Una noche cualquiera de diciembre

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Anoche te soñé.
Tal vez fuera un acto necesario e indispensable. Una sincronía del tiempo, una mala o una buena jugada de la memoria comprimida en ese espacio sideral dentro del cerebro que es el hipocampo.
Venías caminando por el pasillo, como esas noches en las que yo ya estaba acostada, y te esperaba en un estado de vigilia subterránea, haciendo modorra dentro de las sábanas blancas de algodón. 
Escuché tus pasos suaves, tus movimientos un poco bruscos, la ropa caerse, tu presencia al otro lado de la cama, tu respiración agitada, y de pronto tu irrupción en mis sueños.
En éstos nunca te habías ido, yo nunca te había dicho adiós, sin querer ni queriendo.
Los sueños como siempre, van para donde quieren, y no aceptan interrupciones ni modificaciones en sus narrativas.
¿Te acordás de ese lunes al mediodía en el que me dijiste, con casi dolor, que mi mirada nunca volvió a ser la misma con mi último regreso?
En el sueño mi mirada tampoco era la misma.
Había mutado, y en vez de ser un faro luminoso, era una pared opaca y desprovista de emoción. 

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Navidades amputadas

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Corté la comunicación. Año 2018 y había estado a tres centímetros de invitar a mi madre a pasar Navidad en familia. Y a mi padre por ende también, como un cómplice necesario de asesinato. Me sentía como un Papá Noel desgarbado, yendo con la bolsa cargada de regalos de casa en casa, la columna doblada, falto de aliento, la nariz colorada y llena de poros dilatados por el exceso de alcohol en las tardes-noches, la soledad impresa como un tatuaje en los ojos, y la alevosía con la que pasaba de largo algunas direcciones postales.

Mi madre dijo que rezaría y luego se iría a dormir temprano. Me cuesta encontrar una noche de navidad para describir, aunque podría hacer el esfuerzo.

Éramos tres gatos locos. Mis padres y yo, en una casa sin medianera ni mascotas. Había un árbol, eso lo recuerdo perfectamente, porque los adornos eran de los que si caían se rompían, y yo era la encargada de adornar y romper, intermitentemente. Si no se divisaba ánimo de violencia subliminal, es muy posible que yo interrumpiera el silencio hablando boludeces atómicas, con el único fin de llenar el aire con palabras, ya que es probable que el silencio fuese letal, es decir sin música ni tele de fondo, sólo con la ruidosa respiración de mi padre de fondo, algo que ponía sumamente alterada a mi madre y que podía desatar cualquier guerra mundial. No pueden decir que no éramos una familia original. ¿En cuántas cocinas se puede afirmar que una guerra ha de desatarse por el ruido de una respiración? Me imagino dos o tres horas eternas, esperando que el niño naciera para correr cada uno a sus lechos, como marines que corren a sus literas, tratando de aliviar el dolor que queda en el cuerpo luego de una jornada entera de castigos.

Si hay algo que Jesús no trajo fue alivio. Y Papá Noel -pobre- él trajo lo que pudo, aunque dejé de creer prematuramente en ambos. Hoy, cuarenta años después, parada en el balcón con casi la totalidad de mi niñez amputada, había estado a punto de revivir en este siglo las escuetas navidades de mi infancia.

#patricialohin #niñez #navidad #cuentosdeNavidad #relatos #escritos #escritora

De cuanto te vi

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Pasan muchas cosas alrededor del tiempo. A veces se detiene, otras se escapa.

Es como la marea que besa la arena con su espuma, incansablemente, y luego se retira, para convertirse en otra ola, en otro avance, en otro retiro.

Hoy estoy en el día fuera del tiempo. Apenas unas horas después de que, escuchando tu respiración repitiera en mi mente un mantra que salvara ese instante del olvido.

Los minutos iban subiendo y bajando, al compás de tu respiración, mientras en la calle, la noche anticipa el clima pre festivo de estas navidades.

Lejos de haber vacío en este día, está todo lleno. Mi soledad viene acompañada por ciento veinte fotogramas de una misma escena que yo me tomé el trabajo de capturar y liberar; sabiendo que la insistencia por encarcelar lleva inevitablemente al camino de las cosas perdidas.

Tomo el segundo, lo dejo ir. Inspiro el aire cargado que exhala de tu cuerpo, y lo dejo ir. Hundo mi barbilla en tu hombro, como  un chico que hunde los pies en el barro por primera vez, sintiendo la magia de la tierra a su alrededor. Luego va a su casa, a lavarse los pies y a ser feliz, sabiendo que puede volver cuando quiera.

