El centro de la manzana

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El mediodía me asaltó con previo aviso en un departamento de esos a los que se llega luego de un pasillo angosto y recto, y me dejó prácticamente parada en el centro de la manzana.
Cada tanto me pregunto qué hay en el centro de otras manzanas. Quién vive? Cómo se llega hasta allí? Es gente que no sale? Son refugiados? Exiliados de la sociedad?
El sol a esa hora llegaba como una lanza vertical. Sin embargo la idea de que desde allí no se viera nunca el atardecer o el amanecer me puso sumamente triste. Me imaginé las mañanas tardías, esperando que el sol asomara por detrás de los malditos edificios, teniendo que depender de las once, o de las dos de la tarde y de los mediodías para tener un poco de “amor amarillo”.
Una mujer joven salió. Charlamos un rato afuera, tal vez unos diez minutos.
Luego me hizo pasar. Me contó que tenía un compañero. Que cena va, que cena viene, que sale un viaje, un espectáculo, un arrumaco un día entre semana, que tienen sexo siguiendo todos los patrones correctos de movimientos, para luego ver el último capítulo de una serie, buscar algo rico para comer, abrir un vino tinto a temperatura ambiente.
La vida -contada así y dicha en voz alta- parece un poco programada, aunque las hojas de la higuera de la vecina se caigan en su patio creando un pequeño caos otoñal fuera de toda agenda. Las oportunidades parecen mariposas blancas que vuelan en otros patios, y que cada tanto se posan en el marco de la ventana de la cocina, donde hay dos o tres macetas con hierbas frescas, y justo cuando levantás la vista, sólo ves el reflejo de sus alas.

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