Café

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Te llamé. Atendiste. Esperaba el desprecio. Sin embargo aceptaste un café.

Fui en modo de apachuchada, pero nunca me hice la víctima. Junté todas las mierdas en una bolsa de consorcio verde y te las planté, ahí, sobre la misma mesa cuadrada de madera de la cafetería de la esquina, donde nos encontramos por primera vez.

Me escuchaste con los mismos ojos bondadosos de siempre. Aunque me miraste con una expresión nueva y desapegada. No pude adivinar tus pensamientos ni sentires. Yo ni siquiera estaba compungida, arrepentida o mortificada. Tampoco podía tirar culpas a nadie más. Quise ser lo más objetiva posible.

No me salieron las disculpas. Tan sólo te mostré de una, que no habías estado conmigo, sino con un holograma de alguien parecido, uno de esos adaptadores que vienen para enchufarlo todo, pero ahora, frente a vos, era yo: una mina insegura, con errores a granel, con inseguridades varias, a la que le gusta caminar bajo la lluvia -eso lo sabés, porque me besaste bajo la lluvia un sábado en el patio de tu edificio-, y la que tenía un pasado sin resolver.

 

Ya sé. Cuando alguien se presenta en tu vida y dice “pasado sin resolver”, el resto de la humanidad debería de salir corriendo. Debería de existir una chapa o un cartel que dijese: “Inviable emocionalmente”, “Cagado emocionalmente”, “En reparación” o algo así.

Dijiste que ambos habíamos pasado por muchas cosas. Que yo merecía más.

Tan sólo quise sanar mis viejas heridas con caricias nuevas. No sé si alguna vez se termina de resolver el pasado. Tal vez no, tal vez sólo se acepta. Tal vez haya que colgarlo en el cordel de la ropa, junto a la pared, como una media vieja y agujereada. Dejar que la lluvia, el frío y el viento lo desintegren, con y sin violencia, con y sin piedad.

Después de todo, gracias a esa media moribunda, gracias al broche que la sostiene, pudimos tomar ese café.

Gracias por la cuenta, yo pago.

 

Patricia Lohin

 

Imagen: DuRall Photography

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