“Yo, alguna vez, también amé.”

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En este pueblito de Asturias se nos ha muerto el Paco.
En las últimas cuadras de la Calle les Pieces todos estamos de duelo.
Lucía ha suspendido sus sesiones de masajes, y ha dejado a un tal Carlos, acostado y duro en la camilla, con instrucciones de ponerse el bóxer y volver otro día. 
En el bar Casa Arias no paran de hablar del tema.
La Turca pasa una gamuza mugrienta por el mostrador de madera, mientras acomoda sus enormes tetas dentro de una blusa negra en material adherente que se ha puesto para la ocasión. Lo parroquianos que quedan se dedican a humedecer sus gargantas para que no les pique al momento del entierro. Que la primavera trae polen y alergias varias, y lo único bueno para esos malestares siempre es una copita de orujo.
Sobre las cinco, la vecindad va asomando por las calles, dirigiéndose a la parroquia del barrio. A parte de los jubilados de la cuadra, la masajista y la Turca, en los bancos de madera se ajustan el dueño del establecimiento de Mariscos, el empleado jubilado del Herbolario y los compañeros del Club de Lectura Reinos de Asturias Novela Histórica. 

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Infancias

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En la casa hay huecos.
Uno está en la cocina. Es un hueco raro que se encuentra al final de la cocina, casi llegando al pasillo. Está arriba, alto e inaccesible, sobre el final de la pared. El hueco es del mismo tono pastel-durazno de la pared. Debería ser una alacena. Pero está vacío, como el resto de la casa.
Desde mi estatura no alcanzo a ver si tiene un tope o un final. Eso me permite fantasear con un túnel que me lleva a otros universos paralelos lejos de casa. Cada noche invento uno distinto.
El otro hueco es subterráneo. Es un sótano. Al poco tiempo de habitar la casa, la puerta que conduce al subsuelo se reemplaza arbitrariamente por una pared.
De haber leído Alicia en el país de las Maravillas seguramente hubiera encontrado al conejo, éste me hubiera dado una llave, un martillo percutor, o algún poder que me permitiese atravesar los ladrillos de barro para descender al lugar más paradisíaco, más ilimitado, más pleno que pudo haber inventado un ser humano: una biblioteca en un subsuelo. 

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Infancia

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Cuando yo era chica todo se arreglaba con salame.
Salame milán. Cortado en una rodaja gruesa, y luego cortado en cubitos.
Cuando mi mamá comía salame era porque el universo funcionaba a la perfección y la tierra era un lugar feliz.
El plan b eran sanguchitos de miga, hechos en casa, también con salame milán y mayonesa exclusivamente comprada para esa ocasión. 
Ese manjar, único que yo recuerde de mi infancia, tenía lugar luego de la función de cine los domingos.
Era una tranquilidad para mí saber que si el domingo íbamos al cine, y luego comíamos sanguchitos de miga con una Coca Cola -un gasto exuberante en la década de los 80- todo estaba bien. El paraíso terrenal existía, al menos una vez al mes. El resto de los días eran mezcla de soledad, desolación, enfermedad, negligencia y violencia. 

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Nuestra dama

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Se derrumba nuestra dama
y te adivino sentado en el sillón
que está contra la pared,
mientras la persiana frontal
yace a media asta,
como si fuera la bandera raída
de un país que está de luto.
La pantalla plana dice a gritos
que se cae Dios,
mientras se ven detrás del cronista
mortales con lágrimas en los ojos,
escuchando como lenguas de fuego
devoran y atacan ferozmente,
desde los cuatro puntos cardinales
la cúspide de la postal;
la misma que hace unos años
quedó estampada en tu retina derecha,
mientras sostenías de la mano
a tu último amor,
diciendo en casi voz baja:
“Volveremos corazón.”
Sin Dios, sin cúpula,
sin arte, sin amor, sin historia,
sin dama.
Sólo algunos recuerdos
y tu cuerpo estupefacto
que yace en el sillón.
Patricia Lohin
Foto: Andy McLaughlin
#notredame #onfire #escritos #escritora #poesía #amor #incendio

Sin Dios

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Otra estación,

a miles de siglos de distancia.

