Método científico

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© Christian Coigny

 

Yo sigo el método científico:
Hipótesis, tesis y demostración.
Armé la hipótesis
Con algunas de tus suposiciones
Erráticas, delirantes y disparatadas;
Que me llevaron a una ardua
Investigación de mercado,
Suspendida momentáneamente

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Jaque

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Queen to play – Movie

Hay niebla.

Para una buena escena de suspenso es necesario que de venir alguien haya niebla.

Hay niebla y la escena de suspenso es mi vida.

Viene alguien, pero aún no se adivina la silueta.

Como aún no la veo me carcome la inseguridad.

Dudo de que realmente vaya a venir.

Comienza el debate entre el sentir, el adivinar, el predecir.

Hay un ajedrez mental en el que los peones han huído fuera del tablero.

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Todo se va a la mierda

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© Bien Schols

Todo se va a la mierda.

Apostemos al viento,

Al temporal de Santa Rosa,

Al veranito de San Juan,

O a la luna llena en piscis.

Apostemos al roce de mi pezón

Contra tu pecho amplio y destemplado;

Al desorden revolucionario e insurrecto

De los papeles que vuelan al viento

Escritos con tinta de un alma indeleble.

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Tu nombre

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Una niña de cuatro años dice algo como que “cuando alguien te ama, la forma en la que dice tu nombre es diferente. Sabés que tu nombre está a salvo en su boca”.

 

Abrir la boca y decir el nombre.

Que el nombre se transforme en sonido,

Suave, meloso, casi como un susurro,

Pero a su vez firme y determinante.

Que estallen los vidrios al decirlo,

Que caigan estrellas fugaces

Y les regale a los trasnochados

Un nombre que amar.

Que su vibración sonora provoque eco,

Que el eco se transforme en palpitar,

Que el palpitar se estacione en tus labios,

Que tus labios se queden un rato en mi boca.

Mi boca donde se arrulla tu nombre.

Tus vocales descansan en mi  lengua

Y la dulcifican.

Un shock diabético inofensivo.

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Página 389

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Lo dicen las ciencias.

Las ciencias exactas, las ocultas, las alternativas, las que estudian los hechos y las que derivan del vapor que sale por las orejas de los pensantes, racionales y descreídos.

En la página 389 del acta de nacimiento de algunos mortales elegidos al azar, figura un amor imposible, un amor recurrente, un amor que es un dolor de cabeza, un parto, un sufrimiento existencial. Alguien con quien dar vueltas de amor y de distancia  durante años, jugando a las escondidas, al te miro, al te oculto, al no es nada, al es todo.

Íbamos a llegar a viejitos juntos.

Lo recuerdo. Lo dijimos casi al unísono, y yo no soy de decir una cosa por otra. Cuando digo algo lo cumplo, pero darling, se me está poniendo cuesta arriba cumplir semejante cosa, cuando ya estoy en la segunda mitad de mi vida, y vos tan reminiscente, tan omnipresente, tan ausente, tan cerca, tan distante, tan imposible.

 

Lo único que cuento son las estaciones, porque si contara los días desde la última vez que te ví, no sabría donde meter tantos números.

Tal vez fue un día tibio como hoy, hace más de diez mil días, hace más de ciento veinte cambios de estaciones.

Recuerdo la calle árida, la lluvia faltante, el polvo suspendido, mis lágrimas corriendo y vos manejando una camioneta blanca.

No sé si todo el mundo tiene la posibilidad de recordar el momento exacto de la última vez.

Yo sí, la tuve. Y tal vez esa sea mi perdición: la certeza de que no habrá otra oportunidad  más.

Sé que te dije que ìbamos a llegar a viejitos juntos darling, pero no sé si podré cumplirlo.

Patricia Lohin

Reminiscencias

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Rene Stuardo

Me quedó en la retina la imagen de la niña sentada en el paredón, la del escrito pasado. Doy vuelta la hoja y la traigo para este ensayo.

Hace mucho tiempo, cuando yo era suficiente para alguien, y ese alguien era todo para mí, vivíamos en una casa en una esquina. Y sobre una de las calles, una vecina pequeña pasaba horas y horas sentada en el paredón.

Reminiscencias.

Hay una definición exacta y precisa para esa palabra: un recuerdo impreciso que viene a la memoria.

