La herida

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La herida de la herida de la herida.
Ese cráter, que no es más que un buraco enorme que hay en tu corazón, por el que sale humo de cigarrillo negro barato que el dejó en tu aliento anoche.
La cicatriz de la cicatriz de la cicatriz.
Al levantarte por las mañanas emparchás tu desesperación con gasas esterilizadas y merthiolate incoloro, dejando que tu verdugo sople la herida de la herida, que sangra, que supura, que duele, que se infecta una y otra vez y es ultra resistente a los antibióticos.
El dice que te cura, cuando ni se lavó las manos para limpiarte la herida, ni se lavó los dientes para salir a la calle, pero sí recordó dejar sus miserias debajo de tu cama.
Cae sobre el piso el aserrín que dejan sus palabras áridas cuando salen despedidas al aire como si fueran misiles. Te violenta el vacío del desamor y la justificación que justifica una vez más que no merecés más que este apestoso infierno que parece una mala película independiente o la placa roja de Crónica TV.
Muere tu entrepierna estrecha violentada sin permiso, que deja tus sábanas manchadas y olorosas. La mañana te encuentra en posición fetal sin haber dormido, abrazando tu espalda con la punta de los dedos que carecen de las uñas que te comés todos los mediodías a la hora del almuerzo. Mientras sobre la pared donde se acuesta el respaldo de tu cama, cuelga el crucifijo que chorrea una vez más algo parecido a agua, sangre y barro.

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Magia

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Hoy por la mañana llegué a Vaniglia -tarde-. Siempre estoy llegando tarde a todos lados. Con una salvedad: no pude entrar porque la cerradura no funcaba -maldita bastarda-. Mientras estaba sentada afuera esperando al nuevo amor de mi vida -el cerrajero-, aparece una clienta que me dice “Vengo acá porque venden magia”.
Y así nació este delirio. Amaría tener un sótano con ventanas al paraíso, y tinta de polvo de estrellas para escribir esperanzas sobre esperanzas.

Magia

Nueve de la mañana. Mirtha se acerca a un negocio local y le dice a la mujer que está sentada en el marco del escaparate: “Vengo porque acá venden magia.”
La dueña del local, una mujer llamada Irene, le hace un gesto de que hable más bajo, o escucharán los vecinos.
Entran juntas y silenciosas. Irene echa llave a la puerta del frente, da vuelta el cartel para que diga “Enseguida vuelvo”, le toma la mano a Mirtha y juntas van al fondo del local, donde hay una especie de oficina abarrotada de libros, apuntes, hojas y luces navideñas.
Irene corre la alfombra circular que hay sobre el piso de madera, y aparece una puerta que al ras del suelo conduce a una escalera caracol.
Bajan, y la cortina de oscuridad que las precedía se convierte poco a poco en un velo de luz inmaculado que se va fundiendo con los acordes de “Claro de Luna”.
Nunca hablan. Mirtha mira por los ojos de buey hacia un exterior irrisorio y disparatado existente en ese subsuelo, donde criaturas aladas bailan y se recrean en sitios impensados. Irene toma una pluma, la embebe con tinta hecha de polvo de otras galaxias y le escribe:

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Mostacillas

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Una mujer vuelve a su casa por una calle que no es la suya.
Maneja el vehículo que se lleva sólo hasta otra casa. Estaciona. Mira el portón. Nunca surge duda de si necesita valor, o ganas, o felicidad, o motivos.
Llega hasta ahí porque el viento es más fuerte que la resistencia. Llega hasta esa puerta como si fuera un maldito kiosco abierto en el medio de un desierto de asfalto incendiando la ciudad, necesita agua.
Se baja, toca timbre, mira hacia la vereda de el frente. Por detrás escucha la primera puerta que se abre, luego los pasos. Adivina la silueta, adivina la mirada. Luego se abre el portón, la recta final.
Ella lo abraza, quiere meterse dentro de ese desalmado, como si se le fuera la vida en ello. Saca su propia alma de su boca, que sale como si fuera el vientito que larga el aire acondicionado en un día en que la tierra se raja de calor. Saca su alma para meterla en la boca de él, una vez más, queriendo volver a casa, queriendo ser amada, queriendo habitar la cocina, queriendo leer el libro que está en la mesita de luz, queriendo que la dejen querer.
Se separa, gira y se va sin mirar atrás. Pero en esa separación, se engancha el collar de mostacillas de ella, con el botón de la camisa de él. Caen todas al suelo, convirtiendo la vereda en un sitio arquitectónico donde yacen los restos de cientos de mostacillas multicolores.
Ella se sube al auto, mira hacia adelante mientras enciende el motor. Con el rabillo del ojo ve que él corrió hasta su lado poniendo la mano en su ventanilla. Ella pregunta para qué. 

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Castillo de arena

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“La verdad empieza o termina en un poema.” Ulises Conti

Si la verdad deambula por esos lares, por este arte, por este cúmulo de palabras que escribo para vos, si fuera cierto eso de que el mar sólo es mar si se navega, y el amor sólo amor si se convierte en arte, entonces no estaba tan equivocada.

He vivido la más fatídicas e intensas de las verdades. He vivido el más intenso de los amores, el más largo de los insomnios, el más corto de los viajes a pie, la carencia más profunda.

La verdad es un alba en el cual la máquina de escribir hace ruido demasiado temprano, escribiendo desde el vamos tu nombre: tu nombre que vuela, tu nombre revolucionario, tu nombre que ronronea.

