Basta

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Basta de pedir permiso para ser feliz, para ir al baño, para levantarse de la mesa, para eructar, para viajar, para enfermarse, para tirarse en paracaídas.
Basta de pedir permiso para retirarse, para besarte, para aislarse, para juntarse, bloquear, sacar el visto, mandar al buzón de voz, al spam, para escribir pelotudeces, para leer Papaíto piernas largas otra vez, cortar el cable, mandar un audio, para estar solo, para cantar, dormir a las diez de la mañana o a las cuatro de la tarde, para no ir a trabajar, cambiar de trabajo, para correr o no correr, para ir a un cumpleaños donde no conocés a nadie, para escuchar Mustang Sally a todo volúmen y convertir tu Ford K viejito en un descapotable, para no barrer las hojas de otoño, para llegar o irte antes, para callar, para ponerse un vestido de verano en pleno mayo.
Basta de pedir permiso para marchar, para estar a favor de y en contra de, para cambiar de idea, de partido político, de candidato, de religión, de posición, para clavar el corazón en la derecha del pecho, para dejar de ver la serie top en la última temporada y abandonar un libro, para llegar tarde, para respirar por la boca y hacer ruido, para fumar en el patio, no cortar el pasto, para cambiar de amor y amistades, para hacer el amor o los amores, mudarse, cambiar los muebles de lugar, transgredir, putear.
Basta de reclamar nuestra libertad al otro.
Patricia Lohin
Foto: Daro Sulakauri

Infancias: bullying

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Cuando yo era chica no había bullying. Había humillación por parte de compañeros e incluso docentes. Lo mismo de hoy, con otro nombre.

Nunca entendí cuál era la dinámica por la cual dos o tres, cuatro o cinco, o tal vez más, dentro de un aula o un recreo se creían superiores a otros.

Convengamos que no recuerdo que mi madre me hubiese dicho que yo era bonita. ¿Y qué si no lo fuese? Con las rodillas apoyadas en los bancos de madera nos decían que éramos bellos para Dios y los padres: los padres de otros y un Dios de otra galaxia. Mi madre se esforzaba todo el tiempo en demostrar que yo no estaba a la altura, a la delgadez, a la inteligencia, a la aptitud. Supongo que otros niños sí sabían que eran lindos e inteligentes. Supongo que sus padres se lo decían todo el tiempo, todas las noches mientras los arrullaban en la cama, diciéndoles “campeón” o “princesa”.

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Esperanza

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Hoy estaba pensando en que vivimos porque esperamos esperanzados, porque nos nutren las ilusiones, y aunque el presente sea disfrutable porque la estamos pasando joya, la esperanza de a dónde llegaremos o qué haremos mañana nos mantiene latentes. Hay gente que ha nacido para quitarles esperanzas a otros: en su cantar, en su sentir, en su vivir. Más allá de si uno se deja o no, ellos saben que si dan en el blanco es la mejor forma de matar.
Así salió esto.

Esos malditos asesinos,
malhechores descarados,
que te roban la sonrisa
a punta de malicia,
y mientras te amordazan
cuelgan tus esperanzas
con una soga berreta
en el medio del patio
pa’ que se resequen
y mueras
un cachito más cada día.
Porque ellos saben,
que no necesitan asesinarte.
Saben que elegirás acurrucarte
desahuciado en la obscuridad
cuando todas las esperanzas
hayan muerto.
Patricia Lohin

Vitró

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Me dijo hace un par de meses que me administrara tres o cuatro gotas sublinguales cada tantas horas.
Cuando volví al consultorio, le comenté que no había notado diferencia.
Que cómo puede ser, si ese aceite es un poderosísimo analgésico. Usted tendría que haber sentido menos dolor.
La palabra tener se me clavó como una lanza que entra por la parte posterior del cráneo y sale por un ojo. El ojo sin lanza -dicho sea de paso- se convirtió en un vitró colorido en el mismo instante en que pensé semejante pelotudez.
Por una fracción de segundo pensé en mis micropoderes y en por qué no los podía usar egoístamente para hacerme el bien.
El aceite será lo que sea, pero a mí el dolor se me agiganta.
Llevo meses arrastrando el alma deshilachada, y mientras ésta se embarra y llena de hojas y mugre de las veredas, cada tanto la pisoteo y se rasga más.
Imposible meterla a lavar. Está un cincuenta por ciento dentro del cuerpo arañando al corazón y otro cincuenta fuera. Calculo que cuando ésto termine -si es que ha de acabar- quedará solamente un trocito alojado en el codo o en la rodilla tal vez.
Qué hacer con un alma tan chiquitita, no?
Eso si sobrevivimos.
Patricia Lohin
Imagen Ahmed Mostafa
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Infancias: Nudo o moño

