La herida

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La herida de la herida de la herida.
Ese cráter, que no es más que un buraco enorme que hay en tu corazón, por el que sale humo de cigarrillo negro barato que el dejó en tu aliento anoche.
La cicatriz de la cicatriz de la cicatriz.
Al levantarte por las mañanas emparchás tu desesperación con gasas esterilizadas y merthiolate incoloro, dejando que tu verdugo sople la herida de la herida, que sangra, que supura, que duele, que se infecta una y otra vez y es ultra resistente a los antibióticos.
El dice que te cura, cuando ni se lavó las manos para limpiarte la herida, ni se lavó los dientes para salir a la calle, pero sí recordó dejar sus miserias debajo de tu cama.
Cae sobre el piso el aserrín que dejan sus palabras áridas cuando salen despedidas al aire como si fueran misiles. Te violenta el vacío del desamor y la justificación que justifica una vez más que no merecés más que este apestoso infierno que parece una mala película independiente o la placa roja de Crónica TV.
Muere tu entrepierna estrecha violentada sin permiso, que deja tus sábanas manchadas y olorosas. La mañana te encuentra en posición fetal sin haber dormido, abrazando tu espalda con la punta de los dedos que carecen de las uñas que te comés todos los mediodías a la hora del almuerzo. Mientras sobre la pared donde se acuesta el respaldo de tu cama, cuelga el crucifijo que chorrea una vez más algo parecido a agua, sangre y barro.

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Magia

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Hoy por la mañana llegué a Vaniglia -tarde-. Siempre estoy llegando tarde a todos lados. Con una salvedad: no pude entrar porque la cerradura no funcaba -maldita bastarda-. Mientras estaba sentada afuera esperando al nuevo amor de mi vida -el cerrajero-, aparece una clienta que me dice “Vengo acá porque venden magia”.
Y así nació este delirio. Amaría tener un sótano con ventanas al paraíso, y tinta de polvo de estrellas para escribir esperanzas sobre esperanzas.

Magia

Nueve de la mañana. Mirtha se acerca a un negocio local y le dice a la mujer que está sentada en el marco del escaparate: “Vengo porque acá venden magia.”
La dueña del local, una mujer llamada Irene, le hace un gesto de que hable más bajo, o escucharán los vecinos.
Entran juntas y silenciosas. Irene echa llave a la puerta del frente, da vuelta el cartel para que diga “Enseguida vuelvo”, le toma la mano a Mirtha y juntas van al fondo del local, donde hay una especie de oficina abarrotada de libros, apuntes, hojas y luces navideñas.
Irene corre la alfombra circular que hay sobre el piso de madera, y aparece una puerta que al ras del suelo conduce a una escalera caracol.
Bajan, y la cortina de oscuridad que las precedía se convierte poco a poco en un velo de luz inmaculado que se va fundiendo con los acordes de “Claro de Luna”.
Nunca hablan. Mirtha mira por los ojos de buey hacia un exterior irrisorio y disparatado existente en ese subsuelo, donde criaturas aladas bailan y se recrean en sitios impensados. Irene toma una pluma, la embebe con tinta hecha de polvo de otras galaxias y le escribe:

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Mostacillas

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Una mujer vuelve a su casa por una calle que no es la suya.
Maneja el vehículo que se lleva sólo hasta otra casa. Estaciona. Mira el portón. Nunca surge duda de si necesita valor, o ganas, o felicidad, o motivos.
Llega hasta ahí porque el viento es más fuerte que la resistencia. Llega hasta esa puerta como si fuera un maldito kiosco abierto en el medio de un desierto de asfalto incendiando la ciudad, necesita agua.
Se baja, toca timbre, mira hacia la vereda de el frente. Por detrás escucha la primera puerta que se abre, luego los pasos. Adivina la silueta, adivina la mirada. Luego se abre el portón, la recta final.
Ella lo abraza, quiere meterse dentro de ese desalmado, como si se le fuera la vida en ello. Saca su propia alma de su boca, que sale como si fuera el vientito que larga el aire acondicionado en un día en que la tierra se raja de calor. Saca su alma para meterla en la boca de él, una vez más, queriendo volver a casa, queriendo ser amada, queriendo habitar la cocina, queriendo leer el libro que está en la mesita de luz, queriendo que la dejen querer.
Se separa, gira y se va sin mirar atrás. Pero en esa separación, se engancha el collar de mostacillas de ella, con el botón de la camisa de él. Caen todas al suelo, convirtiendo la vereda en un sitio arquitectónico donde yacen los restos de cientos de mostacillas multicolores.
Ella se sube al auto, mira hacia adelante mientras enciende el motor. Con el rabillo del ojo ve que él corrió hasta su lado poniendo la mano en su ventanilla. Ella pregunta para qué. 

