La foto

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Esa mañana amanecí temprano.

Como venía siendo normal en este verano despojado de normalidad, la lluvia sorprendió al amanecer.

No tuve que levantarme a abrir la ventana ya que había quedado abierta desde la noche anterior. Estuve un par de horas despierta acurrucada en mi cama, escuchando la lluvia caer sobre el piso rojo del balcón.

Más tarde supe que habías estado haciendo lo mismo, mientras una mujer que usa el mismo nombre que yo, dormía del otro lado de tu cama.

Siempre supe que tu cama estaba siendo ocupada por alguien más. No hay nada peor que un hombre que subestima la mirada puntual de una mujer en cualquier escena de crimen.

Veamos, hay una regla de tres simple.

Cuando uno se acuesta solo, destiende toda la cama, o en su defecto -como yo- sólo la mitad de esta. Cuando la cama se comparte, también pueden darse dos cosas: la cama queda toda desarmada como un campo minado o bien se nos presenta una cama dividida por dos aguas: cuando se nota que cada uno se ha levantado por su lado, dejando en el medio un cordón de sábanas y colchas.

Así era tu habitación: un lugar con una cama con un cordón en el medio. Qué triste. Detesto esas escenas que representan el apartheid doméstico. Prefiero dormir sola antes que dejar un muro en la mitad de mi cama.

La cosa es que,  mientras el libro que yo había estado leyendo hacía un par de días, ahora estaba siendo hojeado por otro yo, vos pensabas en mí.

Esa mañana tomé el café con leche descalza en mi cocina, con la mirada viendo la lluvia caer sobre el asfalto, escuchando el ruido de las gomas de los autos chillar junto con el agua, y adivinando los ojos del semáforo empañarse como si estuviesen llorando.

Sobre las ocho, antes de meterme debajo de la lluvia de la ducha, me saqué dos fotos. Una para vos que decía “está claro que yo no soy, me gusta que vayamos definiendo cosas”, y otra para mí.

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Supervivencia

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La falsa sutileza de seguir escribiendo sobre vos sin que se note, escondiendo tu aparición accidentada en el punto de la cuarta oración, la tercer vocal de tu nombre en la cuarta palabra contando de atrás hacia adelante.
La sutileza de tallar el relato con tu perfume sin que los demás lo sientan, diluyendo el olor a pachuli importado, dejando que el aroma viaje a países lejanos perfumando maletas que no lleven etiquetas ni tickets para ser retiradas sobre la cinta que gira y gira, como tu ombligo que hace girar satélites artificiales.
La sutileza de dejarte vivir en mis escritos, como el único acto de supervivencia que he decidido regalarte hasta que el olvido silencioso llegue, y arranque de mi memoria la certeza de saber cuál fue el último relato o poema donde te escondí en el acento prominente de la i.
Que llegue tu muerte y yo no esté allí para notarlo, como un acto supremo de valentía kármica que deje las cosas acomodadas: lo bueno con lo verdadero, lo supremo con lo sublime, el amor con la valentía, la mentira con la falsedad oportunista, la bosta en la bombonera, vos de local y yo tomando un taxi para Retiro.
Sale la luz parida desde tanta sombra, sacando lecciones inmateriales que estaban escondidas debajo de las baldosas, explicaciones absurdas de mi descoqueo y devaneo existencial. 

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