Basta

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Basta de pedir permiso para ser feliz, para ir al baño, para levantarse de la mesa, para eructar, para viajar, para enfermarse, para tirarse en paracaídas.
Basta de pedir permiso para retirarse, para besarte, para aislarse, para juntarse, bloquear, sacar el visto, mandar al buzón de voz, al spam, para escribir pelotudeces, para leer Papaíto piernas largas otra vez, cortar el cable, mandar un audio, para estar solo, para cantar, dormir a las diez de la mañana o a las cuatro de la tarde, para no ir a trabajar, cambiar de trabajo, para correr o no correr, para ir a un cumpleaños donde no conocés a nadie, para escuchar Mustang Sally a todo volúmen y convertir tu Ford K viejito en un descapotable, para no barrer las hojas de otoño, para llegar o irte antes, para callar, para ponerse un vestido de verano en pleno mayo.
Basta de pedir permiso para marchar, para estar a favor de y en contra de, para cambiar de idea, de partido político, de candidato, de religión, de posición, para clavar el corazón en la derecha del pecho, para dejar de ver la serie top en la última temporada y abandonar un libro, para llegar tarde, para respirar por la boca y hacer ruido, para fumar en el patio, no cortar el pasto, para cambiar de amor y amistades, para hacer el amor o los amores, mudarse, cambiar los muebles de lugar, transgredir, putear.
Basta de reclamar nuestra libertad al otro.
Patricia Lohin
Foto: Daro Sulakauri

Infancias: bullying

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Cuando yo era chica no había bullying. Había humillación por parte de compañeros e incluso docentes. Lo mismo de hoy, con otro nombre.

Nunca entendí cuál era la dinámica por la cual dos o tres, cuatro o cinco, o tal vez más, dentro de un aula o un recreo se creían superiores a otros.

Convengamos que no recuerdo que mi madre me hubiese dicho que yo era bonita. ¿Y qué si no lo fuese? Con las rodillas apoyadas en los bancos de madera nos decían que éramos bellos para Dios y los padres: los padres de otros y un Dios de otra galaxia. Mi madre se esforzaba todo el tiempo en demostrar que yo no estaba a la altura, a la delgadez, a la inteligencia, a la aptitud. Supongo que otros niños sí sabían que eran lindos e inteligentes. Supongo que sus padres se lo decían todo el tiempo, todas las noches mientras los arrullaban en la cama, diciéndoles “campeón” o “princesa”.

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Esperanza

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Hoy estaba pensando en que vivimos porque esperamos esperanzados, porque nos nutren las ilusiones, y aunque el presente sea disfrutable porque la estamos pasando joya, la esperanza de a dónde llegaremos o qué haremos mañana nos mantiene latentes. Hay gente que ha nacido para quitarles esperanzas a otros: en su cantar, en su sentir, en su vivir. Más allá de si uno se deja o no, ellos saben que si dan en el blanco es la mejor forma de matar.
Así salió esto.

Esos malditos asesinos,
malhechores descarados,
que te roban la sonrisa
a punta de malicia,
y mientras te amordazan
cuelgan tus esperanzas
con una soga berreta
en el medio del patio
pa’ que se resequen
y mueras
un cachito más cada día.
Porque ellos saben,
que no necesitan asesinarte.
Saben que elegirás acurrucarte
desahuciado en la obscuridad
cuando todas las esperanzas
hayan muerto.
Patricia Lohin