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Castillo de arena

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“La verdad empieza o termina en un poema.” Ulises Conti

Si la verdad deambula por esos lares, por este arte, por este cúmulo de palabras que escribo para vos, si fuera cierto eso de que el mar sólo es mar si se navega, y el amor sólo amor si se convierte en arte, entonces no estaba tan equivocada.

He vivido la más fatídicas e intensas de las verdades. He vivido el más intenso de los amores, el más largo de los insomnios, el más corto de los viajes a pie, la carencia más profunda.

La verdad es un alba en el cual la máquina de escribir hace ruido demasiado temprano, escribiendo desde el vamos tu nombre: tu nombre que vuela, tu nombre revolucionario, tu nombre que ronronea.

La verdad son tus ojos que me miran, y conocen cuántos centímetros hay de espacio entre cada uno de los botones que hay en mi cuerpo.

La verdad es el gesto que hacés con tu boca, algo así como una trompita en el momento justo en que estás pensando alguna maldad sobre vos, sobre mí o sobre los dos juntos.

La verdad nace cuando me hacés reír y viceversa, cuando nos chicaneamos, cuando nos pinchamos a ser más, a mover el culo, a no conformarnos, a volar separados, a crecer, a no ser esos que estacionan un domingo a la tardecita al costado de la ruta viendo la vida pasar, o la pareja que sale los domingos a cenar en silencio y mortalmente aburridos.

La verdad está entre mi silencio y el pedido tuyo de que te cuente algo sobre mí, sobre mí con respecto a vos, sobre vos desde mi corazón.

La verdad es este vacío definitivo plagado de tu ausencia irrevocable, en donde el tiempo que pasa es ese lugar que va desdibujando tu rostro, tu aroma, tu carcajada, y tu recuerdo se parece cada vez más a ese castillo de arena que se va desintegrando al final del día en la playa.

Patricia Lohin

Foto: Richard Dunkley, End of the Affair

#patricialohin #blog #escritos #verdad #amor #escritora #verdad #relatos #blog

Cinco días para…

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Es sábado. Faltan cinco días para terminar enero.

Enero pareció un mal chiste.

Vivir dos días para contarlo y dormir cuatro días para olvidarlo.

Caminar con vos por la playa, volver, ducharnos, ponerte crema por el cuerpo, agarrar el marco de tu cara y mirarte a los ojos tratando de navegar en éstos, mirarme en tu espejo, saberme perdida, tener que irme.

Llegar a casa, apagar las luces, apagar la música, desprender el alma, desconectar el celular, encender un cigarrillo, mirar el horizonte desde el patio, ese punto imperfecto donde sé estás vos como un cometa precioso.

Abrir la heladera y no encontrar nada. Dejar de comer. Encender otro cigarrillo.

Recostarme, recordarte, olvidarte, padecerte, escribirte, cobijarme, anularte.

Tener que decidir en una noche quién de los dos sobrevive y quién muere.

Un duelo. Sos vos o soy yo.

Me decidí por mí, pero mi sobrevida aún está por decidirse.

Patricia Lohin

Imagen Tumblr

#patricialohin #escritos #escritora #enero #playa #relatos #amor

Respirar

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El agua está fría. Voy contando los metros que avanzo a medida que ejecuto las brazadas. Mi boca se abre por el costado intermitentemente. Me gusta el sonido del agua, me gusta observar los detalles del fondo de la pileta, sumergir mi cabeza para luego sacarla y escuchar la sinfonía que nace de todos esos movimientos. Junto los dedos debajo del agua y empujo la mano hacia atrás para propulsarme. Respiro, inhalo, exhalo.

Me recuerdo hace apenas unos meses, trotando media hora, una, dos, cuatro horas y algo, en el medio de una ciudad desconocida, mientras mi respiración pasaba del primer plano a la armonía absoluta.

Entonces, luego, tuve que cambiar de medio y empezar todo otra vez. Del aire libre, al agua de la pileta, y de la pileta hacia tu boca.

