Infancias

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La cocina es verde. Verde aparador. Y queda al fondo.
Hacia el fondo se llega por una línea recta que cruza muchos reinos, todos delimitados por puertas que dan a los costados. El último reino es la cocina.
De la cocina salen dos puertas: una con mosquitero que da a un patio y otra que da a un pasillo. Esta última casi nunca se abre, es una de esas puertas puesta por compromiso.
Las sillas pesadas de madera sólida, esas que vemos hoy en las tiendas boutique de San Telmo, hacen ruido al correrse, y alrededor de la mesa estoy yo, persiguiendo a mi abuela para desatarle el delantal.
El delantal sirve para modelar la cintura, me dice ella, por eso lo lleva puesto como un uniforme todo el santo día.
No hay otro olor sobre la tierra parecido al de la cocina de mis abuelos.
No hay otro refugio donde esconderse que sea tan cercano y lejano a la vez.
Juego con una de las alacenas que está en el bajo mesada. Una puerta del rincón me lleva a un estante interior que gira. Me parece una maravilla tecnológica, y no paro de hacerla girar contando las veces que el café instantáneo y la malta pasan por la puerta.
A eso juego un día cualquiera en la cocina de mis abuelos muy lejos de mi casa.
Me he quedado sola en ese universo verde, y nada me importa menos, porque me siento a salvo. Los demonios han quedado fuera, y no se les permite entrar.
Patricia Lohin
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Imagen SB Schwarz Regina

Mapulugün

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“𝑵𝒐 𝒆𝒙𝒊𝒔𝒕𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒍𝒂𝒃𝒓𝒂 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒆 𝒆𝒏 𝒍𝒂 𝒍𝒆𝒏𝒈𝒖𝒂 𝒎𝒂𝒑𝒖𝒄𝒉𝒆. 𝑪𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒂𝒍𝒈𝒖𝒊𝒆𝒏 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒆, 𝒔𝒆 𝒅𝒊𝒄𝒆 M̷a̷p̷u̷l̷u̷g̷ü̷n̷. M̷a̷p̷u̷l̷u̷g̷ü̷n̷ 𝒆𝒔 𝒗𝒐𝒍𝒗𝒆𝒓𝒔𝒆 𝒕𝒆𝒓𝒓𝒊𝒕𝒐𝒓𝒊𝒐.”
Verónica Azpiroz Cleñan
Camino por el bosque. El bosque aglomerado que se encuentra a miles de horas a pie de mi casa. El sendero no tiene fin, las raíces de los árboles tampoco. Se han arraigado sus pezuñas con tanta pasión, que sería casi imposible para la tierra desprenderse de la raíz.
Las puntas de los árboles acarician con una media sonrisa las curvilíneas formas de algunas nubes, mientras las montañas se esconden entre éstas, sin siquiera dejar adivinar cuándo ni dónde o cómo terminan muriendo en un cielo multicolor.
Estoy descalza, perdida y lejos de mi tierra. La noche anterior, mientras dormitaba al borde de una fogata improvisada, el espíritu de una mujer llamada Üpi comenzó dibujarse sobre una especie de humo blanco que le daba forma al final de las llamas. Me arrulló en una lengua inentendible que salía modulada de su boca con forma de sonrisa.
En este amanecer silencioso, las plantas de mis pies han comenzado a sangrar, al igual que mi mano que se aferra con creciente interés al mango de un bastón improvisado con una rama. 

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1 de mayo

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Han pasado 42 días desde el final del verano.
El mar lo sabe, y la ciudad balnearia también.
El feriado internacional sumerge a toda la población en una desaparición forzada.
Solo estamos vos y yo, caminando por peatonales desiertas, curioseando entre los telones de los comercios cerrados, imaginando qué no compraríamos de todos modos estando éstos abiertos.
Somos como dos fantasmas, en una ciudad al que el viento ha quitado los papeles de la acera. Como hace frío, mi mano pide estar dentro de la tuya.
Nos refugiamos en un bar, uno de los únicos dos que permanece abierto.
Allí parece haber algo de vida.
El mozo de toda la vida, un par de mesas ocupadas, el menú del día ocupando los platos blancos junto a la gaseosa que viene en el combo.
Ya habíamos estado allí antes. Somos dos locos un poco conocidos, explorando ver si hay más para nosotros.
¿Cuánta tela queda para cortar? ¿Cuánta tinta? ¿Cuánto papel en blanco para seguir escribiendo?

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