué estamos haciendo.
Que inventen una nueva pulsera para la imbecilidad, y ahí estaremos hechos, recibiendo toquecitos con cada paso que damos a la madrugada de la cama al inodoro, del inodoro a la cocina, y de la cocina al patio interno para fumar ese cigarrillo que producirá la descarga definitiva de la pulsera inteligente.
Patricia Lohin

Fugitivo del sueño

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La noche es un sector despejado. Y mi habitación parece el cuarto blanco y aséptico de un hospital. Dejo de luchar contra mis ojos que desean permanecer abiertos a costa mío.
Los arabescos de las sábanas se transforman en serpientes que de a poco amenazan con devorarme. Se ha volado el cielorraso, y caen barrotes de punta. Afuera se cae el mundo mientras me convierto en una batidora cósmica. Giro muchos grados hasta que al final me levanto. De la cama a la heladera. Vacío existencial.
A la falta de sueño se le suma el agigantamiento de la cama. El borde es un precipicio.
Y luego del precipicio una selva de hojas verdes enredadas sobre la superficie húmeda del suelo. Escucho ruidos de animales salvajes, y siento cómo cae mi cuerpo al vacío.
Estaba por dormirme y esos animales no eran más que los perros de mi vecino, vigilando que no sueñe, que no cuente, que no cante.
De la cama a la cocina. Mi mano enciende el mechero y calienta el agua.
Reviso qué me despierta, qué me desvela, qué me perturba.
Si es el miedo, la incertidumbre, el espanto, el hambre, el exceso de poesía, la falta de pucho, el tiempo que corre y corre y corre y yo… acomodando por enésima vez la sábana que se desprende del colchón frío que lastima mi piel.
Patricia Lohin
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Excesos

 

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Siempre sospeché del exceso de palabras. Nunca me gustó esa gente que hizo gala de la adulación, del adorno, de la aparatosidad para acercarse. Herramienta suprema de los vendedores de humo.
Los únicos excesos que me gustan son el de las miradas, el del hambre matinal, el de los silencios cómplices y mi propio exceso de palabras para escribir.
Tendría que haberlo sabido. En realidad lo supe, sólo te lo dejé pasar a ver qué onda.
Viniste con tu pseudo ciencia. Tus pseudos poemas. Tu personalidad inventada para la ocasión. Tu zalamería embadurnada. Tu simpatía disfrazada. ¿Quién sos?
Un payaso hubiera tenido más dignidad. Te dejé pastorear.
Mi intuición era como la sirena de los bomberos. Me estaba taladrando el hipotálamo.
Me empezaron a doler las articulaciones, la pierna, los oídos, la paciencia. Cada palabra tuya era como una obra de teatro marchita, inconclusa, berreta.
Pensaste que yo tenía hambre existencial, y que vos venías a completar mis inseguridades.
Me dejé abrazar dándote el gusto de hacerte creer que yo me la creía, mientras las palabras que dejabas en mis oídos se caían desde mis hombros hasta estrellarse en el piso.
Vos seguías hablando de esto y aquello, pensando que yo era una idiota recién salida del recreo de sexto grado. Me gustó hacértelo creer. Superar al maestro. Ahorrarme la puteada que te merecías. Acallar con mi silencio tu pelotudez crónica.
Hoy el tiempo, los dioses, las mareas, los eclipses y la fogata me dan la razón.
Sos un exceso de hipocresía.
Patricia Lohin
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Playlist