Cuando nos conocimos, yo no sabía nada de respirar con vos. Entonces, empecé contando la distancia que me separaba de tu cuerpo, avanzando lentamente, levantando los brazos para rodearlo, robando una bocanada de aire y a medida que mi boca se iba de viaje por tu cuello ir inspirando. Luego robaba otra pequeña bocanada y me iba de excursión hacia tu boca, intentando controlar el vacío que se formaba justo en mi esternón.

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La foto

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Esa mañana amanecí temprano.

Como venía siendo normal en este verano despojado de normalidad, la lluvia sorprendió al amanecer.

No tuve que levantarme a abrir la ventana ya que había quedado abierta desde la noche anterior. Estuve un par de horas despierta acurrucada en mi cama, escuchando la lluvia caer sobre el piso rojo del balcón.

Más tarde supe que habías estado haciendo lo mismo, mientras una mujer que usa el mismo nombre que yo, dormía del otro lado de tu cama.

Siempre supe que tu cama estaba siendo ocupada por alguien más. No hay nada peor que un hombre que subestima la mirada puntual de una mujer en cualquier escena de crimen.

Veamos, hay una regla de tres simple.

Cuando uno se acuesta solo, destiende toda la cama, o en su defecto -como yo- sólo la mitad de esta. Cuando la cama se comparte, también pueden darse dos cosas: la cama queda toda desarmada como un campo minado o bien se nos presenta una cama dividida por dos aguas: cuando se nota que cada uno se ha levantado por su lado, dejando en el medio un cordón de sábanas y colchas.

Así era tu habitación: un lugar con una cama con un cordón en el medio. Qué triste. Detesto esas escenas que representan el apartheid doméstico. Prefiero dormir sola antes que dejar un muro en la mitad de mi cama.

La cosa es que,  mientras el libro que yo había estado leyendo hacía un par de días, ahora estaba siendo hojeado por otro yo, vos pensabas en mí.

Esa mañana tomé el café con leche descalza en mi cocina, con la mirada viendo la lluvia caer sobre el asfalto, escuchando el ruido de las gomas de los autos chillar junto con el agua, y adivinando los ojos del semáforo empañarse como si estuviesen llorando.

Sobre las ocho, antes de meterme debajo de la lluvia de la ducha, me saqué dos fotos. Una para vos que decía “está claro que yo no soy, me gusta que vayamos definiendo cosas”, y otra para mí.

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Supervivencia

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La falsa sutileza de seguir escribiendo sobre vos sin que se note, escondiendo tu aparición accidentada en el punto de la cuarta oración, la tercer vocal de tu nombre en la cuarta palabra contando de atrás hacia adelante.
La sutileza de tallar el relato con tu perfume sin que los demás lo sientan, diluyendo el olor a pachuli importado, dejando que el aroma viaje a países lejanos perfumando maletas que no lleven etiquetas ni tickets para ser retiradas sobre la cinta que gira y gira, como tu ombligo que hace girar satélites artificiales.
La sutileza de dejarte vivir en mis escritos, como el único acto de supervivencia que he decidido regalarte hasta que el olvido silencioso llegue, y arranque de mi memoria la certeza de saber cuál fue el último relato o poema donde te escondí en el acento prominente de la i.
Que llegue tu muerte y yo no esté allí para notarlo, como un acto supremo de valentía kármica que deje las cosas acomodadas: lo bueno con lo verdadero, lo supremo con lo sublime, el amor con la valentía, la mentira con la falsedad oportunista, la bosta en la bombonera, vos de local y yo tomando un taxi para Retiro.
Sale la luz parida desde tanta sombra, sacando lecciones inmateriales que estaban escondidas debajo de las baldosas, explicaciones absurdas de mi descoqueo y devaneo existencial. 

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Kermesse

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Los globos rojos de las películas no son como los que se venden en la kermesse. Esa que montaron la semana pasada en el terreno baldío en las periferias de este pueblo de mala muerte, con tablones de madera, loterías impresas en cartones de colores estridentes y porotos blancos como fichas, falsas guirnaldas hechas en papel desteñido. Esos globos son opacos, de un rojo que no alcanza a despegar. De soltarlos, no saldrían nunca impulsados hacia el cielo, seguramente caerían sin gracia sobre algún arbusto, y si rozaran una espina ni siquiera explotarían, tan sólo se desinflarían sin pena ni gloria, sin estridencias, sin ruidos, sin nada.
Nos alejamos de ese antro montado al aire libre, en donde un avioncito que parece la maqueta de una torta, muestra que ya tiene demasiadas lluvias sobre su metal, haciendo supurar el óxido que de a poco va carcomiendo el metal del metal.
Menos mal que nos fuimos de ese pueblo triste, sin río, playa, sin plazas con hamacas ni niños sonrientes o payasos en el día del niño.
Menos mal que salimos esa tarde caminando por la ruta 3, yo con mi globo rojo súper brillante de helio y vos con la mochila, y que la primer noche de la travesía, nos acostamos a mirar el cielo, ahí mismo, al costadito de la ruta, tapados por un manto de estrellas y dejando que la luna eclipsada nos hiciera cosquillas en la panza.
Patricia Lohin
#patricialohin #escritos #escritora #relatos #globo #kermesse #amor
Imagen Pinterest

