Dulce de higos

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Al fin.
Dulce de higos en mi boca.
Oscuro como el color de tus ojos.
Avanzo sobre éste
con una lujuria feroz,
y cucharada tras cucharada
voy apagando el antojo
que llevo desde hace años.
Pero tu mirada,
me ha dejado
más hambrienta que antes.
Me pregunto
si será algo que desear,
recordar o atesorar
día tras día
atravesando el otoño,
y si mi boca
logró sembrar
la misma inquietud

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Again

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Empezás de nuevo,
anudando la punta del pañuelo
o la punta de las sábanas nuevas,
descubriendo nuevos aromas
que embelesan tenedores, cuchillos
y espumaderas,
que salen del cajón
para bailar nuevos temas en la cocina.
Y descubrís un domingo a la tardecita,
que ni tus bolsillos estaban tan vacíos
ni tu corazón tan muerto,
ni tus ganas tan aletargadas.
Que cada paso de ayer
aunque fuera en reversa

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Afiladora de corazones

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Cuando era chica los afiladores de tijeras, cuchillos y afines, salían en bicicleta y tocaban la armónica o una flauta de pan hecha de cañas y plástico.
Imposible no distinguirlos con esa melodía inamovible, sin letra pero con ritmo.
Era el momento de revolver el cajón buscando ese cuchillo que aplastaba el pan y salir a la calle. 
Pensaba que tal vez podría agarrar mi bici, convertirla en una de paseo, colocarle una canasta de mimbre, llenarla de retamas amarillas, ponerle un asiento ancho y chato, y con una mochila de marrón de cuero gastada llena de retazos de letras, salir a afilar corazones.
Afilarlos para que no aplasten el pan.
Tal vez, tamaña empresa requeriría buscar una forma eficaz para que mi voz tome color, y se haga espacio en el medio del silencio de la hora de la siesta.
Busco dentro de mi caja toráxica el sonido que pueda llegar a embelesar como el de la flauta de Hamelin y no lo encuentro.
Entonces, recuerdo la fórmula de magia que está anotada en el margen izquierdo del libro de tapa roja: inhalar, tocar el pecho con la palma abierta, llevar el aire a la panza, emitir un susurro que levante un vientito norte que llegue hasta la puerta de tu casa y la abra, así sin más.
Patricia Lohin
Imagen Tumblr
#relatos #afiladora #bicicleta #amor #corazón #escritos #escritora #blog#patricialohin

A la orilla

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No te confundas. Yo también estoy perdida.
No tengas miedo. No vine a sacarte nada.
Veo en tus ojos el mar.
El mar que arrastra este silencio desgarbado, que llevó a otra orilla en otro continente la botella que lleva un mensaje mudo. 
Yo también me quedé sin voz.
También hago lo que puedo mientras los días parecen una sucesión inacabada de repeticiones.
Quemo en una fogata los fines de semana, en un descanso que no quiero, rodeada de la soledad absoluta que es mi compañera en esta instancia larga que representa la segunda mitad de mi vida.
Esta vida que no es lo que quería. El jugo se ha ido por los costados, y no he alcanzado a beber más que unos sorbos.
Me pregunto repetitivamente si erré el camino, si la cagué, si no soñé fuerte con todo, si fui egoísta, si fui mala alumna, mala madre, mala hija, mala vecina, mala compañera.
No te confundas. A veces mis días son una mierda.
No tengas miedo. Vine a verte.
Veo en tus ojos el polvo de estrellas.
Las estrellas que miramos noche tras noche con el silencio cómplice de quienes no necesitan hablar para llenar el vacío.
Ha sido tan largo y tan solitario el camino, que me he olvidado que quien fui y hacia dónde voy.

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Inconmensurable

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Me arrancaste una sonrisa,
y después de la sonrisa el asombro,
me arrancaste el hastío,
para sembrar las ganas locas,
y luego arrancaste mi ropa,
para sacarme las otras ganas.
Me arrancaste de las tardes
todas iguales
y sembraste mil palabras nuevas
para que pudiera escribirte
una y otra vez,
dos o tres líneas aleatorias,
que lleven tu nombre.
Arrancaste mi nombre,
para tirarlo al costado de la cama,
y la pupila de mi ojo izquierdo
para clavar en ese pozo negro
el brillo de tu ojo derecho.
Me clavaste los dedos
en las tres Marías 

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Cómo te extraño la puta madre

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Hay viajes que no deberían hacerse nunca.
Por ejemplo el que hoy a la tarde me llevó a los ajustes del teclado de mi celular, todo para descubrir que el diccionario con “mis palabras” contiene tu nombre y todas las otras variantes de éste. Nunca me había puesto a contar de cuántas maneras diferentes llegué a nombrarte hasta hoy a la tardecita. Siempre quise sorprenderte, agarrarte con el alma abierta, con la guardia baja, con la panza llena de hambre, con la lengua húmeda, con el ojo atento, con la sonrisa fácil.
Tal vez sea un fracaso no haberte enamorado, o una suerte. Mañana lo sabré mejor, cuando deje de sentirte tanto. Siempre fui lenta para todo.
Hay una palabra de tres letras y acentuada, casi al final del diccionario personal, que al leerla me dejó partida en tres millones de piezas, desparramada sobre el piso de madera, como ceniza, como arena, como polvo de alguna galaxia estrellada, como restos de un gigantosaurio o de un saporex. 

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Tierra mojada

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Tu cuerpo era como tierra mojada, que se aplacaba luego de la lluvia y olía deliciosamente bien. Miro la cajita de madera, la que tiene la tapa calada emulando un mandala. Me acerco y la abro, dejando entrar la luz de febrero que se cuela por la ventana del living.
Estoy sentada en el sillón, el mismo donde te esperé la última de la última vez.
En casa ya no te espera nadie, ni la cafetera, ni el perro ni las sábanas blancas.
En la caja hay una servilleta de papel garabateada con mi firma y otras constelaciones que hiciste alrededor de ésta la primera vez que nos vimos. Me dijiste que leías las formas de las letras. No recuerdo tus palabras exactas, porque estaba perdida en el halo del aroma que emanaba tu cuerpo, tu cuerpo como tierra mojada. Como lluvia que venía sin esperarla sobre las seis de la mañana, mientras uno de los dos se levantaba a abrir la ventana para volver a acurrucarse. Como el despertar que se extendía a lo largo del cuerpo del otro, dibujando galaxias nacidas detrás de la nuca, o entre mi pelo enredado.
Mientras armo la lista de pendientes para febrero, miro de reojo la cajita que volví a colocar en el último estante de mi biblioteca, donde falta el libro que te presté, el de tapa roja.
Pensé ibas a venir a devolverlo, poniendo el pecho a las balas. Con tu actitud semi arrogante, tu camisa a cuadros y la mirada esquiva. 

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