Movimientos bancarios

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Límite del descubierto. Límite de la tarjeta. Límite de dinero para extracciones en cajeros automáticos. Límites para exabruptos monetarios. Límites.

El riesgo país está por las nubes. Las nubes de por sí no están tan altas. De modo que las nubes son otro límite más a los movimientos bancarios que determinan indirectamente cuánto cotizan algunas acciones en la bolsa de valores.

Bolsa de valores. Tamaña definición para una mera descripción del vil metal que no alcanza a verse más que en una pizarra de la city porteña. Más límites, menos valores.

Todo parece tener un tope. Una extraña medida que alguien inventó para determinar hasta cuándo, cuánto, cuántos. La presión arterial no debe superar tanto, porque sino la compresión te hace estallar las venas, o el corazón.

La vida pareciera tener una válvula, que lejos de ser de escape, determina esa frontera entre hasta dónde se puede y hasta dónde no. Algunos lo llaman destino, los grises.

Entre tanto mendrugo, tanta cosa en apariencia limitada, parados frente al muro de metal, vivimos estructuraditos dentro de las posibilidades que pareciera tener nuestra eternidad que nos pintaron -para colmo de males- condicionada.

El sistema que se mete por los poros como si fuera un monstruo de varias cabezas, que te recuerda el deber, la necesidad de tener, del quiero ya, todo derechito, ordenadito y progre. Ordenado es mejor, porque el caos es ingobernable.

Exaltación del deber por sobre la pasión.

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Maldigo

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Decía Dalí que, cuando estamos dormidos en este mundo, estamos despiertos en otro.
Me acuesto cuando aún es de día. Esas cosas que ocurren en verano cuando uno está en declive existencial y emocional.
Dejo la ventana abierta, y escucho la respiración de mi can, lo cual es un reaseguro de contención para esquivar mi soledad. 
En algún momento entre el atardecer y la oscuridad, me veo llegando a la ventanilla de una estación de trenes. El señor de la boletería, me mira con unos ojos muy parecidos a los tuyos. Como si él supiera lo que pienso, me hace un guiño, le brillan las pupilas y en silencio me extiende un boleto color azul eléctrico con letras blancas.
Me dice que en realidad no hay un tren, sino un vagón que no necesita de locomotora, pero que esta noche me llevará a donde necesito.
Subo, y me encuentro con que el vagón es una especie de salón circular y mullido, en donde las paredes son el cielo estrellado con la vía láctea en primer plano, el suelo es un mar en calma, y el asiento una barca con almohadones y cobertores suaves, blancos y perfumados. 

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