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Ruta 54, en algún lugar entre la urbanidad de General Mansilla y el cruce con la Ruta 11.
Luego del cruce el océano Atlántico.
Y después del océano, el fin del mapa.
Quiero llegar hasta ese horizonte y caerme a otro planeta. 
En lo posible caer parado, en lo posible caer delante tuyo y comerte con la mirada.
La playlist sacude los dados y tira un tema de La Beriso.
Nada como una ruta desértica con pseudo rock lacrimógeno de fondo.
Ejecuto otra vez la batidora cósmica y aparece Abel Pintos cantando Mi Angel.
Habla de una noche eterna y la mar en coche, como si esta tarde ya no fuera extra large.
Me pregunto cómo funciona el logaritmo de las playlists de Spotify.
Me imagino a un monstruo verde y pegajoso, digitando pistas ridículas para picarme los sesos y terminar de exprimirme las células que sobrevivieron del último desastre nuclear en mi corazón.
Te escribo.
Te extraño.
A vos o a lo que recuerdo de vos. Me da lo mismo.
Me desmorono.
Mis dedos se derriten con cada vocal que aparece en la pantalla de whatsapp.
Las letras vuelven para atrás.
Retrocedo.
Cierro la caja que acabo de abrir.
Bajo la ventanilla y la arrojo a la banquina.
¿Será biodegradable?
A la mierda el medio ambiente.
Adentro Babasónicos con Irresponsables.
Patricia Lohin
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𝓮𝓵𝓵𝓪

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La mañana era un intermedio entre lluvia y molestia.

La insistencia del agua que no llegaba a tener la sustancia de una gota transparente, pero que de todas maneras perforaba los lomos cansados de los caminantes.
Esperé en la puerta de mi casa. El llegó tarde, como casi siempre.
El interior del coche era una mezcla de humedad pegatinosa, el olor a café que salía de un vaso plástico del Coffe Store de la estación de servicio y el perfume de Antonio Banderas que usaba mi amigo.
Hoy éramos como Thelma and Louise versión remixada, versión atrofiada, versión Marta y Roberto del barrio privado, con la certeza absoluta de que del viaje volvíamos vivitos y coleando.
Roberto vendía algo pueblo tras pueblo. Algo que de momento estaba escrito en unas listas de precios, pero nunca supe bien de qué se trataba. Mientras él mentía yo escribía. Dos maneras acertadas de mentir.
En ese viaje era una refugiada. Refugiada en el auto de otro y en la vida de otro, porque no hay nada más fácil para evitarse que evadirse.
El mediodía nos agarró en el comedor de otra estación de servicio. Nada de combos de hamburguesas ni rolls de vegetales. El menú del día era bife de chorizo casi vivo con tomate cortado al medio de la semana anterior.
El salió y prendió un pucho antes de volver a agarrar el volante.
Ya habíamos hablado de trabajo, -de ella-, de desempleo, -de ella-, de amor, -de ella-, de imposibles, -de ella-, de compañías telefónicas, -de ella-, y del plan ahora 12 -de ella-.
Una sola charla nos quedaba pendiente: de qué estábamos huyendo.
Con un silencio cómplice él puso por enésima vez Lady Gaga y yo me dormí.
Patricia Lohin
Foto: © Eirini Lachana

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Bienaventurados

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El reloj digital de la Plaza San Martín ya había sido vandalizado en varias oportunidades.
En diciembre pintaron con aerosol rojo un corazón y debajo “promo 17”, pero alguien en desacuerdo y a los pocos días, pintó un ocho en blanco tapando al siete, y dejó al reloj totalmente desbalanceado.
Unos meses después y luego de que se aprobara el proyecto “restauración reloj” en el concejo deliberante, dejaron otra vez al reloj en hora, derecho y pintado.
La hecatombe llegó en julio, cuando en una fría mañana conductores y caminantes repararon que en el visor del reloj y temperatura esta vez había un mensaje:
“Te voy a matar hije de puta y ni te vas a dar cuenta.”
Los diarios y radios locales no pararon de hablar del asunto en toda la mañana. Las redes sociales, el grupo Vendo Tres Arroyos y los grupos de WhatsApp de mamis y papis del jardín estaban consternados y cagados, ambas cosas por igual.
El mensaje era inclusivo, lo que habría un panorama desolador: la persona en cuestión podía ser hija o hijo. El “ni te vas a dar cuenta” habría otra lista de hipótesis y posibilidades: atropello, la almohada en la cabeza, envenenamiento, ser apuñalado por la espalda en la cola de la Cooperativa Obrera.
Que hubiera sido alterado el sistema del reloj para hacer aparecer una frase, hablaba de un grupo comando de inteligencia y portes superior: al menos un electricista o técnico matriculados. Nada de chiquitaje.
Lo peor de lo peor en realidad eran tres o cuatro, diez o doce, veinte o treinta, tal vez un centenar de personas que se sentían protagonistas, privilegiadas y aptas para recibir tal mensaje. El Carlos que le metía los cuernos a Verónica. El intendente que tenía mil y un enemigos políticos. El dueño de la casa de venta de Gnomos de Jardín a quien todos acusaban de ser una especie de brujo, la tarotista más cotizada de la ciudad que ya se había quedado con la plata de muchos desesperados, el viejito jubilado que ese día había puteado al cajero del Banco Provincia. Y así pòdía seguir la lista de muertos vivientes que en pleno julio temblaban y no de frío. 

