Infancias

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En la casa hay huecos.
Uno está en la cocina. Es un hueco raro que se encuentra al final de la cocina, casi llegando al pasillo. Está arriba, alto e inaccesible, sobre el final de la pared. El hueco es del mismo tono pastel-durazno de la pared. Debería ser una alacena. Pero está vacío, como el resto de la casa.
Desde mi estatura no alcanzo a ver si tiene un tope o un final. Eso me permite fantasear con un túnel que me lleva a otros universos paralelos lejos de casa. Cada noche invento uno distinto.
El otro hueco es subterráneo. Es un sótano. Al poco tiempo de habitar la casa, la puerta que conduce al subsuelo se reemplaza arbitrariamente por una pared.
De haber leído Alicia en el país de las Maravillas seguramente hubiera encontrado al conejo, éste me hubiera dado una llave, un martillo percutor, o algún poder que me permitiese atravesar los ladrillos de barro para descender al lugar más paradisíaco, más ilimitado, más pleno que pudo haber inventado un ser humano: una biblioteca en un subsuelo. 


No es bueno tener escondites en una casa. Todo lo que se tiene intención de esconder salta a la vista.
La mejor manera de guardar uno o muchos secretos es de frente, mirando a los ojos y sin parpadear.
Eso lo aprendí con menos de diez años.
Patricia Lohin
Foto © Sergey Kiselyoff
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