 

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Dragonfly

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Solsticio de verano. La mañana muda deambula por la ciudad a paso lento. Los comercios se despiertan remolones después de las nueve de la mañana. El día, loco de remate, pulula entre unos veinte estados climáticos distintos.
Elsa se arriesga. Sale a caminar como todas las mañanas.
Que no te falte la rutina a tu vida. Sigue el mismo recorrido de siempre, no sea cosa que la sorprenda una baldosa floja al final de una cuadra desconocida, con vecinos indiscretos y sospechosos. A medida que se suceden las cuadras algo se va instalando en su pecho. Primero parece una libélula que aletea, siente un dejo de alegría mezclada con melancolía. Esa sensación de aleteo desaparece al instante en que un ladrillo se asienta en su seno izquierdo. Muy a su pesar se sienta un instante en el paredón de una casa. Sus ojos comienzan a vidriarse, como si la esclerótica se comenzara a resquebrajar. Al minuto retoma la marcha y llega a la puerta de su casa, justo en el momento en el una tos seca y rara sale desde sus entrañas largando todo el polvillo de su corazón derrumbado. 

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Fuimos lo que fuimos

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Fue nuestro primer y último encuentro. Algo así como una estrella fugaz que cae en medio del mes de abril, justo para estrellarse sobre una hoja reseca que duerme en la vereda.
“Somos átomos en movimiento” me dijiste. “Somos sustancias químicas que al juntarse producen otra totalmente distinta”, te dije. Luego cada uno tiró al aire su propia teoría conspirativa sobre uno más uno, las matemáticas aplicadas a las relaciones y otros desvaríos.
La tarde estaba fresca. Igual nos sentamos en la mesita redonda de un barcito en la calle peatonal llena de adoquines.
Las luces de la calle empezaban a encenderse, mientras el sol se había convertido de buenas a primeras en una ráfaga roja que parecía un incendio en el horizonte del planeta.
Hicimos una guerra de gestos en esa charla. Tus cejas, tu boca, tus ojos centelleantes, tu mirada inquisidora, mis manos… una anudada con la otra, mi cara sonrojada, mi boca radiante.
Primero tomamos café. Luego pedimos un par de cervezas y algo para comer. Siempre tuvimos hambre y sed.
El atardecer se extendió hasta la noche. Tapé mi vestido con un ponchito negro que caía desde los hombros. Del otro lado de la calle, los artesanos comenzaban a levantar sus puestos, y una banda tocaba algo parecido al soul.
Te hubiese invitado a bailar y hubiese hundido mi mentón en tu cuello para que me quedara tu perfume y más.
No tardé nada en darme cuenta quién podría ser yo con vos.
Me gustaba esa imagen mía, el sincericidio que me provocabas, las ganas locas de hacer cualquier cosa que fuera distinta y disparatada, la verdad disparada sin dardos tranquilizantes, las fantasías inconfesables. 

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Krizo

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Hablemos de crisis y sus posibles definiciones:
Levantarte por la mañana y preguntarte mirando el espejo con cara de loca y todos los rulos de la azotea descontrolados:
¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?
Cuando se caen las estanterías donde están las tazas lindas y el café instantáneo de segunda marca, pero el que hoy podés pagar. 
Cuando se te caen las otras estanterías: la de la estabilidad emocional y la de la certeza de creer saber lo que querías.
Cuando llega al fin lo que querías pero no sabés qué hacer con el deseo, y ahí te agarra otra crisis peor.
Cuando el genio de la lámpara se harta de traerte todo lo que pedís -porque después lo devolvés- y hace mutis por el foro, desapareciendo de toda la sección de cuentos para niños.
Cuando mirás la vidriera pensando en cómo te quedaría tal o cual cosa de tener plata y diez kilos menos, pero para conformarte decís que la belleza está adentro.
Cuando te das cuenta que la vida funciona de a tramos, viene de a cuenta gotas, que si te trae algo te saca otra cosa. Que eso de que se puede tener todo es márketing yanqui.
Cuando sentís que de tu boca saldrían mil millones de palabras de poder decirlas, pero el paredón ese que construiste tan bien te impide todo ese vómito existencial.

