Mail-support

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© Rob Bremner

Señores de Gmail:

Les escribo porque estoy interesada en recuperar correo personal que en su momento se intercambió desde este correo en cuestión con el propietario de la dirección nn@hotmail.com.

Los correos datan de cinco años a esta parte. He tratado por las vías normales y en su momento los recuperé. Pero en un rapto de violencia y despecho tecnológicos los volví a borrar. Y luego los hice desaparecer de la papelera, de enviados, de guardados y de todo resto de ciberespacio con el que me crucé tan inoportunamente.

Entiendo que a ustedes los problemas personales de los cibernautas les importan un pito. En realidad la falta de esos mails no es un problema, sino que es una cuestión de recupero de bienes personales. Si es que al correo entre dos personas que se conocieron antes de ayer –alrededor de los años 80- se le puede llamar bien personal.

Entiendo que la inteligencia artificial estaría dando pasos agigantados hacia una comunicación más eficiente y cercana a la humana. Pero de todas maneras no nos estaríamos entendiendo.

Vuelvo a llenar el formulario y la respuesta sigue siendo la misma: un frío formulario en respuesta del anterior formulario intitulado “Notificación de Gmail sobre tus correos desaparecidos”. Que vuelva a cambiar la contraseña y a revisar la configuración de privacidad.

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Mejor el amor en tiempos de plenitud

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© Yasir Bakili

Volvemos.

Después de una vida,

Con el cauce del río encima de los hombros.

De yapa traemos también

Espuma, caracoles y mar,

Breves trotes silenciosos atrapando atardeceres

Y noches eternas plagadas de sueños sincronizados.

Y al fin llegamos a la vuelta de la esquina,

Donde el caballito de colores

Sube y baja en el carrusel

Y nosotros riendo como niños

Buscamos la sortija

Que nos deparará el próximo viaje.

La mirada hipnótica del tiempo

Clava las agujas del reloj

En el preciso instante en el que nos miramos.

Sabe tu boca a jugo de uva,

Dulce e intenso.

Encuentro mi hogar en tu boca

Y mis oídos tiemblan al escuchar

El susurro de tu voz familiar.

No sé si nos fuimos.

Sé que estamos.

Me acusás de taxativa,

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Pendiente

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© Renata Ginzburg

Primer mensaje de la mañana: Banco Santander Río notificando que tengo un sobregiro superior a lo acordado.

Hace unos años hubiera llorado por un sobregiro: a los treinta cuando la responsabilidad era una caja fuerte llena de mandatos diarios. Ahora creo fervientemente que no se puede vivir sin tener un sobregiro de algo o de alguien. Es decir…. Estar sobregirado… deberle algo a alguien, tener una zanahoria que nos invita a levantarnos al día siguiente para saldar esa cuestión que tenemos pendiente. Así sean doscientos pesos de sobregiro, un café, una charla, una puesta de sol, aunque deberle a la AFIP no estaría contando.

Levantarse y no tener nada pendiente sería algo así como amanecer y ver de pronto que una bomba nuclear arrasó por completo con lo que quedaba de vida sobre la faz de la tierra. Y vos estás solo, más sólo Will Smith en “I am legend”, porque ni tenés perro ni te vas a encontrar con nadie más. Hasta los zombies son desaparecidos en acción. No más colas en el mercado. Qué horror… ¿dónde estaría quedando ese paraíso?

Suena el celular. Me escribís para saber si te estoy esperando. Ese es el segundo mensaje de la mañana luego del mensaje corporativo del Santander. Querés saber si soy tu pendiente. Me resisto a confirmártelo.

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Encontrar la puerta roja y abrirla

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© Carlos Gomes

Ya no quiero saber qué tengo que hacer para ir más liviana por la vida.

No más dietas mentales ni físicas. No más entrenamientos exhaustivos ni lecturas tibias de páginas de autoayuda. ¿Paulo cuánto? Te vas de mi biblioteca. ¿Quién sos para decirme cómo me tengo que tomar la vida? Por cierto, ¿y a vos cómo te estaría yendo con la tuya?

Que silencien esa música aletargada de meditación, desde donde nacen voces de gente dormida o que parece que tomó LSD en microdosis. Basta de respirar sincronizadamente, que ni el corazón late a tempo y aún así es perfecto.

