Buraco

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Me quedó un buraco en el pecho del misil que me mandaste.

Que puntería la tuya desestabilizar tanto mi mañana cuando yo estaba súper pancha, lejos, distante, segura, firme, amurallada, cobijada en la pseudo seguridad inmaterial que me dan los días grises.

Leí recién que el misil balístico intercontinental DF-5 desarrollado por los chinos recorre unos 13.000 km hasta dar en el blanco.

El tuyo no sé cómo se llama, pero sus megatones acaban de hacer explosión en mi pecho. Tanto que ha quedado un tsunami en el centro de mi ser, desplegando corrientes eléctricas y de destrucción masiva que salen por la punta de mis dedos.

Me pedís que te siga “amando” como hasta ahora. Y no puedo. No quiero. No quiero querer así, me resisto totalmente.  Porque eso es la media del amor. Y yo quiero amar en serio, sin censura, ni cortes comerciales.

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Bandera blanca

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Necesito levantar la bandera blanca, o el pañuelo lleno de mocos y arrugado que está en el bolsillo de la campera, da lo mismo. Que sea blanco, que sea tregua, que sea un stop, un pido gancho, un basta para mí, un no quiero más de esto. Necesito que la furia de la naturaleza abra un agujero en la tierra en este preciso instante y flotar sobre éste con vos, mientras nos abrazamos y empezamos a forjar la paz. Sí, como Luisa y Clark. Sí, te estoy pidiendo que volés conmigo.

Necesito firmar la paz con vos y que dure, dejar de odiarte, dejar de necesitarte con esta desesperación que me carcome y autodestruye, dejar de golpearte con mi corazón, dejar de luchar, de resistirte, de prohibirme estar con vos.

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Mamihlapinatapai

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Roland Okoń Photography

Me mirás. En una fracción de segundo mientras hablamos de boludeces crónicas, te brillan los ojos y los apartás. Te cacho. Creo que por eso tu mirada huye tan velozmente de la mía.
Me encantaría capturar ese momento y que te quedaras unas breves vacaciones viviendo conmigo. Mamihlapinatapai.
Los ojos hablan, pero ni vos ni yo estamos seguros de lo que el otro dice con la mirada. O sí, y nos da un cagaso bárbaro. Estoy desvariando otra vez.
Mientras lo pensamos -mentira, mientras yo lo pienso, para vos sería un desgaste de energía innecesario-, tratamos de focalizar en la charla que estamos teniendo.
¿Se puede confiar en un destello aislado durante una charla intrascendente?
Todo lo nuestro es, fue y será intrascendente. No tiene principio ni fin. Y sin embargo sigue pululando en este tiempo de nimiedades.
Sos como una enfermedad crónica para la que aún no se ha creado ningún medicamento que la aniquile. 


Me dolés en el codo, me dolés en la pierna, me dolés en el lunar que tengo en el hombro izquierdo, me dolés en la memoria de los sueños que tuve con vos y que pensé se iban a cumplir. Me dolés en el recuerdo del día en el que no estabas disponible para un abrazo. Me dolés en la noche que pasamos juntos, y en todas las otras que no. Me dolés en la confirmación de que ya no estarás nunca disponible para algo conmigo. Me dolés cuando decís que extrañás hacer el amor conmigo, cuando ya no hay gas ni calor ni humedad ni levadura para que el amor leude por estos lares. Cortaron todos los servicios mientras no estabas.
Te miro y parecés más viejo, más triste, más distraído, más lejos de quien pensé que eras, más lejos de quien yo quería que fueras. Tu sonrisa no termina de desplegarse, y no hay paisaje marítimo detrás que pueda arreglar semejante situación.
Mi problema no sería sonreír para la foto: puedo, quiero y lo logro. Saco la sonrisa de dónde sea, soy la mejor para mentir. Mi problema es que nunca quise escuchar el resto de los mensajes que me decías con los ojos opacos: todos tan claros y contundentes.
“No te quiero. No te quiero así como vos me querrías a mí.”
Bajás la guardia y vuelve a destellar un niño interior que se te escapa por los ojos. Mamihlapinatapai.
Para ser la palabra más concisa del mundo, es también la más indescifrable del mundo.
Si no querés que te quiera no me mirés más así.

