Inconmensurable

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Me arrancaste una sonrisa,
y después de la sonrisa el asombro,
me arrancaste el hastío,
para sembrar las ganas locas,
y luego arrancaste mi ropa,
para sacarme las otras ganas.
Me arrancaste de las tardes
todas iguales
y sembraste mil palabras nuevas
para que pudiera escribirte
una y otra vez,
dos o tres líneas aleatorias,
que lleven tu nombre.
Arrancaste mi nombre,
para tirarlo al costado de la cama,
y la pupila de mi ojo izquierdo
para clavar en ese pozo negro
el brillo de tu ojo derecho.
Me clavaste los dedos
en las tres Marías 

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