La herida

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La herida de la herida de la herida.
Ese cráter, que no es más que un buraco enorme que hay en tu corazón, por el que sale humo de cigarrillo negro barato que el dejó en tu aliento anoche.
La cicatriz de la cicatriz de la cicatriz.
Al levantarte por las mañanas emparchás tu desesperación con gasas esterilizadas y merthiolate incoloro, dejando que tu verdugo sople la herida de la herida, que sangra, que supura, que duele, que se infecta una y otra vez y es ultra resistente a los antibióticos.
El dice que te cura, cuando ni se lavó las manos para limpiarte la herida, ni se lavó los dientes para salir a la calle, pero sí recordó dejar sus miserias debajo de tu cama.
Cae sobre el piso el aserrín que dejan sus palabras áridas cuando salen despedidas al aire como si fueran misiles. Te violenta el vacío del desamor y la justificación que justifica una vez más que no merecés más que este apestoso infierno que parece una mala película independiente o la placa roja de Crónica TV.
Muere tu entrepierna estrecha violentada sin permiso, que deja tus sábanas manchadas y olorosas. La mañana te encuentra en posición fetal sin haber dormido, abrazando tu espalda con la punta de los dedos que carecen de las uñas que te comés todos los mediodías a la hora del almuerzo. Mientras sobre la pared donde se acuesta el respaldo de tu cama, cuelga el crucifijo que chorrea una vez más algo parecido a agua, sangre y barro.

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