Yo lo llamaría lo que queda en la memoria luego de intentar vaciarla, residuos de recuerdos que, incontrolables, vienen con el viento como los papeles que andan sueltos por la calle.

Yo tengo reminiscencias atravesadas en la garganta, clavadas en la memoria, incluso mi piel es una reminiscencia. Toda mi persona es un rejunte de deshecho de cosas que me han pasado. No importa si intento cepillarme debajo de la ducha: la tristeza es una cáscara de naranja espesa y adherida a la pulpa: para sacarla hace falta un cuchillo y firmeza para no dañar la pulpa.

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La espera

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Norman Orly

Esperar: acto mediante el cual se hace otra cosa -ojo, a veces nada, pero no lo recomiendo- hasta que lo esperado llegue.

Escribo y elucubro. Tejo artimañas, tejo “quizás”, “por qués”, tejo ideas conspirativas y de las otras, desenlaces de todo tipo y color; como quien tiene el guión de una película y tiene que escribirle el final.

Yo espero como un acto desesperante en donde todas las otras tareas carecen de importancia, porque ¿qué más dá?, si lo que en definitiva se está haciendo es esperar.

Esperar ocupado, esperar desocupado, esperar desesperado.

Insisto: mejor esperar ocupado, quién dice que en la espera, ese objeto pierda trascendencia, y la tarea que antes fue el medio pase a ser lo esperado.

Esperar como quien recoge la lana haciendo un ovillo, mientras la madeja está en la silla, esperando a envolverse hasta formar una pelota; para luego volver a esperar, a que un par de agujas y dos manos habilidosas formen un tejido. Tejido que alguien está esperando ponerse, que abriga, que tenga caída, que sea suave, que quepa. Tejido que visitará varios paisajes hasta yacer varios meses guardado en el placard.

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Calles asesinas

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La calle de mi negocio es una asesina. Asesina de peatones, asesina de vehículos, asesina de potenciales clientes.
A cien metros de donde trabajo hay un cráter en el asfalto que sobrevive rodeado de trabajadores con cascos y maquinarias que extraen todo lo que salga de ese agujero.
Algunas mañanas, cuando llego hasta la instancia en la que hay que doblar, me imagino encarando la valla con mi auto, y haciendo piruetas arriba de ese pozo alargado que tiene forma de gusano. ¿Caeré en el pozo, llegaré a Japón o saldré volando sobre éste como el General Lee de los Dukes de Hazzard?
Me debato a diario entre la preocupación por llegar a ser pobre -con certificado habilitante y todo- y por la falta de amor. 

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Insomnio

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Por ser que no creo en nada,

No espero nada,

No pido nada.

Por ser que las expectativas

Se reducen a un cubo de basura vacío.

Por ser que me encuentro acompañada

En las mañanas al mirarme en el espejo.

Por ser que sigo resistiendo,

Hurgando, curioseando, enloqueciendo,

Viajando mental y astralmente.

Por ser que el mar está contaminado

Y los peces no paran de boquear,

Tragar y morir sobre la arena.

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El viaje

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© Alessio Trerotoli

Tiempo fuera. Eso fue hace ya unos treinta días, o tal vez más. Hoy la tierra empieza a girar de nuevo. Estoy asquerosamente mareada, incluso ya no puedo vomitar más nada, mi estómago está desolado.

Me golpean la puerta del baño. Ni siquiera allí puedo estar en paz. Salgo.

Todo lo que estaba frenado empieza a circular y a agolparse furiosamente.

Una salida se abre y todos se apretujan, todos quieren salir. ¿Salir a dónde? No puedo respirar. ¿A dónde van tan apurados?

Se termina el viaje y el próximo paisaje inmediato es la cinta donde circulan las valijas.

No encuentro la mía. ¿Por qué habría de encontrarla, si tuve toda la intención de perderla?

