Golpe de estado

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–          Hoy es el último escrito.

 

–          ¿El último escrito?

 

–          Si, el último donde te uso como musa. Necesito escribir de otras cosas. No sé, sobre el calentamiento global o el ahorro de energía eléctrica, por ejemplo.

 

–          ¿Y por qué harías semejante cosa?

 

–          Porque estás colonizando mis letras.

 

–          ¿Y en qué planeta puede eso ser malo?

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La gota de agua

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Elliott Erwitt, 1981

¿Cómo se hace para repetir el punto justo de la temperatura ideal de una mano que toca a la otra?

¿Cómo se hace para beber un elixir venenoso al mismo tiempo en el que uno se inyecta material anti ofídico?

¿Cómo se hace para resguardarse y entregarse intermitentemente?

Cae la gota sobre la hoja, y desde la hoja vuelve a caer por el tronco del árbol, hasta que se desprende al fin y se disuelve en el espejo de agua circular que hay sobre el cordón de la vereda.

Hora: 15 p.m.

¿Cuántas gotas de agua se funden en un espejo circular a las 15 p.m. de una tarde de mayo?

Para ser otro día es una hora cualquiera. Una voz en off sale de alguna esfera paralela al cuerpo, hace una revolución dentro de éste y nos hace un plantón: stop a las intervenciones del  cuerpo, no más cerrojos, cuerdas, esposas, nada que ate, contenga, suprima; que vuele, y que vuele alto. Es la hora en el que se suspenden los cálculos y errores de cálculo, nada de dedos escondidos detrás de la espalda,  especulando resultados absurdos de una ecuación de la cual ni Einstein tiene el resultado.

 

Hoy los genios somos nosotros, sueltos como dos chicos que se escapan a la hora del recreo. Urge. Suena la sirena. Suena la alarma. Suena el celular. Suena la campana para volver a clase. La gota está a punto de lanzarse y de estallar contra otras gotas de agua que unidas forman un charco. Hora de hacerse la rata y de jugar hamacándonos repetitivamente en una soga con una cubierta hasta lanzarnos al río. No más guerras inciviles entre el deseo y la mente.

En un microsegundo hacemos todo: nos escapamos, nos hamacamos, nos lanzamos, volamos y nos fundimos en el agua.

 

Patricia Lohin

Sin embargo

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Alessio Troretoli

No extraño nada, sin embargo deseo todo.

La mañana está rara. Una mujer abrió su paraguas en mi calle. La observo y observo el cielo. No estoy segura si se está protegiendo del agua que puede llegar a caer en un rato o de las hojas que efectivamente llueven sobre la vereda.

No extraño nada. Deseo todo. Deseo la lluvia torrencial, que deje de amenazar y que llueva de una puta vez. La incertidumbre de un posible desenlace altera las fibras íntimas que duermen debajo de mi corteza cerebral.

Deseo la mirada que sabe a dónde va. Que mire, que se clave, que quiera quedarse a vivir. El café sale tibio y lo tiro en la pileta. Vuelvo a calentar el agua, esta vez que hierva como en el mismísimo infierno, que queme, que tiemble dentro de la pava, que el vapor salga furioso sin poder contenerse, que la tapa haga ruido; que sea como un volcán que rompe en erupción sin amenazas previas; el león que ruge y ataca.

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En el limbo

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Eleni Mahera

–        ¿Entonces? ¿No nos veremos más?

–        Uff. ¡No sé! Me estás preguntando cosas que desconozco.

–        Ok. Es que me vuelve loco tu manera de ir y venir. Nunca sé si estás yendo, viniendo, olvidando, recordando. No sé si te vas a quedar un rato, por un café o por una siesta.

–         … -suspiros-.

–        Necesito saber.

–        Yo también, antes necesitaba saber todo. Quién, cómo, cuándo. Y hoy la verdad… esto es lo que me sale. Llegar, sentirme atraída y cómoda. Luego huir, refugiarme en mí, sentirme segura de nuevo.

