Encontrar la puerta roja y abrirla

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© Carlos Gomes

Ya no quiero saber qué tengo que hacer para ir más liviana por la vida.

No más dietas mentales ni físicas. No más entrenamientos exhaustivos ni lecturas tibias de páginas de autoayuda. ¿Paulo cuánto? Te vas de mi biblioteca. ¿Quién sos para decirme cómo me tengo que tomar la vida? Por cierto, ¿y a vos cómo te estaría yendo con la tuya?

Que silencien esa música aletargada de meditación, desde donde nacen voces de gente dormida o que parece que tomó LSD en microdosis. Basta de respirar sincronizadamente, que ni el corazón late a tempo y aún así es perfecto.

Quiero vivir en el trópico y que por las noches llegue el invierno del polo sur. Caminar desnuda por el pasillo y por la noche temblar de frío y apoyar mis pies helados sobre tus piernas. Sentir la angustia existencial, la carcajada profunda, el miedo tremendista, ser pasional, desmedida, infumable, caprichosa. Sentir que el sol anuncia una mejor vida, y al minuto siguiente sentir que la vida se termina. Quiero ser exagerada, vivir con lujuria, con lujos de la gente que vive en los lugares más cálidos del corazón,  caminar descalza en el patio, chupar un cubito, tener plata para lo necesario, que viajemos amontonados en una batata pero cagados de risa, usar el mismo vestido para caminar por la playa al atardecer, temblar cuando la púa acaricie el disco gastado, tener deseo de la carne, de lo dulce y de lo salado, comer primero papas fritas y luego un helado de chocolate amargo, para empezar nuevamente con las papas. Que bailemos desaforadamente, como esa vez que le dimos a la playlist de bizarros a todo volumen y no parábamos de bailar, mirarnos y tocarnos.

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