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Tengo seis años. Creo que esa es la edad que se tiene en primer grado.
No recuerdo a mi maestra de primero. Apenas si recuerdo que ese es el último año de primaria que haré en esa escuela. Para el siguiente año me cambian de establecimiento.
Mi madre me lleva a la escuela. Tengo zapatillas con cordones.
En algún momento del día se me desatan y el recreo me encuentra llorando desconsoladamente. 
Siempre estoy llorando. Durante algunos años me llaman la viejita llorona, y más adelante, la chanchita llorona. Si buscaba aliados en la escuela, estaba perdida.
Viene la maestra que me parece amorosa y me hace moños mientras intenta decirme que todo estará bien. No le creo.
Esas orejas agraciadas que quedan bailoteando de un lado para otro de mi calzado no es como se atan las zapatillas. Lloro más. Digo que así no es.
Los cordones no están en el mismo estado en el que los ha dejado mi madre hace unas horas. Al estar ambas zapatillas con los cordones desatados no me queda muestra de cómo es la forma correcta de atarlos. 

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El centro de la manzana

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El mediodía me asaltó con previo aviso en un departamento de esos a los que se llega luego de un pasillo angosto y recto, y me dejó prácticamente parada en el centro de la manzana.
Cada tanto me pregunto qué hay en el centro de otras manzanas. Quién vive? Cómo se llega hasta allí? Es gente que no sale? Son refugiados? Exiliados de la sociedad?
El sol a esa hora llegaba como una lanza vertical. Sin embargo la idea de que desde allí no se viera nunca el atardecer o el amanecer me puso sumamente triste. Me imaginé las mañanas tardías, esperando que el sol asomara por detrás de los malditos edificios, teniendo que depender de las once, o de las dos de la tarde y de los mediodías para tener un poco de “amor amarillo”.
Una mujer joven salió. Charlamos un rato afuera, tal vez unos diez minutos.
Luego me hizo pasar. Me contó que tenía un compañero. Que cena va, que cena viene, que sale un viaje, un espectáculo, un arrumaco un día entre semana, que tienen sexo siguiendo todos los patrones correctos de movimientos, para luego ver el último capítulo de una serie, buscar algo rico para comer, abrir un vino tinto a temperatura ambiente.
La vida -contada así y dicha en voz alta- parece un poco programada, aunque las hojas de la higuera de la vecina se caigan en su patio creando un pequeño caos otoñal fuera de toda agenda. Las oportunidades parecen mariposas blancas que vuelan en otros patios, y que cada tanto se posan en el marco de la ventana de la cocina, donde hay dos o tres macetas con hierbas frescas, y justo cuando levantás la vista, sólo ves el reflejo de sus alas.

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Ta te ti

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Ta te ti para vos
que viniste a tomar el sol
a mi patio a la siesta
y el fresco en el balcón
en las noches del verano.
Ta te ti para mi
que hoy duermo toda la noche
mientras para vos el sueño
es una luz fluorescente portátil
que no se deja agarrar.
Ta te ti para vos
que te llegó el fin de semana largo
y te tomaste vacaciones
arriba de mi colcha bordó.
Ta te ti para mi
que ya mandé a cambiar todo de lugar
y mis notas juegan a las escondidas
mientras otras vuelan
por toda la casa
sin figurar tu nombre. 

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Cascotes

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No se debe detener el inminente derrumbe. Es decir esto no es la torre de Pisa. No soy una obra de arte que se mantiene en suspenso de caída durante años y años. Los arquitectos lejos de admirarme pasan de largo.
Yo me caigo, me estrello, me aniquilo, deshecho todo lo arruinado y lo que sirve también, barro el piso de tierra y empiezo de nuevo. Soy una traicionera de las tradiciones, armo álbumes de fotos nuevos, tiro viejos cuadernos y arranco a escribir en la primera hoja con un llanto de bebé recién nacido. Soy una miserable que no arrastra con nada a cuestas. Soy de las que salen al patio un domingo a la mañana y quema los calzones, le mete combustible a lo usado y lo prende fuego mientras aúlla como loca dándole una patada en los huevos al pasado. 