–        ¿No te sentís segura conmigo?

–        No.

–        … – gruñido-.

–        ¿Viste cuando pasás la mano por arriba de la hornalla encendida? Lo hacés rápido y no te quemás.

–        No sirve.

–        ¿Perdón?

–        Tu dialéctica. No sirve para una mierda.

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Las simples cosas

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© Eleni Mahera

“Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida,

Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas,

Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,

Que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.”

Canción de las simples cosas – Armando Tejada Gómez

Volver. A los lugares que amó la vida. Donde amamos juntos la vida. Al lugar donde las tardes de domingo nos encontraba degustando millones de sabores. Otoños incandescentes, con las copas amarillas de los árboles acaparando la atención desde las ventanas de la casa del barrio de La Boca. Vos sentado en la diminuta cocina, con las piernas cruzadas; mirando cualquier cosa y yo armando algún menjunje que fuera glorioso para tu paladar. Saber lo que te gustaba, imaginarlo, crearlo; sorprenderte con nuevos gustos y nuevas caricias. Reír sola, contagiarte, reír juntos. Amar tu sonrisa. Conocer el universo de tu rostro, tus muecas, conquistarlo. Pasar el dedo por tu frente y bajar hasta tu nariz.

Volver a batir los huevos. Decidir hacerlo, y sacarlo del horno como si fuera un regalo cósmico, hacerlo realidad en tu boca que luego se juntaría con la mía creando nuevos elixires.

Jugar a la casita, dormir la siesta, salir al patio, salir a dar la vuelta al perro, salir a pasear al perro.  Acostarse y hacer eterna la guerra del amor entre las sábanas. Bañarse juntos, y volver a calentar el agua para el mate, volver a calentar los cuerpos, volver a calentar el agua del termo tanque. Volver a acostarse y esperar al próximo domingo. El próximo tal vez saldremos a amarnos más.

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Son tiempos difíciles para los soñadores.

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Amelie – Movie

“Son tiempos difíciles para los soñadores”.

Así reza el cartel de cartón pintado con tiza que yace a los pies de un indigente acostado en plena peatonal de la ciudad.

Es feriado. El sol se refleja en los adoquines. Los turistas van y vienen tratando de captar carteles con ofertas y descuentos. Nos chocan varios, con las bolsas de cartón repletas de nimiedades.

A pesar de que estamos silenciosos, te doy la mano. Siento en tu mirada una resignación peligrosa. El silencio es la música que pesa desde que nos levantamos. Siento la premonición en la base de mi nuca. Siento el final.

Más adelante me preguntaré por qué querías pasar este día haciendo como si nada. Y por qué me permití pasar ese día como si nada.

Siempre me llamó la atención algo que las personas mayores me cuentan: sobre el final, cuanto más grandes -sobre todo aquellas que superan los ochenta años- los recuerdos de la infancia se vuelven más nítidos y la memoria reciente comienza a evaporarse.

Lo mismo me pasó ese día. De pronto olvidé todo lo que estábamos viviendo este último tiempo. Y empecé a vivir nítidamente nuestros inicios.

Me enamoré a primera vista. Eso no existe. No puedo explicarlo, no tiene bases científicas, no es razonable enamorarse de alguien que no se conoce más que de vista, de quien no se sabe su nombre, ni su edad o preferencias. Escuché tu voz, vi tu estampa y me pareció conocerte de antes. Otro de esos clichés que nos cuentan en esas películas romanticonas y baratas.

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Los poliamorosos

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Imagen: theacademynewyork

….

– Necesito saber.

– Es que hay cosas que no sabemos aún.

– Tengo miedo.

– Te ofrezco un juego. Es con fichas de colores. ¿Te gusta el rojo? ¿O preferís las azules?