Quiero vivir en el trópico y que por las noches llegue el invierno del polo sur. Caminar desnuda por el pasillo y por la noche temblar de frío y apoyar mis pies helados sobre tus piernas. Sentir la angustia existencial, la carcajada profunda, el miedo tremendista, ser pasional, desmedida, infumable, caprichosa. Sentir que el sol anuncia una mejor vida, y al minuto siguiente sentir que la vida se termina. Quiero ser exagerada, vivir con lujuria, con lujos de la gente que vive en los lugares más cálidos del corazón,  caminar descalza en el patio, chupar un cubito, tener plata para lo necesario, que viajemos amontonados en una batata pero cagados de risa, usar el mismo vestido para caminar por la playa al atardecer, temblar cuando la púa acaricie el disco gastado, tener deseo de la carne, de lo dulce y de lo salado, comer primero papas fritas y luego un helado de chocolate amargo, para empezar nuevamente con las papas. Que bailemos desaforadamente, como esa vez que le dimos a la playlist de bizarros a todo volumen y no parábamos de bailar, mirarnos y tocarnos.

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Fuimos lo que fuimos

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© Irene Cabré

Carta de amor o desamor, ponéle el título que quieras.

Al sur del planeta, Junio de 2017

“Darling:

Escribo casi con enojo. Es curioso que lo único que me subleve –“VOS” con esas tres letras- sea una constante en mis últimos años. El resto es la vida.

Hay un movimiento cíclico que me lleva al mismo lugar: nos escribimos, te extraño, te escribo más, un remolino interior y mi cuerpo que responde.

“Sería fantastic” que estuvieras acá, para recibir los golpes de mi mirada -que de neutral no tiene nada-, para escuchar mis silencios demoledores, para que sientas presencialmente lo que es que te maten con el diferencial. Pero no ese diferencial de quien te ignora porque no le importa nada, el otro, el de la que te ignora porque le importa todo.

Siento mi cuerpo tan convulsionado que está listo para la lucha. Tengo violencia interior –en realidad es pasión- y te puedo asegurar que hoy sos la única persona que la provoca.

Volví a casa al mediodía, dispuesta a continuar un día casi agradable, lleno de rutinas que no son aburridas y me confortan por el momento. Vos y yo sabemos cómo vivir la vida: ocupándonos.

El caso es que mientras hacía un par de cosas, todo lo que yo tapo con extrema cautela durante días, meses y horas, sale como un volcán en erupción, sin previo aviso, sin nada que anticipe que la lava va a arrasar con todo.

“Todo” es la supuesta seguridad de que uno ya tiene los sentimientos bajo control. “Todo” es el puto control que uno cree tener. “Todo” es el pensamiento. La lava es el sentimiento.

El volcán es el sexo, hermosa y magnífica manifestación que encontramos en común para mucho de lo que sentimos. Terminé enojada y autosatisfaciéndome, furiosa combinación. Pensando en vos claro. Teniendo tu voz clara y al instante dentro de mi cabeza, como si ayer mismo la hubiera escuchado. Casi lloro mientras temblaba. Y lloré. ¿Por qué mentir?  Y me encontré una vez más, amando mediante una manifestación física que va más allá, atravesando kilómetros, fundiendo sustancias que ni sabemos que existen, salvo en nuestras mentes. Entonces volví a permitirme sentir y a estar en ese lugar tan nuestro, tan íntimo; que aún sin el tacto ni la saliva o la respiración, aún sin el murmullo, existe. He tenido muchos de esos momentos sin compartir, pero hoy quería que lo supieras.

Me gusta cuando me mandás esas fábulas de dioses y otras yerbas, porque a veces me proyecto en esos lugares y me la creo, de que estamos en otra dimensión.

Pero siempre sale la mujer práctica que hay en mí. La que dice voy a correr 30 km y lo hace. La que le preguntás cómo llegar y te da la dirección. La que pregunta cuándo y necesita la respuesta. En ese punto es que somos el día y la noche. Como en el hechizo del lobo y el halcón, que no se encuentran nunca porque uno vive de noche y el otro de día. Por favor busquemos al brujo que puede desarmar semejante cosa.

Ya está, me entrego, en realidad nunca dejé de entregarme, pero hoy me entrego más. Pongo la cabeza y que alguien la corte please.

Que sea lo que tenga que ser. No quiero levantarme más pensando que no tengo que pensarte. No quiero tener que pensar que no tengo que sentir tal cosa. No quiero tapar más nada. Ya perdí la cuenta del tiempo que hace que espero y lucho. Creo que luchar para no sentir es peor que obligarse a sentir algo por alguien.