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Zapatillas

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La noche está tremenda. Tremendo el frío y tremenda la soledad que invade estas calles. Un muchacho trasnocha en el cordón de la vereda con su bicicleta destartalada tirada en la calle. Mira ocasionalmente a un lado y a otro, mientras es sospechado por los vecinos, quienes se preguntan quién es, qué sangre tipo y factor tiene. Arremolinan predicciones sobre sus supuestos actos delictivos, mientras menosprecian esa invasión nocturna de una calle de la ciudad sin estar justificada su presencia. Se presume culpable de no tener morada, culpable de no estar en la cama, condenado por haber sido desamparado y desamorado, condenado por no pertenecer. Se presume chorro e inadaptado, se da por sentado que se droga, que está armado al menos con un cutter que se robó del mostrador de una farmacia, que es peligroso, mal educado, que huele mal, que sus ojos son un fuego y que te puede violar.
Se presume desalmado y sin Dios, porque solo los desalmados no tienen hogar ni sustento ni padres que lo quieran.
Las doce, las doce veinte. Empieza a ponerse nerviosa la gente de la cuadra, que no sabe si atacar con un acto de defensa y prevención o si irse a dormir como si nada hubiera pasado.
Ha pasado tan sólo el muchacho que tiene frío y está descalzo. Descalzo porque juega con sus zapatillas para ver si llega a colgarlas en el cable que cruza la calle.
La verdad es que no sabe si volver a la casa donde están todos deshauciados y borrachos. Y hace una apuesta: si la emboca es libre. Si no logra que quedan colgadas vuelve y se deja abusar.
A la mañana siguiente los vecinos ven las zapatillas colgadas en el cable que cruza la calle.
Una vecina especula con que es un acto propagandístico de venta de drogas. La bicicleta ha quedado en el cordón de la vereda. Ya verán qué otra preocupación cazan al vuelo los adaptados de la vecindad.
Un poco lejos ya de la ciudad, un muchacho camina descalzo por la banquina de la ruta 3.
Patricia Lohin
Foto propia.
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De tanto perder

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Hoy me levanté y no estabas. Tu ausencia es el frío y el silencio. Son los pasos tuyos por el pasillo que he escuchado con ansias los últimos años entre sueños y que pensé volvían para quedarse. Me duele el corazón, pero no por mis heridas sino por las tuyas.

Me duele tu corazón adentro del mío, y no puedo tocarlo, ni cobijarlo ni arrullarlo.

La imposibilidad es como el invierno, hay que aceptarlo, abrigarse un poco más y dormir acurrucado. No sé regalar más que palabras. Soy muy pobre de espíritu. No ha ocurrido nada este día salvo tu ausencia, la que me impide compartir que sonaba una alarma en la esquina de casa, o que hacía mucho frío, que la pierna no me duele, que mis escritos suenan en la radio de mi pueblo, que sigo construyendo con palabras todas las cosas que no tengo: el abrigo, el amor, la casa en la playa, el hogar, el amor de nuevo.

Alguien escribió por ahí que de tanto perder aprendió a ganar. Hay gente que recibe una semilla y crea un bosque entero. No sería mi caso. Yo aún sigo gateando a ciegas por este mundo, sin saber a dónde va a parar este amor que hasta ayer me hacía bien, y que hoy ha dejado mi vida en pausa.

Patricia Lohin

Imagen: Stephen Edwards

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Infancias: habitación vacante