La verdad son tus ojos que me miran, y conocen cuántos centímetros hay de espacio entre cada uno de los botones que hay en mi cuerpo.

La verdad es el gesto que hacés con tu boca, algo así como una trompita en el momento justo en que estás pensando alguna maldad sobre vos, sobre mí o sobre los dos juntos.

La verdad nace cuando me hacés reír y viceversa, cuando nos chicaneamos, cuando nos pinchamos a ser más, a mover el culo, a no conformarnos, a volar separados, a crecer, a no ser esos que estacionan un domingo a la tardecita al costado de la ruta viendo la vida pasar, o la pareja que sale los domingos a cenar en silencio y mortalmente aburridos.

La verdad está entre mi silencio y el pedido tuyo de que te cuente algo sobre mí, sobre mí con respecto a vos, sobre vos desde mi corazón.

La verdad es este vacío definitivo plagado de tu ausencia irrevocable, en donde el tiempo que pasa es ese lugar que va desdibujando tu rostro, tu aroma, tu carcajada, y tu recuerdo se parece cada vez más a ese castillo de arena que se va desintegrando al final del día en la playa.

Patricia Lohin

Foto: Richard Dunkley, End of the Affair

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Cinco días para…

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Es sábado. Faltan cinco días para terminar enero.

Enero pareció un mal chiste.

Vivir dos días para contarlo y dormir cuatro días para olvidarlo.

Caminar con vos por la playa, volver, ducharnos, ponerte crema por el cuerpo, agarrar el marco de tu cara y mirarte a los ojos tratando de navegar en éstos, mirarme en tu espejo, saberme perdida, tener que irme.

Llegar a casa, apagar las luces, apagar la música, desprender el alma, desconectar el celular, encender un cigarrillo, mirar el horizonte desde el patio, ese punto imperfecto donde sé estás vos como un cometa precioso.

Abrir la heladera y no encontrar nada. Dejar de comer. Encender otro cigarrillo.

Recostarme, recordarte, olvidarte, padecerte, escribirte, cobijarme, anularte.

Tener que decidir en una noche quién de los dos sobrevive y quién muere.

Un duelo. Sos vos o soy yo.

Me decidí por mí, pero mi sobrevida aún está por decidirse.

Patricia Lohin

Imagen Tumblr

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Respirar

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El agua está fría. Voy contando los metros que avanzo a medida que ejecuto las brazadas. Mi boca se abre por el costado intermitentemente. Me gusta el sonido del agua, me gusta observar los detalles del fondo de la pileta, sumergir mi cabeza para luego sacarla y escuchar la sinfonía que nace de todos esos movimientos. Junto los dedos debajo del agua y empujo la mano hacia atrás para propulsarme. Respiro, inhalo, exhalo.

Me recuerdo hace apenas unos meses, trotando media hora, una, dos, cuatro horas y algo, en el medio de una ciudad desconocida, mientras mi respiración pasaba del primer plano a la armonía absoluta.

Entonces, luego, tuve que cambiar de medio y empezar todo otra vez. Del aire libre, al agua de la pileta, y de la pileta hacia tu boca.

Cuando nos conocimos, yo no sabía nada de respirar con vos. Entonces, empecé contando la distancia que me separaba de tu cuerpo, avanzando lentamente, levantando los brazos para rodearlo, robando una bocanada de aire y a medida que mi boca se iba de viaje por tu cuello ir inspirando. Luego robaba otra pequeña bocanada y me iba de excursión hacia tu boca, intentando controlar el vacío que se formaba justo en mi esternón.

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La foto

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Esa mañana amanecí temprano.

Como venía siendo normal en este verano despojado de normalidad, la lluvia sorprendió al amanecer.

No tuve que levantarme a abrir la ventana ya que había quedado abierta desde la noche anterior. Estuve un par de horas despierta acurrucada en mi cama, escuchando la lluvia caer sobre el piso rojo del balcón.

Más tarde supe que habías estado haciendo lo mismo, mientras una mujer que usa el mismo nombre que yo, dormía del otro lado de tu cama.

Siempre supe que tu cama estaba siendo ocupada por alguien más. No hay nada peor que un hombre que subestima la mirada puntual de una mujer en cualquier escena de crimen.

Veamos, hay una regla de tres simple.

Cuando uno se acuesta solo, destiende toda la cama, o en su defecto -como yo- sólo la mitad de esta. Cuando la cama se comparte, también pueden darse dos cosas: la cama queda toda desarmada como un campo minado o bien se nos presenta una cama dividida por dos aguas: cuando se nota que cada uno se ha levantado por su lado, dejando en el medio un cordón de sábanas y colchas.

Así era tu habitación: un lugar con una cama con un cordón en el medio. Qué triste. Detesto esas escenas que representan el apartheid doméstico. Prefiero dormir sola antes que dejar un muro en la mitad de mi cama.

La cosa es que,  mientras el libro que yo había estado leyendo hacía un par de días, ahora estaba siendo hojeado por otro yo, vos pensabas en mí.

Esa mañana tomé el café con leche descalza en mi cocina, con la mirada viendo la lluvia caer sobre el asfalto, escuchando el ruido de las gomas de los autos chillar junto con el agua, y adivinando los ojos del semáforo empañarse como si estuviesen llorando.

Sobre las ocho, antes de meterme debajo de la lluvia de la ducha, me saqué dos fotos. Una para vos que decía “está claro que yo no soy, me gusta que vayamos definiendo cosas”, y otra para mí.

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