Patricia Lohin

Mamihlapinatapai es una palabra de los nativos yámanas de Tierra del Fuego, conocida como la palabra más concisa del mundo. Describe “Una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambas desean pero que ninguna se anima a iniciar.”
Fuente: Wikipedia

Declaración de anarquía

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© Kyle Thompson

Eclipse de luna llena en acuario. Declaración de anarquía.

La luna se teñirá de rojo, rojo carmesí, como nuestros labios luego de besarse y besarse repetitivamente.

Me encanta esta palabra: repetitivamente. Mientras la digo siento un golpecito en mi corazón: es el latir de siempre pero más intenso. Es lo que surge de ese recuerdo: el recuerdo que se hace latir; el latir que galopa y arrastra la sangre velozmente dentro de las venas y arterias; el corazón que se agita y la luna que se tiñe de rojo.

En algún lugar de la tierra se verá al sol ocultarse detrás de ésta, y en esa hora y 42 minutos, desapareceremos como un núcleo llamado “nosotros” y pasaremos a ser vos y yo. Lo que parecía indivisible se divide, se parte, se quiebra.

Qué pocas ganas que tiene el sol de ocultarse detrás de esta bola de tierra en donde nos cuesta tanto encontrarnos, recordarnos, amarnos. Esa magnificencia, esa exuberancia, ese centro universal jugando a desaparecer detrás de una nimiedad que se sustenta a base de centros comerciales y autopistas congestionadas. Y en éstas, nosotros, insultando a dioses de cartón , manejando como locos, disolviendo mediante un mensaje de Whatsapp a esta ONG que nunca benefició a nadie, ni siquiera a nosotros. Nosotros:  repetitivamente cobardes, repetitivamente egoístas, repetitivamente fracasados. Y van …

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No sos vos, soy yo

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Empiezo a necesitarte.

La necesidad golpea al corazón de manera contundente y despiadada. No hay nada peor para un ser humano que necesitar. El fucking deseo que se saciará si te veo; si cuando te veo, veo que querés verme; si hay un tubo recíproco que se extiende desde la punta de tus pies hasta el rulo que siempre se rebela en el flequillo.

Algo duele.

Algo oprime.

Es la angustia que sube desde el estómago hasta la garganta, y ahí vuelve. Es un regurgitar constante y ácido.

Siento que a su vez el aire no entra por las fosas nasales. Estoy a punto de morir de ausencia. La novela enlatada made in Turquía se instala en la cocina de mi casa con música de fondo: una de esas bandas de sonido de una película de Hichcock.

Estoy atrapada en la desesperación. Quiero morirme pero soy cobarde. Quiero fallecer de amor pero la ciencia niega que semejante contratiempo pueda terminar con mi vida. Quiero dormir todo el día pero tengo que hacer.

El “tengo que hacer” me salva del querer trepar el acantilado y tirarme al mar justo sobre una roca. No hay mar ni acantilados por la zona pero eso sería un problema menor.

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Sala de espera

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by Igor Moukhin

El corazón espera. No te engañés.

Olvidáte de toda esa basura que te hace creer que vos lo dominás y lo controlás. Si querés manejar algo andá a sacar el auto del garage y date una vuelta por el centro.

El corazón espera a pesar tuyo, del tiempo, a pesar de todo; sin pedir permiso, ni mediar discusión o charla aclaratoria en el medio. Es una decisión unilateral.

Igual vos insistís y vas para otro lado,  detrás de tu cabeza y centenares de soldaditos, cada uno representando un pensamiento. Pensamientos que te llevan a donde caprichosamente tenés que ir: lejos de la incertidumbre, lejos del tal vez, lejos de la tormenta, lejos de los animales salvajes que nunca podrán encarcelarse ni domesticarse, lejos de quien sos.

La seguridad parece un cobijo, una cuevita donde buscar resguardo de la tormenta, una manta polar abrigadita. La seguridad parece una abuelita y en el fondo sabés que es el maldito lobo feroz, que viene a devorarte en modo reducción de tráfico de datos: lento, seguro  y pausado.

