Magia

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Hoy por la mañana llegué a Vaniglia -tarde-. Siempre estoy llegando tarde a todos lados. Con una salvedad: no pude entrar porque la cerradura no funcaba -maldita bastarda-. Mientras estaba sentada afuera esperando al nuevo amor de mi vida -el cerrajero-, aparece una clienta que me dice “Vengo acá porque venden magia”.
Y así nació este delirio. Amaría tener un sótano con ventanas al paraíso, y tinta de polvo de estrellas para escribir esperanzas sobre esperanzas.

Magia

Nueve de la mañana. Mirtha se acerca a un negocio local y le dice a la mujer que está sentada en el marco del escaparate: “Vengo porque acá venden magia.”
La dueña del local, una mujer llamada Irene, le hace un gesto de que hable más bajo, o escucharán los vecinos.
Entran juntas y silenciosas. Irene echa llave a la puerta del frente, da vuelta el cartel para que diga “Enseguida vuelvo”, le toma la mano a Mirtha y juntas van al fondo del local, donde hay una especie de oficina abarrotada de libros, apuntes, hojas y luces navideñas.
Irene corre la alfombra circular que hay sobre el piso de madera, y aparece una puerta que al ras del suelo conduce a una escalera caracol.
Bajan, y la cortina de oscuridad que las precedía se convierte poco a poco en un velo de luz inmaculado que se va fundiendo con los acordes de “Claro de Luna”.
Nunca hablan. Mirtha mira por los ojos de buey hacia un exterior irrisorio y disparatado existente en ese subsuelo, donde criaturas aladas bailan y se recrean en sitios impensados. Irene toma una pluma, la embebe con tinta hecha de polvo de otras galaxias y le escribe:

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