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Enredados

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Martina Dimunová

Tengo una teoría de una teoría que se basa en otra teoría en la que ni siquiera creo.
Los psicólogos dicen que en realidad cuando a uno le llaman la atención ciertas cosas sobre un desconocido, es que estamos reconociendo algo nuestro o de nuestros progenitores en la otra persona.
Otros apóstoles de las ciencias alternativas lo llaman reconocer a alguien a quien conocemos de un antes. Ese antes del que no tenemos prueba ninguna, ni manera de corroborar nada. 
Ella miró la foto y sintió algo. Un algo que surgió de las cenizas mismas de lo desconocido. Lo miró, lo estudió, dió vueltas en la calesita un par de minutos y lo dejó ir, porque la vida estaba planteando otros temas más urgentes de los que hacerse cargo. Pero -siempre hay un pero- el tiempo pasó, los asuntos se resolvieron, vinieron otros temas y surgió el contacto real con ese mismo desconocido de la foto que se parecía a alguien. Ella pensó que estaba loca, luego escuchó una de esas frases pegatinosas en una peli que decía que cuando te pasa algo distinto con un otro hay que atender dos cosas: lo distinto que te sucede y al otro.


El, a medida que ella se acerca y huye con la misma determinación, va repitiendo algunas hipótesis como para autoafirmarse en esa realidad extraña. Una es la del fluir y dejar que las cosas acontezcan por sí solas.
Otra teoría en la cual no estoy segura si creo.
¿Dejar todo en manos de una fuerza mayor que ni siquiera sabemos cómo opera o si existe?
¿La teoría de fluir es otra excusa para no atender lo que sentimos o no sentimos? ¿O es el tiempo que necesita una buena masa con levadura para crecer y ser pan?
Para ser que no creo en casi nada, mis protagonistas del “te quiero pero no sé bien qué quiero”, creen en casi todo, menos en sí mismos.
Esta es la historia de cualquier desencuentro: en el mercado, en Facebook, en Instagram, detrás de un mostrador, en el medio de un evento social o en Tinder. Una historia cualquiera, llena de dudas existenciales y de afirmaciones absurdas, las cuales lejos de aclarar cualquier panorama tienden a la confusión absoluta: ¿Nos conocemos de otra vida? ¿Vino a enseñarme algo? ¿Este remolino cósmico está marcado por el destino? ¿Es la persona que sujeta mi hilo rojo?
Aflojemos con lo del hilo rojo que estamos todos enredados.
Al final mi teoría es simple: lo que se ve “es”, lo que se siente

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Obra inacabada

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Paul Almásy

Te extraño.

Pienso en una canilla goteando. No alcanza a llenar ningún recipiente con agua.

Ploc. Ploc. Ploc.

De repente el sonido, que en apariencia es molesto -molesto como vos-, se detiene.

Y es en esa falta de ruido que noto tu ausencia.

La noche detenida, el día en suspenso. El ruido que deja de existir.

Miro las pinceladas de un cuadro. Los trazos parecen determinantes. Y trato de adivinar en éstos el vestigio del ruido que cesó.

El hombre como un ser aplomado pero impetuoso, apocado, decidido, tembloroso en algún gesto que se le escapa al descuido; la distracción que sale sin pedir permiso, el ser escondido, dolido, extasiado, decepcionado, exigente, desapegado hasta el hartazgo.

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Intoxicados

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© Ricardo lúcidos

Sábado. Aparentemente el día arrancó privándose de amanecer. Para cuando salí a la calle el cielo era un piso de cemento gris que a mucha gente se le empezó a desmoronar sobre sus cabezas a mitad de mañana.
Un señor intenta convencerme sobre las 11 a.m de que hace frío, mucho frío. Que el viento es tremendo y de que el día es una mierda; por no extendernos a la vida en su totalidad ya que estamos. Si vamos a ser trágicos tiremos manteca al techo. Bueno, la manteca está cara… tiremos otra cosa.
Le explico gentilmente que no tengo frío, que llegué sin abrigo, y que estuve todo el invierno corriendo al aire libre, que me gusta el frío.
Pero no hay cachete, no quiere escuchar. Entra una clienta y exige que le diga que hace frío. Para la clienta está fresco.
Ni siquiera llegamos al empate técnico.
Cambio la música y pongo a Los Cafres.
Mi microclima existencial está a punto de quebrarse. Se me fisuró el traje de IronMan, debe ser porque estoy en esos días de emociones volátiles.
¿Hace frío y yo no lo siento?

 

Hace un tiempo leí sobre un método alternativo para dejar de fumar: decía que había que intoxicarse en vez de privarse.
¿Quiere dejar el cigarrillo? Si fumaba 20 fume 40. Atabáquese. Una historieta de esas.
Entonces ¿por qué no atabacarse de negatividad antes de salir a la calle? Fumar sin filtro cigarrillos largos de desesperanza hasta que que la mismísima pesadumbre se harte de esta existencia y se vaya a Marte a beber agua salada.