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El resucitador de canarios

La imagen puede contener: una o varias personas, calzado, cielo y exterior
© Alain Laboile

Acabo de leer que en un museo de Manchester se exhibe un artefacto utilizado por los años 1890 y posteriores para resucitar canarios.

En esa época se usaba a los canarios para detectar en las minas gases tóxicos que pudieran ser perjudiciales para los mineros. Luego de que el canario se intoxicara al borde le la muerte, y habiendo evacuado el lugar, lo introducían en el resucitador para darle un shock de oxígeno. Con suerte sobrevivía para seguir con su tarea.

Está clarísimo. Yo soy el canario y vos sos la mina llena de gases tóxicos. Lo bueno de esta historia es que soy un canario freelance, totalmente independiente, dueña de mis facultades mentales y del traslado general del corazón y de mi cuerpo hacia vos.

La atracción que ejercen sobre mí mil kilómetros de recovecos subterráneos, iluminados de manera precaria y esencial es inexplicable. Estoy en la lona, al borde del delirio existencial, enamorada de una mina sin oro cuando podría estar retozando con la panza arriba sobre el pasto de la plaza de la esquina.

Me ofrecés vacaciones en un lugar con escasez de luz, de comida, de oxígeno, sin lugares concretos por dónde circular, con riesgo de derrumbe, de accidente, de muerte, sin una salida concreta que quede hacia otro lado. ¿Si se sale por dónde se entró, hacia dónde vamos amor? Estamos en una trampa, no hay salida, no hay futuro ni construcción entre nosotros.

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¿Las hormigas matan?

– Patri, viste las hormigas coloradas?
– Sí, ¿qué pasa?
– Están por todo el mate y por todas partes. ¿Pasa algo si me las como?
– No, olvidáte. Seguro tienen nutrientes. Si te comiste al maldito y no te pasó nada, con las hormigas menos.
– ¿Qué decís Pa-tri-cia?
– Y sí. El des-amor mata, aunque no nos demos cuenta. Es un veneno que nos va secando lentamente.
– ¿Hay vacuna para eso?
– Darse cuenta. Eso te salva. Nunca le pidas al otro que te mata que luego venga a salvarte.

Patricia Lohin

Elixir

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Lennart Olson. Traffic Light, Stockholm, 1970

Sabina y Paez cantan “Llueve sobre mojado”, mientras en la ciudad las veredas se derrumban y los paraguas quedan arruinados en los bordes del desagüe. Demasiado agua. “Dormir contigo es estar solo dos veces, es la soledad al cuadrado.”

Así me siento yo en este sinvivir de una relación licuada, vino frappé con agua de la canilla.

¿Qué vas a hacer conmigo?

¿No te das cuenta que estar al lado de la fogata sin recibir su lumbre ni entibiarse es imposible?

¿Qué vas a hacer con tantas ganas, con tanta intensidad, con tanto deseo si no podés recibirlo, guardarlo, manejarlo, aprovecharlo, reciclarlo?

Soy una carretilla llena de escombros existenciales, sobre los cuales nació la flor azul, que se erige orgullosa sobre un cabo delgado pero firme, y allí vienen un par de abejas en busca de este néctar que no es para cualquiera, evidentemente para vos tampoco. Vos sos ese cualquiera y yo espero lo extraordinario.

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Principio de correspondencia

 

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Gail Albert Halaban

 

Acabo de leer que los almendros florecen para estas fechas: julio y agosto, cuando las condiciones del clima son sumamente adversas: frío, heladas, lluvia.

En esta mañana lluviosa y teñida por la melancolía de las ausencias cotidianas, de pronto la frase me parece de lo más esperanzadora.

Me imagino como ese almendro solitario, en algún terreno semi despoblado, almendro erguido, brotando, con la salvia agolpándose furiosa dentro de las ramas, escupiendo flores en forma de campanitas, en todas las gamas que van del blanco al rosado. Tanta pasión controlada, tanto anhelo escondido.

No todo está perdido. Algo florece en la adversidad, se puede esperar el milagro que derrita el hielo, la mirada que sea comprendida, aceptada; la mano tendida que encuentre nido en otra mano. Se puede esperar que el amor sea amor y no otra cosa.

