Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald: “Botes que reman contra la corriente”

Entrada vintage. Hoy buscando sobre Zelda encontré mis propios apuntes.

Patricia Lohin

Evidentemente, mi tendencia hacia la literatura romántica, está marcada a fuego. Cuando leo este tipo de misivas, de pronto me surge la inquietud de estar en otras épocas para poder enviarlas, aunque es sólo un pensamiento que dura unos segundos. Estamos aquí, en la era de la comunicación, en donde los mensajes, el Chat y los mails van y vienen de manera totalmente acelerada y muchas veces demasiado desprovisto de palabras para mi gusto. No estoy segura de si el exceso de palabras en una carta ayuda a la comunicación entre dos personas, aunque tampoco sé si esta comunicación tipo telegrama que tenemos hoy lo deja todo dicho.

Sigo añorando mi baúl -no será mucho?- con cartas de amor -recibidas, claro-, de momento me conformo con transcribir algunas:

Alabama, marzo de 1920

“Miro hacia el camino y te veo venir y veo tus arrugados pantalones emerger de todas las nieblas…

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Máscaras enrolladas

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John Lovett

La ciudad cambia, gira, se contorsiona. Las baldosas de las veredas se aflojan  invitando a salpicar a los transeúntes con el agua que recién derramaron para lavarlas.  Otros, juntan las hojas del otoño y las encarcelan en grandes bolsas de consorcio, condenándolas a una futura hoguera. Brujas!

El karma de la cola fuera de cualquier entidad pública o privada que se precie de importante. La inútil espera, pero como hay que justificar de alguna manera en qué se gasta el tiempo, insisten en ir a estos lugares veinte minutos antes del horario de atención.

Elsa es jubilada. Se levantó hace horas, y está parada fuera del mercado. Faltan quince minutos más para que abra sus puertas. Ella espera mientras hace del día un estropajo con sus pensamientos premonitoriamente negativos. Sostiene una cartera con ambas manos y con su mirada recelosa escrudiña una a una a las personas que esperan junto a ella.

Hoy miércoles la verdulería pregona un veinte por ciento de descuento, con lo cual los zapallitos verdes bajaron a la  módica suma de seis pesos el kilo, una ganga.  Posiblemente la mejor noticia del día para Elsa, considerando que la ciudad es una jungla hostil, y el mercado no es más que una fiera a la que es necesario amaestrar diariamente como una cuestión de mera supervivencia.

Le abona la mercadería a la cajera sin mirarla, desenrollando billetes que saca del fondo del bolsillo interior de la campera. Vuelve a la calle.

Un hombre que acaba de estacionar su vehículo, le silba a la empleada del municipio que vende boletas de estacionamiento en la calle. El gesto no tiene un plan de galanteo, sino que es una orden imperiosa para que ella cruce la calle y le provea de la boleta. Si ella sintió fastidio o tuvo alguna identificación con un can,  nunca lo demostró.

Mientras esta y otras cuestiones discurren, Elsa  sigue matando lo que queda de la mañana. Camina llevando sus pies cansados de acera en acera hasta que llega a su próximo punto de espera: la farmacia. Las banquetas todas ocupadas y el número en turno para los afiliados a la obra social de los jubilados está unas nueve cabezas por detrás de su número.

Se queja, comenta los avatares de las ofertas y se pone al día de los hurtos nocturnos y necrológicas con sus colegas de la vejez.

Su turno. Carnet. Receta obra social, chequeo de datos en el sistema, extracción de troquelados, validación on-line, cinco cajas de medicamentos. De postre control de presión arterial, elevada por cierto por culpa del mundo y la polución ambiental.

A la salida se topa con una obra en construcción, y para evitar el extremo peligro que supone bajar el cordón de la vereda y caminar por el borde de ésta,  es que acorta distancias invadiendo territorio.

En la vereda, el  plan de los obreros es colocar cerámicos, y en ese brete estaban cuando Elsa tropieza con el piolín que hace de nivel. De ahí en más rodilla estrellada contra la carpeta de cemento, un rosario de cometas que se estrellan y maldiciones.

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… y el coraje rechaza el mar del infinito.

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Brad Kunkle

“La vida se contrae o expande en proporción al coraje de uno.”

-Anais Nin.

Miedo y Coraje

El miedo y el coraje
son gajes del oficio
pero si se descuidan
los derrota el olvido

el miedo se detiene
a un palmo del abismo
y el coraje no sabe
qué hacer con el peligro

el miedo no se atreve
a atravesar el río
y el coraje rechaza
el mar del infinito

no obstante hay ocasiones
que se abren de improviso
y allí miedo y coraje
son franjas de lo mismo.