 

Poner el despertador más temprano y explayarse sin restricciones ni censura en todos los dramas existenciales que uno pueda imaginar.
Dejar que las polillas tomen el lugar de las mariposas y siembren ideas trágicas sobre la vida, la soledad, sobre no encajar, no cautivar, no gustar, sobre estar gordo, feo, apestoso, no ser amado, no servir; y ya que estamos pensemos en una posible quiebra monetaria, una facturita de gas que venga el triple de la anterior y no poder subsistir más.
Si la vida es una mierda caguemos olímpicamente el inicio de la mañana con dramas inexistentes.
Y unos minutos después de terminar la lista, al llegar al límite del ridículo y a la extremaunción propiamente dicha; luego de imaginar una tormenta de meteoritos sobre nuestra casa, estallar en una carcajada sonora y ridícula, tan fuerte que rompa los vidrios y los esquemas.
Eso sí, después de todo esto se aconseja tomar café descafeinado; antes de salir a la calle.
Patricia Lohin

 

 

Pronóstico incierto

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© Rivalcir Baluta

“¿Quieren un pronóstico del tiempo? Le preguntan al Phil equivocado. Yo les daré un pronóstico. Va a hacer frío. Va a estar gris. Y les durará el resto de sus vidas.” Bill Murray en “El día de la marmota.”

 

Querés un pronóstico del tiempo.

Me río automáticamente de tu pedido.

¿Desde cuándo te importa el tiempo?

¿O lo que vas a llevar, o a dónde vas a ir conmigo?

Y si te importaba nunca te escuché.

Llevá un poquito de todo: ropa de abrigo, ropa liviana.

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Y viceversa a todo

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© Alain Laboile

Querido, hay un viento de la hostia por estos lares.
Me bajo del auto que queda en el estacionamiento y permito que todo ese aire me pegue en la cara. Cien metros me esperan hasta llegar a mi trabajo. ¿Cuántos pasos serán? No los cuento. Pero cierro los ojos, como quien anda en la bici sin agarrarse -nunca pude por cierto-.
Un paso tras otro. Noto que voy derecho.
¿Qué hago? ¿Espío o no espío?
Trato de adivinar por dónde voy. Nadie me roza. La vereda está desierta, tal vez por eso me animo. Me animo porque nadie viene de frente, nadie verá que tengo los ojos cerrados y una media sonrisa en la boca. Nadie dirá nada sobre esta pobre loca. Al final los abro casi llegando a mi puerta.
No es ninguna hazaña. Cualquier niño lo hace.
De pronto se me ocurre que ir hacia vos es como estar con los ojos cerrados caminando en contramano por la Panamericana en hora pico, cruzarla intermitentemente y rezar mucho; aunque como sabrás no pienso molestar a ningún supremo para que me salve de vos. Estoy segura de que él está metido en todo esto. Es mejor echarle la culpa de todo esto a otro.
Hay condenas que ya sabemos que debemos atravesar. Ni siquiera hablo de auto castigo. Si después de todo fui, vine, fui, vine.
Eso me trae la imagen de una noche de insomnio prendiendo y apagando el velador, un remolino en la cama reclinando el lado derecho e izquierdo alternadamente y cada dos minutos, o una tarde cualquiera con el encendedor en la mano encendiéndolo y apagándolo hasta que se nos chamusquen los dedos o se termine el líquido. Que sea lo primero que llegue: o se quema el foco, o viene el maldito sueño, o deja de funcionar el encendedor, o dejo de caminar por este campo minado.
No alcanzo a divisar quién se cansará primero. Siento que estamos en una carrera de alta resistencia, y no te noto ni cansado; inclusive a veces sospecho que todo esto te divierte. Hay unas estrellitas brillantes de maliciosidad que asoman por detrás de tus pupilas, justo en el mismo instante en que arqueás una ceja.

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Tragedy

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© Birka Wiedmaier

Metiste el dedo ahí donde tengo cosquillas, ahí donde duele, ahí donde soy feliz, ahí donde me siento insegura, ahí donde me enciendo.

Apretaste el botón desestabilizador de sentimientos, me inyectaste adrenalina, se encendieron las luces todas y empezaron a sonar mil estaciones de radio en frecuencia alterada: todas al mismo tiempo.