Otra estación sin vos.

El mundo es un derrotero

y yo soy la eterna navegante

que te busca

en estaciones de trenes en ruinas.

Camino entre las vías del tren,

saltando de uno en uno

los durmientes.

Investigando si entre éstos

ha quedado algún vestigio

de tu presencia:

un ticket,

un garabato sobre una servilleta de papel,

el envoltorio de un caramelo.

Siento el temblor de la locomotora

que pasó por este mismo lugar,

llevando un único vagón

con dos o tres pasajeros errantes

dentro de los cuales estabas vos,

sentado en un asiento de cuero blanco,

con sombrero de ala ancha, mirada gentil,

y zapatos de cuero recién lustrados

dispuestos a llevarte

a un lugar donde estuviese yo.

Tengo la vista arruinada,

igual que lo están las paredes de esta estación.

Mi alma abandonada y el corazón

que antes era de madera de pinotea,

ahora es de un material

polvoriento que apenas

si sobrevive a esto

que hemos dado en llamar

desencuentro cósmico.

Una vida, mil vidas,

cien estaciones más,

mil ventanas abiertas de par en par,

una capilla al lado de la boletería,

y un curita que se pregunta

dónde corno está Dios.

Eso nos ha quedado Darling:

mil estaciones sin Dios.

Patricia Lohin

Foto propia: Estación de Lin Calel

#escritos #escritora #poesía #estación #amor #tren #vías #blog

Definitivamente

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No creo en los finales,
ni en las perdices.
Que si en la puta vida
he visto una correr, volar,
o ser feliz.
No creo en los finales.
Creo a ciencia desierta
que sería hora de certificar
que no existe tal cosa
como un final.
Tan solo
el final del día que llega
para que comience
todo de nuevo,
mientras nos enviciamos juntos
super poblando nuestro mundo
de finales inexistentes.
Definitivamente
te quiero,
sin final.
Patricia Lohin
Foto: Hélène Desplechin
#patricialohin #escritora #escritos #amor #poesía #blog

Fosfenos

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Rueda la bicicleta calle abajo y el viento arrastra las hojas secas por delante. Parecen huir, o correr.
Se desvanecen los ruidos y se apagan las intermitencias del semáforo.
Los transeúntes se congelan con gestos estupefactos y todo a mi alrededor termina siendo una postal en blanco y negro.
El mundo no se desmorona allí afuera. Simplemente ha dejado de interesarme.
La gente llega al mercado por la mañana, poco despierta, poco limpia, poco asertiva, con pocas ganas de todo y apenas perfumada por arriba con el spray de la ropa. 

 


Se dirigen a los lockers y dejan sus corazones gastados en los casilleros que van del 1 al 45. Cuando ya todos están completos y no quedan lugares para más corazones destrozados, simplemente los tiran a un costado, a la intemperie, cerca de los containers de los residuos y del tutor que sostenía la planta que nunca nació.
El mundo ha dejado de interesarme, igual que yo a éste.
Me río, ¿desde cuando fuimos tan importantes el mundo y yo el uno para el otro?
Voy pedaleando por la calle principal, tirando hechizos de congelamiento global, mientras las hojas me preceden en velocidad. Va mi vestido rojo sonriendo junto al viento, mientras se adivina que llevo un culotte con mariposas blancas.
Algunos individuos quedaron congelados con el celular en la mano. Pienso que les interrumpí las ganas de ignorarme. Al fin una buena noticia.
Llego a destino, o el destino me llega a mí. El otoño está en todas partes. El jazmín invade descaradamente la puerta de entrada. Desde que renació vive y crece impetuosamente. Apoyo mi bici en la vereda, y veo una figura que camina seguro hacia mí.
Pienso en que ha fallado, eso del frío polar y la aniquilación de las especies, que no me alcanzó el polvo para todos.
Me froto los ojos. Veo estrellitas de colores, y detrás te veo a vos.
Patricia Lohin
Fosfenos: colores o “estrellas” que vemos cuando nos frotamos los ojos.
Foto: Felicia Simion