Simulacro

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Leí por ahí que enero no cuenta. Podemos tomar el mes gratis y de prueba, como con Netflix. Enero es el simulacro.
Simulacro de incendio, simulacro de tsunami, simulacro de qué haríamos si se acaba el mundo. En la primer semana me tocó el simulacro de incendio.
Al instante en que se prendía fuego el sector oeste de mi azotea, me di cuenta de que no había atendido a las señales.
Cuando el señor de los matafuegos vino, y colgó el aparatejo en la pared, sobre un hermoso recuadro blanco y rojo, dijo algo Algo del tipo “instrucciones para apagar el incendio”.
Me saqué un dos en la prueba. De más está decir, me perdí la charla explicativa de cómo se usa un matafuegos, y cuando quise accionarlo estaba trabado y yo obnubilada.
El dos me lo pusieron porque gracias a mi fuerza bruta, pude accionarlo rompiendo el precinto, para cuando el fuego se apagó ya lo había consumido todo menos la losa.
La segunda semana me tocó simulacro de inundación. Dios santo, ¿de dónde viene tanto agua? El lugar elegido para cobijarme era el mismo lugar que se me había prendido fuego la semana anterior: la azotea. Ahí me acosté panza arriba sobre las cenizas, a esperar que la evaporación, la permeabilidad de la tierra y otros menesteres que desconozco hicieran lo suyo. Aún no fui a retirar la nota.

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Nunca entendí por qué enero es tan largo. Desde que tengo uso de razón, enero es un mes por demás extendible, las horas parecen multiplicarse dentro del día que estaría sobrando para todo.
Y no es que quiera asesinarlo, ni apagarlo, ni defenestrarlo.
Aquí estoy, en algún lugar del país, en donde las sierras se extienden frente a la cabaña de alquiler con dos pisos totalmente amueblada. Lejos de ser sierras desapegadas entre sí, son como un cordón sin picos, una uniformidad que asusta. Algo está unido en la naturaleza. Esta semana nos tocó luna llena, y por la noche dejamos la ventana abierta, permitiendo que se vea desde la cama esa bola grande, inmensa y plateada besar el lomo de las sierras; mientras vos besás mi espalda
Miro a mi hombre que se ha afeitado, y parece un niño. Jugamos a que no nos conocemos, y luego de un rato tomamos el desayuno con un café lleno de azúcar y unas ensaimadas de manteca. Habrá tiempo luego para cuidarse.
La mejor noticia la trajo el diario. Dice la segunda página que los primeros labios que hayas besado para año nuevo, se quedarán con vos el resto del año. Menos mal que me besaste, y lo volviste a hacer luego. Menos mal que te dejé disfrutarme, y me permití disfrutarte.
Salis a correr por el sendero que baja hacia un arroyito, un hilo de agua con nombre de fruta fresca y dulce; sabiendo que yo necesito más café y silencio para arrancar mi día.
Mientras, yo me dedico a hidratar mi cuerpo en la pileta desierta y a dibujar tu sombra con palabras hilvanadas con hilos dorados. La hora del almuerzo tardío llegará más tarde, con esa misma lentitud que tiene enero para manifestarse.
Nunca entendí por qué enero es tan largo. Tal vez para inmortalizar estos momentos, para que el primer beso del año dure todo el año, para que pueda ver tu cara de niño detrás de tu rostro recién afeitado.
Patricia Lohin
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Foto: Cristina Venedict