A la orilla

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No te confundas. Yo también estoy perdida.
No tengas miedo. No vine a sacarte nada.
Veo en tus ojos el mar.
El mar que arrastra este silencio desgarbado, que llevó a otra orilla en otro continente la botella que lleva un mensaje mudo. 
Yo también me quedé sin voz.
También hago lo que puedo mientras los días parecen una sucesión inacabada de repeticiones.
Quemo en una fogata los fines de semana, en un descanso que no quiero, rodeada de la soledad absoluta que es mi compañera en esta instancia larga que representa la segunda mitad de mi vida.
Esta vida que no es lo que quería. El jugo se ha ido por los costados, y no he alcanzado a beber más que unos sorbos.
Me pregunto repetitivamente si erré el camino, si la cagué, si no soñé fuerte con todo, si fui egoísta, si fui mala alumna, mala madre, mala hija, mala vecina, mala compañera.
No te confundas. A veces mis días son una mierda.
No tengas miedo. Vine a verte.
Veo en tus ojos el polvo de estrellas.
Las estrellas que miramos noche tras noche con el silencio cómplice de quienes no necesitan hablar para llenar el vacío.
Ha sido tan largo y tan solitario el camino, que me he olvidado que quien fui y hacia dónde voy.

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