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Despedida

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Sylwia Bukowicka Fotografia

“He llegado hasta tu casa
Yo no sé cómo he podido!
Si me han dicho que no estás…”

José Dames

 

Nunca te vayas sin despedirte,

Sin anunciar tu partida.

Poco me importa el destino,

La duración del viaje,

El recorrido,

La eventual compañía,

La fecha de regreso,

O si vas sólo con pasaje de ida.

Nunca te vayas sin despedirme,

Sin decir hasta luego,

Aunque no te vuelva a ver,

O sí.

Sin despedida

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Generación X

La imagen puede contener: una o varias personas y calzado
Andrea Boccone

 

Hay muchas maneras de escribir. Últimamente parece que las palabras se han abreviado de manera contundente. 

Es la época de la posmodernidad. Yo soy pre-moderna. Es por eso que mis escritos son largos, incluyen post-datas y otros artilugios que sólo conocen personas que superan las cuatro o cinco décadas de vida en este planeta.

¿Qué esperar luego de cinco décadas?

Esperamos amar y ser amados señores. Como cualquier adolescente que hoy cursa su décimo quinto año de vida. Tal vez, nuestra manera de amar parezca más larga: más larga en expresión, más larga en comunicación; aunque con tanto miedo, con tanto error cometido y con tantos fracasos habitados la intensidad parezca media.

A media intensidad, medidos son los resultados.

Pero atentos. No podemos dejar de ser quiénes somos en esencia. Acostumbrados a escritores de larga pluma, a relatos extremadamente largos y enroscados del tipo Ana Karenina o Cumbres Borrascosas, de pronto la urgencia de la lectura concisa, donde cada página suscribe un titular que bien podría ser el título de un libro; nos sentimos perdidos. Hablo por mí, y por el resto de esta generación X. X de estamos en el medio. X de nos sobran las palabras y los motivos como diría Sabina. X de queremos saberlo todo, sin poder de síntesis, sin frases armadas que caben en una captura de pantalla. X de que no queremos historias que se sustenten en diálogos de Whatsapp. X de no sé bien qué querés decirme con un emoji.

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El amor en los tiempos del destiempo

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Dice Alejandro Dolina en su Balada del amor imposible:
 
“…No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre pasión.”

Hay algo tremendo para el ser humano: es el destiempo.

Al destiempo se le suma la desesperanza. Y luego de la desesperanza llegan innumerables sentimientos más que comienzan con “des”: desilusión, desarmonía, desajuste emocional y existencial, desazón, desinterés. Y así podría seguir hasta el infinito.

Pero para todo hay una explicación.

Te explican que luego entenderás por qué no se dieron algunas cosas. Que la sincronicidad y la mar en coche.

Pero ¿qué sucede con la gente desesperanzada que ya no puede esperar más tiempo ni más oportunidades?

Y no es que no quieran esperar más, es que en las noticias dicen que el hilo se cortó, y no por lo más delgado: se cortó por donde parecía que nunca se iba a cortar. O tal vez, no se haya cortado y nosotros estemos siendo engañados por la prensa que maneja al poder político. En tal caso le creemos al diario digital.

He aquí el ejemplo de dos personas que no saben qué pasa con el hilo:

Se encuentran.

El primer año en una locación que no es la ciudad de ninguno de los dos. Hacen contacto. Se enamoran en tres días. Y en media hora se separan.

El segundo año, estas mismas personas en la misma locación del año anterior, que no es la ciudad de origen de ninguno de los dos, se vuelven a encontrar.

Se enamoran ¿de nuevo? y se vuelven a separar en un tiempo más prolongado a la media hora del año anterior.

Luego sobreviene un vacío de 25 años.

A esos dos primeros años lo llamaríamos destino sincronizado. Les dimos dos oportunidades. El resultado fue desaprovechamiento ocasional de las circunstancias. Jódanse ambos dos.

Take it easy. La era de la tecnología puede llegar a arreglar el resto. Pero no es así. Al encuentro cibernético suceden múltiples desencuentros presenciales.