– Mmm… yo quiero usar las fichas del color que me pinte en el momento. Si querés te dejo las rojas a vos y yo uso todo el resto. Ahora decíme posta: ¿Cómo es eso del juego? ¿Hay un ganador?

– No. Estaríamos ganando los dos.

– Ah, pero qué aburrido…

– Bueh! Lo mejor del juego es que tenemos que usar la creatividad. Y seguir las reglas. Cualquier ficha que incumpla una regla sale del tablero.

– ¿Y para qué sirven las reglas? Si vos decís siempre que las reglas se inventaron para romperlas. Me confundís.

– Tenés razón. No me funcionan las neuronas hoy. A ver…. Y si en vez de reglas… ¿le llamamos contrato de C y A?

– ¿Y quién escribe ese contrato?

– ¡Nosotros! Daleee. Empezá vos que yo anoto.

– Uno: No me mientas.

– Dos: No me ocultes verdades.

– Tres: Ambos podemos salir de este tablero a jugar en otros tableros.

– Cuatro: ¿te parece si seguimos después?

Patricia Lohin

Te dije…

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© Nádia Maria

– Te dije…

– Lo sé.

– ¿Entonces? Si te avisé en varias oportunidades….

– Lo siento. Es que quise saber.

– ¿Saber qué?

– Cómo era sentir de nuevo.

Soy una vasija quebrada, vuelta a pegar, vuelta a caer. Estoy sobre el canto rodado, en un bajo del río. El agua me penetra, intermitentemente, insistentemente. Aún no entiendo si limpia o ensancha aún más las grietas. Temo romperme tanto que de la vasija no quede nada. Algunos caminantes pasan por la ribera del río, y mientras juntan piedras redondas negras y blancas me ven. Nadie se anima a entrar y llevarme. Temen la corriente, las piedras, la caída, el frío del agua, la intensidad, la profundidad, o que mi material se desintegre y termine mezclado con el lodo del fondo del río. Ese lodo que, cuando éramos adolescentes y lo cruzábamos caminando se adhería a nuestros pies como pegamento. ¿Te acordás Darling?

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© John Giannatos

“A veces uno amanece con ganas de extinguirse.” Cortázar

 

Estoy triste.

Es raro perder algo

De lo que no se ha usufructuado nunca.

Tal vez –otra vez esta puta palabra-

El “algo” es tan intangible

Como un pensamiento.

Algo que existe en la medida

En que lo rumiamos.

Dejé de rumiar

Y empecé a sumar.

Hice dos más dos.

Y en vez de darme cuatro,

Me dio mil doscientos ochenta y uno.

Mil doscientas las veces que pensé en vos.

Ochenta las que me quedé con las ganas.

Una la vez que me fui.

Patricia Lohin

Con alas y halos

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© Eleni Mahera

Hay personas que llegan a tu vida por un rato o para toda la vida. Dentro de los que llegan para toda la vida, muchos no estarán con vos los 365 días del año. Vendrán cada tanto, te abrazarán fuerte -muy fuerte-, podrás estar con ellos luego de mucho tiempo y sentirte como en tu casa, no hay hielo que romper porque todo fluye, hablás boludeces hasta la madrugada y te reís de los mismos disparates. Otras, aunque no están cerca físicamente, trascienden en el tiempo. Con ellos tenés escondites que con otras personas no. Escondites donde no llevás máscaras, no tenés que aparentar, ni cuidarte con lo que decís o expresás, el miedo es un exiliado que se fue a otros universos. Casi siempre una de las primeras oraciones que uno intercambia con ellos es “extrañaba tanto ser yo mismo, ser yo mismo con vos”.

Son más indispensables que los ángeles de la guarda, más imprescindibles que el amor de tu vida, más necesarios que la luz, el aire o el agua. Vienen a rescatarnos cuando nos perdemos, a cuidarnos sin pedirnos nada a cambio. Tienen alas y halos. Nos recuerdan cuando nos estamos traicionando, cuando nos apartamos mucho de nuestra esencia. Nos llaman con un susurro si nos vamos muy lejos de casa, para que volvamos a ser. Vienen a decirte que no te conformes. Son el asilo de nuestras almas.