Si supieras

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Si vos supieras el miedo que arrastro, los sueños atesorados en una mochila rosa con dibujos desteñidos, el anillo olvidado envuelto en un pañuelo blanco con un borde de crochet tejido por mi abuela, la rosa desecada y comprimida dentro de un libro de tapa dura, la primer carta manuscrita del padre de mis hijos, un proyecto para abrir un barcito con música de jazz y mesitas redondas con luces tenues, carillones que suenan en el balcón para hacerme compañía durante la noche, el corazón resguardado en el cajón de los cubiertos, una lista interminable de amores platónicos, demasiados lunares, un cobertor rojo carmín, pelos del perro acumulados debajo del sofá, una colección de películas vintage en dvd, la décima carta a papá noel antes de rendirme, un frasco con pocos caramelos, el agotamiento extremo de lo que siempre está por llegar, miles de fines de semana en soledad, una ciudad amurallada donde guardo mis problemas, un doble fondo en el mueble del lavadero con las fantasías inconfesables, manos con manchitas que parecen más viejas que mi rostro, mi primer can enterrado bajo la sombra de un árbol en el patio, telas de araña en el rincón de una pared, el temor de haberlo hecho todo mal, un camino que ya tiene menos recorrido hacia adelante que por detrás, demasiado pasado para tan poco presente, dudosos gustos musicales, la recalcitrante soledad que corroe cada vez más, los enemigos que viven debajo de mi cama, una herencia que consta de dos juegos de sábanas y algunas toallas que claman por reemplazo, ganas de todo y ganas de tan poco, un baúl lleno de inseguridades, noches en las que ya no sé cómo ponerme para dormir, una pierna que arrastro junto con penas, dolor crónico, un globo terráqueo con las coordenadas de miles de destinos que no son para mí.

Si vos supieras que soy una oración sin punto final, sin recorrido estipulado, a punto de convertirse en poema, novela de ficción, relato de terror o divagación existencial sin sentido, no me estarías mirando así.

Patricia Lohin

Imagen: Jean-Paul Belmondo and Jean Seberg in À bout de souffle (1960)

#patricialohin #escritos #escritora #oración #amor #mirada

Olvido

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Te escribo una vez más

por enésima vez

por millonésima vez

y no creas que

me canso

de escribirte tanto

aunque venga haciéndolo

desde antes de nacer

y antes de morir la vez anterior

de la vez anterior

de todas estas vidas

que vamos viviendo

codo contra codo,

pecho contra pecho,

resistiendo los embates

de mil desencuentros.

Es evidente

que no nos pondremos de acuerdo

en el amar

y en el despertar,

en el recordar

y en el acordar,

o en alguna otra cosa

existencial y terrenal,

que sume dos o cuatro

o doscientos setenta y dos

que no son pasos

sino millas

multiplicadas por años luz

que es lo que me está llevando

este olvido,

este amor.

Me conformaré

con escribir

esta historia

con los dedos

en el mismo cielo

que te vio volar.

Patricia Lohin

Imagen Tumblr

#poesía #escritos #escritora #pasos #amor #blog

 

Luna en Tauro

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Comer algo rico.
Beber.
Comer postre. 
Irse a dormir.
Que la cama arrulle.
Que el sueño cobije.
Dormir toda la noche.
Que venga la mañana,
con el café caliente
y espuma flotando
del borde de la taza
al labio superior de mi boca.
La ducha tibia
y burbujas de jabón
que se escapan del baño.
El sol que ilumina
al salir a la calle,
no tener que pedir verdades,
ni besos, o ayuda,
no suplicar clemencia.
Que de tu boca
no surja el viento,
que se crucen de calle
los estafadores,
que se queden sin oportunidades
los ventajeros,
que tu alma esté tibia,
y el abrazo sea completo.
Terminar enero
y vivir para contarlo.
Comer algo rico,
reír,
y dormir con tu respiración
en mi espalda.
Patricia Lohin
#patricialohin #escritos #escritora #poesía
Foto by Deda Flickr

Café

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Te llamé. Atendiste. Esperaba el desprecio. Sin embargo aceptaste un café.