Es decir: el destiempo. Y así los días negados se suceden intermitentemente hasta completar un tremendo ciclo de 30 años boyando.

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Te llegará una rosa cada día.

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Dedicado a Elba

Si no fuera por el pescador que se divisa sobre el poniente, la playa estaría desierta. Quisiera que ese pescador fueras vos, y yo ir caminando a tu encuentro a abrazarte, amor.

Es domingo. Le pedí a una sobrina que me trajera, y lo hizo refunfuñando. Ya sé, es invierno, y vos no querés que yo tome frío. Nadie quiere que me muera, todos me cuidan, pero hay días que se me hacen muy pesados. Esos días necesito volver a vos.

Te extraño, y volver a Punta Desnudez me hace sentirte más cerca. Aunque a estas alturas, no sé cómo sería tenerte más cerca aún; si vivís en mí.

Pasaron tal vez una veintena de años de la última vez que estuvimos en la villa juntos. No te creas que ha cambiado tanto, tal vez algunas construcciones. El mirador al que subíamos juntos los domingos al atardecer sigue bello como siempre.

¿Recordás esos años en que nos exiliamos como dos locos adolescentes, huyendo de la gente, los bancos, los mercados y el trajín? Ya éramos oficialmente jubilados. Jubilados del capitalismo, invirtiendo todo en vivir.

La casa que habitamos en ese entonces ahora tiene nuevos habitantes. Creo por la hamaca y otros juegos que ellos sí tienen niños.

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Infinitas cifras decimales.

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Self-Portrait, Kuusamo, Finland (Arno Rafael Minkkinen, 1976)

Te enamorás perdidamente. Lo vivís. Lo gozás. Lo padecés. Se concreta. Parece algo estable y que va para adelante como el ramal San Martín.

Rejuvenecés y envejecés intermitentemente. Llega la tan ansiada estabilidad. Luego la noche con una sucesión de tormentas y silencios, hasta que se instala el silencio definitivamente.

Vivís y sobrevivís para contarlo.

Incluso, ya viviendo en el país de la supervivencia, contás ante los paparazzi que no salió como esperabas, que no fue eterno ni mucho menos, que duró un poco más de lo necesario porque tomás en cuenta el último período de agonía. Llámese agonía al que arranca al empezar a recibir cartas documentos, alertas de expropiación por demolición total del amor, y al final la llegada de la grúa con la bola de derribo.

Lo simplemente majestuoso, valiente, intenso, sereno, el amor en la quinta dimensión, es finito.

Y su final acontece hoy lunes al mediodía. Le dirás que ya no más. Con el corazón en la mano, con el ceño estrujado, con los ojos opacos. Es lunes. Se arranca con el gimnasio, la dieta y la disolución de esta sociedad sin fines de lucro. Al resto de los días les llegará la sombra de la ausencia. A otros el desborde existencial de quien no se banca la soledad.

Tal vez no sean muchos los meses. Tal vez te sorprendas, y estés un año o más dando vueltas en el limbo existencial de la soltería.

Sin darte cuenta te levantás otro lunes setecientos cincuenta y tres días después de ese lunes y te preguntás qué está mal con vos. Y la respuesta es más compleja, más sencilla, más corta, más larga, más dolorosa  de lo que pensabas.

Tengo una teoría según la cual uno más uno en el amor nunca da dos. Menos que menos da uno. La fórmula exclusiva de una pareja da un número único en el universo, indivisible, indisoluble, inexistente hasta ese entonces. Es un código que nunca se volverá a formar con otros dos que se unan.

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Uno sólo muere cuando está solo.

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“En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo. Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.” Marguerite Yourcenar

Esta tarde de verano trae un susurro que se esconde detrás de melodías imperceptibles, mientras algunos en la casa duermen la siesta. Intento descifrarlo mientras me adormezco. Los insectos quieren entrar y atacar del otro lado del mosquitero. A la hora precisa llega la sincronicidad del sol que se apaga cuando debe,  trayendo alivio a este día de cuerpos y mentes incendiadas. A unas cuadras de aquí, el agua del río huye hacia el mar.