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Pasión

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Tengo una válvula tapada.
Es la de la manifestación
de mis emociones.
Tengo el termostato clavado
en diez grados.
Es lo que ve el otro.
Mis diez grados
casi siembre bajo cero.
Tengo una arteria tapada,
la que va desde mi corazón
al abrazo.
Una vena atrofiada
la que va del abrazo
a la lágrima.
Afuera tiemblan,
no duermen,
tienen espasmos,
se enamoran,
lloran,
quieren asesinar,

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Confiar la vida

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La vida es confiar. Aunque te haya decepcionado como la puta madre. Es que se lleven la mercadería y te la paguen luego. Es un “me diste de más” y dar lo que sobra. Es confiar un secreto y que no te apuñalen. Es necesitar calorcito y encontrarlo. Es seguir el pulso, seguir el camino, seguir el temblor, es seguir la música, la línea que forman las hormigas en la vereda, el rastro de las vacas en el camino embarrado, es seguir caminando, corriendo o arrastrado.
La vida es confiar. Es una manta norteña que vuelve a tu cama a taparte este invierno que estás solo y tu cama parece un maldito desierto aunque del otro lado pongas ochenta almohadas o duerma alguien que no merece la alegría. Es el mensaje que cae en medio de la mañana y pregunta ¿cómo estás? Porque sí, porque te extraño, porque me importás.
Patricia Lohin

Vueltas circulares

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Maldita madrugada. O maldita noche que me hace levantar al alba.
Este alba que se despierta dando vueltas circulares, otras vueltas que no giran alrededor de nuestra cama ni de la mesa de la cocina; o alrededor de tu figura o del halo de fragancia que emanaba tu pelo, cuando dejabas que yo te rodeara buscando la boca húmeda.
Esta madrugada sin fin y repitente, que me recibe con medio cuerpo frío, media cama tendida, media casa vacía, medio auto encendido, medio diario leído, media vuelta a la plaza, media vida solitaria.
Me ahoga el exceso de tu presencia detrás de los muebles que no he tocado: un almohadón habita la misma silla de siempre al lado de la ventana, la manta doblada en el respaldo del sillón, tu taza esperando la tibieza del agua, el patio con tus plantas, la regadera de metal oxidado esperando.
Salgo a la vereda y nos convenzo a mí y al auto de arrancar y hacer unas cuadras.
Estaciono en una esquina y hago que hojeo el diario. 

 

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Sospechados

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Somos sospechados,

sospechosos

de esta soledad

que se manifiesta

por las mañanas,

de tu pelo enredado y enmarañado

sin explicación alguna,

porque no he sido yo

quien lo ha desordenado.

Somos sospechados,

sospechosos

de este circuito

que hacemos por la madrugada,

mirando de reojo el reloj

y el andar del otro,

mientras las aves mudas

se desperezan en las ramas

desnudas del invierno.

Somos sospechosos,

sospechados

de esta soledad

que llevamos de la mano,

colgada en la mirada

o agarrada de la pierna

y que nos impide llevar

el ritmo que sugiere

el circuito saludable.

Somos sospechados,

sospechosos

de mil y un “por qués”.

Por qué

no llevamos otra compañía

más que la nuestra,

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