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Querido Papá Noel:

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Acabo de pasar por una ventana con un cartel en madera que dice: Santa Claus vive.
Asumo que vos y Santa son la misma persona.
Ya que aún estás vivo, viejito lindo, charlemos.
Ya sabés cómo funciona esto. Yo no te escribo y vos me traés lo que te parezca.
Quedamos así antes de la década del ochenta, cuando yo te escribía cartas pidiendo un pianito y vos me traías una cartera marrón de esas indestructibles o útiles para ir a la escuela. Es decir, asumí desde ese entonces que vos sabías mejor que yo qué iba a necesitar en cada momento.
Este año me trajiste viento del sudoeste, tremendos tsunamis provenientes de la costa, ratas voladoras, situaciones escandalosamente disparatadas, muchos km para hacer con mis zapatillas, viajes cortos plagados de risas, un largo reposo que aún no llega a su fin, una lesión, un acupunturista vietnamita, un mantra budista que no se apaga nunca, pilas de cuentas por pagar, fechas de vencimiento renegociadas, la certeza de que el futuro está llegando, dulces reencuentros y largas despedidas, la posibilidad de pedir perdón y de decir te quiero de frente, perfil y sin vergüenza, poemas a lo pavote, un cuento de amor a punto de ser publicado, amaneceres y atardeceres etéreos, situaciones con las que pensé no podía, poder para afrontar cualquiera de éstas, algunos días llorando, amigas salvadoras que salen a rescatarte, doscientos días riendo, intentos de amores líquidos vía redes sociales, amigos lindos toda la vuelta, hijos felices, unas ganas locas de sacarme la mochila de piedras que llevo encima. 

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Tinta

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Busco la tinta que me permita completar este cuaderno, abandonado en enero y con todas las intenciones de terminarlo en diciembre. Mojo mi dedo con mi lengua y lo paso imaginariamente por la línea que baja desde tu frente hacia tu barbilla, pasando por tu boca generosa. Imagino tu cabeza en mi regazo, con una actitud desprotegida, descuidada, cómplice y hasta despreocupada. Imagino boludeces ambientales, porque es lo que mejor me sale, mientras trato de divisar con la mirada una birome, un lápiz, alguna lapicera que contenga un poco de tinta que me permita completar este cuaderno de hojas blancas sin renglones.
El viento de la mañana juega con mi vestido, mientras lo sujeto rápidamente ante la mirada divertida de mis vecinos. Ese vestido que me compré para vos y que hoy vuela en las esquinas de esta ciudad moribunda y abandonada por sus habitantes. Busco un poco de tinta, que me permita escribir alguna coherencia, mientras veo mi rostro reflejado en el espejo del baño e imagino la última mirada que te lancé. Hace treinta años o hace una semana, ya está más que claro que somos atemporales y que esa mirada es la misma en cualquier lugar del planeta. Igual que la tuya, a veces un poco desgastada y cansada, otras brillante y entregada.
Busco un poco de tinta, pero en su defecto encuentro papelitos con tu nombre garabateado por doquier. Deben de haberse multiplicado esos meses que dejé de mirar televisión, que dejé de correr, de leer, de comer cosas ricas, de mirar el atardecer, de sacarle fotos al amanecer, de escuchar a Carole King, de hacer tantas preguntas cuando no había una sola respuesta que me aliviara. 

 


Busco un poco de tinta para dibujar el contorno de tu figura en la primera hoja de este cuaderno, ponerle tu nombre debajo y pintarle un corazón de muchos colores. Y como quien no quiere la cosa, al costado y con letra cursiva, mi nombre tirándose desde tu corazón hacia el borde inferior de la hoja.
Pensándolo bien, si he de cometer un suicidio, que sea sin tinta, sin cuaderno, sin vestido y sin viento, sin otros testigos más que vos y yo.
Patricia Lohin
#escritos #patricialohin #escritora #blog #amor #relatos
Imagen: Julia Roberts Taken by Michael Tighe

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El día más pobre del año

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(Cuento)
Miré la billetera. me quedaban cincuenta pesos. El vacío existencial invisible ahora se propagaba como un incendio voraz hacia lo material.
El filósofo bien lo dice: que lo económico no nos angustie. A la mierda con la filosofía. 
Sobre las doce y cinco debía elegir entre medio atado de cigarrillos o un bife. Lo bueno del cigarrillo es que te quita un poco el hambre, y te deja con ganas de hacer círculos de humo en el aire, mientras tus pensamientos pasan por ese aro tenue como si fuera un león que cruza un arco de fuego. Lo malo del bife es que me podría dejar con ganas de más. La otra opción era ir al almacén de Pedro y pedir fiado otra vez.
Mientras caminaba hacia mi departamento mascullando, vi en las vidrieras patéticas del centro que ya era vísperas de navidad. Otro año más. Mis expectativas de vida se estaban reduciendo a pasos agigantados.
Ahora no sólo estaba en mi cabeza el dilema del bife o los cigarrillos.
Ahora el dilema era qué hacer si me quedaba un cuarto más de vida para seguir gastando. 