Y esa nueva filosofía de dejar ir…. Es una cagada. Se puede dejar ir lo que no importa, lo que da lo mismo, lo que no aporta. De los diez millones de veces que intento dejarte ir –por repetir esa frase tan absurda- volvés recargado, con más fuerza. No malinterpretes, no volvés vos porque me escribiste, sino vos en mi interior. Es como tapar una mancha de humedad en la pared con pintura al agua.

No tengo miedo a que nunca nos encontremos. Tampoco tengo miedo a morirme. Si me muero ahora todavía pueden decir “qué joven, qué linda, qué buena” y encima no te vas a enterar. ¿Te diste cuenta de que si nos morimos no nos vamos a enterar? O sea, es una boludez atómica lo que te estoy planteando, porque no somos nada, nada nos une y a la vez somos todo y para mí sos tan importante que no tenés ni idea, y mañana puede que ya no estés más en ningún lugar terrenal, y no pasa nada no? Claro, todo pasa. Dejemos el drama para Cumbres borrascosas.

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La reconstrucción

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Morning in Barcelona by Alexey Naumov

El me dijo que le gustaban las cosas viejas, rotas, sucias. Porque ahí hubo vida. O algo así.

En ese momento quise responder que para rota estaba yo. Los otros adjetivos los dejamos para otro posteo.

En vez de eso seguí mi ruta, no sin antes sacar territorios de arena de adentro de mis zapatillas. Nuevas pero sucias,  ya usadas y con kilómetros sobre el agua de mar.

Luego me puse a recorrer con la vista mi cara en el espejo. Ya tengo arrugas sobre la comisura de los labios. Y cuando río se forman unos surcos alrededor de los ojos. Bajo mi cuello lo terso declaró la deserción, y un río sigue por el escote. Pero mis ojos… siento que brillan, o tal vez es la luz de la tulipa de arriba del espejo que me engaña sin piedad. En el living me dediqué a repasar los libros, las fotos, las cartas manuscritas, y los lugares vacíos en donde debería haber guardado algunas cosas de las que me despedí.

Los japoneses hacen algo con la cerámica rota. Se llama Kintsugi, y para ellos es todo una filosofía de reparación y enmiendo de daños. En cambio los chinos con su Feng Shui te recomiendan que no repares, que si algo está roto hay que desecharlo, porque vendría a contaminar toda la escena del crimen. Suponiendo que la vida sea un crimen o su escena.

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¿En qué sueño vas a estar?

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Cathline Dickens

“Ya se muy bien donde hoy vas a dormir y en qué sueño vas a estar.”

Trip de agosto. Nito Mestre

 

Llega la noche arrastrándose,

Somos dos los que se arrastran.

En la medida que el sueño me esquiva

Las sombras en la habitación

Van mutando.

Chorrean por las paredes

Dejando polvillo plateado

Sobre el piso azul.

Sombras chinas,

Insectos, asteroides,

Formas humanas,

Planetas y mandalas grises;

Agrupados intermitentemente

En la pared desnuda que da al frente de mi cama.

Quiero dormir

Para encontrarte en ese sueño

Del que íbamos a despertar

Sincronizados a las 3 a.m.

Al llegar la hora creo ver tus ojos

Invadiendo los míos,

Sin permiso ni vergüenza,

Intensos y atrevidos.

 

Sonrío. Al fin me duermo.

El desvelo trae viajes

Sospechados y deseados.

Hoy sé en qué sueño quiero estar.

Patricia Lohin

Presagio

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Nan Goldin
Presagio
Se presagia un invierno intenso
Con noches de series en Netflix
Y whisky.
Whisky y chocolate.
Chocolate y medias de lana.
Mi ser escondido bajo una
Manta telar multicolor y pesada.
Intenso el frío,
Intensa la llama
Ardiendo dentro del calefactor a leña.
El mar se adivina
Insistente y persistente
Devolviendo las ilusiones
Que le echamos en enero.
Se presagia un invierno intenso.
Intenso como el café
Que despertó tus ojos
Y derramó su última mirada

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20 de enero

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© Alexander Maslenitsyn

A la mierda con no escribir cosas personales.

Hoy 20 de enero del 2018 llevo pocas cosas descubiertas, y todas están en el baúl de madera con estampillas, al pie de nuestra cama.

Que hay lugares que uno amó mucho en la vida, y a los que se vuelve. Pero nada es lo mismo. El olor, los aromas, las risas, el baile en la cocina, todos se han ido al carajo. Y quedamos nosotros, expectantes, mudos, intrépidos y poco valientes, tratando de cazar las mariposas blancas, aún a sabiendas de que morirán a las pocas horas de ser enjauladas.