Vitró

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Me dijo hace un par de meses que me administrara tres o cuatro gotas sublinguales cada tantas horas.
Cuando volví al consultorio, le comenté que no había notado diferencia.
Que cómo puede ser, si ese aceite es un poderosísimo analgésico. Usted tendría que haber sentido menos dolor.
La palabra tener se me clavó como una lanza que entra por la parte posterior del cráneo y sale por un ojo. El ojo sin lanza -dicho sea de paso- se convirtió en un vitró colorido en el mismo instante en que pensé semejante pelotudez.
Por una fracción de segundo pensé en mis micropoderes y en por qué no los podía usar egoístamente para hacerme el bien.
El aceite será lo que sea, pero a mí el dolor se me agiganta.
Llevo meses arrastrando el alma deshilachada, y mientras ésta se embarra y llena de hojas y mugre de las veredas, cada tanto la pisoteo y se rasga más.
Imposible meterla a lavar. Está un cincuenta por ciento dentro del cuerpo arañando al corazón y otro cincuenta fuera. Calculo que cuando ésto termine -si es que ha de acabar- quedará solamente un trocito alojado en el codo o en la rodilla tal vez.
Qué hacer con un alma tan chiquitita, no?
Eso si sobrevivimos.
Patricia Lohin
Imagen Ahmed Mostafa
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Infancias: Nudo o moño

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Tengo seis años. Creo que esa es la edad que se tiene en primer grado.
No recuerdo a mi maestra de primero. Apenas si recuerdo que ese es el último año de primaria que haré en esa escuela. Para el siguiente año me cambian de establecimiento.
Mi madre me lleva a la escuela. Tengo zapatillas con cordones.
En algún momento del día se me desatan y el recreo me encuentra llorando desconsoladamente. 
Siempre estoy llorando. Durante algunos años me llaman la viejita llorona, y más adelante, la chanchita llorona. Si buscaba aliados en la escuela, estaba perdida.
Viene la maestra que me parece amorosa y me hace moños mientras intenta decirme que todo estará bien. No le creo.
Esas orejas agraciadas que quedan bailoteando de un lado para otro de mi calzado no es como se atan las zapatillas. Lloro más. Digo que así no es.
Los cordones no están en el mismo estado en el que los ha dejado mi madre hace unas horas. Al estar ambas zapatillas con los cordones desatados no me queda muestra de cómo es la forma correcta de atarlos. 

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El centro de la manzana

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El mediodía me asaltó con previo aviso en un departamento de esos a los que se llega luego de un pasillo angosto y recto, y me dejó prácticamente parada en el centro de la manzana.
Cada tanto me pregunto qué hay en el centro de otras manzanas. Quién vive? Cómo se llega hasta allí? Es gente que no sale? Son refugiados? Exiliados de la sociedad?
El sol a esa hora llegaba como una lanza vertical. Sin embargo la idea de que desde allí no se viera nunca el atardecer o el amanecer me puso sumamente triste. Me imaginé las mañanas tardías, esperando que el sol asomara por detrás de los malditos edificios, teniendo que depender de las once, o de las dos de la tarde y de los mediodías para tener un poco de “amor amarillo”.
Una mujer joven salió. Charlamos un rato afuera, tal vez unos diez minutos.
Luego me hizo pasar. Me contó que tenía un compañero. Que cena va, que cena viene, que sale un viaje, un espectáculo, un arrumaco un día entre semana, que tienen sexo siguiendo todos los patrones correctos de movimientos, para luego ver el último capítulo de una serie, buscar algo rico para comer, abrir un vino tinto a temperatura ambiente.
La vida -contada así y dicha en voz alta- parece un poco programada, aunque las hojas de la higuera de la vecina se caigan en su patio creando un pequeño caos otoñal fuera de toda agenda. Las oportunidades parecen mariposas blancas que vuelan en otros patios, y que cada tanto se posan en el marco de la ventana de la cocina, donde hay dos o tres macetas con hierbas frescas, y justo cuando levantás la vista, sólo ves el reflejo de sus alas.

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Ta te ti

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Ta te ti para vos
que viniste a tomar el sol
a mi patio a la siesta
y el fresco en el balcón
en las noches del verano.
Ta te ti para mi
que hoy duermo toda la noche
mientras para vos el sueño
es una luz fluorescente portátil
que no se deja agarrar.
Ta te ti para vos
que te llegó el fin de semana largo
y te tomaste vacaciones
arriba de mi colcha bordó.
Ta te ti para mi
que ya mandé a cambiar todo de lugar
y mis notas juegan a las escondidas
mientras otras vuelan
por toda la casa
sin figurar tu nombre. 

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