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Paredes blancas

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Lo peor de todo fue haberme enamorado de la casa, a simple vista, a primera vista, con una mirada. Nadie en su sano juicio se enamora de una casa, o sí, pero con fines totalmente materiales.
Mis fines no eran de ese tipo, mis fines ni siquiera existían.
Lo peor de haberme enamorado de la casa, fue no volver más.
Ser sorprendida despiadadamente sobre las siete de la tarde con una leve brisa que trae el olor de la cocina; o al mediodía, recordando las luces y sombras que se formaban sobre las paredes de la habitación pintadas en un color marítimo.
Lo peor de no volver más, fue llevarla a todas partes. A cuestas, en la mochila, en la memoria, en las palabras obsoletas de este escrito.

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La séptima maravilla

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“Hagamos así, yo guardo tu recuerdo
Y vos mi corazón.”
S. Pomar

Hagamos así. 
Yo sigo escribiendo sobre vos
como quien no quiere la cosa.
Total estaría faltando
para el otoño
y ese despojo masivo
de hojas y recuerdos
que promete desprender 
incluso hasta los lunares 
más aguerridos,
para que terminen escurriéndose
por las bocas de tormenta.
Hagamos así. 
Yo sigo escribiendo sobre vos, 
como si nada,
total no podría evitar hacerlo,
es como una incontinencia
que sale de algún lugar 
entre la neurona madre
ubicada en la coronilla
y la punta del dedo anular. 
Al menos
tengo la vaga esperanza
que la arena de la playa
haga una exfoliación profunda,
en tres dimensiones:
mental, emocional y física. 
Hagamos así, 
yo sigo escribiendo sobre vos
y que el tiempo se encargue
de diluir y hacer desaparecer
tu acentuada presencia
estaqueada justo en el medio
de mi hoja en blanco,
mi acentuada idealización
que flashea con que sos 
una de las séptimas maravillas 
del universo, 
cuando en realidad
la única maravilla
fue haberme enamorado.
Hagamos así,
yo sigo escribiendo sobre vos,
como si todo, 
mientras la vida me trae
una nueva negociación,
un nuevo contrato, 
con el que pueda recolectar
tantos poemas y tantas lágrimas,
sembrarlos en mi patio,
y que de éstos nazcan flores blancas,
con el perfume de las palabras nuevas. 
Estoy cansada, 
pero me estoy adaptando. 
Patricia Lohin
Imagen: © Merel Schoneveld
#patricialohin #poema #escritora #amor #otoño #escribir #bloggerspain

Libre con vos

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Sin censura
sin toque de queda, 
sin tope, sin límite,
sin fronteras,
así soy libre,
libre con vos. 
La caricia se extiende
como un río 
que al cruzar 
el paisaje patagónico
refresca la punta de las ramas
del sauce 
que ha dejado de llorar. 
Reverdecen mis raíces
a medida que bebo tu elixir, 
mientras las células se van regenerando
en la mirada que mira la mirada.
La punta del dedo
juega en la base de la nuca
mientras la nariz se pierde 
en la fragancia que quedó
dormida sobre la almohada. 
El cielo no está comprado,
pero sí tenemos pase libre, 
para volarlo en toda su extensión
mientras nos echamos a dormir
alguna que otra siesta
sobre una nube mullida. 
Sin censura,
ni toque de queda,
ni restricciones,
así estoy: libre con vos. 
Patricia Lohin
Foto: Ivan Troyanovsky
#escritora #amor #blog #patricialohin #poesia

Invierno en diciembre

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El invierno es descomunal. Descomunal es el frío que hace en este diciembre que ya debería ser casi verano. Y así estamos. En este pueblo fantasma en donde el comerciante espera y el cobrador desespera, el cliente huye de las compras cotidianas, la mujer se abandona en su dolor de eterno duelo, el jazmín se retrae y el viento cuela su frío despiadado por las hendijas del ventiluz del baño, la ducha que no alcanza a entibiar el corazón desolado, los huesos que crujen al doblarse las rodillas, las sábanas blancas que reciben con un frío húmedo el cuerpo que yace boca arriba buscando estrellas en el cielorraso, el hombre que se desvela leyendo poemas escritos para su otro yo, la charla que se suspende, la mirada que se esquiva, la presencia que se declara incompetente para llegar a la cita, el reloj que se desvía de su curso y el maldito tiempo que sigue siendo esquivo para las almas desdichadas, tiempo de descuento, tiempo de desencuentros.

