Declaración de anarquía

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© Kyle Thompson

Eclipse de luna llena en acuario. Declaración de anarquía.

La luna se teñirá de rojo, rojo carmesí, como nuestros labios luego de besarse y besarse repetitivamente.

Me encanta esta palabra: repetitivamente. Mientras la digo siento un golpecito en mi corazón: es el latir de siempre pero más intenso. Es lo que surge de ese recuerdo: el recuerdo que se hace latir; el latir que galopa y arrastra la sangre velozmente dentro de las venas y arterias; el corazón que se agita y la luna que se tiñe de rojo.

En algún lugar de la tierra se verá al sol ocultarse detrás de ésta, y en esa hora y 42 minutos, desapareceremos como un núcleo llamado “nosotros” y pasaremos a ser vos y yo. Lo que parecía indivisible se divide, se parte, se quiebra.

Qué pocas ganas que tiene el sol de ocultarse detrás de esta bola de tierra en donde nos cuesta tanto encontrarnos, recordarnos, amarnos. Esa magnificencia, esa exuberancia, ese centro universal jugando a desaparecer detrás de una nimiedad que se sustenta a base de centros comerciales y autopistas congestionadas. Y en éstas, nosotros, insultando a dioses de cartón , manejando como locos, disolviendo mediante un mensaje de Whatsapp a esta ONG que nunca benefició a nadie, ni siquiera a nosotros. Nosotros:  repetitivamente cobardes, repetitivamente egoístas, repetitivamente fracasados. Y van …

Con estas alineaciones cósmicas se hará humo de una vez por todas nuestra existencia conjunta. Las bibliotecas ya no tendrán más libros con nuestros nombres firmados en la primera página, se ocultarán los recuerdos dentro de una cápsula de papel de arroz que se disolverá cuando entre en contacto con el agua salada. Ya no  seremos comienzo, historia, índice o resumen de carátula.

Dicen que cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Que se abra la ventana, y que entre viento y tierra; moscas y mosquitos; que entre un huracán y que arrase con todo lo que hay adentro: adentro de la casa, adentro de mi corazón y adentro de mi cabeza.

Una mañana de éstas me levantaré, y descolgaré las cortinas raídas, sacaré los trapos viejos de arriba de los sillones, juntaré los diarios amarillentos, desprenderé las fotos pegadas a los fondos de los portarretratos, las letras imantadas de la heladera, las notas que dejaste arriba de la mesa,  y junto con el piquillín haré terrible fogata en la playa.

Y cuando todo se consuma, volveré a la casa a destapar la lata de pintura amarilla. Porque cuando el sol termine de jugar a las escondidas, entrará por esa ventana para quedarse.

Patricia Lohin

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