Mario Benedetti

Estos últimos tiempos he estado recurrente con la eternidad, lo sé por los títulos de mis dos últimos escritos, que incluyen la palabra duplicada y descaradamente. Hoy por la tarde, mientras pensaba en la eternidad en general –no de mi vida en particular-, se me cruzó la cuestión del coraje y es ahí que probablemente haya podido romper el hechizo de la repetición.

Puntualmente una persona me dijo que para tirarse de un avión, como yo lo hice,  era necesario tener coraje. No es por quitarme mérito. Tirar me tiré. Pero acompañada. Es decir: de morir no iba a morir sola. Sería una muerte múltiple: el instructor y yo. Entonces me puse a pensar en qué componentes son necesarios para tener coraje, a parte de la aparente falta de miedo, porque como leí por ahí tener coraje es aguantar un poco más al miedo.  Llegué a desvariadas y múltiples conclusiones.

La primera es que a veces es bueno estar acompañado. Como cuando uno va a hacer un salto de bautismo. Ese alguien pasa a ser el ente que nos da aliento, nos dice que “podemos”, que “es tuya Juan”, y a veces se tira con nosotros –ésta última sería la versión exprés de coraje-.

Creo que cierto acompañamiento suaviza bastante la sensación de  miedo, aunque al fin y al cabo saltemos en soledad, porque decisiones como cambiar de trabajo, separarse, cambiar de ciudad o país, decirle a alguien que no está ni enterado que nos gusta, por dar algunos ejemplos; se pueden tomar acompañados pero se concretan en soledad.

Otra situación que se me cruzó, es que para tener coraje hay que estar solo, libre de los miedos y prejuicios del prójimo.  Es decir, contrario a lo que dije algunos renglones más arriba. Es el momento –si uno realmente está comprometido con la acción- de sacarse de alrededor gente pesimista, muy precavida, miedosa, mala onda y similares.

Todo esto acudió a mi cabeza luego de revisar mis propios actos de cobardía. Para mi el peor acto de cobardía capital radica en no seguir el pulso, al  corazón, no hacer lo que nos da satisfacción. A veces lo hacemos por falta de libertad, nos sentimos o estamos realmente presionados. Otras por complacer.  Al no tener el coraje de ser libres cedemos a los requerimientos externos, que en muchas oportunidades ni siquiera son frontales, sino simplemente sutiles indicios que a mal tiempo acatamos a rajatabla.

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El árbol de la vida o la eternidad de la locura.

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Bárbara Cole

“El amor imposible es tan imposible como yo pensaba. Más aún: es absolutamente imposible. Cuando el cielo baje a la tierra, cuando los tigres reciten a William Blake, cuando todos los hombres sean felices, aun entonces el amor imposible persistirá en su imposibilidad.

¿Debo confiar en un encuentro posterior a la vida, en una cita eterna de nuestras almas? Aun cuando creyera en ello, su alma no querrá encontrarse con la mía sino con otra, con otra elegida.”

Alejandra Pizarnik

Nueve treinta a.m.

Hace una hora que nadie entra a mi tienda. Lo sé  porque abrí ocho treinta y aún no he intercambiado palabra con nadie.

Una hora en la cual me he debatido entre un café instantáneo endulzado con Svevia, un libro de Rosa Montero que me hubiera gustado escribir y la ausencia de internet. Esto último probablemente me sugiere que hay otras cosas por hacer en esta vida además de navegar toda la mañana  buscando frases estúpidas, acordes con el momento presente, que den un poco o todo de sentido. Frases delirantes cuyo efecto sobrepase los treinta segundos que uno tarda en publicarlas.

Es una buena mañana casi para cualquier cosa. Alejandra Pizarnik me habla desde un rincón de los amores imposibles, reafirmando su carácter inamovible de imposibilidad aún después de muertos. Lo que no es en esta vida tampoco lo será en otra. Honestidad brutal.

¿Será necesaria esta dosis de pesimismo o realismo mañanero? Si al final de cuentas, creíamos que lo único que podía salvarnos era la muerte.

Ayer nos ha dejado un grande: Galeano. Un imprescindible como han dicho muchos, entre ellos algunos colegas suyos escritores.  Sólo puedo decir que las huellas de las palabras de un escritor son eternas. Ellos viven por siempre, superan con holgura el par de décadas de supervivencia. Vuelven a nacer cada vez que alguien los descubre en un libro o en una frase o en un pensamiento. Trascienden ampliamente cualquier barrera temporal.

Abrir un libro, leer, dar vida a los personajes y al escritor que está detrás de éstos.

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La eternidad de tus facciones

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Whispering Pines – Jeremy Lipking

No importa si cuando llama el amor
yo estoy muerta.
Vendré.
Siempre vendré
si alguna vez
llama el amor.”
Alejandra Pizarnik

Sábado. Uno más en mi haber. Una incipiente irritación sube por mi cuello y me ahoga a tal punto en que sólo quiero huir de aquí, abandonar la ciudad, abandonarme a mí misma y dejar de existir de la forma que soy ahora.

