Buraco

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Me quedó un buraco en el pecho del misil que me mandaste.

Que puntería la tuya desestabilizar tanto mi mañana cuando yo estaba súper pancha, lejos, distante, segura, firme, amurallada, cobijada en la pseudo seguridad inmaterial que me dan los días grises.

Leí recién que el misil balístico intercontinental DF-5 desarrollado por los chinos recorre unos 13.000 km hasta dar en el blanco.

El tuyo no sé cómo se llama, pero sus megatones acaban de hacer explosión en mi pecho. Tanto que ha quedado un tsunami en el centro de mi ser, desplegando corrientes eléctricas y de destrucción masiva que salen por la punta de mis dedos.

Me pedís que te siga “amando” como hasta ahora. Y no puedo. No quiero. No quiero querer así, me resisto totalmente.  Porque eso es la media del amor. Y yo quiero amar en serio, sin censura, ni cortes comerciales.

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Bandera blanca

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Necesito levantar la bandera blanca, o el pañuelo lleno de mocos y arrugado que está en el bolsillo de la campera, da lo mismo. Que sea blanco, que sea tregua, que sea un stop, un pido gancho, un basta para mí, un no quiero más de esto. Necesito que la furia de la naturaleza abra un agujero en la tierra en este preciso instante y flotar sobre éste con vos, mientras nos abrazamos y empezamos a forjar la paz. Sí, como Luisa y Clark. Sí, te estoy pidiendo que volés conmigo.

Necesito firmar la paz con vos y que dure, dejar de odiarte, dejar de necesitarte con esta desesperación que me carcome y autodestruye, dejar de golpearte con mi corazón, dejar de luchar, de resistirte, de prohibirme estar con vos.

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Mamihlapinatapai

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Roland Okoń Photography

Me mirás. En una fracción de segundo mientras hablamos de boludeces crónicas, te brillan los ojos y los apartás. Te cacho. Creo que por eso tu mirada huye tan velozmente de la mía.
Me encantaría capturar ese momento y que te quedaras unas breves vacaciones viviendo conmigo. Mamihlapinatapai.
Los ojos hablan, pero ni vos ni yo estamos seguros de lo que el otro dice con la mirada. O sí, y nos da un cagaso bárbaro. Estoy desvariando otra vez.
Mientras lo pensamos -mentira, mientras yo lo pienso, para vos sería un desgaste de energía innecesario-, tratamos de focalizar en la charla que estamos teniendo.
¿Se puede confiar en un destello aislado durante una charla intrascendente?
Todo lo nuestro es, fue y será intrascendente. No tiene principio ni fin. Y sin embargo sigue pululando en este tiempo de nimiedades.
Sos como una enfermedad crónica para la que aún no se ha creado ningún medicamento que la aniquile. 


Me dolés en el codo, me dolés en la pierna, me dolés en el lunar que tengo en el hombro izquierdo, me dolés en la memoria de los sueños que tuve con vos y que pensé se iban a cumplir. Me dolés en el recuerdo del día en el que no estabas disponible para un abrazo. Me dolés en la noche que pasamos juntos, y en todas las otras que no. Me dolés en la confirmación de que ya no estarás nunca disponible para algo conmigo. Me dolés cuando decís que extrañás hacer el amor conmigo, cuando ya no hay gas ni calor ni humedad ni levadura para que el amor leude por estos lares. Cortaron todos los servicios mientras no estabas.
Te miro y parecés más viejo, más triste, más distraído, más lejos de quien pensé que eras, más lejos de quien yo quería que fueras. Tu sonrisa no termina de desplegarse, y no hay paisaje marítimo detrás que pueda arreglar semejante situación.
Mi problema no sería sonreír para la foto: puedo, quiero y lo logro. Saco la sonrisa de dónde sea, soy la mejor para mentir. Mi problema es que nunca quise escuchar el resto de los mensajes que me decías con los ojos opacos: todos tan claros y contundentes.
“No te quiero. No te quiero así como vos me querrías a mí.”
Bajás la guardia y vuelve a destellar un niño interior que se te escapa por los ojos. Mamihlapinatapai.
Para ser la palabra más concisa del mundo, es también la más indescifrable del mundo.
Si no querés que te quiera no me mirés más así.

Patricia Lohin

Mamihlapinatapai es una palabra de los nativos yámanas de Tierra del Fuego, conocida como la palabra más concisa del mundo. Describe “Una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambas desean pero que ninguna se anima a iniciar.”
Fuente: Wikipedia

Declaración de anarquía

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© Kyle Thompson

Eclipse de luna llena en acuario. Declaración de anarquía.

La luna se teñirá de rojo, rojo carmesí, como nuestros labios luego de besarse y besarse repetitivamente.

Me encanta esta palabra: repetitivamente. Mientras la digo siento un golpecito en mi corazón: es el latir de siempre pero más intenso. Es lo que surge de ese recuerdo: el recuerdo que se hace latir; el latir que galopa y arrastra la sangre velozmente dentro de las venas y arterias; el corazón que se agita y la luna que se tiñe de rojo.