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La habitación de mis padres era una región inmaculada e inaccesible. Tanto es así que me cuesta detallarla debido a las mínimas veces que pude entrar en ésta.
De las diversas locaciones donde estuvimos viviendo, en la última, la habitación está desaparecida de mi memoria. Aparentemente no entré nunca. ¿Tendría pisos, cama y dos mesitas de luz?
Cualquier territorio prohibido, dentro o fuera de nuestro alcance, siempre tiene una invitación abierta, sin fecha ni vencimiento y sin costo monetario alguno. Invitación a explorar cuando las circunstancias fueran propicias. Y como exploradora que está a un paso de la conquista. esperé que la oportunidad diera la vuelta a la esquina.
Desilución fue haberme expuesto a un proceso judicial por invasión ilegítima de territorio ajeno, cuando el tesoro era inexistente.
La habitación era un lugar despoblado y frío. Al estar siempre la puerta cerrada, el clima allí adentro era glaciar tanto en invierno como en verano. Paredes desteñidas, la cama prolijamente tendida, una cómoda con un vidrio arriba carente de fotos, estampas o versos, y varios cajones con prendas cuidadosamente dobladas. Para completar el paisaje dos mesas de luz sin cajones de doble fondo, cartas de amor ni joyas en extinción. El panorama se completaba con un rosario colgado en la pared que daba al respaldo de la cama. 

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Bendito

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¿Y si la vida es esto?
Digo… un cúmulo.
un montoncito,
el solcito engañando al otoño.
La duda existencial,
la bronca a media mañana,
el mensaje mal entregado,
la boca seca,
el puño apretado,
la impotencia urgente.
Un montón de adjetivos,
un mal sueño,
un copy paste
de ideas ajenas
porque ya no hay tiempo
de crear nada,
cabezas huecas y repitentes,
masas bien organizadas.
¿Y si la vida es esto?
Una carcajada asfixiante,
la ceguera cíclica,
el egoísmo ardiente,
las uñas encarnadas,
la carne apretada y obscura,
el sexo flácido y seco,
la espalda desgarbada,
las sábanas manchadas.
¿Y si la vida es esto?
Los bolsillos agotados
y el corazón extenuado
de buscar rincones nuevos
para dormir
sobre un cartón arrugado.
Tu mirada vuelve
llena de arena,
llena de polvos,
con esperanzas que antes de ayer
estaban marchitas y moribundas.
Si la vida no es más que
el acto repetitivo
de entrelazar esperanzas
y dejar que el sol
-maldito y bendito-
tenga la valentía de salir
y venir a entibiar las veredas.
¿Y si la vida es esto?
¿Y si vos sos el sol?
Benditos los valientes
que salen a entibiar las veredas
todas las mañanas.
Bendito vos.

Patricia Lohin
Imagen: Kyle Thompson
#patricialohin #poesía #escritos #escritora #amor #bendito

La copa

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La copa se cae.
Está vacía,
vacía antes de caer.
No hay estruendo,
ni sonido a cristales rotos.
El mar enmudece
contenido dentro
de la negritud completa de la noche.
Las estrellas ciegas
han dejado de replicar
la luz de la estrella madre
y el arrullo
es apenas un movimiento estelar
impresionantemente mudo.
Vacía la copa
que ha muerto
y se ha convertido
en una montaña de arena
al borde de la espuma
de miles de olas
que insisten en llegar
al mismo lugar repetitivamente.
Un lugar vacío
e inerte.
Un lugar mudo.
El paraíso ha muerto
debajo de los puentes
subterráneos
que tejen las almejas
para escaparse
de los depredadores
encapuchados
que con los pies descalzos
escarban la arena.
Patricia Lohin
Imagen ©︎José Deniz
#patricialohin #poesía #amor #copa #escritos #mudo #silencio

Las cuatro

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No hay casi fotos de José joven. Lo acabo de descubrir recién, buscandolas. Él dijo que su vida comenzó el mismo día en que las agujas del reloj se clavaron a las cuatro de la tarde. Las agujas que se clavaron porque una mujer se asentó en la mitad de su pecho, y todo lo que había vivido hasta entonces no era más que un borrador, un manuscrito a medio terminar.
Pero ese día no solo se clavaron las agujas de un reloj, en otra parte del mundo una estampida de rinocerontes paró en seco, las bestias detuvieron la respiración y quedaron congelados dentro de una nube de polvo. En una casa de Madrid un niño que estaba ya morado de llorar de pronto se calmó, abriendo bien sus ojos redondos ante alguna chuchería que no había visto antes. Gise, a esa misma hora, en un barrio de Capital, sonrió una vez más al ver una libélula apoyada en una pared, mientras dice en voz alta “estoy, estás, hoy somos eternos en estas hojas amor”.
En el mercado nocturno de Wangfujing una falla energética dejó a un cuarto de Pekín a oscuras. En una oficina de quiniela nacional de una ciudad bonaerense, se volaron todos los números, huyeron por la puerta de entrada y se convirtieron en mariposas color verde y azul marca Lotería Nacional. Algunos dicen que fue un desastre, sin embargo la muchacha morocha que atendía detrás del mostrador, huyó del lugar con un chico en motocicleta. 

