El hada de los falsos escritores

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Hace un par de años fui acusada –injustamente debo decirlo- por una de mis musas inspiradoras, de determinar la realidad mediante mis escritos. Es decir, yo escribía y el hecho descrito ocurría. De modo que tanto poner amor imposible por aquí y por allá, Aladino mismo salió de la lámpara a frotarla, harto y súper harto  de que tanto descreimiento colectivo por la fantasía lo dejara sin potenciales clientes frotadores. Es decir, salió, frotó y se cumplieron mis profecías apocalípticas literarias.

Con un par copas de vino estoy casi en posición de afirmar que la posibilidad del arte surge muchas veces de las imposibilidades que se nos presentan en la vida. Seguramente éstas mismas muchas veces sean obstáculos para avanzar, ya que nos obsesionamos con darle tantas vueltas que terminamos haciendo una tesitura de la imposibilidad. Llegada a esta instancia te recomiendo dejarla ir en el fueguito del invierno, ahorrar gas y nutrirse de cosas nuevas. No es de buenas maneras seguir llorando sobre la vasija rota.

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Cuenta cuántos….

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© Rhamely

Cuenta la mano los lunares

Aguerridos en el firmamento

De mi espalda.

Cuenta el reloj tic tac- tic tac

Los minutos que faltan

Para conquistar otros territorios

Por asalto y a mano armada.

Cuenta el corazón los latidos

Que hacen dejar tu país

Y venir al mío,

Aunque sea un ratito. 

Cuentan los labios

Uno, dos, tres…

Hasta disolver la distancia

Entre tu boca y la mía.

Cuenta el día las horas con ganas

Que no  pueden

Y las horas que pueden

Sin ganas.

Cuenta el deseo

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Instantáneas

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© Rhamely

Atardece y yo amanezco luego del amor y una siesta. La habitación luce anaranjada y sobre mi lado de la cama las sábanas tibias reclaman tu ausencia provisoria.

Remoloneo mientras me detengo a contar los mil y un frascos y adornos que hay por doquier. Trofeos de viajes. Pienso en una revolución que haga espacio visual, luego me río y dejo todo como está. Más de lo tuyo, más de lo mismo. La esencia en cada rincón. ¿Por qué abolir el desorden?

Me levanto y descalza me voy envolviendo en una manta. Paso por el espejo del pasillo e intento acomodar  mis rulos. Más alboroto al caos existente. Dejo la cocina detrás de mí y voy hacia la estancia que hay al fondo de la casa. El silencio de la tarde me envuelve, me emociona y estremece.  Siento correr el agua en algún lugar del patio. El resto es el silencio que lo llena todo.

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El abrazo

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“En tu abrazo yo abrazo lo que existe, la arena, el tiempo, el árbol de la lluvia.”

Pablo Neruda

 

Amanece.

El cielo comienza de nuevo.

Sobre  la mesa de trabajo

La caja de óleos

Despierta inquieta.

El lienzo refleja

Dos amantes que se abrazan;

Destilan violentas líneas

En colores estridentes.

El abrazo amalgama

Las fronteras de los cuerpos,

Y por un instante

El universo es uno sólo.

El pintor acaricia

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Luna en Aries

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Talla la lapicera

El relieve sobre la hoja en blanco.

Palabra sobre palabra,

Catarsis existencial.

Salen a borbotones,

Oraciones despiadadas y certeras.

Sincericidio brutal.

Final y principio, principío y final

De una carta no enviada.

Final y principio, principío y final

De una historia no contada.

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Las locas ganas

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Las locas ganas

De que me parta un rayo,

Me pise un tren

O me tropiece mortalmente

Con una baldosa.

Es lo mismo.

Me pierdo en el espejismo

Que me brindan los días de otoño.

Sigue el río

Su curso bravo,

Sin poder decidir

Más que morir en la boca del mar.

Beso sobre beso

Así empieza todo,

Así muere todo.

Extiendo un mantel blanco

Sobre la mesa redonda

Que está en el balcón.

Lleno mi copa

Y la alzo teñida de borgoña

Hasta que la luz del faro de la calle

Me ilumina a través del vino;

El vino dentro de la copa.

Mis manos en la copa,

Las tuyas en los bolsillos. 

La luz despierta mi pupila

Que otrora descansaba en la tuya.

La pupila dentro del ojo,

El ojo que no ve. 

Las locas ganas

De que sea vino,

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La doceava mañana del mes de abril

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Steve McQueen and Neile Adams

Me rindo.

Dejo de querer forzar encuentros

Y desencuentros.

O de  querer alinear

Los tarros con especias

Que quedaron sobre la mesada.

Que me invada el desorden

Que trae el viento

Que alborota las hojas 

Que bailan sobre la vereda.

El viento me despeina

Al igual que las mil vueltas

Que doy alrededor de la luna….

Vueltas de un lado al otro de la cama.

Mi cama es una licuadora.

Me despierto con la palabra en la boca,

Con el beso en los labios,

Manos abiertas que reciben,

Y un licuado verde

Que trae clorofila, rendición,

Asombro e incertidumbre.

El miedo cae por la borda

Justo después de que mi carcajada.

Rompiera los cristales y los moldes

Donde poníamos la arcilla para los cuencos

Donde serviríamos la cazuela el domingo.

Tendremos que buscar platos hondos.

Me rindo.

Dejo de conspirar.

No hay a favor ni en contra.

