Fusilamiento

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Se escuchan los tambores repiquetear delante mío. Tengo los ojos vendados.
Supongo que los soldados armados están en la misma línea que los que tocan los tambores.
Yo estoy parada de espaldas a la pared lateral de una iglesia, la que en un rato lucirá manchada con mi propia sangre.
Llevo un vestido largo con los bordes pesados y embarrados, las mangas destrozadas de las que cuelgan hilachas. Mis pies descalzos tienen incrustados en las plantas piedritas que encontré en el camino, y que ahora representan un dolor menor.
La sangre de los pies -mi sangre de mis pies- penetra la tierra -mi tierra-; incluso siento otro caudal de sangre tibia cayendo entre mis piernas. Ésta sabe, sabe que pronto no estará más contenida dentro de mi cuerpo, e intenta huir antes, por las puertas abiertas de mis heridas.
Escucho los tambores cada vez más lejos, mientras alguien carraspea antes de leer todos los “porqués” de mi presencia frente a este destino:
Traición a la patria. La patria que llevo en el pecho, el pecho que antes era rosa, y ahora es gris.
La patria que era grande, venturosa, alegre y tenía mil palabras a la orden de nuevas listas, poemarios y prosas.
La patria con ombligo generoso, plantado en el medio de una panza más parecida a la loma de una pradera y no a esta estepa reseca y desértica.
La que otrora llevaba guirnaldas con formas de estrellitas multicolores perdidas en el largo del cabello dorado; hoy deshidratado, al igual que las venas azules del dorsal de mis manos. 

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