Improviso ya que hago lo que puedo. En esa improvisación es que me desdoblo, y alguien parecida a mi corre hasta la esquina yendo a buscarte… y vos sonriendo, mientras te miente y dice que está perdida. Perdida en este pueblo de dos por cuatro. Cobarde, perdida en tus ojos. Vuelve y se hace una conmigo nuevamente.

El día murió, y me bebo la mentira junto con una cerveza tirada, en las mesitas del Open Bar de la calle principal que está frente a la plaza. Alguien rasga la guitarra y canta una melodía harto conocida. Las adolescentes fuman mientras ríen, cantan y tratan de captar la atención del incipiente cantante.

Quiero irme de aquí, aunque siento que tengo los pies arraigados, como las raíces del olmo que hay en la plaza; esas donde me sentaba a verte pasar al final de la jornada laboral. Quiero verte pasar otra vez, pero eso no sucede. Tal vez con un poco de coraje te invitaría a viajar, descalzos, caminando hasta la estación abandonada del tren, para darnos un primer beso debajo del cartel con el nombre de nuestro paraje.

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Ahora que

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© Dmitry Stepanenko

Ahora que ya sabemos quienes somos, que el tiempo es ilimitado y nosotros limitados, que las caricias se mueren en el aire, y que el vino ha de guardarse acostado. Ahora que al fin se develó el secreto que se escondía dentro de las dos arterias que conducen a mi corazón. Ahora que ya sé que tengo un corazón que siente y late con una falta de sincronicidad alarmante. Ahora que me despierto antes de que suene la alarma y que no estás conmigo.

Ahora que dejo que el caos me invada, que no espero, ni desespero, ni pido, ni rezo. Ahora que no reclamo, ni clamo, lloro, imploro o pataleo ni por amor o desamor. Ahora que los dioses paganos han emigrado a otros cielos, y que los santos huyeron de las estampitas, no sin antes soplar las velas. Ahora que no me alcanza el aire para soplar tanto. Ahora que quisiera ser otra: desmesurada, descolocada, desmedida, torrencialmente intensa. Ahora que quiero salir a gritar a mitad de la calle, colapsar, implosionar, deslumbrar, enloquecer.

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Pequeñas muertes cotidianas

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“El que baila esencialmente escucha”. Andrea Uchite

Juegan tus ojos con los míos y extendés la mano. Sin decir nada, me agarro de ésta y apoyo mi pera sobre tu hombro, dejando que mis pies sigan los tuyos.  De pronto todo es un campo ausente de dialécticas y charlas vacías de contenido. No importa más nada. ¿Acaso debería de importarnos algo más?

Mi respiración rebota contra tu cuello y aprovecho a inspirar el aire que retorna como un boomerang mezclado con tu perfume etéreo y dulce; intenso éxtasis que obnubila mis neuronas. Me mareo con el dulzor de la fragancia, y sin embargo mantengo las rodillas flexibles y firmes a la vez.

La penumbra del atardecer invade la cocina de mosaicos dameros, y le da a todo el lugar una pincelada de acuarelas anaranjadas. En la calle, los focos de los esbeltos palos de luz, empiezan a entibiarse casi con vergüenza, mientras las estrellas hacen lo suyo y van diciendo presente a medida que el cielo se ennegrece.

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Desastres existenciales

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Rene Stuardo

Escribo, respiro, resisto.

Puteo, exhalo, me pierdo. 

Mi vida es un desastre.

Es el nudo que no acaba de desatarse,

O de atarse con la suficiente fuerza.

Es la soga abandonada

En un rincón del galpón,

Olvidada y desvencijada.

Es la noche sin insomnio, pero con sueño,

Luego de querer emborracharme

Con el vino del postre intitulado “Promesa”. 

Mi vida que es un aire acondicionado frío-calor

Que hace saltar la térmica

Y enrosca sin piedad al medidor. 

El desastre sin puente, ni rotondas, 

Sin río ni frontera o camino.

Pero con un ventarrón que barre la bahía

Y deja la playa des-olada:

El mar sin olas, sin sal, ni espuma. 

La playa sin huellas ni poesía;

Este invierno cagándonos de frío. 