Que a pesar de todas las señales habidas y por haber, de los gritos y las miserias, de las miradas profundas que no dicen nada, de la piel descarnada que simula un amor que no es, a pesar de todo eso le metemos para adelante con los bolsillos llenos de ilusión. Y luego nos estampillamos. A ese lugar que es una caverna profunda no se debe volver.

Que los recuerdos son eso. Memorias del pasado que vamos adornando y nos sirven para desear más, para alcanzar el tren y subirnos de una puta vez para sentarnos en el vagón de los asientos azules y esperar el desayuno de café con leche y tibias medialunas. Y que estés vos, mirando del otro lado.

Que tu sonrisa sobrevive en mi mente, y que hoy luce tan apagada como la mía, pero a pesar de eso la remamos, con mucha inconsciencia, con poca perspectiva, con nada de futuro.

Que fuimos felices en el momento indicado. Que no pudimos superar tanta felicidad. Que nos superó toda la monotonía, la inconstancia, el engaño, el miedo. Miedo a ser, a no ser, a ser herido, a herir, a que todos los días sean iguales, a que nos guste otro, a no desear más.

Que la vida se supera, o no. Y que está en nosotros tomar esa decisión.

Que saltar se salta, no sin mearse encima de tanto pánico. Que lo que imaginamos al momento de poner el pié en el precipicio antes del salto, no es lo que vendrá. Porque lo que viene es mejor, es peor, es distinto, y no huele a vos.

Que en algún momento hicimos al otro feliz, a veces a costa de nuestra propia resignación, y que eso a veces es ganar el día.

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A años luz de tu mirada

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© Kirill Surov

Hoy me levanté asesina.

Una mina que supuestamente era yo, escribía hace tres años un poema que hablaba de extrañar. Extraño en mi. Casi me inspiro ternura.

Hoy es el último día de la semana, ¿o será mañana?, ¿o tal vez fue ayer? ¿Qué vendría a ser un sábado en la vida de un simple mortal? Nunca entendí bien eso de ponerle tanto título a las cosas: primeras horas, último día, domingo relax, lunes de mierda.

Te recuerdo un viernes parado detrás de mí, mirándome hacer la tarea diaria de recolección del dinero para la subsistencia. Fueron dos segundos, me di vuelta y allí estaban tus ojos. Pienso en tu mirada. ¿Qué pensarías en ese momento? Tal vez en lo simple de mi labor diminuta y poco colaborativa con el universo. O lo inalcanzable e insondable de mi personalidad. Mirar a otro ser humano que se conoce poco es como entrar en un túnel y ni siquiera adivinar cuánto falta para la salida. Así somos vos y yo, como un túnel del cual sólo conocemos la ubicación de la entrada. La curiosidad definitivamente no nos desvela. No entraremos bajo ninguna circunstancia.

Te hubiera gustado estar hoy por la mañana.

La segunda persona en entrar a mi negocio fue una mujer mayor vestida de rojo. No paraba de hablar atropellando una palabra con otra. ¡Dios! ¿Es que ya nadie respeta un buen diálogo y respirar entre líneas?

Respire señora, no se me vaya a morir sobre el piso de madera.

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La puerta roja

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© Alexander Maslenitsyn

La puerta roja

Que no aparece.

La obscuridad que abraza.

Mi trote sobre

La calle de tierra.

La luna desdibujada

Detrás de las nubes

Apenas si es el hoyuelo

De tu mejilla;

Una media sonrisa

Puesta en vertical.

Mis cordones atados

Al repiqueteo de mi respiración.

Siento que avanzo,

Sin embargo

La puerta se desvanece

En el horizonte donde el campo duerme

Y las cigarras despiertan.

Tus ojos ya no brillan

Más que las luciérnagas.

Mis ojos húmedos

Que no sueltan lágrimas.

Es el adiós.

Patricia Lohin

Anonimato sentimental

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“Amor no es literatura sino se puede escribir en la piel.” J.M.Serrat

Hace algunos años sucedió una de esas cosas que pasan en las redes sociales: un hombre y una mujer volvieron a localizarse después de treinta años.

Setecientos días, con todas sus noches y amaneceres incluidos duró el viaje bilateral de los corazones.  Un encuentro es una celebración dijo ella. El no estaba listo para tanto baile, y los días fueron languideciendo uno junto al otro, hasta que ella quemó física y digitalmente todo resto de ese rejunte kármico.

Sólo dos cosas habían quedado guardadas: una carta de ella que emulaba una especie de grito ahogado frente a tanta impasividad y la respuesta de él, que llegó casi un año más tarde en forma de cuento.

