Tierra mojada

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Tu cuerpo era como tierra mojada, que se aplacaba luego de la lluvia y olía deliciosamente bien. Miro la cajita de madera, la que tiene la tapa calada emulando un mandala. Me acerco y la abro, dejando entrar la luz de febrero que se cuela por la ventana del living.
Estoy sentada en el sillón, el mismo donde te esperé la última de la última vez.
En casa ya no te espera nadie, ni la cafetera, ni el perro ni las sábanas blancas.
En la caja hay una servilleta de papel garabateada con mi firma y otras constelaciones que hiciste alrededor de ésta la primera vez que nos vimos. Me dijiste que leías las formas de las letras. No recuerdo tus palabras exactas, porque estaba perdida en el halo del aroma que emanaba tu cuerpo, tu cuerpo como tierra mojada. Como lluvia que venía sin esperarla sobre las seis de la mañana, mientras uno de los dos se levantaba a abrir la ventana para volver a acurrucarse. Como el despertar que se extendía a lo largo del cuerpo del otro, dibujando galaxias nacidas detrás de la nuca, o entre mi pelo enredado.
Mientras armo la lista de pendientes para febrero, miro de reojo la cajita que volví a colocar en el último estante de mi biblioteca, donde falta el libro que te presté, el de tapa roja.
Pensé ibas a venir a devolverlo, poniendo el pecho a las balas. Con tu actitud semi arrogante, tu camisa a cuadros y la mirada esquiva. 

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