Y lo que es peor: 

El balcón de mi casa sin amaneceres,  

Con siestas tumbada de espaldas

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De ambos lados dos

 

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Proyecto Anti Selfie

 

“Si tan solo nuestros ojos vieran las almas en lugar de los cuerpos, cuán diferentes serían nuestros ideales de belleza.” Anónimo

Es lo que hay. Es decir… basta de fotos de perfil evitando que se vea todo el resto. Porque el resto es el 99% de lo que soy. Entonces… basta. Que la milanesa se vea de ambos lados dos: la parte quemada y la que tiene pinta de qué ricor. Da vuelta la tortilla, no la presentés sólo de arriba con el perejil de adorno.

Basta de aparentar un orden que no existe. Aún la naturaleza que es fucking perfect es desordenada. Esas fotos de paisajes de revista no existen, o sí, pero son capturas. Todas esas fotos son instantes frezados –ojo que amo la fotografía-, momentos en donde el aire no huele, el viento no existe, no vuela arena ni hay insectos, el agua no es fría, ni tibia o caliente. Escuché en algún lugar –seguro una de esas películas con críticas nefastas y aptas para todo público- que lo que se ve en la foto no es lo que te hace llegar, no es lo que te hace durar, no es lo que te hace amar.  La historia real de tu vida no está en las fotos, al menos que guardés las otras, y no te veo sacando una foto mientras discutís con el amor de tu vida –ni lo recomiendo tampoco-. Muchas de las fotos que guardamos son “uno dos tres diga whisky”.

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“La memoria es lo que resiste al tiempo”.

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Roland Okoń Photography

Mi querido compañero epistolar:

El tema central por estos días es el frío. Alguien me dijo hace poco que hablar sobre el clima rompe el hielo, y que hablar del clima en un ascensor es muy raro; aunque sospecho que también lo hacen. Me imagino a Dora del 4ºC hablando con Luciano de mantenimiento sobre el frío y sus vericuetos.

Estamos a cuatro días de romper un nuevo récord. En alguna charla intrascendente de principio de año leí que posiblemente vinieras para el 9 de julio. O yo tenía que ir a algún lado a mitad de camino. ¡Qué buenos somos para romper promesas, proyectos y planes! Deberíamos tener un diez felicitado en el boletín. Lejos de parecerme una catástrofe, y de sumarme a esas frases de rotisería del tipo: “si no pasa por algo es”, he aprendido a tomarme las cosas con calma, sin drama, sin apuro, sin insistencia, sin culpar al destino.

¿O será que ya no hay retorno?  Es posible, pero no me estaría sirviendo para mis escritos afirmarlo. Digamos algo que se parezca a la verdad: somos aquel libro abandonado en el fondo de la biblioteca, que ya no huele como antes y cuya hoja 33 aún tiene una frase subrayada: “Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción”.(1)

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El momento justo

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© Attilio Longhi

Nos encontramos en el momento justo.

No existe otro momento. Es ahora, cuando estamos despeinados, desordenados, exhaustos, indecisos o con demasiadas decisiones determinantes. Seguridades e  inseguridades aplastantes y demoledoras.

El momento justo para intercambiar lo que hay. Menú del día: hasta ahí y sin cruzar la línea, fideos blancos con queso. El momento justo para salir huyendo y volver al otro día por más: pedir postre. El momento de explorar dónde habitan la intriga y la extrañeza; ¿dónde está el hogar y dónde el extranjero?

El momento justo en el que uno duerme más cómodo en su propia cama, pero igual quiere explorar cada tanto cómo es viajar a tierras lejanas y menos cómodas.

El momento justo en donde la mirada se estaciona en una avenida abarrotada de tránsito y peatones; se apea del vehículo y ya no sabe a dónde iba.

Nos encontramos en el principio del otoño, cuando todo empezaba a morir junto con las expectativas de lo nuevo. Y aún así llegamos a este invierno que trae encuentros esporádicos entre los que hablan distintos idiomas. Nos encontramos en el momento justo para aprender que de la curiosidad y de lo distinto sale lo extraordinario, y que lo extraordinario si fuera diario sería insoportablemente ordinario.