Hay días como hoy, en los que me levanto con una de esas voces que me dice algo, y de pronto todo es tan claro que no hay vuelta atrás. “Darling” es una de esas personas.

Darling:

Acabo de leer por ahí algo que dice que “Optimismo es un amor a distancia.”

Tenemos tantas preguntas abiertas y no caben en un libro, creo que no caben ni siquiera en una biblioteca. Ayer mismo me debatía entre varios conceptos del tiempo. Hoy me debato entre varios conceptos sobre el término distancia. Las distancias que nos ponen y que ponemos para no desnudarnos.

Fuimos y somos –vaya si fuimos- un hermoso ejemplo de que la distancia no existe. De que se puede abolir incluso si no hay Wi-fi, si se cae el sistema de Whatsapp o si Facebook es vendido a los talibanes.

Fuimos antes que todo eso, y no sólo sobrevivimos, estamos más que vivos. Podríamos protagonizar una saga completa de alguna serie de culto. Somos invencibles, eternos diría Serrano. Cualquier territorio es conquistable, cualquier revolución posible. Que levanten la mano cuántos soñaron una misma noche uno con el otro y amanecieron abrazando una almohada. ¿Usted señor? ¿Y a quién le vendió sus sueños?

Los recursos son infinitos y caen multiplicados desde el cielo, sólo para nosotros; aunque hoy no los usemos. En nuestros años más intensos fuimos dos que rompieron todos los patrones, reglas e ítems pelotudos preestablecidos. Barrimos con todos los límites, incluso corrimos de lugar la línea del horizonte, lo hicimos ondulado y eléctrico, como si fuese un electrocardiograma; planchamos el mar para dormir sobre él tapándonos con el firmamento. Fueron mil y una noches, mil y una vidas en una noche.

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Tic Tac

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Romy Schneider and Alain Delon at home in tancrou in 1959 • Michel Brodsky

Es lunes y me despierto con el recuerdo de haber leído por ahí que a José Saramago le molestaba el ruido de los relojes. El escritor encontró una solución que derrite a cualquier escéptico del romanticismo: paró los relojes a las 16:00 hs, momento en el que vió por primera vez a la que sería su compañera por el resto de su vida:

“Es la hora en que Pilar y yo nos dimos cita por primera vez. Pilar es el centro de mi vida desde que la conocí hace 17 años. Fue idea mía parar los relojes de esta casa a las cuatro de la tarde. Eso no significa que el tiempo se haya quedado ahí, sino que es como si el reloj marcara la hora en la que el mundo empezó.”  – Entrevista Rosa Miriam Elizalde, 2003.

Escribe  Antoine de Saint-Exupéry en “El Principito”:

“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz. A medida que se acerque la hora me sentiré más feliz. Y a las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, no sabré nunca a qué hora vestirme el corazón… Los ritos son necesarios.”

Pero… hay horas que se desconocen, hay certezas que no sabemos si existen, o cuándo estarán por llegar, si es que llegan. Queremos adivinarlas, conquistarlas, hacer predicciones, tener premoniciones… pero el tiempo y la realidad escapan a todo eso. Hay ritos que nunca tendremos, porque simplemente desconocemos cuál será la hora en que vestiremos el corazón.  Habrá que saltar y vestirse con lo primero que encontremos a mano.

Lunes 19 hs.

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Naves quemadas

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© José Luna

“Porque vivir  es navegar tras un espejismo detrás de un abismo sin vuelta atrás.” Luis Eduardo Aute

Perdón la demora. No estaría llegando. Me he demorado, desviado, detenido, paralizado. Aunque según desde donde se mire la situación también pude haberme adelantado. El caso es que no la emboqué con esto del timing.