Esta revolución se parece cada vez más

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272 pasos

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Te vas.

Una tormenta de viento

Altera la noche silenciosa.

Luego se instala

-Rítmica y persistente-

La lluvia.

Lluvia e insomnio:

Dos ritmos de jazz.

Mariposas blancas apoyadas

Sobre las almohadas desordenadas

Me acompañan en mi ritual

De revisión de instantes

Ya transformados en recuerdo.

Recuerdos y aromas.

Quisiera volver.

El tacto explora la piel adormecida,

Y los colores que ahí nacen,

Hacen estallar confetis de estrellas sobre un lienzo.

La nocturnidad me trae el eco de tu voz,

E intento acurrucarme en el acento final

Que le das a tus oraciones,

Pero el sueño no llega.

La lluvia ya lavó los 272 pasos

Que hay desde tu puerta a la mía,

Las hojas,  que a la hora de la cena crujían

Ahora se adhieren húmedas

En los bordes de las aceras,

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La eternidad de tus facciones

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Whispering Pines – Jeremy Lipking

No importa si cuando llama el amor
yo estoy muerta.
Vendré.
Siempre vendré
si alguna vez
llama el amor.”
Alejandra Pizarnik

Sábado. Uno más en mi haber. Una incipiente irritación sube por mi cuello y me ahoga a tal punto en que sólo quiero huir de aquí, abandonar la ciudad, abandonarme a mí misma y dejar de existir de la forma que soy ahora.

Saco una hoja en blanco para escribirte,  pero interrumpo el breve inicio de la acción sabiendo que mis palabras están muertas antes de nacer. Porque nunca las leerás, ni danzarán en tu mente mientras hacés esa mueca que se asemeja a una sonrisa torcida. Se ha hundido la vaga esperanza de inquietar tu mente o de alborotar tu alma.

Se cortó el hilo conductor que me sostenía a la creencia sutil de encontrarte sobre el fin de semana, tal vez sobre las veintitrés horas de un viernes o al inicio del sábado, y aspirar a llegar a éste con la felicidad de la concreción material de tocar tus huesos y saborearte como a un cóctel,  y no con este absurdo de hoy que me hace seguir esclavizada a sueños imposibles.

Es otoño. Cede la irritación con el compás de las tareas, y me agobia el falso bienestar de la rutina. El día cae por su propio peso. Caen las hojas, caen las gotas de la lluvia  intermitente, el atardecer cae también junto con las prisas, las luces diáfanas de la ciudad se disuelven en el horizonte.  El día se hunde agonizante.

Es abril. Es sábado sin vos, desabrido, desolado, amarillo, apacible, silencioso, tibio; destemplado como el primer frío sin manta o cobertor.

Sobre la hora en la que caen las estrellas, me tiendo en el sillón y con mis piernas en alto, saboreo una bebida espirituosa que empalaga mis labios, enciende mis mejillas y adormece mi alma. De mis ojos se derriten lágrimas que mueren en la comisura de mi boca.  Mi boca frágil y desértica.

Afuera todo el mundo huye, algunos de sus trabajos, otros de sus hogares, de deudas contraídas y de promesas incumplidas. La vida cae por su propio peso pidiendo rendición de cuentas, y de este acto también queremos ausentarnos, como si fuera posible tal cosa.

Tal vez me duermo, pongo en off mi filosofía de cuarta. Tal vez sueño, tal vez recuerdo o invento nuevos eventos pasados sobre nuestra existencia juntos.

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La escena del crimen

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© Renée Revah

La tarde huele a vacío.

Muere la intimidad

Enredada entre sábanas frías.

La cama apenas destendida

Es un campo de batalla sin guerreros.  

Un lecho donde acostarse

Como quien espera a que pase la vida.

Sin balas, municiones, candor,

Fuego, rebelión, ni revoluciones.

La cena fría sobre la mesa,

El vino barato y tibio sin terminar.

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Café con leche

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© Birsel Sabanoglu

Despertar en tus ojos

Mientras tomo el desayuno

Con los pies descalzos

Y los hombros cubiertos

Apenas por un sweater tuyo.

Te miro a través del vapor

Que tira cual chimenea

La taza enorme de café.

Me gusta lo que veo.

Tu mano enorme

Abrazando el mate,

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Angeles caídos

 

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Vincent Giarrano

 

La ciudad está llena de ángeles caídos. No son visibles para cualquier mortal. Yo los estaría viendo y creo que algunos perros también. Lo sé porque cuando los ven, suben sus hocicos y orejas, en una actitud entre amistosa y recelosa.

Ya sé, ustedes piensan que estoy alucinando, les aseguro: también alucino.

Tienen la tez pálida, y en algunos especímenes se divisan diminutas líneas violáceas y azuladas que rozan la dermis. Sus ojos color azul líquido -enormes- miran asombrados el cielo, hoy inalcanzable. Tanto cielo y tan lejos para ellos -para mí ni hablar-. Hasta el arco iris marchó hacia otros lares, dejando vacante y desierto al firmamento.
¿Si tienen alas? Pues claro, pero están algo mojadas y marchitas, simplemente yacen al costado de sus cuerpos, entregadas a la eternidad del limbo. Sospecho que el combustible necesario para batirlas no estaría llegando desde los órganos vitales hacia éstas, por eso es que parecen más a punto de caerse que a punto de remontar. ¿Serán ángeles que ya no se enamoran?

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