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Fall… fall… fall…

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Liz Gilbert describe en uno de sus libros al acto de estar enamorado como rozar la panza de uno con la del otro y no querer dejar de hacerlo; intermitentemente, repetitivamente.

Si existen retiros espirituales para centrarse, meditar, estar diez días sin hablar; la etapa del enamoramiento sería un retiro para todo lo contrario aunque sin pagar pasaje terrestre ni aéreo.

Para muchos sonámbulos heridos, el enamoramiento y el amor –en caso de pasar al siguiente nivel-  se vislumbran como caminos largos y sinuosos, marcados por el miedo y la desconfianza. Miedo a ser, a no ser, a cagarla, a embarrarla, a que te dejen, a que pase, a que no. De pronto tu vida se convierte en un libreto existencial sobre esto mismo: el amor, el pseudo-amor, la calentura, el enamoramiento, el derecho, el no derecho, rozar sin ser herido, decir la verdad, querer descubrirla, ocultar, el futuro y sus posibles implicancias o desenlaces, la cantidad de capítulos; la libertad si se sostiene, si se coarta, la individualidad; el sinsentido de todo esto: de la propia vida y del amor.

Amar el reflejo de uno mismo en el otro o ser capo total y amar la extrañeza del otro para nutrirse, como dice Darío Sztajnszrajber.

Pero volviendo a la previa, en donde no sabemos si es o no es; más allá de que el rayo o la flecha de Cupido caiga o no, que emboque arriba de la cabeza o en el cuore, que llegue a tocar las profundidades, que uno se rinda, que se ponga voluntad; hay una serie de comportamientos inevitables.

Todo apunta a describir un período intenso: un curso de esos cortos en donde tenés que encajar una carrera de toda la vida en dos meses; un curso de milagros en donde el milagro real es no perder la cabeza; un entrenamiento de unas semanas haciendo doble turno para un ultra maratón; una cena un viernes a la noche luego de un plan desintoxicante atiborrando el cuerpo de salado y dulce, para luego volver a comer salado y así sucesivamente.

Estar enamorados parece ser una sucesión de hechos repetitivos en donde nada alcanza: ni el curso, ni la comida, ni las horas, ni un maratón de series en Nétflix. El tiempo se acorta y querés saturarte de la otra persona, porque sabés que nunca va a volver a repetirse semejante cosa. Y yo te diría que si te pasa, te saturés. No hay manera de poner el freno de mano a tanto ímpetu. Y si lo ponés, tu rodamiento va a quedar hecho pelota.

¿Viste esos días de viento en los pueblos con calles de tierra? La etapa de enamoramiento es cuando vuela tierra a lo pavote, y ruedan los cardos por el medio de la calle, esos que ponen en las películas del lejano oeste. La visibilidad es nula. Pero un día llueve, se asienta la tierra, dejan de volar cosas, y todo se ve claro. Se ve la belleza de tu pueblo, las bardas, el río, sabés que todo se queda ahí, y empezás a volver a tu vida de siempre, seguramente ya calmado y acompañado, pero sabiendo que es tu lugar. O… todo lo contrario. El paisaje no te gusta ni mierda, y decidís ir caminando y solo a tomar el colectivo.

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Verde intenso

La imagen puede contener: una o varias personas, océano, cielo, playa, exterior, agua y naturaleza
© Sergio Castañeira

Hay un camino recto en mi interior. Queda a mitad de cuadra. Una cuadra de un pueblo que no dice nada. La tierra envuelve las hojas de eucalipto caídas en el asfalto. Desde esa calle no se divisa ni el río ni las bardas. Me paro en la vereda de mi casa y veo el camino recto como si fuera un túnel. Ansío transitarlo pero me da miedo. Es verde, de un verde que no se divisa ni a cientos de kilómetros de estepa patagónica. Los árboles que orillan el angosto camino le dan sombra y color, el sol se cuela a través de las plantas creando rayos de luz mágicos.

Quiero huir por allí, cada día de mi vida, cada mañana que me levanto con ausencia de todo. Mi niñez muere prematuramente, y soy casi una mini adulta de diez años que quiere huir por un diminuto camino que no conduce a ninguna parte.

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