Fui en modo de apachuchada, pero nunca me hice la víctima. Junté todas las mierdas en una bolsa de consorcio verde y te las planté, ahí, sobre la misma mesa cuadrada de madera de la cafetería de la esquina, donde nos encontramos por primera vez.

Me escuchaste con los mismos ojos bondadosos de siempre. Aunque me miraste con una expresión nueva y desapegada. No pude adivinar tus pensamientos ni sentires. Yo ni siquiera estaba compungida, arrepentida o mortificada. Tampoco podía tirar culpas a nadie más. Quise ser lo más objetiva posible.

No me salieron las disculpas. Tan sólo te mostré de una, que no habías estado conmigo, sino con un holograma de alguien parecido, uno de esos adaptadores que vienen para enchufarlo todo, pero ahora, frente a vos, era yo: una mina insegura, con errores a granel, con inseguridades varias, a la que le gusta caminar bajo la lluvia -eso lo sabés, porque me besaste bajo la lluvia un sábado en el patio de tu edificio-, y la que tenía un pasado sin resolver.

 

Ya sé. Cuando alguien se presenta en tu vida y dice “pasado sin resolver”, el resto de la humanidad debería de salir corriendo. Debería de existir una chapa o un cartel que dijese: “Inviable emocionalmente”, “Cagado emocionalmente”, “En reparación” o algo así.

Dijiste que ambos habíamos pasado por muchas cosas. Que yo merecía más.

Tan sólo quise sanar mis viejas heridas con caricias nuevas. No sé si alguna vez se termina de resolver el pasado. Tal vez no, tal vez sólo se acepta. Tal vez haya que colgarlo en el cordel de la ropa, junto a la pared, como una media vieja y agujereada. Dejar que la lluvia, el frío y el viento lo desintegren, con y sin violencia, con y sin piedad.

Después de todo, gracias a esa media moribunda, gracias al broche que la sostiene, pudimos tomar ese café.

Gracias por la cuenta, yo pago.

 

Patricia Lohin

 

Imagen: DuRall Photography

Simulacro

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Leí por ahí que enero no cuenta. Podemos tomar el mes gratis y de prueba, como con Netflix. Enero es el simulacro.
Simulacro de incendio, simulacro de tsunami, simulacro de qué haríamos si se acaba el mundo. En la primer semana me tocó el simulacro de incendio.
Al instante en que se prendía fuego el sector oeste de mi azotea, me di cuenta de que no había atendido a las señales.
Cuando el señor de los matafuegos vino, y colgó el aparatejo en la pared, sobre un hermoso recuadro blanco y rojo, dijo algo Algo del tipo “instrucciones para apagar el incendio”.
Me saqué un dos en la prueba. De más está decir, me perdí la charla explicativa de cómo se usa un matafuegos, y cuando quise accionarlo estaba trabado y yo obnubilada.
El dos me lo pusieron porque gracias a mi fuerza bruta, pude accionarlo rompiendo el precinto, para cuando el fuego se apagó ya lo había consumido todo menos la losa.
La segunda semana me tocó simulacro de inundación. Dios santo, ¿de dónde viene tanto agua? El lugar elegido para cobijarme era el mismo lugar que se me había prendido fuego la semana anterior: la azotea. Ahí me acosté panza arriba sobre las cenizas, a esperar que la evaporación, la permeabilidad de la tierra y otros menesteres que desconozco hicieran lo suyo. Aún no fui a retirar la nota.