La próxima vez me colgaré de las agujas del reloj, en un intento desesperado por lograr esa mentada sincronía entre el momento adecuado y yo. El momento adecuado y vos. Tal vez me deslice por la aguja que marca los minutos y caiga de una buena vez sin medir las consecuencias. Tanto pensar y mis pies quedan trabados en el eje que sostiene el movimiento del universo, mientras yo alucino que estoy estática.

Las estaciones de trenes –desérticas, quebradas, abandonadas- son plantaciones de vagones con asientos de cuero resquebrajados; aunque los vagones de carga se han transformado en lofts para quien necesite cobijo, siesta y calorcito.

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Azúcar a punto caramelo

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“Hay historias terminadas que ciertamente no se terminan nunca y la noche las cobija. Las hace parecer ciertas. Posibles otra vez.” Lorena Pronsky

Darling:

Qué peligrosas son algunas noches solitarias con olor a azúcar a punto caramelo para el flan. Suena la playlist que armé para nosotros: el Nano canta para Piel de manzana.  Me cobijo en el tema como si fuera una manta norteña tejida en telar: pesada y colorida, con olor a tu perfume mezclado con el mío.

Entre la música, el aroma de la cocina y tu recuerdo me siento como en casa, estando en mi casa. Una casa de naipes a punto de derrumbarse, armada a pura fantasía. Cierro bien las puertas y ventanas.  Quiero evitar cualquier corriente de aire y habitarla un rato más. Que dure, que no se desvanezca, que luche por mantenerse en pie. Alguien que luche ya que nosotros nos hemos rendido.

Un aire tibio baja desde el cielorraso hasta el sillón donde estoy acostada. Creo escuchar tu voz leyendo el último escrito que me mandaste. Qué manera que tenés de habitarme con tus palabras.

Tu voz me acompaña mientras me bajo del auto y entro a la biblioteca. Llueve torrencialmente, y la galería repleta de plantas y enredaderas es una sinfonía llena de gotas que crean toda clase de notas musicales. Busco un libro para vos, algo enroscado y lleno de cuestiones filosóficas, que leerías en el recreo repleto de ausencias. Un Principito dibujado en la pared se ríe de nosotros. El libro que llevo en la mochila habla de dos que intercambiando nombres llegan a un lugar que nunca compartieron con nadie más. ¿Te suena? Tan nosotros…

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Luna en Tauro

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© Sanna Sjöswärd

Que sea verdad el sol que se despierta y se refleja en los cristales de los edificios, en las hojas doradas del otoño, en los parabrisas de los autos que salen para la escuela o el trabajo.  Que sea verdad el sol que se extiende  como un espejismo en la continuidad de la ruta recta que cruza la Patagonia, mientras apoyo mis pies en el tablero y parloteo sobre el libro que estoy leyendo mientras suena Dylan.  Que sea verdad el sol  que acaricia mi espalda mientras corro, el que rueda sobre la línea que divide el campo del cielo hasta despegar, y que me acompaña desde el amanecer hasta el mediodía, haciendo que me olvide de mí misma.

Que sea verdad tu valija, que abrirás para sacar la remera que me pondré por la noche para deambular por la cocina, mientras busco algo para tomar y vuelvo a la cama. Que sean verdad tus promesas no dichas, tus expectativas no puestas sobre la mesa al lado de la taza del café, que sea verdad la incertidumbre y lo que no sabemos, que el no saber abra todas las puertas y ventanas. Que sea verdad el vapor que sale de nuestras bocas un domingo por la mañana al asomarnos por el balcón que mira embelesado las sierras, con la punta de la nariz congelada y  las manos tibias entrelazadas.

Que sea verdad la palabra escrita, la caricia que se demora un poco más en la mejilla, la mirada que devora, la humedad de mis ojos, otras humedades, tu abrazo que anula las distancias del tiempo y crea uno nuevo en donde no existe más nada.