Una tragedia.

Recién acabo de leer por ahí que esta semana tengo que estar en silencio para escuchar a mi intuición. A la mierda con el silencio. Estoy más perdida que un satélite ruso fuera de órbita.

¡Mirá si no tenía disponibilidad de días libres para dejar de pensarte! Te fuiste y me dejaste una licencia con goce de sueldo, y con libertad horaria para no seguirte el vuelo. Mi pasaje estaba abierto, yo sólo tenía que ponerle el destino, usar la fucking tarjeta de crédito y gastarme todo a cuenta.

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De amores imposibles (cartas de amor)

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Rene Stuardo

Hola hermosa:

Te escribo un domingo de invierno, aquí sentado en un rincón del patio luego de terminar de cortar el pasto. Estoy sólo, inmerso en una soledad que cala tan hondo como el frío. Los árboles frutales y añejos me miran desnudos con tristeza y consternación. En el medio ha quedado la pileta hasta la mitad de agua, esperando que llegue el calor.

Sí, ya sé que estás pensando. Es domingo, la familia hace otras cosas en el interior de la casa, y para vos el domingo era el maldito día en el que  yo no te amaba. Qué equivocada estabas! Si hubieras sabido que era el día que más necesitaba de vos como mi eje invisible, mi sostén, mi amor. Seguramente te amé de la manera más egoísta y cobarde que pueda ofrecer un hombre.

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Miradas equidistantes

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La espera como un manjar.

Un manjar delicioso.

La cocina que se inunda de sabores exóticos.

La boca que hace agua y saliva.

El mar revuelto que ruge.

El ser que se humedece en una jungla repleta de minutos

Que faltan para que la espera deje de ser.

Seamos vos y yo mientras el sexo se despierta

Y el despertar urge.

La urgencia que no se puede tapar.

El rollo existencial de saltar los días, abreviarlos.

El deseo que parece un planeta suave, mullido y húmedo.

El apetito existencial por tocar.

La música que murmura desde el parlante.

El eco de esa música que sale por mi boca.

El susurro que penetra el alma.

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Casi que estoy bien

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Casi que te extraño, como quien extraña algo que nunca ha visto. Pero yo sí te ví: estabas de pie frente a mí, y capturé con un destello esa imagen lejana, para ponerla en un rincón del cajón de la mesa de luz, donde se guardan las partidas de nacimiento y los divorcios.

Casi que te anhelo, de una manera aggiornada, descongelada, descongelado conmigo, descongelados ambos.

Casi que deseo tu piel perfumada como si fuese el último alimento disponible para mí, casi que muero de inanición. Casi que en tu ausencia nazco y muero intermitentemente, ochenta veces al día, repitiendo la serie de números que me llevan hasta vos vía wi-fi, los que de tanto intentar borrar ya tengo memorizados. Casi que necesito un reseteo, y nacer de nuevo pero sin vos.

 

Casi que levanto un muro a lo Trump, casi que me declaro zona peligrosa, no apta para la construcción; casi que te olvido, casi que me olvido.

Casi sin querer te espero, muy en contra de la corriente, muy a pesar de mí misma, como si lo que espera fuese un ente que se ha apoderado de mí contra toda voluntad. Casi que te sigo resistiendo. Casi que estoy bien.

 

Patricia Lohin

Rendirse

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© Swee Oh

 

El camino rural termina siendo una alfombra de tierra por donde mis pies corren. Corro para que no se pare el mundo. Corro para curarme, aunque a veces no sé bien cuáles son mis heridas. Corro hacia, corro desde.

Mientras las pisadas se suceden veo venir a un hombre caminando. Se me antoja que cuando me lo cruce le preguntaré “¿Qué es rendirse?”

No sé. O sí sé. Lo que no estoy segura es de si él tiene la respuesta, porque para el caso sigue avanzando, igual que yo.

Nunca disparo la pregunta, pero tampoco me olvido de la escena. Busco alguien que justifique el por qué no he de rendirme, cuando seguir es tan cansador.

Necesito parar y descansar. Que el dolor se mitigue, que la vida sea por un momento como esas tardes de otoño en las que no hace ni frío ni calor, y el viento es apenas un vals que se cuela por las hojas a punto de caer moviéndolas imperceptiblemente. Todo me parece parado, estacionado, congelado, pero a pesar de toda esa muerte temporal, todo me parece hermoso.