Tal vez nunca nadie volviese a escribir algo tan acertado sobre ella.

El siguiente texto es una colaboración involuntaria y anónima de esa historia.

“Sentada frente al mueble de algarrobo del living, con la mano junto al teléfono y casi apoyada en un sueño, escuchaba atentamente.

Unas lágrimas que no entendían bien  lo que escuchaba o lo que podía deducir de esa voz profunda y familiar; un dejo de hastío, un halo de pesadez y un extraño sinsabor. Comenzaba el dolor del amor colgado de un olvido, ese que una vez fue un recuerdo que nunca germinó.

Los pies cruzados, los codos sobre las rodillas y esa palabra salvadora que nunca iba a salir. Los recuerdos, las sonrisas y los  amaneceres, jugaban entre los dos, y  un final avasallante.

A veces los sueños no responden a un único llamado, entonces se fractura el tiempo, se diluyen las ilusiones, se esfuman las caricias y un rasgado recuerdo tambalea entre la paciencia, la ignominia y el desamor.

Procederes y pareceres que confluyen en un anonimato sentimental. Mientras con la mano libre jugaba con su pelo, ella presentía aquella predicción llamada final.  Siempre soñó con llegar al borde del destino con él, pero el camino la iba encerrando sin darle chance alguna. Sus ojos  miraban al frente, aunque realmente se la veía observar muy adentro; hacia afuera, el oprobio y la desidia  jugaban la última carta de ese gran amor.

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Almas sencillas

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Imagen: Pinterest

Sin vueltas

Cambio de página en mi libreta.

Escribo, digo adiós y luego la guardo.

Por poco tiempo.

Si nunca guardé nada,

¿Por qué hacerlo ahora?

La despedida sabe a transformación:

Cuesta menos aunque duele como la mierda.

Con o sin dolor

Estos días tienen el gusto del néctar dulce,

A higos maduros

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Corazones daltónicos

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© Matías marzorati

Hoy tengo tres líneas de pensamiento absurdo:

Hay más hombres daltónicos que mujeres, y creo que no todos tienen la capacidad de ver todos los colores. Ahora entiendo todo.

Mi falta de entusiasmo ante algunas situaciones tan reiteradas como aburridas. Misma gente, mismo discurso, mismo saludo, mismo desenlace.

La intención de refutar que la vida es cíclica. ¿El 11 de enero del 2017 estaba del otro lado de este mismo círculo?

El verano es abrazador, las calles están desiertas. Los que no están guardados en sus cocinas frente al notidiario, están en la playa, tratando de sostener lo que han construido durante el resto del año. ¿Se puede? ¿O ya es muy tarde para recrear todas las charlas que no tuvimos durante el año? Haremos el amor y nos prometeremos que de ahora en más todo será distinto.

Se suceden los atardeceres, una bola de fuego que se apaga en el mar y somos pocos los que la vemos con las pupilas dilatadas de tanto éxtasis. La naturaleza es avasallante y tiene el efecto de una droga, me conmueve y me hace temblar. Quiero más de eso.  Hagamos un club de aduladores de atardeceres.

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Huelga de ilusiones

Patricia Lohin

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Arte: Walid Ebeid

Según el noticiero de hoy, se ha diluido la ilusión, -efectivamente eso parece-, y junto con ésta cualquier atisbo de que el amor pudiera ser tal, así como el papel una caricia, la frase un susurro y tu mirada una fuerza concreta que viniera a atravesar cualquier alma –no cualquiera, sólo la mía- a través del tiempo que transforma la distancia en átomos multicolores.

Los periodistas y especialistas en estos temas, están muy intrigados, analizando con minucia los cuatro puntos cardinales, buscando recovecos con vestigios de arena o algún caracol de mar que les susurre qué le ha pasado a este universo que se está escurriendo por la rejilla del baño.

Tal vez el hilo dorado, que oficiaba de cable transportador de vibraciones, de hamaca en las siestas o para colgar los sueños literarios manchados por el café,  nunca fue más que baba del diablo, o apenas…

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Amotinada

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Rene Stuardo

No sé qué carajo me trajo hasta acá….

Alguna clase de transporte subacuático

Del color de tus ojos.

La permanencia de tu mirada

Sobre los objetos cotidianos,

Tus pavadas sobre cuestiones

Que no le importan a nadie

Más que a nosotros.

Retazos de papel

Con miles de accidentes geográficos,

La falta de cordura

Y la puntería de la oportunidad

Que siempre juega a lo inoportuno.

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