En algún lugar de la tierra se verá al sol ocultarse detrás de ésta, y en esa hora y 42 minutos, desapareceremos como un núcleo llamado “nosotros” y pasaremos a ser vos y yo. Lo que parecía indivisible se divide, se parte, se quiebra.

Qué pocas ganas que tiene el sol de ocultarse detrás de esta bola de tierra en donde nos cuesta tanto encontrarnos, recordarnos, amarnos. Esa magnificencia, esa exuberancia, ese centro universal jugando a desaparecer detrás de una nimiedad que se sustenta a base de centros comerciales y autopistas congestionadas. Y en éstas, nosotros, insultando a dioses de cartón , manejando como locos, disolviendo mediante un mensaje de Whatsapp a esta ONG que nunca benefició a nadie, ni siquiera a nosotros. Nosotros:  repetitivamente cobardes, repetitivamente egoístas, repetitivamente fracasados. Y van …

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No sos vos, soy yo

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Empiezo a necesitarte.

La necesidad golpea al corazón de manera contundente y despiadada. No hay nada peor para un ser humano que necesitar. El fucking deseo que se saciará si te veo; si cuando te veo, veo que querés verme; si hay un tubo recíproco que se extiende desde la punta de tus pies hasta el rulo que siempre se rebela en el flequillo.

Algo duele.

Algo oprime.

Es la angustia que sube desde el estómago hasta la garganta, y ahí vuelve. Es un regurgitar constante y ácido.

Siento que a su vez el aire no entra por las fosas nasales. Estoy a punto de morir de ausencia. La novela enlatada made in Turquía se instala en la cocina de mi casa con música de fondo: una de esas bandas de sonido de una película de Hichcock.

Estoy atrapada en la desesperación. Quiero morirme pero soy cobarde. Quiero fallecer de amor pero la ciencia niega que semejante contratiempo pueda terminar con mi vida. Quiero dormir todo el día pero tengo que hacer.

El “tengo que hacer” me salva del querer trepar el acantilado y tirarme al mar justo sobre una roca. No hay mar ni acantilados por la zona pero eso sería un problema menor.

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Sala de espera

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by Igor Moukhin

El corazón espera. No te engañés.

Olvidáte de toda esa basura que te hace creer que vos lo dominás y lo controlás. Si querés manejar algo andá a sacar el auto del garage y date una vuelta por el centro.

El corazón espera a pesar tuyo, del tiempo, a pesar de todo; sin pedir permiso, ni mediar discusión o charla aclaratoria en el medio. Es una decisión unilateral.

Igual vos insistís y vas para otro lado,  detrás de tu cabeza y centenares de soldaditos, cada uno representando un pensamiento. Pensamientos que te llevan a donde caprichosamente tenés que ir: lejos de la incertidumbre, lejos del tal vez, lejos de la tormenta, lejos de los animales salvajes que nunca podrán encarcelarse ni domesticarse, lejos de quien sos.

La seguridad parece un cobijo, una cuevita donde buscar resguardo de la tormenta, una manta polar abrigadita. La seguridad parece una abuelita y en el fondo sabés que es el maldito lobo feroz, que viene a devorarte en modo reducción de tráfico de datos: lento, seguro  y pausado.

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El resucitador de canarios

La imagen puede contener: una o varias personas, calzado, cielo y exterior
© Alain Laboile

Acabo de leer que en un museo de Manchester se exhibe un artefacto utilizado por los años 1890 y posteriores para resucitar canarios.

En esa época se usaba a los canarios para detectar en las minas gases tóxicos que pudieran ser perjudiciales para los mineros. Luego de que el canario se intoxicara al borde le la muerte, y habiendo evacuado el lugar, lo introducían en el resucitador para darle un shock de oxígeno. Con suerte sobrevivía para seguir con su tarea.

Está clarísimo. Yo soy el canario y vos sos la mina llena de gases tóxicos. Lo bueno de esta historia es que soy un canario freelance, totalmente independiente, dueña de mis facultades mentales y del traslado general del corazón y de mi cuerpo hacia vos.

La atracción que ejercen sobre mí mil kilómetros de recovecos subterráneos, iluminados de manera precaria y esencial es inexplicable. Estoy en la lona, al borde del delirio existencial, enamorada de una mina sin oro cuando podría estar retozando con la panza arriba sobre el pasto de la plaza de la esquina.

Me ofrecés vacaciones en un lugar con escasez de luz, de comida, de oxígeno, sin lugares concretos por dónde circular, con riesgo de derrumbe, de accidente, de muerte, sin una salida concreta que quede hacia otro lado. ¿Si se sale por dónde se entró, hacia dónde vamos amor? Estamos en una trampa, no hay salida, no hay futuro ni construcción entre nosotros.

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