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Vacaciones

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Nunca entendí por qué enero es tan largo. Desde que tengo uso de razón, enero es un mes por demás extendible, las horas parecen multiplicarse dentro del día que estaría sobrando para todo.
Y no es que quiera asesinarlo, ni apagarlo, ni defenestrarlo.
Aquí estoy, en algún lugar del país, en donde las sierras se extienden frente a la cabaña de alquiler con dos pisos totalmente amueblada. Lejos de ser sierras desapegadas entre sí, son como un cordón sin picos, una uniformidad que asusta. Algo está unido en la naturaleza. Esta semana nos tocó luna llena, y por la noche dejamos la ventana abierta, permitiendo que se vea desde la cama esa bola grande, inmensa y plateada besar el lomo de las sierras; mientras vos besás mi espalda
Miro a mi hombre que se ha afeitado, y parece un niño. Jugamos a que no nos conocemos, y luego de un rato tomamos el desayuno con un café lleno de azúcar y unas ensaimadas de manteca. Habrá tiempo luego para cuidarse.
La mejor noticia la trajo el diario. Dice la segunda página que los primeros labios que hayas besado para año nuevo, se quedarán con vos el resto del año. Menos mal que me besaste, y lo volviste a hacer luego. Menos mal que te dejé disfrutarme, y me permití disfrutarte.
Salis a correr por el sendero que baja hacia un arroyito, un hilo de agua con nombre de fruta fresca y dulce; sabiendo que yo necesito más café y silencio para arrancar mi día.
Mientras, yo me dedico a hidratar mi cuerpo en la pileta desierta y a dibujar tu sombra con palabras hilvanadas con hilos dorados. La hora del almuerzo tardío llegará más tarde, con esa misma lentitud que tiene enero para manifestarse.
Nunca entendí por qué enero es tan largo. Tal vez para inmortalizar estos momentos, para que el primer beso del año dure todo el año, para que pueda ver tu cara de niño detrás de tu rostro recién afeitado.
Patricia Lohin
#patricialohin #blog #vacaciones #amor #enero #relatos
Foto: Cristina Venedict

Lluvia

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“Domingo, tarde.

Qué hago mirando la lluvia

si no llueve.”

Karmelo Iribarren

 

Si tu amante sale caminando

en medio de esta tormenta

de lluvia y viento,

en donde las gotas castigan el lomo,

y mientras esto acontece,

avanza con los ojos entrecerrados

hacia la puerta de tu casa,

toca el timbre,

y se te aparece mojado

hasta el alma, hasta los huesos.

No confundas

su ímpetu querida mariposa,

no confundas su camino

con el tuyo.

Sólo quiere llegar y cobijarse,

llegar y vaciarse,

no sin antes sacarse la ropa,

dejarla en la puerta de entrada,

y mientras te mira con ojos de verdugo

asesinar a puñaladas

el nacimiento de tu deseo,

entrecortar tu respiración

y hacer que te rindas

desnuda

sobre el tapete redondo

del líving.

Luego se secará con una toalla,

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Sapucay

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“Me gusta mi cuerpo cuando está junto al tuyo”. E.E. Cummings

Ya tenía sacado el pasaje. Volvía esa misma noche. Sin embargo me perdí en los ojos del río Santa Lucía, en la bocanada de aire tibio que salía desde los senderos ensombrecidos por la vegetación desbordante. Dicen los lugareños que el sapucay es como una lágrima -Antonio Tarragó Ros-, pero en realidad es un grito. Lágrima y grito. Grito y agua. Agua y ausencia. 
Dejé el pasaje en otro compartimento de la mochila, suponiendo que de tener a dónde volver, ya lo resolvería.
Me senté un poco retirado de los lugareños y habitantes del río, con sus casas móviles que dependen de la creciente. Y pensé, en lo fácil lo hacían. Podrían vivir en cualquier otro sitio, pero estaban entregados al río de una manera que a simple vista no tendría explicación, salvo que lo ames. Ante las crecidas se retiran, y luego, con el agua de vuelta a su cauce, arrastran todo nuevamente a la orilla.
Mirá si no podrían vivir más estables, más secos, más seguros en alguna otra locación, en una casa prefrabricada en el pueblo, con un cordel para la ropa en el patio y un perro.
Dependían de la cuenca del río para moverse, como las mareas de la luna, la mujer del ciclo menstrual, como el hombre del deseo, o el escritor de la intensidad emocional.
Pensé en lo fácil que es adherirse a los ciclos sin resistencia. Asimilar que un cuerpo es sólo un cuerpo, hasta que otro lo enciende.
Que una tarde cualquiera, el paisaje puede ser insulso o perfecto. Que el brillo en la mirada se enciende solo, pero no sin mecha.
Pensé en la no resistencia, en el ser, en el aceptar el curso, el cauce, el destino.
En lo fácil que es rendirse. En lo difícil que lo hacemos.
Ya era muy de noche. El ruido circundante era una especie de coro de insectos y otros seres vivos desconocidos para mí. Grité y lloré. Sapucay.
Faltaba mucho para emprender el regreso.