 

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Llevo tu corazón

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“Llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón)” e.e. Cummings
A esa bella mujer que lleva dos anillos en su dedo anular.

Llevo tu corazón hundido en mi pecho. 
Tu anillo de bodas junto al mío
en un dedo anular enflaquecido 
y apenas irrigado por una línea que 
-según dicen-
va directo al corazón,
sin stents coronarios, 
paradas ni desvíos. 
Llevo tus huesos junto a los míos
y el frío de tu ausencia
engrosando este día gris y lluvioso 
de diciembre.
Llevo tu abrazo en mi brazo derecho,
que sobrevive desocupado,
desvelado, destemplado 
desgarrado y solitario.
Llevo tu infinito en la finitud
de los días que faltan para encontrarte,
otra vez, otras veces, millones de veces,
porque no me resigno
a una existencia sin vos.

Patricia Lohin
Imagen Tumblr
#escritos #patricialohin #escritora #amor #relatos #blog

No estoy loca

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No estoy loca, estoy herida, esa es la diferencia.

No estoy loca, tengo mis alas en el departamento de restauración. Por el momento se estarían re hidratando. Luego creo que van al piso de secado centrífugo donde intentan que queden esponjosas y aireadas, así luego podrían usarse nuevamente. No sé si para volar, al menos para asustar a las gaviotas en la playa.

No estoy loca, estoy herida. La herida es un río abierto que nace en el punto matemático exacto donde se cruzan mis cejas, y va hacia abajo, en picada, es decir el punto se tira del precipicio que nace en mi frente -no sin antes abrir la carne de par en par- hasta terminar en mi tobillo izquierdo, el que levemente se hincha cada tanto.

Tal vez fuera más fácil estar loco sin remedio, que esperar esta restauración sin fecha de cierre en diferentes clínicas especializadas, en donde los médicos de bata transparente hacen interconsulta con los loqueros que en su tiempo libre conectan electrodos en el cerebro de los desquiciados. Esta gente es especialista en insistir con la locura.

Yo estoy en el último piso, cerca de la salida de emergencia que lleva a la azotea. No habría acto más coherente sobre la tierra para mí que intentar escapar por esa puerta de emergencia, mirar primero al cielo, contar las estrellas, localizar una fugaz y luego caerme con ésta; para terminar adornando el asfalto con un graffiti monumental.

Por las noches, sobre las nueve, viene la más chula de las enfermeras, una comadrona con cara de buenuda y caderas kilométricas. Saca con cuidado los metros de vendas, y gasas. Limpia el viejo emplaste con una sustancia líquida amarronada y ante mis alaridos sopla suavemente mientras tararea un tema de Nina Simone.

Antes de irse, me deja un té con leche. Sabe que lo detesto, pero besa mi coronilla, me convence de tomarlo  y le agradezco infinitamente.

No estoy loca, estoy herida. Esa es la diferencia.

Patricia Lohin

#patricialohin #escritora #escritos #relatos #locura #herida

El libro del tiempo

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La estación es siempre la misma: un lugar ruidoso, alargado, oloroso y bullicioso.
Los vagones salen en hileras desde varias vías.
El reloj embutido en una de las paredes del hall principal es demasiado redondo y demasiado grande. Sus agujas marcan con una determinación angustiante el tiempo.
En la boletería, un señor de traje obscuro y un ojo con un parche color piel, tiene todo el tiempo agendado en un libro que tiene tanto polvo como le cabe entre sus hojas.
La tinta con los horarios y las fechas sobreviven de un negro intenso, es un milagro.
Ella se acerca a la boletería. Lleva un trajecito ni muy ajustado ni muy suelto. Sus zapatos de medio taco repiquetean sobre las baldosas con arabescos. Sus rulos están recogidos en una especie de media red. Al llegar, abre su bolso, y saca un ticket. Quiere saber cuánto falta para que su tren salga al fin.
El señor de la boletería toma el ticket, lo coloca debajo de un aparatejo raro que supuestamente determina su autenticidad. El número de serie comienza a vibrar, y sobre el final se ve claramente el número de folio en donde debe buscar la franja de tiempo asignado. 

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