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Otoño

🍂🍂🍂Oᴛᴏñᴏ 🍂🍂🍂

 

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El otoño no asesina, tan sólo viene caminando mansamente y se lleva puesto todo lo que ve colgando. Parece matar, pero sólo acaricia las gotas secas de salvia que antes formaban parte de una hoja verde, para hacerlas planear un rato hasta al fin caer sobre las aceras desparejas de la ciudad.
En una calle del centro una mujer se afana diez minutos reloj en sacar las hojas del parabrisas de su auto mientras murmura palabras obscenas.
En las afueras otra mujer las barre llevándolas medio de la calle, esperando que un objeto volador no identificado las aspire tal vez, y lleve al fin esta inmundicia que se cae de los árboles y lo ensucia todo a otra galaxia. Pero, lo único que circula es un camión a toda velocidad que vuelve a poner las hojas en su lugar. 

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Enfermedad

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– Qué triste esta enfermedad…
– Cuál?
– La degenerativa del ser. La que corroe el alma y el corazón. Como si te hubieran agarrado con lejía y odex.
– Eso es contagioso?
– Claro. Por más que tu casa tenga una puerta chiquita y encubierta, a un costado, poco visible y accesible, siempre hay alguien que se cuela. Y no son luciérnagas, ni bichitos de luz, ni vaquitas de San Antonio, ni siquiera son tristes polillas. Siempre hay alguien que se mete por una hendija, y va directo al primer cajón de la cómoda de tu pieza, donde sabe tenés el collar trucho con cuentas multicolores. Lo agarra, te lo coloca en tu cuello mientras simula un tibio murmullo de su boca. Más tarde, con las defensas bajas, tira de éste hasta que las cuentas desaparecen por la rejilla de la ducha.
– Y es letal?
– Depende del tiempo que te lleve reconstruir todo.
– Y eso cómo sería?
– Eso sería como ir de campamento a un lugar con bosque y mar. Estar muchos días, juntar caracoles, piedritas, objetos extraviados, botellas vacías, anzuelos que dejaron los pescadores, capturar alguna estrella fugaz, soplar y sudar mucho, llorar más.

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Infancias

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Tengo menos de diez años. No sé si un año menos o varios.
La noche ha quedado silenciosa.
Algo ha pasado, pero no alcanzo a registrar la magnitud. No sé si quiera o deba hacerlo tampoco.
Hasta hace un momento todo era un surmenage de palabras en forma de cuchillos, gritos, estridencias de cosas estrelladas contra el suelo. El cielo se estaba resquebrajando. 
Nunca entendí bien esa expresión de algo que se “estrella”.
Ojalá fueran las estrellas las que cayeran en el piso de la cocina y fundaran cráteres llenos de brillantinas de colores, ojalá ese cráter me tragara y me llevase a un universo paralelo donde la vida fuera un abrazo y no esta película violenta y psicodélica.
La mesa de la cocina yace descuartizada, parece que han muerto sus patas, o al menos están en coma cuatro. Ríos de antiguos habitantes de la alacena circulan en un piso gomoso. El azúcar se adhiere en las suelas del calzado, y pasa a ser lo único dulce en varios kilómetros a la redonda.

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Cafuné

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Llueve, y qué?

Afuera el otoño resiste.

Adentro la espuma de mar

llega al borde de la cama,

donde están los pies

enredados.

Las luces de la ciudad

forman pequeños halos

en la noche húmeda

que forman sombras

dentro de la habitación.

Corren hilos pequeños

de agua

que desembocan en la acera

arrastrando

el polvillo de ayer

y dejando los mosaicos

llenos de purpurina.

Llueve y qué?

