Vestidos para todo

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Es otoño querido.
Suena tu alarma. Volvés a la cama a abrazarme luego de apagarla. Dormimos diez minutos más o un siglo.
Suena mi alarma. Extiendo el brazo para silenciarla. Dormimos diez minutos más y otro siglo.
Queremos más de este estado comatoso y calentito, pero la vida nos llama ahí afuera. 
La gente sale a la calle súper poblada de abrigo. Me pregunto qué se pondrán dentro de tres meses, mientras veo salir el vapor de mi taza de café instantáneo de segunda marca sin leche.
Pocos venenos entran hoy en mi boca, salvo este café.
Escucho la puerta delantera cerrarse y tu ser que se pone en marcha junto con el motor del vehículo.
Voy hacia el balcón y en un acto de silencio absoluto veo al sol desperezarse por sobre el techo arriunado de chapas de mi vecino.
Quisiera quedarme envuelta en una manta mirando al sol bostezar, para luego prepararme otro café -esta vez con leche-, y por qué no unas tostadas ya condenadas a muerte con algún dulce casero que se estacione sin pagar ticket en la comisura de mis labios, por donde luego pasaré la lengua. La lengua que hace unos minutos estaba nadando en tu boca.
Y quedarme escribiendo versos desaforados, sandeces y finales disparatados, mientras Chet Baker suena en el rincón de la estancia por donde entra la mañana.
Es otoño querido.

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