Patricia Lohin

Foto: Olia Paspalaki
#patricialohin #escritos #escritora #amor #sapucay #gritos #blog #relatos

Movimientos bancarios

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Límite del descubierto. Límite de la tarjeta. Límite de dinero para extracciones en cajeros automáticos. Límites para exabruptos monetarios. Límites.

El riesgo país está por las nubes. Las nubes de por sí no están tan altas. De modo que las nubes son otro límite más a los movimientos bancarios que determinan indirectamente cuánto cotizan algunas acciones en la bolsa de valores.

Bolsa de valores. Tamaña definición para una mera descripción del vil metal que no alcanza a verse más que en una pizarra de la city porteña. Más límites, menos valores.

Todo parece tener un tope. Una extraña medida que alguien inventó para determinar hasta cuándo, cuánto, cuántos. La presión arterial no debe superar tanto, porque sino la compresión te hace estallar las venas, o el corazón.

La vida pareciera tener una válvula, que lejos de ser de escape, determina esa frontera entre hasta dónde se puede y hasta dónde no. Algunos lo llaman destino, los grises.

Entre tanto mendrugo, tanta cosa en apariencia limitada, parados frente al muro de metal, vivimos estructuraditos dentro de las posibilidades que pareciera tener nuestra eternidad que nos pintaron -para colmo de males- condicionada.

El sistema que se mete por los poros como si fuera un monstruo de varias cabezas, que te recuerda el deber, la necesidad de tener, del quiero ya, todo derechito, ordenadito y progre. Ordenado es mejor, porque el caos es ingobernable.

Exaltación del deber por sobre la pasión.

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Maldigo

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Decía Dalí que, cuando estamos dormidos en este mundo, estamos despiertos en otro.
Me acuesto cuando aún es de día. Esas cosas que ocurren en verano cuando uno está en declive existencial y emocional.
Dejo la ventana abierta, y escucho la respiración de mi can, lo cual es un reaseguro de contención para esquivar mi soledad. 
En algún momento entre el atardecer y la oscuridad, me veo llegando a la ventanilla de una estación de trenes. El señor de la boletería, me mira con unos ojos muy parecidos a los tuyos. Como si él supiera lo que pienso, me hace un guiño, le brillan las pupilas y en silencio me extiende un boleto color azul eléctrico con letras blancas.
Me dice que en realidad no hay un tren, sino un vagón que no necesita de locomotora, pero que esta noche me llevará a donde necesito.
Subo, y me encuentro con que el vagón es una especie de salón circular y mullido, en donde las paredes son el cielo estrellado con la vía láctea en primer plano, el suelo es un mar en calma, y el asiento una barca con almohadones y cobertores suaves, blancos y perfumados. 

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Que no me pierda

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Este 8 de enero amaneció con un leve goteo que ni siquiera alcanzaba a molestar a los gatos. Mientras caminaba al trabajo me dí cuenta que había tirado por el inodoro todos los rituales de año nuevo: no había escrito la lista de intenciones, no había comido las doce uvas, no había saltado la soga, no me había puesto ni la bombacha roja para el amor ni la amarilla para la prosperidad -más que bombacha amarilla necesitaba un body painting-, tampoco me había comprado una prenda nueva, y encima estaba haciendo todo para el orto, o eso me parecía y hasta que escuché a mi amiga decir “lo que estás haciendo es maravilloso” no me calmé. Necesitaba una cómplice. En realidad necesitaba un séquito de cómplices, porque así de insegura me pongo a veces. 

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Que el corazón no tenga miedo

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Que el corazón no tenga miedo,
que no se embarguen
ni se vendan los sueños
al mejor postor.
Que el precio sea elevado
-¿por qué pagar menos
por lo mejor?-
y el camino se presente sinuoso
para no dejar de sorprenderse
con miradas que cuenten otro cuento
con varios finales.
Que el final no esté escrito
y las colinas atraviesen el camino
para que los valientes
puedan treparlas.
Que mueran lo fácil y lo cómodo
de muerte natural aletargados en un sillón,
y que del imprevisto
surja el dulce desorden
que anida en tu cama
o en mi cabeza despeinada.
Que el corazón no tenga miedo.