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Infancias

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La cocina es verde. Verde aparador. Y queda al fondo.
Hacia el fondo se llega por una línea recta que cruza muchos reinos, todos delimitados por puertas que dan a los costados. El último reino es la cocina.
De la cocina salen dos puertas: una con mosquitero que da a un patio y otra que da a un pasillo. Esta última casi nunca se abre, es una de esas puertas puesta por compromiso.
Las sillas pesadas de madera sólida, esas que vemos hoy en las tiendas boutique de San Telmo, hacen ruido al correrse, y alrededor de la mesa estoy yo, persiguiendo a mi abuela para desatarle el delantal.
El delantal sirve para modelar la cintura, me dice ella, por eso lo lleva puesto como un uniforme todo el santo día.
No hay otro olor sobre la tierra parecido al de la cocina de mis abuelos.
No hay otro refugio donde esconderse que sea tan cercano y lejano a la vez.
Juego con una de las alacenas que está en el bajo mesada. Una puerta del rincón me lleva a un estante interior que gira. Me parece una maravilla tecnológica, y no paro de hacerla girar contando las veces que el café instantáneo y la malta pasan por la puerta.
A eso juego un día cualquiera en la cocina de mis abuelos muy lejos de mi casa.
Me he quedado sola en ese universo verde, y nada me importa menos, porque me siento a salvo. Los demonios han quedado fuera, y no se les permite entrar.
Patricia Lohin
#patricialohin #relatos #infancia #casa #abuelos #escritos #escritora
Imagen SB Schwarz Regina

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“𝑵𝒐 𝒆𝒙𝒊𝒔𝒕𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒍𝒂𝒃𝒓𝒂 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒕𝒆 𝒆𝒏 𝒍𝒂 𝒍𝒆𝒏𝒈𝒖𝒂 𝒎𝒂𝒑𝒖𝒄𝒉𝒆. 𝑪𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒂𝒍𝒈𝒖𝒊𝒆𝒏 𝒎𝒖𝒆𝒓𝒆, 𝒔𝒆 𝒅𝒊𝒄𝒆 M̷a̷p̷u̷l̷u̷g̷ü̷n̷. M̷a̷p̷u̷l̷u̷g̷ü̷n̷ 𝒆𝒔 𝒗𝒐𝒍𝒗𝒆𝒓𝒔𝒆 𝒕𝒆𝒓𝒓𝒊𝒕𝒐𝒓𝒊𝒐.”
Verónica Azpiroz Cleñan
Camino por el bosque. El bosque aglomerado que se encuentra a miles de horas a pie de mi casa. El sendero no tiene fin, las raíces de los árboles tampoco. Se han arraigado sus pezuñas con tanta pasión, que sería casi imposible para la tierra desprenderse de la raíz.
Las puntas de los árboles acarician con una media sonrisa las curvilíneas formas de algunas nubes, mientras las montañas se esconden entre éstas, sin siquiera dejar adivinar cuándo ni dónde o cómo terminan muriendo en un cielo multicolor.
Estoy descalza, perdida y lejos de mi tierra. La noche anterior, mientras dormitaba al borde de una fogata improvisada, el espíritu de una mujer llamada Üpi comenzó dibujarse sobre una especie de humo blanco que le daba forma al final de las llamas. Me arrulló en una lengua inentendible que salía modulada de su boca con forma de sonrisa.
En este amanecer silencioso, las plantas de mis pies han comenzado a sangrar, al igual que mi mano que se aferra con creciente interés al mango de un bastón improvisado con una rama. 

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1 de mayo

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Han pasado 42 días desde el final del verano.
El mar lo sabe, y la ciudad balnearia también.
El feriado internacional sumerge a toda la población en una desaparición forzada.
Solo estamos vos y yo, caminando por peatonales desiertas, curioseando entre los telones de los comercios cerrados, imaginando qué no compraríamos de todos modos estando éstos abiertos.
Somos como dos fantasmas, en una ciudad al que el viento ha quitado los papeles de la acera. Como hace frío, mi mano pide estar dentro de la tuya.
Nos refugiamos en un bar, uno de los únicos dos que permanece abierto.
Allí parece haber algo de vida.
El mozo de toda la vida, un par de mesas ocupadas, el menú del día ocupando los platos blancos junto a la gaseosa que viene en el combo.
Ya habíamos estado allí antes. Somos dos locos un poco conocidos, explorando ver si hay más para nosotros.
¿Cuánta tela queda para cortar? ¿Cuánta tinta? ¿Cuánto papel en blanco para seguir escribiendo?

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