¿Qué es rendirse?

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No sé si fue para tan poco.

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No sé si fue para tanto.

Me paré de la silla y fui directo a besarte.

Odio esos preámbulos que se hacen eternamente prolongados, tanto que son dignos de cualquier saga de película taquillera.

Es el momento en que la mirada implora para que el gol sea de media cancha, o para no ser rechazados, o alguna de esas verduras en donde parece que uno gana y el otro pierde. Sea como fuere, el fardo me quedó a mí que resolví la cuestión por muerte súbita.

Tampoco sé si fue para tan poco.

Es decir: el beso estuvo lindo, fue uno de esos sucesos que te shockean, donde lo primero que pensás es en que podrías dedicarte a eso por siempre:  “quiero besarte siempre, always, forever”, casi como el slogan de una publicidad de manteca de cacao. Una pelotudez ambiental que se cruza por la mente como si fuera un mosquito que transmite dengue.

Veamos:

¿Cuánto dura un primer beso promedio? ¿Un minuto? ¿Dos? ¿Veinte segundos?

En tal caso ese tiempo es suficiente para redactar cualquier guión de película. Y película posta: una que tenga misterio, suspenso, romance, pasión, drama, comedia. Los otros rubros dejémoslo de lado, que nadie quiere un dramón policial y menos una de terror en el primer encuentro.

Seguramente en ese intercambio iniciático, que ahora me pinta más al Bing Bang que a un simple beso, nacen más cuestiones de las que suponemos. Y ojo, que puede ser el nacimiento de algo que perezca en el mismo microsegundo en el que finalizó el beso: ese momento en el que tu boca se separó de la mía con la convicción acérrima de que tal cosa no es vital para la supervivencia de tu especie o de la mía, y se puede vivir sin ello feliz y livianamente.

Ahí es donde el cartel de neón del hotelucho que está frente a la comisaría se enciende diciendo “No era para tanto.”

Pero, volvimos a insistir.

Y el beso se repitió en algunos momentos esporádicos y oportunos, aunque sin darle tanta trascendencia.

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“Estoy hecha de sangre.”

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© Ricardo lúcidos

“Creías saber tanto de mí, pero olvidaste lo esencial: no estoy hecho de frases, sino de sangre.” Carlos Skliar

Mucho se dice sobre la gente que escribe.

Que te vas a enamorar de mí o de mis palabras -mentira, si hay una frase pelotuda y que circula por las redes es esa que empieza con que un escritor o una escritora pueden enamorarte-, que escribimos para curarnos las heridas, que las palabras salen del chakra cardíaco o de las venas, que son ríos que desembocan sobre un renglón o pasos que se dan tipeando un teclado. Que es terapéutico, sanador, canalizador, herramienta de autoconocimiento.

Yo puedo decir que escribir fue mi condena.

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Distancia por favor

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Siempre lo mismo con vos.

Este juego de poder y no poder que me tiene trastornada.

Hacemos espacio: espacio físico, material, mental; espacio seco y árido para que se ventilen todos los pájaros que anidan en mi cabeza, y que huyan los ratones que viven en la tuya.

Despejamos todo el territorio de cualquier arma de destrucción masiva que pueda llegar a poner en riesgo la libertad y el espacio del otro.

Es sumamente vital mantenerse independiente emocionalmente.

Cuánto más espacio hacemos, más se siente la itinerancia del deseo que va creciendo como el monstruo del Lago Ness, sólo que este monstruo ya no cabe en el lago de tanto alimento balanceado que le dimos.

Siempre lo mismo con vos.

Tenés el no fácil cuando yo soy de pedir poco. Soy tan trueque y tan poco demandante, que me acurruco en el banco de la plaza desierta y espero que el sombrero de paño se llene solito con los billetes de dos pesos que no alcanzaron a canjear antes de salir de circulación.

No te pido nada, salvo una vez cada dos meses una caricia al pasar, y doy justo en el blanco. Justo cuando no “pue querés”, justo cuando es feriado bancario y emocional, justo cuando todos se fueron a la mierda y la disponibilidad es una cuota a pagar al fondo monetario.

Te da pánico el reclamo, que te pidan más de lo que podés dar, que no tengas nada para dar, que en tu bolsillo solo encontrés pelusas y nada más.  

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