Patricia Lohin
Imagen: © María Volkova
#patricialohin #escritora #escritos #poema #corazón #blog #amor

Gente intensa

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Él me dijo que yo era intensa. La oración cayó por whatsapp como si fuese la manguera de bomberos voluntarios pero llena de combustible, y yo que estaba prendida fuego. No hay nada como el sentido de oportunidad de un hombre. Las sirenas no sonaron y yo me consumí hasta las cenizas. Entonces, a mil años de esa frase fatídica y como quien no quiere la cosa, empecé a revisar todos los recortes de la historia en donde la profundidad de mi intensidad se había hecho carne:
Yo…despeinada, huyendo, cayendo, apasionada, sin bozal legal, pidiendo disculpas, acusando… mostrándome real, indecisa, vulnerable, llorando o riendo al doscientos por ciento… queriendo té a las ocho, mate a las tres, nada a las cinco, siempre con hambre, y viendo que sus ojos al sol son más claros pero más contundentes… celosa como una loba junto a su cría, pero reprimiendo con soltura cualquier síntoma que me declarara en evidencia, diciendo hola y adiós en la misma milésima de segundo… en silencio, mascullando miles de palabras que mañana haré texto, poesía o un rejunte de incongruencias varias, re enumerando la última página de este libro que dice Fin y pateándola por enésima vez pa’delante… dando el último beso como si fuera el primero, el primero como si fuera el último, volviendo a crear otro universo en el mismo lugar en el que ayer se rindieron los planetas.

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El corazón, el muy puto

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– El corazón es muy puto.
La voz salió como un susurro de una mujer que estaba al lado mío en la barra. Siete de la tarde y yo sentada en la oscuridad de un tugurio de mala muerte, pidiendo una bebida que me raspara el alma, dispuesta ante todo a estar sola y hundida en mis pensamientos, hasta que ella habló.
– El corazón es muy puto. – volvió a afirmar con voz ronca- Te lleva a donde quiere estar, ni más ni menos. A ese maldito órgano se le traba el gps, te hace recorrer siempre las mismas calles para estar frente al mismo portón negro una y otra vez, como si fuera el único lugar que existe sobre la tierra.
– ¿Aunque no sea correspondido? – pregunté.
– Particularmente si no es correspondido. ¿Vió los perros abandonados? Vuelven a la puerta de la que creían su casa. Y de no encontrarla, deambulan por la ciudad, sin sentirse a salvo en ningún lugar, como si nunca de los jamaces volvieran a dormir tranquilos o de un tirón. El corazón manda querida, y espera, y luego de esperar se rompe, y una vez roto se convierte en zombie. Te roba la noche, te roba el sueño, late a cualquier hora, a veces parece detenerse y otras acelerarse. Con suerte terminarás en terapia intensiva, cambiando el cableado para que todo vuelva a circular, y pensarás que otra vez estás vivo.
– Bueno, uno puede elegir no entregarlo.
La mujer rió como si se le fuera la vida en ello. Fue una risa lacónica y agria, pero estruendosa. 

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Olvido

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Te escribo una vez más

por enésima vez

por millonésima vez

y no creas que

me canso

de escribirte tanto

aunque venga haciéndolo

desde antes de nacer

y antes de morir la vez anterior

de la vez anterior

de todas estas vidas

que vamos viviendo

codo contra codo,

pecho contra pecho,

resistiendo los embates

de mil desencuentros.

Es evidente

que no nos pondremos de acuerdo

en el amar

y en el despertar,

en el recordar

y en el acordar,

o en alguna otra cosa

existencial y terrenal,

que sume dos o cuatro

o doscientos setenta y dos

que no son pasos

sino millas

multiplicadas por años luz

que es lo que me está llevando

este olvido,

este amor.

Me conformaré

con escribir

esta historia

con los dedos

en el mismo cielo

que te vio volar.

Patricia Lohin

Imagen Tumblr

#poesía #escritos #escritora #pasos #amor #blog

 

Besos nuevos

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Besos nuevos

No quiero verte,

quiero tocarte.

No quiero escucharte,

sino enmudecer juntos

aprendiendo nuevos lenguajes.

No quiero límites horarios,

sino infringir

los límites de velocidad,

tiempo y espacio,

de cualquier territorio

que esté previamente

y falsamente delimitado

por la piel de la piel.

No quiero contar

menos de un millón

de besos nuevos.

Y es que

para no querer tantas cosas

estaría queriendo todo.

Patricia Lohin

#escritos #poema #patricialohin #escritora

 

Foto: Ed van der Elsken’s Love on the Left Bank