Que sea verdad que estamos del mismo lado, que nos entendemos en este lenguaje mudo que sale por los poros; que sea verdad tu mirada reiterativa, cómplice y repitente sobre la mía, que sea verdad que fuimos, que somos.

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15:15 p.m.

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Fotógrafo Henri Bresson

15:10 p.m.

Suena la alarma.

Postergo.

15:15 p.m.

El vecino comienza a maltratar a su perra.

Cada palabra que suma a sus gritos sale disparada con mayor furia que la anterior.  Lo imagino apretando los puños y los dientes. Endureciendo cada parte de su cuerpo, desde la nuca hasta los dedos de sus pies, escupiendo fuego por sus ojos y saliva de su boca. Su boca que es un arma, sus palabras que son municiones. Cada una de éstas me mata lentamente y me lleva a lugares a donde no quiero volver: mi niñez, el patio, la casa sin medianeras, los gritos, el paredón del fondo, yo acurrucada -nunca lo suficientemente lejos-, como un perro que no sabe huir de su amo.

Me estremezco. Mi piel se eriza y meto la cabeza debajo de la almohada, como cuando era chica.

Se escucha un aullido lastimoso. Aúllo lastimosamente.

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Dos días te toco, el resto te sueño.

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Same time, next year (1978)

Tenemos una cita.

Dos días al año. Dos de los trescientos sesenta y cinco días o trescientos sesenta y seis en años bisiestos.

Vendremos a la cabaña de la villa donde nos conocimos la primera vez, sin siquiera pensar que alguno de los dos pudiera faltar. Año tras año, el último fin de semana del mes de junio.

Alguno de los dos llegará primero, y pondrá la leña en la chimenea; correrá las cortinas desde donde se ven los acantilados hacer espuma junto a las olas del mar, observará las nubes jugueteando con el viento, mientras el reloj marca el compás de la espera. Luego, abrirá el bolso de viaje, y acomodará la ropa en los cajones.

Este año yo llego primero. Abro la valija y saco un libro que está cuidadosamente envuelto. Lo dejo sobre la mesa que está al lado de los sillones. Tiro con descuido el abrigo sobre la silla y me asomo a la ventana justo en el momento en el que te veo llegar en el auto. Me pregunto si somos extraños o conocidos, si te gustará tocarme nuevamente, si me verás más vieja o cansada, si tardaremos mucho en romper el hielo, o si no hay hielo esta vez. Me ves parada detrás de la ventana y una sonrisa tuya alivia mis desvelos.

Mientras te observo en tu ritual de bajar cosas y acomodarte para entrar, pienso en cómo sería necesitarte. Algo que nunca me he permitido. ¿Cómo sería desear un abrazo tuyo, pedirlo, tenerlo? ¿Cómo sería pedir y tener, dar y recibir? ¿Cómo dormir otros días del año con vos, o sacarte una sonrisa, un abrazo o un guiño a cualquier hora del día, cualquier día de otros meses?  ¿Cómo tener un domingo libre e ir al banco de la plaza a estirar las piernas y filosofar sobre la cantidad de palomas que anidan en los edificios históricos? ¿Se diluiría esto que nos pasa al hacerlo repetitivamente? ¿Se terminarían el misterio, la pasión, las ganas?

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La llave de la vida

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© Małgorzata Wakuluk

Por estos días alguien pregunta si este es el mundo donde queríamos estar.

Yo sí, respondo. Yo sí. No quiero estar en ningún otro lugar, ni época, ni contexto. No quiero retroceder ni saltarme nada.

Mientras… nosotros hablamos de comidas, de actividades, de compromisos, de citas, del tiempo que sobra, que falta, que apremia, que pasó… breve sino no alcanza; extenso sino alcanzamos.