Saco una hoja en blanco para escribirte,  pero interrumpo el breve inicio de la acción sabiendo que mis palabras están muertas antes de nacer. Porque nunca las leerás, ni danzarán en tu mente mientras hacés esa mueca que se asemeja a una sonrisa torcida. Se ha hundido la vaga esperanza de inquietar tu mente o de alborotar tu alma.

Se cortó el hilo conductor que me sostenía a la creencia sutil de encontrarte sobre el fin de semana, tal vez sobre las veintitrés horas de un viernes o al inicio del sábado, y aspirar a llegar a éste con la felicidad de la concreción material de tocar tus huesos y saborearte como a un cóctel,  y no con este absurdo de hoy que me hace seguir esclavizada a sueños imposibles.

Es otoño. Cede la irritación con el compás de las tareas, y me agobia el falso bienestar de la rutina. El día cae por su propio peso. Caen las hojas, caen las gotas de la lluvia  intermitente, el atardecer cae también junto con las prisas, las luces diáfanas de la ciudad se disuelven en el horizonte.  El día se hunde agonizante.

Es abril. Es sábado sin vos, desabrido, desolado, amarillo, apacible, silencioso, tibio; destemplado como el primer frío sin manta o cobertor.

Sobre la hora en la que caen las estrellas, me tiendo en el sillón y con mis piernas en alto, saboreo una bebida espirituosa que empalaga mis labios, enciende mis mejillas y adormece mi alma. De mis ojos se derriten lágrimas que mueren en la comisura de mi boca.  Mi boca frágil y desértica.

Afuera todo el mundo huye, algunos de sus trabajos, otros de sus hogares, de deudas contraídas y de promesas incumplidas. La vida cae por su propio peso pidiendo rendición de cuentas, y de este acto también queremos ausentarnos, como si fuera posible tal cosa.

Tal vez me duermo, pongo en off mi filosofía de cuarta. Tal vez sueño, tal vez recuerdo o invento nuevos eventos pasados sobre nuestra existencia juntos.

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Con el pie en el estribo

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FANNY NUSHKA MOREAUX

Puse el pie en el estribo de la avioneta, el instructor estaba  pegado a mí y más que hilos invisibles, nos sujetaban un montón de tiras y ganchos sofisticados.

Inmediatamente luego de saltar al vacío, dimos una vuelta completa en el aire. En esa fracción de segundo alcancé a preguntarme por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo. Tal vez no lo había meditado lo suficiente. ¿Había sido muy impulsiva? ¿No me había asesorado para semejante expedición?

Una vez que estuvimos en posición –espalda arqueada, talones a la cola, brazos abiertos con codos flexionados-, iniciamos la caída libre a una velocidad que no puedo calcular, pero firmemente puedo asegurar que es lo más veloz que me he transportado en mi vida.

Luego de esos segundos en donde el aire era una masa furiosa y abrazadora, se abrió el paracaídas y la vorágine se detuvo. Como así también se detuvieron el tiempo, los recuerdos, los miedos, los juicios y los cuestionamientos.  Las dudas desaparecieron. Lejos de ver mi vida en cámara lenta, me pareció ver al universo en cámara lenta.

Desde arriba,  la tierra lucía como un hermoso patchwork, con trozos en diferentes tonalidades de verdes, unidos por las delicadas líneas que formaban rutas y caminos de tierra. Cada tanto un espejo de agua formado por un círculo irregular.

La tierra como un acolchado mullido, pronto a cobijarme. Y yo, suspendida, aturdida por el silencio, navegando por tanto azul y tanto cielo. El horizonte desdibujado,  mis pensamientos ahogados, mis ojos asombrados, mi corazón contento. Tan pequeña y diminuta, tan insignificante, tan la nada rodeada por el todo.

Hay una simbiosis entre dejarse caer y fluir, o volar. Una fracción de tiempo sublime donde perdí el control cediéndolo voluntariamente, negándome incluso a comandar los hilos que sujetaban mi paracaídas multicolor.

Hay millones de lecturas para una misma experiencia. Para algunos puede significar adrenalina, coraje, locura o una nueva y simple experiencia.

Yo quise volar con el motor apagado, dejando que el viento me llevase y esa mágica suspensión temporal me invadiera, junto con la certeza de mi pequeñez.

No sé si podré trasladar toda la experiencia al resto de mis días.

Seguro alguna mañana, al poner el pie en el estribo del nuevo día, recuerde lanzarme de lleno a la experiencia de vivir con mayor dosis de confianza y menor dosis de miedo.

Tal vez deje de luchar contra el rumbo que toman algunas cosas que ya están predestinadas, y deje de  aferrarme con los dientes apretados a situaciones que no tienen razón de ser.

Tal vez, alguna mañana, me acuerde de volar.