Ser alcanzado por la incertidumbre. Escucho tu dialéctica, estudio tus gestos, el ritmo pausado o acelerado de las palabras que acentúan una “s” sobre el final. Creo conocer algunas de tus inflexiones vocales. La voz resulta ser la melodía por donde se filtra descaradamente el humor -bueno, malo o chotísimo- , el cansancio, la alegría, la sorpresa. Estoy prestando atención.

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Que sea blues

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Tumblr

Tu figura se desvanece sobre el reflejo de las luces de la calle sobre el asfalto. El asfalto está mojado por esta lluviecita pendenciera y hace que los neumáticos hagan ruidos con “efes” y “erres” mientras circulan por las calles céntricas. Varios vehículos han pasado ya por donde te fuiste. No quedan rastros tuyos en esta ciudad y las esquinas ya no son más la vuelta de nadie; sino simples formas redondeadas que sirven para dar comienzo a otra cuadra, a otra casa, a otras puertas y otras historias.

Aún mantengo esa curiosidad atrevida e invasiva de siempre. Camino por la vereda esquivando baldosas flojas, mientras busco ventanas que me permitan espiar vidas ajenas. Verlos mientras comen, o mientras están desconectados cada uno en sus puestos de comandos, ajenos a la cercanía del otro mientras se dejan iluminar por las pantallas planas de celulares y demás tecnologías aledañas. Soledades sentadas en un sillón bajo alguna lámpara de pie, con los pies cruzados, escuchando algo de fondo. Voy por las calles como una cazadora, buscando esos dos o tres seres que se miran y se tocan, aún estando a unos pasos de distancia. Conexión lo llamaban antes. Ahora se llama Wi-Fi.

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Mañana

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Jean, (1937) by Max Dupain

Mañana lo intentaré de nuevo.

A eso de querer ocupar cinco minutos

De tu universo personal.

O ir de visita por el laberinto interminable

Que forman tus pensamientos.

Perderme entre tanto zigzag,

Pregunta, disonancia y elucubración.

Encontrar la salida sin hacer mucho ruido,

E irme de improviso y sin despedidas.

Mañana lo intentaré de nuevo

A eso de cruzar las piernas sobre el sillón

Donde se acostó el tibio sol de la tardecita

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Divagaciones de mayo

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Pinterest

Nos vamos midiendo a ver quién  tiene más. Más coraje, más miedo, más velocidad, más inventiva, más colores, más oportunidades, más cielo, más inicios, más constancias, más juventud, más amor, más paciencia, más tiempo, más capital de cualquier tipo: material o del otro.

El cielo del segundo día de mayo se presenta cubierto e incierto para tantas preguntas tiradas al aire, sin embargo el estado general del corazón por estos lares es soleado, y el estado general de la mente es alerta con probabilidades de tormentas pasajeras, como siempre, porque ¿qué sería de una mente sin tormentas?

Mientras las nubes se apegan al concepto de nublado para todo el día, nosotros nos apegamos a las estructuras que mueven nuestro ser y lo han movido desde siempre: el deseo, el miedo al deseo, lo cercano, lo lejano, la verdad perseguida hasta ser acallada, los poros dilatados para que salga el anhelo reprimido por los siglos de los siglos, las máscaras faciales para tapar esos poros. Matemos al deseo que nos está cagando la jornada.

Nos fundimos entre el deseo de ser y no ser, de salir o no a la luz, de decirlo o callarlo. La ambivalencia resulta otro factor meteorológico que no deja de joder: que llueva de una puta vez o que salga el sol.

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Okupa

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© Michele Bartalini

Tengo tu nombre habitando mi garganta.

Inmóvil, presente, intenso;

Casi mudo e imperceptible,

Aunque a punto de estallar.

Es un okupa, un ilegal, un extranjero

Que ha podado la frontera

De enredaderas con campanitas violáceas

Y ha construido una escalera roja

Para poder traspasarla y habitarme.

Tu nombre suena como un ronroneo,

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